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El Jazz y la Mafia

23 de marzo de 2011

El pasado lunes Diego A. Manrique publicaba en su columna de El País un artículo titulado “Al Capone amaba el jazz“. Tan tramposo titular era inmediatamente matizado desde el inicio del primer párrafo: “Convendría puntualizar este titular. Alphonse Capone, como descendiente de napolitanos, amaba el bel canto y veneraba a Enrico Caruso. Pero Capone era hijo de su tiempo y también apreciaba el jazz. De hecho, el desarrollo del jazz hubiera sido más lento de no haber contado con el patrocinio de Capone y otros gánsteres.

El resto de la nota es superficial, planea sin aterrizar sobre un asunto muy interesante y se limita a contar algunas anécdotas. Una lástima porque el tema se las trae. Y desde luego se apreciaría más profundidad y rigor. Y por supuesto pedagogía. Menos mal que nos quedan los listillos. Como el aquí presente, su humilde servidor.

De entrada Manrique olvida dos aspectos fundamentales. Una ciudad, Nueva Orleans, y uno de los músicos más grandes de la historia, Louis Armstrong.

He ilustrado este post con la portada de dos libros muy relevantes respecto a esta y otras historias. Y no me duelen prendas en reconocer y airear mis fuentes.

Thaddeus Russell en su A Renegade History of the United States sostiene una tesis basada en una pregunta muy provocativa: ¿Convirtió la Mafia a los Estados Unidos en un país mejor? Especializado en la historia del crimen organizado el autor aporta 7 puntos que sostienen su estudio. Desde el cine hasta la música pasando por los derechos gays (el primer local de “ambiente” fue abierto por unos mafiosos en Manhattan) o la integración racial.

DAM se limita a la era de la Ley Seca. Pero antes hubo una Nueva Orleans, cuna del Jazz y de Louis Armstrong. Russell nos recuerda que a principios del siglo XX cientos de mafiosos sicilianos controlaban los burdeles y salones de la localidad del estado de Luisiana. Y después durante la Prohibición regentaron los speakeasies. Henry Matranga, capo de la familia Matranga, edificó en el distrito de Storyville, cercano al renombrado French Quarter. Fue en Storyville donde en 1917 un adolescente Armstrong se ganó sus primeras pagas, tocando la trompeta en los populares prostíbulos de los Matranga.

Satchmo llegó rio arriba a Chicago. Se integró en la banda de King Oliver y dio el salto formando Louis Armstrong and his Stompers (con el pianista Earl Hines como director musical). Joe Glaser, asociado a Al Capone, les contrató para actuar en el Sunset Café. Y se convirtió en su manager.

El Sunset Café era un club de Jazz. Estuvo activo durante las decadas de los años 20 y 30. Coincidiendo con el esplendor musical de la ciudad de Chicago, que le disputaba la capitalidad del Jazz a Nueva Orleans. El local presentaba una particularidad para la época: el público no estaba segregado. Blancos, negros y otras etnias convivían y disfrutaban de los más grandes del momento. Cuando Capone se hizo con el 25% del negocio cambió su nombre a The Grand Terrace Café. Y su política no varió. Hines recuerda: “Al apareció una noche y nos llamó a todos los de la banda. Y nos dijo que quería aclarar su posición. Esta era la de los 3 monos: no oyes nada, no ves nada y no cuentas nada. Y así hicimos.”

Cuando el gran Louis marchó a Nueva York su amigo Earl Hines se quedó en Chicago. Armstrong estaba contratado por el Connie’s Inn de Harlem (competencia directa del Cotton Club). Fundado en 1923 por Connie Immerman, un contrabandista blanco, servía de tapadera para Dutch Schultz, el gánster judío rival de Luciano, jefe del clan de los Gambino y artífice del desarrollo moderno de la Mafia. En el Connie’s sí había segregación: solo entraban blancos (aunque en el escenario podían actuar afroamericanos).

También conocido por el apodo de Pops, regresó a Chicago para volver a NY en 1929. Formó parte de la orquesta de “Hot Chocolate“, un musical (all-black revue) compuesto por Andy Razaf y Fats Waller. Su versión de “Ain’t Misbehavin’” -compuesta por Waller- era el punto fuerte del espectáculo. Y se convirtió en el disco más vendido de la historia (hasta ese momento).

