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Rick Rubin, Miguel Bosé y Mishima (por Julio Valdeón Blanco)

11 de febrero de 2011

Encuentro en Efe Eme una muy interesante respuesta de un lector, un misterioso G., a mi pieza sobre el regreso de grandes y olvidados artistas. Plantea que España solo produce discos de homenaje. Aleladas recreaciones con alumno famoso interpuesto. Regresos de saldo o mesa camilla. Qué razón tiene. Hubiera matado por disfrutar del, digamos, Tratamiento Rick Rubin, en alguien como Mari Trini. “Alas De Cristal“, lo siento, no me parece EL disco, y ya no será posible. Ídem para Bambino, que bien lo merecía. Ahora, ¿lo merecíamos nosotros? ¿Merecíamos a semejante portento? ¿Merecimos a las Vainica Doble? Puestos a hablar de Carmen y Gloria, ¿merecíamos a Mario Pacheco? Ah, entiendo. El cierre de Nuevos Medios, esa mierda, ese obstáculo en la carrera hacia la libertad del artista, retrógrada imposición entre el angélico creador y su sediento público, solo puede ser bueno… Un paso adelante, dos pasos atrás, ¿no es así, Rodríguez Ibarra, Amador Savater, superviviente a las cenas del miedo, lectores de Vladimir Ilich Lenin, líricos enemigos del intermediario, idealistas guerrilleros en pos de la libertad, románticos francotiradores? Encima, el flamenco (¡y el silbo canario!), es Patrimonio de la Humanidad. ¿O de la UNESCO? Disculpen que nunca recuerde tan pomposos títulos, vomitivo afán nobiliario que apenas sirve para otra cosa que no sea financiar institucionales saraos. Ya saben. Se trata de un país, el nuestro, donde Enrique Morente recibe honores presidenciales en el telediario una vez cumplido el engorroso trámite con las Parcas. Antes no, faltaría. Cuando publicaba maravillas tipo “Omega” no había sitio. No era, sublime conjuro, ah, oh, noticia. No. No provocaba contundentes erecciones entre los directivos de las cadenas. A los buitres de guardia, especialistas en homenajes fúnebres, sordos correveidiles de la náusea, Morente solo les interesa muerto. Pacheco o Nuevos Medios, ni siquiera.

Recuerdo haber leído que Celia Cruz soñaba con grabar un otoñal disco de boleros. Por pereza, imposiciones, mercadotecnia, qué sé yo, no lo hizo. Regresen a “Vasos Vacíos“. Intuyan, si logran contener el vértigo, la rabia, la vergüenza o la pena, cuanto perdimos. Anoten aquí que la culpa concreta es muy posible que fuera de las discográficas. Defender la propiedad intelectual no incluye ser gilipollas, pero, verán, por mucho fenicio que hubiera en ellas, por muchas decisiones discutibles que tomaran, por mucho engendro que patrocinasen, la cultura no es ni será nunca pura nube, algodón rosa, mágico pensamiento que ni moja ni huele ni traspasa, luminiscente fornicación de sonrientes hados, cascabeleros duendes y opalescentes musas. La necesidad de intermediarios, léase productores, etc., con gusto y criterio, parece decisiva. El dinero para costear sus servicios, también.

Volviendo a Celtiberia show, sección utopía, sería histórico el regreso de Pepa Flores con material y dirección a la altura.

La última bala de Sabina pasa por despedir al equipo médico habitual, tan chistoso, tan fraternal, tan AOR, tan gagá. ¡Esas guitarras eléctricas, dios mío! ¡Esos arreglos! ¡Esos teclados! Sobran compositores, instrumentistas, etc., que imagino estarían encantados de alistarse. O no. Asunto distinto es que el Sonetista quiera, o a estas alturas pueda o sepa. Asombroso que cite al Cohen anciano como modelo. Desde luego “The Future” no opera como brújula de “Vinagre Y Rosas“.

Puestos a implorar: que vuelva con lustre Rafael Amador. Ah, si tuviéramos vergüenza Moris disfrutaría de discográfica cómplice, contrato a la altura, lanzamientos cuidados, etc. Y lloro porque la última década de Chavela Vargas ha sido quemada con duetos superfluos, repeticiones ad nauseam del mismo repertorio, etc. De Serrat solo espero que no repita “Dos Pájaros De Un Tiro“, fiesta de chistes con cuarto y mitad de alzheimer. María Jiménez rozó el modelo soñado. Temo que lo suyo fuera un (bello) espejismo. Nunca aprecié mucho las virtudes de Raphael. Reconozco, eso sí, que sería interesante verlo lejos de Miami… y de la pose cool e insufrible, habitual entre sus modernos admiradores.

España, palabrita de Fraga, siempre será diferente. Qué escribo diferente. ¡Exótica! ¿En EEUU recuperan a Johnny Cash? ¿Dice usted Wanda Jackson, Mavis Staples, Solomon Burke, Loretta Lynn, Marianne Faithfull, Bettie Lavette o Kris Kristofferson? Nada, nada. Chorradas. Prescindibles dinosaurios. Nosotros, oiga, gozamos con un resucitado Papito Bosé. Ahora nos visita en Manhattan. Qué suerte tenemos. Bienaventurados los plumillas agraciados con un pase para disfrutar del sublime intérprete, cáustico compositor, inmarchitable crooner. Tan emocionante, vanguardista, independiente, poético y tierno que sus discos debieran de incluir una etiqueta. “Manténgase lejos del alcance de los niños. Si queda expuesto a su escucha durante más de cinco minutos póngase en contacto con el centro de control de envenenamiento. Una dosis mínima basta para infligirse el seppuku“. Algo así.

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¿Pactaron las 4 grandes discográficas el precio de la descarga digital?