Oh, Play That Thing es el título original de la novela de Roddy Doyle (The Commitments y The Van son otros libros suyos; ambos fueron llevados al cine). Es una frase que Louis Armstrong dice en el tema “Dipper Mouth Blues” de su mentor King Oliver. En España se tradujo como Chicago Blues y narra las aventuras de Henry Smart, un irlandés militante del IRA que llega a Estados Unidos huyendo del IRA. Su aventura se inicia en el Lower East Side neoyorkino y pronto conocerá a las mafias italianas y judías. De ahí parte hacía Chicago. Donde entra en contacto con la estrella emergente del momento: Louis Armstrong. Y se convierte en su representante. Por lo que tendrá que volver a la gran manzana. Un libro fascinante que suena a Jazz, y nos empapa de la Ley Seca, el racismo, el contrabando, la politica, los delincuentes de poca monta y los criminales de nivel. El reflejo de una época.

Quizás ahora entiendan mejor porqué echaba en falta a Louis Armstrong y Nueva Orleans…

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Carta a la Defensora del Lector de El País

30 de septiembre de 2010

Enviada el 28-09-10 a la atención de MILAGROS PÉREZ OLIVA:

Muy Sra. mía:

Como lector diario de su periódico, desde su primer día de publicación, le escribo en referencia al artículo Cuando Clapton sollozaba de Diego A. Manrique. Y también quisiera ponerla en antecedentes: admiro el gusto musical y buen criterio del Sr. Manrique. Por eso me sorprendió leer el lunes pasado lo que es todo un libelo. Donde esperaba encontrar una nota sobre Eric Clapton, artista al que admiro, sólo hallé una nota saldando asuntos personales.

El País no parece ni debería ser el lugar para dirimir vendettas entre compañeros de profesión. Y de PRISA, porque ambos protagonistas del relato son colaboradores de las empresas del grupo.

Resulta un acto de cobardía recurrir al anonimato para evitar caer en el delito de injuria. Lo cual es una demostración clara de las malas intenciones del autor del escrito.

 ¿Si se pretende narrar un desencuentro por qué ocultar el nombre del antagonista? Esto es tirar la piedra y esconder la mano. Y si se pretende interesar al lector en temas particulares ¿no será mejor conocer la identidad de los protagonistas?

De ser verdad los hechos que narra DAM ¿por qué no efectuó ninguna denuncia?  Escribe: […] Su cara se contorsiona en una mueca de odio y una catarata de insultos me paraliza. Cuando llega a mi altura, me suelta un manotazo en el hombro y escupe: “Un día, te van a dar una paliza”. Me quedo mudo mientras se aleja invocando a mi madre a todo pulmón. […]

Las amenazas son un delito, o una falta, consistente en el anuncio de un mal futuro ilícito que es posible, impuesto y determinado con la finalidad de causar inquietud o miedo en el amenazado. Y los insultos pueden serlo también. Insisto en la pregunta: ¿por qué Diego A. Manrique no efectuó ninguna denuncia? Y añado una vez más: ¿es El País el sitio idóneo para disputas personales entre colegas?

De no ser verdad lo narrado en la columna del lunes estaríamos ante una calumnia: la imputación falsa a una persona de la comisión de un hecho que la ley califique como delito, a sabiendas de que éste no existe o de que el imputado no es el que lo cometió.

En España, el artículo 205 de Código Penal establece que la calumnia es la imputación de un delito hecha con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad”.

Le agradezco de antemano su tiempo para con este asunto y me despido atentamente,

Adrian Vogel

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Apuntes dominicales

28 de junio de 2009

mjav

El portátil está de vuelta en casa y parece que funciona mejor: no se calienta tanto aunque va un pelín más lento. Recuperé algunas fotos que he subido a Facebook esta mañana, como la que encabeza este post. Son tanto personales (amigos y familia) como con artistas y futbolistas. Poca cosa, especialmente la de los artistas (quién podía imaginarse entonces lo de los blogs). Me quedan algunas por subir. Pero también he perdido unas cuantas. Algunas irremplazables (con Jagger en Londres cuando su “Primitive Cool”) y la de Michael Jackson cuando le entregamos la capa (de hecho si no recuerdo mal la llevaba puesta en la foto). Esta espero encontrarla, o bien a través del fotógrafo –Domingo J. Casas– o vía algunos de los que formaban parte del festejo.