13 de enero de 2011

La agencia Reuters ha distribuido una noticia muy interesante que reabre un caso del 2008. La traducción al español de la nota original es bastante mala, pero la reproduzco tal cual se ha publicado en algunos medios:

Sony, Vivendi, Warner Music y EMI, entre otras compañías, serán juzgadas por prácticas monopolísticas en Internet

Las principales discográficas de EEUU han perdido una apelación ante el Tribunal Supremo contra una demanda por prácticas monopolistas. En ella, se acusa a los grandes sellos de conspiración para fijar los precios de la música que se vende en Internet. El caso se remonta varios años atrás, cuando varias personas que descargaban música en Internet demandaron a las grandes discográficas estadounidenses, que controlan más del 80% de las ventas de música digital en el país.

En aquella demanda, se acusaba a las compañías de acordar un precio mínimo mayorista de unos 70 céntimos por canción cuando los rivales comenzaron a ofrecer música en Internet a un precio mucho más bajo. La querella en cuestión fue rechazada por un juez federal en 2008 y se recurrió al tribunal de apelaciones. Dicho tribunal determinó que el magistrado erró en su veredicto y puso en marcha de nuevo la demanda.

Según el tribunal de apelaciones, los demandantes habían aportado suficientes hechos que sugerían que hubo una conspiración entre las grandes discográficas para fijar los precios de la venta de música en Internet y remitió el caso al juez para que continuara adelante con él. Los abogados de una serie de compañías -entre ellas Sony, una unidad de Vivendi, Warner Music y EMI- apelaron la sentencia, alegando que el caso planteaba asuntos importantes y recurrentes que requerían de una resolución del Tribunal Supremo, que finalmente ha rechazado la apelación de las discográficas.

El caso antimonopolio continúa adelante.

Unas aclaraciones:

  • los 70 céntimos equivalen más o menos a medio euro.
  • la única estadounidense es Warner (en manos de un fondo de inversión de capital riesgo), mientras las otras tres son francesa (Universal), japonesa (Sony) y británica (EMI, también controlada por un fondo).
  • la “unidad de Vivendi” es Universal (la antigua Polygram más MCA).

Decía que me parecía un  caso muy interesante porque llevo años opinando que es imposible que las discográficas aplicasen según qué soluciones en el mercado USA, por sus leyes antimonopolio. El precio y la negociación colectiva eran algunas de ellas. Las tiendas online eran otra. Los partidarios de la “barra libre”, interesados en otros asuntos, no tomaron nota nunca. Y periodistas como Berlín, Escolar, Varela, etc. siguieron a lo suyo. En vez de informarse antes de opinar. Este asunto de ahora -ya veremos su desarrollo- es otro argumento más que me da la razón. De hecho en octubre del 2009 escribía para Efe Eme un artículo al respecto, del que ahora extraigo varios párrafos:

[…] La aparición de Internet en la década de los 90 del siglo pasado empezó a poner todo patas arriba. ¿Se durmieron las multis en sus laureles? Puede. Es la idea que han manejado los “enemigos” (aquellos que tienen intereses en las operadoras telefónicas y de acceso a la Red). Lo cierto es que Universal a finales de los 90 ya estaba explorando las posibilidades comerciales y de negocio en Internet. El modelo era el de la explotación cinematográfica (cines, video, pay per view, canales de TV de pago, canales generalistas de TV). BMG compró Napster. Algunas Webs de venta online estaban fomentadas por varias majors. ¿Qué otras alternativas estaban a su disposición? No muchas más. Hace 10 años se introdujo el streaming y no arrancó. Hoy en día ha resucitado y parece una formula de éxito. En mi opinión es un sustituto a las emisoras de radio (cuyo rol en la difusión de músicas y artistas ha sido decisivo).

El fenómeno del P2P tuvo tres actores principales: Napster, Kazaa y LimeWire. A principios de 1999 los Napster entablaron conversaciones con las principales compañías estadounidenses. Partían de la idea que los artistas no cobraban sus royalties y la usaron para presentarse ante la comunidad creativa como “artist friendly”. Pasaban por alto algunos aspectos básicos: los adelantos sobre regalías tienen que recuperarse; las compañías no podían negociar sobre derechos no contemplados en sus contratos con los artistas (y ya había habido problemas con la aparición del CD y los acuerdos firmados antes de 1980) y debían renegociar, con un previsible coste; las estrictas leyes anti trust de EE.UU. imposibilitaban acuerdos globales de la industria; el temor a romper un modelo de negocio basado en la venta de álbumes y no de canciones, lo cual implicaba un salto atrás de al menos 25 años (a grupos y solistas tampoco les favorecía). Estos factores configuraban el escenario hace 10 años.

En el cambio de siglo algunos mercados sufrían la plaga del Top Manta. En España se tardó años en perseguir esta lacra. En países como México y Brasil es una realidad que domina el mercado. Los intentos de movilizar a los gobiernos no tuvieron el apoyo requerido. O cuando llegó era demasiado tarde. Por aquí nos encontramos con problemas del tercer mundo (piratería) y del primero (descargas).

Cuando la industria pidió ayuda -a las agencias gubernamentales y ministerios del ramo- para regular el mercado de las descargas, la respuesta era invariablemente la misma en todo el mundo: había que ayudar a las telecos a desarrollar su negocio y no se les debía poner trabas. Llegados a este punto sólo puedo comentar el tremendo error de esos mandatarios que ahora se ven forzados a tomar medidas drásticas (abarcan desde la desconexión a Internet hasta la invasión de la privacidad de tus datos)

Y a todo esto dejo para el final un dato de lo más esclarecedor: leía las navidades pasadas en el Wall Street Journal como las discográficas habían perdido la batalla de las relaciones publicas en los medios que crean opinión. Se refería al New York Times, Washington Post, LA Times, etc. Sostenía la tesis que la razón principal era porque las disqueras no contrataban publicidad en esos medios. Y las empresas tecnológicas sí… […]

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Especies que desaparecen (por Julio Valdeón Blanco)

3 de enero de 2011

Remato una crónica para Ruta 66 donde narro un viaje por Mississippi. Región olvidada, cuna del Blues pero también de la segregación, sólo en tiempos recientes sus mandamases políticos parecen comprender la magnitud de la gesta cultural que supusieron los doce compases, reconciliados al fin con el hecho de que fueron los hijos de esclavos, con sus tradiciones de Senegambia, quienes pusieron el territorio en la cartografía del siglo XX. Al hilo de una progresiva recuperación de los lugares históricos, tumbas de músicos, etc., malvive una precaria escena que conserva las esencias de aquella música embriagadora. Al frente del renacimiento figura Roger Stolle, antiguo ejecutivo afincado en St. Louis que abandonó su trabajo y vendió su casa para trasladarse a Clarksdale, lugar sagrado del género, hogar de Muddy Waters cuando vivía de destilar whisky ilegal, tumba de Bessie Smith, puerta del Delta, donde ha levantado una memorable tienda de discos y libros, Cat Head Delta Blues & Folk Art inc. Más importante aún, descubrió que todavía quedan músicos octogenarios tocando las variantes primigenias, hijas directas de las que patentaron Son House o Robert Johnson. Una especie en extinción: lejos de los pirotécnicos solos de guitarra preconizados en los cincuenta por los dos King, Albert y B.B., los Terry Harmonica Bean, T-Model Ford, Pat Thomas, etc., perseveran en el Blues más espartano, hipnótico y crudo, tocan para un público local en garitos zarrapastrosos, apenas les alcanza para subsistir. Gracias a Stolle, que ha grabado a la mayoría, su música no se perderá «como lágrimas en la lluvia». Merced al pequeño sello que montó hoy son reclamados en lugares como Nueva York o Seattle. A la devoción, audacia y, uh, dinero, de un admirador debemos que hayan sido resituados en los mapas. Stolle, ¿es necesario decirlo?, forma parte de la industria, como Richard Berry, primero estafado por la precariedad de ésta y más tarde resarcido gracias a que la posición de los autores ganó fuerza, escritor de “Louie Louie” que en los años cincuenta vendió los derechos de la canción por entre 75 dólares y pudo finalmente participar en los beneficios que había generado cuando 25 años más tarde ganó una demanda (al respecto pueden consultar “The Sound of the City, The Rise of Rock and Roll“, el seminal libro de Charles Gillet). Oh, là, là, la industria, la misma que producía a individuos como George Goldner, que colocaba su nombre junto al de los legítimos escritores de las canciones, caso de “Why Do Fools Fall In Love“, para luego venderlas al mejor postor, la misma industria, porque esta es una historia en claroscuros, que pagaba su sueldo a John Hammond y éste cumplió descubriendo y grabando, contra la opinión de sus superiores, frente al inicial desinterés del público, a Aretha Franklin, Count Basie, Bob Dylan o Leonard Cohen, esa industria que permitía el desarrollo de tipos tan fascinantes como los hermanos Chess o los Etergun, la misma que apoyó a maestros del bluegrass como Bill Monroe cuando apostaron por tomar elementos de la tradición negra, la que en España dio a gente como Gonzalo García Pelayo, sellos como DRO, construida bajo la máxima de que las independientes rastreaban el underground, las grandes fichaban lo más prometedor de entre esa oferta y a cambio las indies seguían ejerciendo de cazatalentos con la oreja cosida al asfalto. Hablemos de la industria, a la que los paladines de la piratería y el libre intercambio de contenidos culturales desprecian, la que fuera Decca o RCA o vive reencarnada en Cat Head, la que en su día fichó a Little Richard, la que logró que el reggae (Chris Blackwell y su Island Records) pasara de fenómeno local, circunscrito a una olvidada isla caribeña, a patrimonio global, responsable de mil y un abusos pero también de innumerables prodigios, de que podamos disfrutar, digamos, de las piezas de Jerry Lee Lewis, Louis Armstrong o Charley Patton restauradas y anotadas gracias a que existen Charly, JSP Records o Catfish, la que en el caso de Stolle justifica la fe en ser humano cuando contemplas como arriesga su capital para conservar y distribuir el trabajo de unos ancianos bluesmen, dignificando de paso sus condiciones de vida.

Obviedades, pero necesarias ahora que el debate respecto al corso sobre la propiedad intelectual alcanza cotas de impresentable sofismo. Con impunidad rampante miles de discos, películas y libros son descargados por un consumidor que en la falta de aranceles legales de Internet ha encontrado la perfecta barra libre. Si Ramoncín o Alejandro Sanz, un suponer, claman contra las descargas ilegales, mil y un internautas anónimos mientan sus discos, familia y allegados, crean foros para verter veneno, etc. Abunda el consabido «vete a poner ladrillos». Ignoran los verdugos la máxima lorquiana según la cual uno es poeta por la gracia de Dios… y del trabajo. Entrañable país, el nuestro, experto en sangre y moscas, donde paseamos al enemigo por las tapias de los cementerios virtuales mientras los nuestros, siempre los nuestros, fusilan a destajo. Hay que azotar al disidente, al que no piensa igual, ridiculizarlo, hacerse el simpático llamándolo enterado, listo, corrupto, ladrón, elitista, suficiente, mafioso, inventarle motes, bucear en su pasado, destripar sus méritos, pasearlo por la vía pública, hacer bufa, rechazar la mesura, la elegancia, la buena educación, la honradez intelectual, tan reaccionarias. En lugar de combatir las ideas, masacrar al individuo, laminar al otro, desintegrarlo, reducirlo a patético payaso, cosificarlo y machacarlo, puag, qué asco, ahí lo tienes, dando lecciones en su palacio de malaquita, entre yates y cochazos, mal español, ejemplo de la antiespaña, uf, que ya sólo merece la misericordia de nuestro bendito garrote, la caricia de la guillotina eléctrica reclamada por Valle.