Lo cual me lleva a lo importante que es estar en el sitio justo en el momento adecuado (como cantaba hace décadas mi admirado Dr. John). Porque los que hemos trabajado con Jacko tenemos una perspectiva, por circunstancias profesionales, de la que carecen el resto de los mortales. Y en este aspecto los de la discográfica (Epic/CBS) y los promotores de conciertos, como Gay Mercader tenemos una ventaja clara. Gay publicó una tribuna en El País y fue entrevistado telefónicamente en el programa de Las Mañanas de Cuatro de Concha García Campoy.

Gracias a los buenos oficios de Antonio San José y Julio Ruiz me invitaron a la tertulia política de Concha García Campoy en Cuatro y me entrevistaron en 24 Horas de RNE. La base de las intervenciones y algunas anécdotas y episodios los podéis encontrar en estos dos posts, que los más fieles ya conocéis:

La noche que Michael Jackson rompió todos los esquemas

Michael Jackson (1958-2009)

 CGC

Foto de Antonio San José

Tan sólo un inciso respecto al programa de Las mañanas de Cuatro: García Campoy es la mejor. Fue un honor participar en el espacio que habitualmente ocupa su tertulia política. En mi opinión es la mejor que hay en televisión. Es su estilo y liderazgo lo que marca el tono y el ritmo. Y además es rápida, muy rápida. Era el último programa de la temporada. Y en uno de los interludios nos contaba como habían cambiado todo el esquema previsto, porque desde la dirección del canal les habían dado más tiempo para dedicarlo al genio y figura de Jackson. Y montaron un maratón sobre la marcha. Comenté que Farrah Fawcett había tenido mala suerte hasta en el día de morirse. Estaba eclipsada por el Rey del Pop. CGC habló inmediatamente por el interfono con su realizador y le preguntó si todavía tenía las imágenes de FF, las que tenían preparadas para el programa si éste hubiese seguido su curso habitual. Y tras la pausa de la publicidad arrancaron con el ángel de Charlie…

Mi contacto personal con el fallecido MJ se remonta a 1979, cuando traje a España a los Jacksons para promocionar “Blame It On The Boogie“. En los textos enlazados anteriormente hay detalles concretos y generales, que serán ampliados en mi sección en Efe EmeLa Música de El Mundano”. Empezando este próximo sábado. Y ambos posts han sido subidos a la Web de Efe Eme, que tienen una excelente cobertura con textos de Luis Lapuente, Andrés Calamaro y los videos.

Hoy publicaba Diego A. Manrique otra pieza –interesante como todo lo que escribe- sobre Jacko que aportaba un dato que me extrañaba. Citaba a un tal Tim White y una extraña historia sobre la incultura gastronómica de Michael y su falta de educación cívica. Como me extrañaba lo que citaba le llamé para averiguar. Resulta que Mr. White era Timothy White, antiguo editor del Billboard. El caso es que lo que relata me suena falso:

1.- El que Jackson se asombrase de la carta de un restaurante francés en Nueva York no me sorprende en absoluto. A mi también me pasaba y me sigue pasando tanto en NY como en París. Me resulta un comentario de lo más clasista por parte del Sr. White.

2.- Mr. White, haciendo honor a su apellido, demuestra caer en el cliché de los racistas que van de cultos e intelectuales: “pobrecitos no tienen formación y ni siquiera saben usar el cuchillo y el tenedor, les vamos a ayudar”. Lo he oído frecuentemente entre los miembros de las bienpensantes poderosas clases sociales blancas de EE.UU. Había una caricatura al respecto –durante una cena- en “Borat“, esa delirante película. Y precisamente en ese año de 1979 compartí mesa y mantel con él en Madrid y ¡sabia usar los utensilios alimentarios! Como no podía ser de otra manera (luego nos extrañamos de las resistencias de muchos creadores hacía los medios).

Para finalizar estos breves apuntes un detalle de la foto para fijarse en los dedos de su mano.