Como me disparo, mejor centramos el debate.

Aclaremos, por si las dudas, que el canon digital fue una chapuza lamentable, que opino que debe suprimirse.

Con su aprobación pareciera validar cualquier asalto al copyright; de paso, culpabiliza al usuario sin vista, acusación o pruebas. Claro que su torpeza no valida las tropelías, como el pagar impuestos para que limpien tu calle no te exonera de tus obligaciones cívicas, y a nadie se le ocurre protestar cuando lo multan tras mear el empedrado sólo porque antes pagó al ayuntamiento (el ejemplo no es mío, lo leí en un foro hace poco). Pero, ya digo, el dichoso canon fustiga a quien copia para uso privado. Mala cosa por cuanto la copia privada resulta sagrada. Otro asunto será tomarla para distribuirla urbi et orbi si nadie concedió el privilegio. ¿Tan difícil resulta entenderlo, comprender que no es igual pasar un CD a un amigo que difundirlo gratis total entre cientos de miles? Afortunadamente el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha limitado su aplicación (dejando exento de su pago a instituciones y empresas). Algo es algo, aunque insuficiente a mi entender porque el Tribunal, con sede en Luxemburgo, señala que: “no es necesario verificar en modo alguno que éstos hayan realizado efectivamente copias privadas ni que, por lo tanto, hayan causado efectivamente un perjuicio a los autores de obras protegidas“. En el enlace a la noticia encontraran la sentencia completa y las declaraciones de un conocido abogado anti canon.

La Ley Sinde, o lo que de ella quede, arregla poco.

Uno no puede cerrar Webs sin una legislación clara, sin orden judicial previa, a no ser que de una puta vez dejemos claro que es delito y que no, o sea, cuando fijen una ley para Internet, actualizando, de paso, la legislación relativa a la propiedad intelectual. La ley actual, anclada en el viejo mundo de la cinta analógica o, con mucho, del top-manta, rarezas del pleistoceno, no funciona.

Del penoso espectáculo brindado por la clase política española ya ha escrito con eficacia no exenta de amargura Juan Puchades.

Cierto, la industria musical ha cometido numerosos atropellos. Como todas, pero no más que otras industrias.

Mantiene un discutible sistema que en numerosas ocasiones le ha permitido quedarse con los masters. Y consintió el entierro del vinilo. Colocó en su lugar el CD, que prima la comodidad sobre la calidad sonora, un artefacto más barato de fabricar que sin embargo colocaron en el mercado un 30% más caro. La historia del CD, o de cómo entregaron el master, es la de una guerra entre las productoras de hardware, Philips y Sony, frente a las discográficas puras. Concebido en principio para un consumidor de alto poder adquisitivo y enfocado a la música clásica (Deutsche Grammophon era de Polygram/Philips, hoy Universal), serviría como anzuelo para vender sus entonces carísimos aparatos reproductores. Los japoneses, que ya habían perdido la guerra del vídeo a pesar de poseer un formato superior al VHS, Betamax, porque no tenían las películas, compraron CBS. Negocio pingüe, debieron pensar, y durante un tiempo lo fue.

En muchas ocasiones pareciera que disfrutan disparándose al ombligo. Piensen en el libro digital en España, ese espanto, víctima de una plataforma que parece diseñada por sus peores enemigos.

Pero, repito, al amparo de tantos y tan evidentes pasotes engorda un pensamiento lírico que identifica industria y mierda, y va a ser que no, va a resultar que los argumentos que insisten en sus insuficiencias o tropelías aparecen mezclados con malentendidos de consecuencias devastadoras para nuestro futuro económico y cultural. O como ha escrito Arcadi Espada, millones «participan con plena indiferencia moral en esta versión digital del tradicional escalo, que como toda forma de ilegalidad organizada ha segregado una copiosa ideología, destinada a enmascarar el objeto del negocio y a recubrir con ampulosa costra la mala conciencia de los usuarios, que al fin se sienten ladrones con causa».

Con la intención de aportar claves al debate, paso a repasar algunas.

Dicen muchos que si algo les interesa lo descargan; después, si les gusta, lo compran. Permitan que dude. Gracias a YouTube, Myspace o, no digamos, Spotify, uno puede escuchar la producción de un grupo y saber si le interesa. Queda muy elegante decir que una vez que verificamos las bondades de determinado disco procedemos a comprarlo, pero la realidad es que el desplome de las cifras de ventas demuestra que nadie o casi nadie lo hace. Una vez descargado jamás corroboramos su calidad pasando por caja. La discusión es subjetiva, abierta a debate, etc., pero los números, cabritos, desmontan el artificio de una comunidad que primero circula por eMule y después pasa la tarjeta de crédito.

Es entonces que añaden que habría que pagar por lo bueno, pero que la mayoría de las películas, discos, etc., son muy malos.

Entonces, ¿por qué comprarlos tan caros?

Por lo mismo que pagamos por cualquier otro bien o servicio.

Porque resulta entre abracadabrante y estupefaciente considerar la hipótesis de una comisión de sabios o un perpetuo referéndum que disponga precios en función de la siempre discutible genialidad del disco o libro.

El que los precios estén o no inflados no significa que podamos arramplar con el producto.

Si nos parece que nos roban vayamos a magistratura, presentemos la correspondiente denuncia.

Si tampoco es para tanto, si decimos robar en sentido figurado, etc., mejor seamos cautos, evitemos desnaturalizar el lenguaje, vaciarlo de contenido.

Como las discográficas, productoras, etc., son maaalas, como además menuda mierda de discos hacemos en España, servidor, masoca perdido, corre a ponerse ciego de descargas.

Las cifras de ventas de música muestran un desplome del 71,46% en esta pasada década, con un incremento de la piratería -Top Manta y descargas ilegales- inversamente proporcional al descalabro. Y la más perjudicada ha sido la música española: un descenso del 65% en un lustro.

Entonces argumentan que no hay lucro.

Solo compartimos.

Hombre, no hay lucro para quien cuelga el disco en un servidor de intercambio, pero las páginas que los albergan, repletas de publicidad, no digamos aquellas que te piden registro y después venden los datos a empresas externas, ganan pasta, por no hablar, claro, de las teleoperadoras, forrándose a costa de distribuir sin pagar un clavo el trabajo ajeno. No vale, no, que hayamos pagado el disco, igual que el abonar la entrada de cine no autoriza a fletar un autobús para que todos los colegas entren en la sala, igual, en fin, que la dichosa entrada de hoy viernes no sirve para la sesión del sábado. El sonsonete de que otras mercancías, pongamos una humeante barra de pan, se pagan una vez, o sea, no distinguir entre bienes materiales e ideas, ladrillo o patente, camisa y partitura, velocidad o panceta, explica porque primero exiliamos a los afrancesados, después, más broncos, fusilamos a Ramiro de Maeztu en Aravaca, a Lorca en el camino de Víznar; actualmente, posmodernos, aseados, pulcros, nos limitamos al saqueo.

Ya, bueno, pero es que la verdad de la música está en el directo. ¿Quieren dinero? Que actúen. Yo sí voy a conciertos y pago.

Lo de siempre, confundimos autor e intérprete, algo que desde los Beatles y Bob Dylan se da con frecuencia pero que no siempre ha sido o es así. Desde los compositores del Brill Building (Doc Pomus, que escribió entre otras “Save The Last Dance For Me“, o Gerry Goffin & Carole King, autores de, por ejemplo, “Will You Love Me Tomorrow) a la factoría Spector (de la que salieron “Be My Baby” o “Unchained Melody“), hemos disfrutado de la bendita aportación de fulanos que preferían escribir a interpretar, así como de cantantes, Sinatra, Elvis, Camarón, que casi siempre grababan material ajeno. ¿Acaso Leiber & Stoller, autores de muchos de los éxitos de Elvis, no merecían cobrar? Por otro lado afirmar que la verdad palpita en el directo supone incurrir en un ejercicio de meridiana barbarie, olvidar que es el disco el que perdura, el que puede transmitirse a través del tiempo, o que algunos de los más brillantes y elaborados nunca fueron reproducidos en vivo.

Volviendo a los Beatles, sus mejores obras, del “St. Peppers” a “Abbey Road“, coincidieron con el enclaustramiento de un grupo que renunció a tocar en un escenario para consagrarse a la alquimia de la grabación. Pero es que, encima, el músico no tiene porque tocar ante el público si no le da la gana. No distinguir entre la obra grabada y su reproducción en vivo, creer que por pagar la segunda ya abonamos los costos de la primera, es una aparatosa falacia. Y están los músicos, caso del Johnny Cash anciano, que por motivos de salud ya no podían tocar. Pues que les zurzan, cantan los alegres corsarios, que yo no pago por las American Recordings que registró en los noventa.

Santiago González ha publicado en estos días una serie, La culpa es del tomate, en la que trata de arrojar luz en el foso. Compartiendo muchos de sus argumentos, acertando en reclamar por enésima vez que la solución pasa por revisar a fondo la Ley de Propiedad Intelectual, solicitando garantías judiciales para cualquier cierre de Webs, trato de aclarar, sin lograrlo, la razón por la que reproduce unas declaraciones de Manolo Escobar en las que el cantante señalaba que «si a la gente le gusta bajarse las canciones de internet el artista tiene que buscarse su trabajo en otro sitio y punto. Te lo buscas en el teatro». Entrañable, lógico en quien desarrolló buena parte de su carrera en un país desmochado, donde el mundo del espectáculo era un entramado paupérrimo, cuando al artista no le quedaba otra que pasar la gorra de teatro en teatro ante la imposibilidad de que la famélica industria fonográfica nacional, esa que hoy desaparece a velocidad turbo, pudiera ayudarlo. Ojo, Escobar triunfó. Pero el modelo del que habla, grabar un disco como mera presentación de tus espectáculos, ya existía: justo antes de que las discográficas se consolidaran y los reproductores de música fueran asequibles, o sea, hasta los años cincuenta, el negocio pasaba por el directo. A los artistas se les grababa en condiciones penosas, especialmente a los de géneros considerados de baja estofa, como el Blues o el Country, pagándoles miserias, robándoles los derechos de autor, dejándoles fuera de los beneficios que la venta de esos discos para las jukebox de los bares pudieran deparar, condenándolos, en suma, a no controlar lo que registraban ni como se vendía. Como escribía Javier Pérez de Albéniz, ¿vamos nosotros a ser tan hijos de puta como aquellos empresarios? Sólo con el auge del rock and roll, con la aparición de un sólido entramado que agrupaba a managers, abogados, etc., con el acceso de los artistas a la parte del león, pudieron estos negociar con ventaja, marcar la pauta comercial y, en buena medida, creativa. Nace entonces la edad de oro del disco de larga duración, concebido con ambición homogénea y no mera acumulación de canciones, mientras el EP cumplía la terapéutica función de dar salida a los temas más comerciales, a las canciones impares. La irrupción del CD acabó con el modelo, aparecieron más y más discos rellenados con remedos, apurados hasta el último segundo. La irrupción de iTunes demuestra hasta qué punto el consumidor prototípico prefiere el fogonazo casual de una canción determinada, el ritmo de las antiguas FMs con sus listas de éxitos, a la colección que exige tiempo y esfuerzo. Consecuencia indirecta del consumo de temas virtuales, sin soporte físico, es la desaparición del engorroso libreto, ese que daba cuenta de la gente que había trabajado, letra pequeña que sólo interesa a los cuatro bobos que sospechan que detrás de las canciones, libros, películas, hay autores. Tampoco debiera de ser mala la vuelta a las canciones aisladas, si bien reducimos la posibilidad de que aparezca un número suficiente de obras de gran calado. Más corrosivo parece que lo perdido en autoría, firma, nombre, nos lleva de vuelta al arte anónimo, gremial, ese que el romanticismo jubiló para dar paso a la figura del artista autónomo, alumbrado por la individualidad en letras de molde. Que las discográficas, y especialmente que la plataforma iTunes, cobren casi lo mismo por descargar un disco que no necesita de almacenaje, distribución, etc., fomenta el grito en contra del usuario y genera una realidad que lejos de beneficiarles acabará por ahogarlos. Ganancia momentánea, sangría a largo plazo, debieran corregirla. Si pueden… pues le recuerdo que en buena medida los responsables del precio del disco son las grandes superficies comerciales, las mismas que primero ahogaron a las pequeñas tiendas y ahora arrinconan la sección de discos hasta convertirla en algo anecdótico.