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Otro (inevitable) artículo sobre el futuro de la prensa

10 de mayo de 2009

Santi Burgos

La capacidad de la especie humana para mirarse al ombligo no tiene límites. Y en el caso concreto del periodismo alcanza niveles insospechados. Podríamos afirmar sin miedo a equivocarnos que los periodistas practican el onanismo exhibicionista. ¿Cómo entender sino los continuos artículos y reportajes que realizan sobre sus problemas? Aprovechan las tribunas públicas para exponernos sus miserias. Bien por iniciativa propia o por encargo de sus empresas. Mientras otros sectores, también en crisis y dificultades, necesitan recurrir a gabinetes de prensa para hacer llegar sus voces. ¿Y a quién contratan de jefes de prensa? Lo han adivinado: a periodistas. Todo un círculo vicioso.

Me acosté y me desperté con un magnifico artículo en El País de John Carlin al respecto: “El momento crucial”. Trabajado, documentado y muy bien narrado. Carlin es un excelente escritor y aprovecho para recomendar su libro “El Factor Humano”, con Nelson Mandela y la final del Mundial de Rugby –Sudáfrica/Nueva Zelanda– como símbolos del fin del apartheid y la normalización de la joven democracia sudafricana. Los derechos para el cine fueron adquiridos por Morgan Freeman (suyo es el papel de Mandela) y le ofreció la dirección a Clint Eastwood, quien aceptó.

Tras este inciso retomo el asunto principal de esta nota: el futuro de la prensa contado por ellos mismos. La conclusión a la que siempre he llegado es que no tienen ni idea. Pero en “El Momento crucial” es la primera vez que recuerdo al autor llegando a este mismo punto. También es una novedad el paralelismo con el mundo de la música. Llevo años diciéndolo, pero no soy periodista y tampoco recuerdo haberlo hecho expresamente aquí, salvo tangencialmente en Agravios comparativos (Efe Eme). Si bien es cierto que me centré, en un afán por ser novedoso, en el sector automovilístico (en su continuación, Agravios comparativos 2 (Efe Eme)). En mi caso utilizaba a los medios impresos y su IVA reducido como escarnio frente a la industria musical -soporta el tipo máximo de IVA- y afirmaba que La Música no es Cultura (Efe Eme).

En su exposición John Carlin menciona Internet como factor de cambio y la falta de previsión que han soportado las discográficas y las empresas periodísticas. Desde el punto de vista del negocio musical es cierto que no las hemos olido. Ni nosotros ni nadie. Especialmente los periodistas. Y sobre todo esos listos que se encargaban de vociferar en columnas, artículos, blogs, etc. nuestro certificado de defunción. Durante años. Eso si, sin aportar ninguna solución o idea viable de nuevo modelo de negocio. Y en la mayoría de los casos sin ni siquiera conocer las interioridades sobre las que pontificaban. Tan preocupados estaban viendo pelar las barbas del vecino que no pusieron las suya a remojar. Escribía Diego A. ManriqueEl futuro será primitivo”, en su columna de los lunes de El País, y comenzaba: “Qué cansinos son los profetas. Pienso en los que proclaman la extinción de las discográficas, el fin del copyright, el eclipse del CD. Entiendo que son frases rotundas, que tienen garantizado el titular y que llenan de orgullo bíblico a sus autores. Los apocalípticos se deleitan extendiendo el certificado de defunción al CD, pensando que eso supone un golpe mortal a las odiadas disqueras. Ignoran que ése es el sueño húmedo de los ejecutivos más despiadados. Para ellos, la desaparición del soporte físico significaría prescindir de fábricas, almacenes, transportistas, vendedores y tiendas. Recortan gastos, adelgazan plantillas; nada de lidiar con proletarios gruñones o regatear con minoristas.” Para continuar más adelante “Leo una crónica del Digital Music Forum East, conferencia neoyorquina de profesionales donde se presentan datos y se intenta retratar al mercado. El reportero se muestra boquiabierto. Creía que la gran mayoría de los estadounidenses era como él: la música le llega vía iPods, móviles, ordenadores. Resulta que dos terceras partes de los consumidores de música en EE.UU. sólo escuchan CD y radio. Ignoran las descargas legales o ilegales, pasan del streaming. De hecho, la industria musical todavía depende de los compradores de CD, mucho más numerosos que los que pagan por descargas, compran entradas para conciertos o adquieren objetos de merchandising (las otras fuentes principales de ingresos). Parece que periodistas y disqueros hablamos de boquilla: tenemos poca información sólida sobre los modos en que el público consigue, usa, conserva la música.