Volviendo a Santiago González, había explicado en su artículo que «Internet es un factor que permite a Shakira, por poner un ejemplo, dar conciertos con decenas de miles de asistentes y cobrar por uno de ellos lo que era inimaginable en un artista de su nivel hace quince años. Ya no hace falta organizar un Woodstock, ni ser Julio Iglesias o el difunto Sinatra para atraer al público en las mismas cantidades, pero todos los fines de semana».

No, don Santiago, Shakira da conciertos con decenas de miles de asistentes porque antes hubo una discográfica que pagó durante años para promocionarla, que ha invertido en publicidad, que ha concertado entrevistas y, ejém, presionado a los medios, pagado los vídeos que venden sus canciones, cuñas de radio, apariciones en las emisoras que cobran porque determinado disco suba o no en sus listas, etc. Los grupos que tratan de dar a conocer su producto sin una discográfica fuerte detrás, tirando sólo del boca/oreja, de su página web, Facebook, etc., las pasan putas. En un abrumador porcentaje jamás podrán profesionalizarse. Conozco el percal. Tengo amigos en grupos independientes, gente que se curra la autoedición, representantes de bandas que lo mismo escriben gratis la nota de prensa que participan sin cobrar en el videoclip que otro amigo ha rodado. Con suerte, luego de invertir al menos 12.000 euros de sus bolsillos en grabar un disco, tras casi una década en la brecha, reciben críticas entusiastas de la crítica especializada y logran dar unos 30 conciertos al año con una media de 50 espectadores que pagan 6 euros, o menos, por cabeza. Por supuesto, mantienen trabajos aparte, cómo no, será imposible que en el futuro una compañía les entregue un anticipo para que puedan encerrarse en un estudio durante un año, como hizo Bruce Springsteen cuando grabó más de sesenta canciones y dio forma a “Darkness On The Edge Of Town“. Me pregunto en qué planeta viven quienes cuando al hablar de músicos acuden siempre al ejemplo de Miguel Bosé o similares, si conocen la existencia de revistas como Ruta 66, Rock de Lux o Efe Eme y lo que estas defienden, si saben de Munster Records o Elefant, o Chapa. Pues bien, todo ese colectivo de músicos a la intemperie, con la actual crisis, tiene más difícil que nunca que una discográfica apueste por ellos. Irán a lo seguro, a lo que no falla, a lo único que nuestros intelectuales, que a lo sumo citan a Lennon & McCartney, conocen. Entonces, funesto instante, argumentamos que los músicos, autores incluidos, ya cobran cuando entregan su disco. Lo que buscan, enemigos del pueblo, es seguir ganando pasta gansa por el mismo producto, ¡el mismo! toda su vida.

Cierto que las grandes estrellas cobran generosos anticipos, pero la inmensa mayoría de los músicos apenas recibe adelantos. Los beneficios llegan, de llegar, si el disco vende. El disco, por cierto, exige pagar no sólo al grupo o cantante de marras, que verá compensado su esfuerzo si hay royalties, sino también a los instrumentistas de sesión, ingenieros, productores, etc. Decir que hoy cualquiera puede grabar por cuatro perras en su casa equivale a ignorar con malicia que las obras de Sinatra en Columbia y Capitol, con aquellas grandes orquestas, jamás podrán realizarse en tu habitación, o que el “Blonde On Blonde” de Bob Dylan jamás hubiera supurado aquel sonido de mercurio líquido de no haber contratado Columbia a un ejército de soberbios mercenarios en Nashville, o que la propia Nashville, hervidero de estudios y músicos de alquiler, sería impensable de no existir ingresos para mantenerla. Estudios como Stax, en Memphis, o Muscle Shoals o FAME, en Alabama, germinaron el periodo dorado del Soul merced a que alguien pagaba el desplazamiento de las Aretha Franklyn, Etta James, Wilson Pickett, Arthur Alexander, Clarence Carter, Joe Tex, etc., hasta los lugares donde un ejército de compositores, músicos, productores, etc. (Rick Hall, Dan Penn, Barry Beckett, Jimmy Johnson, Jerry Wexler, Booker T & the MG´s, Jim Stewart, Stelle Axton, Chips Moman, Isaac Hayes, David Porter, Spooner Oldham, etc.), daba lugar a aquel sonido. Detroit jamás hubiera dado el soul de los setenta de no haber existido la infraestructura de unos estudios, Motown, que posibilitaron que naciera un estilo con marchamo único. El Rock and Roll, tal y como lo entendemos, nace en el minúsculo estudio de Sun Records porque un buen día un fulano que hasta entonces trabajaba como empleado de hotel decidió jugársela, alquilar un local, construir el estudio con sus manos, fichar talentos locales, ayudarles a buscar un sonido, grabarlos, etc. Me refiero, claro, a Sam Phillips, y entre sus descubrimientos figuran tipos como Howlin’ Wolf, Ike Turner, Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash, Conway Twitty, Roy Orbison, Carl Perkins o Charley Rich. Decir que sin Phillips también hubieran creado el rock and roll es pura-historia ficción, hipótesis no demostrable que dejamos para partidarios de desentrañar los etéreos genitales de los querubines.