Como bien acredita el reportaje de John Carlin de hoy en El País, tampoco los medios impresos han sabido reaccionar a lo que se les venia encima. Desde hace un tiempo han convertido sus páginas en muros de lamentaciones, buscando la solidaridad y complicidad de los lectores. Algunos de los cuales ya estamos hartos de leer constantemente sobre lo mismo. Por no mencionar el cada vez más amplio deterioro de la calidad de los productos periodísticos. Sea por luchas intestinas, recortes de gastos, afinidades y complicidades gubernamentales (autonómicas o estatales) o por lo contrario, etc. La teoría expuesta en El Mundano por Antonio Gómez es buena, muy buena.

Lo que no menciona Carlin es como la aparición de la prensa gratuita ha bajado el nivel de la prensa en general. Y olvida un precedente a la actual crisis: los dominicales de los diarios erosionaron las ventas de las revistas semanales. Y lo que era un paraíso de opciones se ha quedado reducido a unas pocas que sobreviven (testimonialmente) a duras penas. A mi me dolió especialmente la desaparición de Triunfo. Tampoco se refiere a las subvenciones estatales que reciben por papel, al IVA reducido y a la inmensa ayuda que ahora solicitan al gobierno para afrontar su crisis sectorial. Algo que desde luego no ocurre en el sector musical. Y es aquí donde radican las mayores diferencias. Claro, que tampoco los de la música nos hemos dedicado a airear el futuro negro que se les avecinaba a ellos… Con soportar sus demandas publicitarias -y de las otras también- teníamos bastante.

Leia hace unos meses un informe del The Wall Street Journal donde se afirmaba que el mayor problema de las discográficas estadounidenses era que no se anunciaban en The New York Times, The Washington Post, etc. Es decir, en los medios que crean opinión. En cambio resaltaba como Apple, Microsoft, IBM, Bell y demás operadoras de telefonía, proveedores de acceso a Internet, empresas de nuevas tecnologías, etc. si lo hacían. Y era ese el factor que inclinaba la balanza editorial hacia su lado. En España tenemos un ejemplo claro: hace unos meses hubo una huelga de trabajadores de Telefónica ante el recorte de derechos adquiridos, conseguidos a través de duras negociaciones a lo largo de muchos años. No tuvo ninguna repercusión mediática. ¿Saben por qué? Piensen. Les ayudo con una pista: ¿Quién es uno de los mayores anunciantes del país?

Comiendo el viernes pasado con Antonio Cambronero charlábamos amigable y apasionadamente sobre estas cosas. Lógicamente discrepábamos en muchos aspectos relacionados con el copyright. Y sinceramente creo que –aparte de las lógicas diferencias que pueda haber entre un informático y un disquero- el problema radica en la mala información que se dispone de nuestro mundo. Empezando por la confusión de términos entre Artistas, Autores y Músicos. En gran medida está provocada por los medios y los gabinetes de prensa de las telecos. ¿Y quiénes forman estas oficinas? Volvemos al inicio y la respuesta es la misma: los periodistas.

ENTRADAS RELACIONADAS:

LA MUERTE DEL PERIODISMO (por Antonio Gómez)

Carta de John al Defensor del Lector de El País  

La segunda carta de John al Defensor del Lector de El País

Agravios comparativos (Efe Eme)

Agravios comparativos 2 (Efe Eme)

La Música no es Cultura (Efe Eme)

Extorsión y Payola 1 (Efe Eme)

Extorsión y Payola 2 (Efe Eme)

Arte y Negocio (Efe Eme)

Costumbres españolas 5: El Chaqueteo (por Antonio Gómez)

¿Son los Blogs las Vietnamitas del Siglo XXI? (por Antonio Gómez)

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La cólera de Dios (by Julio Valdeón Blanco)

18 de marzo de 2009

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A veces pienso que hemos enloquecido. Contemplamos la superficie limpia del iPod como Narciso su reflejo en la orilla del lago. Creemos ver el futuro, y todo lo que encontramos es la pezuña del agua. Los brujos temibles, los pajarracos de insólito discurso, insisten en que el disco muere, que debemos felicitarnos. A esa rara enfermedad podríamos llamarla nostalgia de la revolución; sus partidarios ignoran los cadáveres, el hedor y las moscas, los sucesivos guantazos, para reeditar la enésima utopía. Se han empeñado en que el destino de la música pase por el autobombo del blog y la grabación casera. Están tan intoxicados por su propia alucinación que incluso aplauden la quiebra de las compañías.