Hagan la prueba.

Tomen un disco de la estantería, que se yo, “Lady In Satin“, inoxidable clásico de 1958 de Billie Holiday. Se trata de un álbum de canciones muy reconocibles en el que una cuasi agonizante Holiday, completamente alcoholizada, mezclaba su machacada garganta con vientos y cuerdas. Para empezar, está el asunto de las composiciones: todas ajenas, debidas a la pluma de escritores como S. Edwards, E. Bretton, D. Meyer, J. Van Heusen, H. Carmichel, J.F. Coots, etc. Todos ellos, y sus herederos, bien merecen que sus creaciones, “I´m A Fool To Want You“, “For Heaven’s Shake“, “It’s Easy To Remember“, “But Beautiful“, etc. les generen dinero, y la parte del león ha llegado con el paso de las décadas, cuando Holiday ha sido elevada al panteón de las grandes figuras del género. Por otro lado el disco cuenta con la inestimable participación en cada corte de la orquesta de Ray Ellis, responsable de los nuevos arreglos y director de un conjunto de cuarenta músicos en el que tocaban tipos de la categoría de Mele Davis, Urbie Green, Romeo Penque, Phil Bodner, Tom Mitchell, Danny Bank, etc., a los que, vaya por dios, hubo que alojar y pagar. Luego está, maldita sea, la figura del ingeniero, Fred Plaut, y cómo no el productor, Irving Townsend, en absoluto superfluo: aparte de coordinar las sesiones, enhebrar un sonido particular, aconsejar a los implicados, dirigir la post-producción, etc., tuvo que ejercer como psicólogo particular de Holiday, ayudándola a apaciguar sus demonios junto con el solícito Ellis. Por supuesto, fue necesario un estudio de gran calidad, repleto de cacharritos de última generación que captaran hasta la última voluta de unas interpretaciones que paseaban por el filo del cuchillo. Ellis, por cierto, decidió los arreglos y el repertorio luego de comprar y estudiarse todas las grabaciones disponibles de Holiday, por cuanto no basta con conocer del directo a un intérprete para planificar cómo será el disco, y cada uno de esos artefactos, sí, también requirió del trabajo de un nutrido grupo de expertos. Más todavía: el disco que ahora disfrutamos es una remasterización realizada en 1997 por Phil Shaap, experto al que debíamos, entre otras primorosas restauraciones, la de “Miles Davis & Gil Evans: the complete Columbia Recordings“, fastuosa caja en las que junto al ingeniero Mark Wilder, con el que también colabora en “Lady In Satin“, desarrollaron una complicada técnica para combinar las pistas originalmente grabadas en mono y estéreo, y así poder editarlas en dos ediciones diferenciadas. Junto a ellos, en los estudios que Sony Music posee en Nueva York, trabajaron el director del proyecto, Seth Rothstein, la ingeniera Debra Parkinson, los diseñadores gráficos Howard Fritzson y Randall Martin, el fotógrafo Don Hunstein, etc. Huelga decir que se beneficiaron de años de trabajo previo en el que los estudios ha desarrollado máquinas y programas que permiten la restauración de discos añejos en pésimo estado. Como escribía Diego A. Manrique hablando de la posible desaparición de Abbey Road, los míticos estudios donde los Beatles grababan, «Ocurre que los grandes estudios son depositarios de un savoir faire que resume décadas de errores, enmiendas, experimentos. Se necesitan unos micrófonos, un espacio, unos oídos expertos para grabar adecuadamente una batería, unos metales, unas cuerdas. Los bárbaros que proponían piqueta para Abbey Road seguramente ignoraban que, aparte de cargarse puestos de trabajo para técnicos y músicos, desaparecería un conocimiento único». Cuando la gente insiste en que si compra la edición remasterizada de los Beatles ya habrá pagado tres veces por las mismas canciones incurre en el pecado que venimos denunciando, obvia la costosísima orfebrería, décadas de magisterio e inventiva que la gente de Abbey Road y otros estudios han invertido. Discos como “Hot Rats“, de Frank Zappa, fueron posibles merced a la inversión en tecnología, al salto de las ocho pistas que dominaban en los sesenta a las dieciséis, mucho más flexibles, de los setenta. TASCAM, Heat y otras consolas sustituían a los viejos equipos de cuatro y ocho pistas, revolucionarios en su momento.

Ok., pero erre que erre una cosa es la música y otra la industria, y olé.