 

Adrian Vogel y Diego A. Manrique apuntan algunos síntomas de salud en la industria mientras los coros del cementerio rematan la fosa. El New York Times explica como Austin se ha convertido en fortín del vinilo. No busquen sortilegios. Es tan sencillo como encontrar una ciudad viva. Estupendos festivales, abundantes garitos del rock, garantizan la fidelidad. Catedral del melómano, Austin acoge cada dos años una enorme feria del coleccionismo. Sus tiendas de discos, en lugar de cerrar, florecen. Ya ven. Hay quien no ha sucumbido al necrosado mantra del Háztelo tú mismo/ escúchalo comprimido/ quema tus plásticos/ apuesta por el puto politono y la ensaimada de canciones apiladas como ladrillos. Waterloo Records and Video, Sound on Sound, Antone´s Record and Shop, End of and Ear, los nombres citados por el NYT frustran la vocación pirómana de las modernas Casandras.

 

En Nueva York, donde escribo, hemos sufrido hecatombes. Primero chapó Tower Records; ahora anuncian que el Virgin de Union Square cerrará. Sin embargo subsisten decenas de pequeñas tiendas, bien surtidas, en los cinco distritos. Nada alegra más la noche, cuando caminas por Bleecker Street rumbo al Terra Blues, que abrazarte a los escaparates donde relampaguean viejas ediciones de Elvis Costello o Cream, lustrosas cajas de la Carter Family y singles de Sam and Dave.

 

En la hora del juicio final lo peor es creérselo. Quizá ya no interese la música; quizá nuestros queridos niños sueñen con empaquetar cajas virtuales de Charley Patton en sus horas libres; quizá los nuevos compositores trabajen en una oficina con horario partido, haciendo del rock ´n´ roll un pasatiempo a cultivar de madrugada, hasta el culo de anfetaminas para no dormirse. Como la idea resulta espantosa, e impracticable, contaré hasta tres antes de escribir un nuevo capítulo del Apocalipsis, no vaya ser que nunca llegue la lluvia de ranas, el viento azufrado, la espada flamígera, y al cabo la cólera de Dios pase de largo y subsista esa dulce droga llamada disco.

 

Y por cierto, un placer y un lujo, al menos para el arriba firmante incorporarme a El Mundano.

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Algunas consideraciones (Efe Eme)

7 de marzo de 2009

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Mi instinto es seguir con los disqueros. Tienen que vender tus discos o las descargas, o lo que vaya a ser. Para eso, lo primero es que les tiene que gustar la música y la tienen que entender, y ahora mismo en este frente no conozco ninguna empresa que pueda competir con las discográficas” declaraba The Edge al The New York Times, el domingo pasado. Bono era más rotundo: “Me interesa el comercio. Las canciones si son buenas exigen ser escuchadas.

 

Cory Doctorow, co editor del sitio Boing Boing, es un ferviente defensor de Creative Commons, del copyleft y el software libre. Por eso me sorprendió y mucho leer su artículo “Alabando a la red de ventas: las cosas que un editor hace por un autor y que Internet no puede reemplazar” publicado en la revista Locus y en su Web:

 

Es raro el día en el que no recibo un e-mail de alguien dispuesto a reinventar el mundo editorial con la ayuda de Internet, y las ideas suelen ser buenas, pero les falta un elemento clave: la red de ventas. Son un pequeño ejército de vendedores motivados, comprometidos y preparados que tutean a todos los libreros del país, gastan las suelas de sus zapatos de tienda en tienda, portando una maleta repleta de catálogos, portadas y copias previas de lectura. Cuando trabajé en librerías conocí a excelentes representantes. Sabían exactamente a quien debían entregarle una copia previa para asegurarse un buen pedido y una informada recomendación para sus clientes… Esto cuenta. Es esta maestría -especializada, profunda y cara- la que coloca los libros en las estanterías, en las mesas de recomendados de la entrada…

 

No hay mucha diferencia entre la venta de libros y de discos. Obviando el precio fijo, el IVA y la existencia de una amplia red de librerías (cada vez quedan menos tiendas de discos). Por su parte los editores y autores literarios pueden argüir que los de la música tienen canales de promoción de los que ellos carecen: cadenas y programas de radio musical, actuaciones tanto en directo como en TV, video clips, etc. Pero el toque humano es el mismo y las habilidades y técnicas que se precisan son similares.

 

Si abandonamos el solar anglosajón y nos centramos en el patrio, encuentro en el blog de Víctor Alfaro un fragmento de una entrevista con Víctor Manuel (el sorprendente colaborador de Raphael) para La Voz de Asturias:

 

[…] Hay una generación entera que ha interiorizado que de esto no se vive, y la que va a sufrir es la música. No soy partidario de echarle la culpa al consumidor, la gente se baja las canciones porque puede, pero ahí a quien están matando es a quien vive de la música. Y a mí no me van a tocar un pelo, pero el que empiece ahora no tiene ninguna posibilidad… Es que la culpa no es del consumidor, es de Telefónica, de Vodafone… que son los que ha hecho el negocio de su vida. Me da risa cuando ahora sale el Ministerio de Cultura y dicen que van a ponerle una solución, pero ya está perdido, se ha ido a tomar por el culo. Sí, un chaval hace una canción, la cuelga en myspace y la escuchan 20.000 personas. Pero eso no es nada, no se vive de eso. O cuando dicen que se toca más en directo, por los cojones. Toco yo, pero al chaval que empieza le piden 300 euros por tocar en un local… ¿Cuando una generación se ha acostumbrado a que esto sea gratis, cómo vas a dar marcha atrás? Las descargas legales son 2.000 y las ilegales 4 millones, esa es la relación que hay. Dicen que la música es cara, supongo que las zapatillas deportivas se las regalarán… Yo ya pertenezco al reino de los dinosaurios, el que inventó el vinilo y va a ver el fin del soporte físico. La música no se acabará, habrá gente componiendo y con talento y estudios, pero en su tiempo libre. […]

 

Hablando a mediados de esta semana con un clásico como Alfonso Eduardo sobre la X edición de los premios “Flamenco Hoy”, que él organiza, me confirmaba que El Pele se había llevado el galardón al mejor disco del año. Y que un grande entre los grandes –y probable y merecidísimo ganador del próximo Príncipe de Asturias de la música-  mostraba su extrañeza al no haber ganado. “Le expliqué que había miembros del jurado que ni siquiera tenían su grabación” me decía Alfonso. “¿Qué discográfica es?” pregunté. “La suya” fue la respuesta que me temía. Porque es preciso volver a lo apuntado por Doctorow en su artículo. Se necesitan profesionales que sepan manejar las creaciones de los artistas. A quien enviarle la muestra promocional y a quien no. Tener listas actualizadas. Y cosas más prosaicas pero igual de fundamentales: hacer paquetes, ir a Correos, levantarse temprano por la mañana para asegurarse que los envíos lleguen puntualmente, etc.

Esta semana escribía Diego A. ManriqueEl futuro será primitivo”, en su columna de los lunes de El País, y comenzaba: “Qué cansinos son los profetas. Pienso en los que proclaman la extinción de las discográficas, el fin del copyright, el eclipse del CD. Entiendo que son frases rotundas, que tienen garantizado el titular y que llenan de orgullo bíblico a sus autores. Los apocalípticos se deleitan extendiendo el certificado de defunción al CD, pensando que eso supone un golpe mortal a las odiadas disqueras. Ignoran que ése es el sueño húmedo de los ejecutivos más despiadados. Para ellos, la desaparición del soporte físico significaría prescindir de fábricas, almacenes, transportistas, vendedores y tiendas. Recortan gastos, adelgazan plantillas; nada de lidiar con proletarios gruñones o regatear con minoristas.” Para continuar más adelante “Leo una crónica del Digital Music Forum East, conferencia neoyorquina de profesionales donde se presentan datos y se intenta retratar al mercado. El reportero se muestra boquiabierto. Creía que la gran mayoría de los estadounidenses era como él: la música le llega vía iPods, móviles, ordenadores. Resulta que dos terceras partes de los consumidores de música en EE.UU. sólo escuchan CD y radio. Ignoran las descargas legales o ilegales, pasan del streaming. De hecho, la industria musical todavía depende de los compradores de CD, mucho más numerosos que los que pagan por descargas, compran entradas para conciertos o adquieren objetos de merchandising (las otras fuentes principales de ingresos). Parece que periodistas y disqueros hablamos de boquilla: tenemos poca información sólida sobre los modos en que el público consigue, usa, conserva la música.

 

En estas estamos. O están. O estáis…

 

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Conmigo que no cuenten (Efe Eme)

29 de noviembre de 2008

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Suelen achacarnos a los de Madrid nuestra tendencia a mirarnos el ombligo. Lo cual en muchas ocasiones es cierto. Especialmente desde los medios de comunicación, que difunden problemas locales a escala nacional. Como así ha sucedido estos días con los cierres de varios locales de ocio nocturnos, sobre los que pesaban decenas de denuncias. Con el agravante de un caso concreto –Moma- que además está involucrado en el “caso guateque”, la macro corruptela del ayuntamiento de la ciudad.

 

La clausura de estas cuatro salas, But, Moma, Macumba y La Riviera –especialmente esta última- ha hecho correr ríos de tinta. Desde el blog de Andrés Calamaro hasta el de Rubén Caravaca, que publicó la nota de prensa (¿llena de medias verdades?) de la sala. Es decir de un artista a un manager. La unanimidad parece completa. Y la solidaridad con La Riviera también. Pero conmigo que no cuenten.

 

Julio Ruiz, de “Disco Grande” de Radio 3, le ha dedicado dos entradas en su blog alojado en la Web del ente público de RTVE. “Quiero ir a conciertos” titulaba ambos artículos, donde pormenorizaba la situación –local- de las actuaciones en directo en la capital. Análisis ecuánimes y pormenizados, como es habitual en él.

 

Diego A. Manrique en su columna en la edición nacional de El País del lunes escribía “Ciudad mutilada” donde añadía el componente político (PP) del asunto. Y también recordaba algunas enseñanzas de cuando fue “empresario de la noche madrileña”.

 

Conviene no olvidar –frase que repito demasiado últimamente- que el problema (local) de las salas de conciertos de tamaño medio en Madrid viene de largo. Podríamos decir que es hasta endémico. Si en su día desaparecieron algunas, fueron sustituidas por otras. Algo que ya está sucediendo con recintos que funcionan desde hace unos años y que no existían la década pasada. Echarle imaginación a la hora de buscar alternativas tampoco vendría mal. No es mi negocio así que no me atrevo a hacer sugerencias, que pueden resultar ridículas o utópicas. Pero si hay que reconocer que la situación ha mejorado muchísimo con innumerables locales, bares, etc. de aforo reducido, que son excelentes escaparates para los nuevos. ¿Por qué no puede pasar lo mismo con recintos de capacidades comprendidas entre 1.500 y 3.000 personas?

 

Manrique comentaba en su artículo sobre las corruptelas (que todos imaginamos que existen) que rodean al ocio nocturno. Fuentes consultadas por mí (que permanecerán en un prudente anonimato) añadían nueva luz. Parece que hay una coincidencia en desplazar actuaciones al extrarradio. Hacía locales manejados y controlados por los constructores y empresarios afines a las obras faraónicas que han invadido la ciudad. Y el cierre de Macumbas, Rivieras, etc. favorece este proceso de traslación.

 

Corrupciones aparte, de lo que nadie habla es de las innumerables irregularidades. Todas relacionadas con temas de seguridad y sanidad. Desde meter más gente de la autorizada hasta el ya “clásico” garrafón.

 

Que no cuenten conmigo para que apoye sitios que te ponen en situaciones de riesgo manifiesto. Y que además cobran un dineral por cada copa y cada entrada. En nuestro Madrid la frase “si vas a La Riviera pide cerveza” es un dogma. Extensible a la mayoría de lugares… ¿Cómo permitimos el envenenamiento masivo? ¿Por qué nos parece tan normal? Y a precios desorbitados… Por no mencionar las deficiencias acústicas y de visibilidad.

 

Que cuenten conmigo para averiguar porque se ha hecho la vista gorda durante tanto tiempo. Por qué se han permitido abusos y a cambio de qué. ¿Ha tenido que ocurrir una desgracia -el asesinato de un joven- para que nuestras autoridades se hayan quitado la venda de los ojos? Porque la situación de los porteros y seguratas de discotecas y clubes lleva así desde hace tiempo. En Barcelona ya lo solucionaron hace unos años. Pero parece que como no son de Madrid, no nos hemos enterado. ¿O no nos ha interesado?

 

¡Que pronto hemos olvidado lo de Alcalá 20!

 

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