Todos esos discos, estilos, etc., existen porque hubo quien machacó sus neuronas, exprimió sus recursos y dedicó cientos o miles de horas a parirlos y difundirlos. Que nos parezca mal que luego quieran recuperar la inversión, en muchos casos para evitar la quiebra, da pena; que en contadas, gloriosas ocasiones algunos llegaran a hacerse ricos y nos parezca mal es propio de envidiosos incapaces de celebrar que uno entre mil músicos no viva como un perro y muera pobre, que alguno, sólo alguno de entre los tipos que nos hicieron felices, sea recompensado. Pero cuidado con los argumentos sentimentales, siempre pringosos. Sin apelar al agradecimiento, lo sustancial es que, salvo vuelta a las barricadas o triunfo de los soviets vivimos en un sistema capitalista, creemos en la retribución del trabajo, la propiedad privada y la acumulación de capitales; resulta, pues, sonrojante, que el consenso al respecto sea unánime excepto en el caso de los creadores. Más que apostar por la redistribución de la riqueza o la colectivización de la propiedad se trata de prístino latrocinio, robo descarado al que disfrazamos con máscara utopista para ocultar su amoralidad.

El siguiente argumento, o sea, que la cultura debe ser gratuita y universal, queda así respondido. Lo que debe ser gratuito y universal será la educación y la sanidad. La única posibilidad que existe para que la cultura fuera gratis es que estuviera completamente subvencionada, al cabo sometida al comisariado político de turno y el reparto de prebendas. No parece aconsejable que el dinero de los impuestos deba irse allí. Asunto distinto es la protección de una industria cultural que, en toda su amplitud, suponía en España el 4% del PIB, lo mismo, para entendernos, que la del automóvil, pero mientras la primera ha visto como más de ochocientas empresas, entre discográficas, distribuidoras, tiendas, etc., quebraba en apenas cinco años, con la consiguiente destrucción de empleo y perdida de mano de obra cualificada, la segunda sí parece de interés nacional. Así el gobierno subvenciona la compra de un coche nuevo. A todos nos parece bien, ¡cómo no! Ahora, si ayuda, pongamos, a la industria musical, hablamos de los chupópteros de la ceja, titiriteros y demás ralea. Lamentable, en fin, no distinguir entre la ideología del creador y su obra. El odio al contrincante nubla la evidencia de que resulta bueno para el país la existencia de una industria cultural bien musculada. Tanto unos, unidos por la repugnancia que les generan Sabina, etc., como otros, incapaces de reconocer, un suponer, que Jaime Campmany escribía de cine, no vemos más allá del disolvente prejuicio, hijos de esa España trágica que «ha de helarte el corazón», como tan certeramente recordaba Santiago González, profesionales en el caníbal arte de destriparnos sin pausa ni sentido de Estado ni gaita que lo acune.

Porque, señores, vivimos presos «del pensamiento mágico. Aquí creemos que la música grabada brota sola, que no necesita inversiones. Los centinelas de la cultura no leen la letra pequeña: solo cuenta el artista, aparentemente un fenómeno natural e inevitable. Se está extinguiendo la industria fonográfica nacional y ni siquiera quedará constancia escrita de sus afanes. Como si fuera una extraña artesanía tercermundista, a explorar por futuros mu-sicólogos de Ohio o Nanterre» (Diego A. Manrique dixit). Nuevos Medios, responsable del Nuevo Flamenco, podría quebrar y no pasa nada, nadie llora, nadie reclama, nadie se moviliza, nadie, faltaría, compra sus discos. Pues sepan que gracias a héroes como Mario Pacheco, recientemente fallecido, Ketama grabó con Toumani Dibate su seminal “Songhai“, el Flamenco-Blues de Pata Negra existe porque metió a los Amador en el estudio y reclutó a fenómenos como Carlos Lencero. Gracias a que viajó a Inglaterra y firmó un acuerdo con Factory, otro sello indispensable, trajo a New Order o los Smiths. A su muerte el país estaba demasiado ocupado en celebrar que el Flamenco ha sido declarado patrimonio de la humanidad y no sé cuantas ampulosas chorradas más como para preocuparse de que sus dinamos culturales desaparezcan sin posibilidad de reemplazo ni tejido económico que asegure la continuidad del empeño al que dedicaron sus vidas.

¿Otro ejemplo?

OK.

¿Recuerdan cómo Los Rodríguez salvaron el culo del rock and roll en español en los noventa? Su primer disco, Buena suerte, pasó desapercibido porque editaron en una compañía, Pasión, minúscula. Sólo tras el salto a DRO/GASA (adquiridos por Warner) abandonaron las penalidades. Merced al éxito de sus últimas dos obras, en especial del recopilatorio “Para No Olvidar“, Calamaro afrontó una carrera en solitario con garantías (durante su anterior etapa, luego del periodo junto a Los abuelos de la nada, ya había facturado discos magníficos, caso de “Nadie sale Vivo De Aquí“, de los que casi nadie supo). Con DRO pagando, entre otras menudencias, la grabación de su nuevo disco en Nueva York (bajo las órdenes de Joe Blaney y junto a la flor y nata de los instrumentistas de Manhattan, como Marc Ribot), “Alta Suciedad” fue un pelotazo. El dinero obtenido sirvió para que dedicase los siguientes dos años a parir su obra magna, “Honestidad Brutal“. Más interesante aún, sufragó el encierro, sin giras ni leches, que dio lugar a “El Salmón“. Fabulosa contradicción: el quíntuple mastodóntico aparece hoy como emblema de la creación a contracorriente, enfrentada a la industria y sus servidumbres. Sin embargo, si Andrés hubiera estado sometido a la necesidad de girar continuamente, desprovisto de unos generosos derechos de autor, acaso no exixtiría. Suele ocurrir cuando el artista no disfruta de una generosa herencia.

La generación de ideas no es lujo de cuatro. Constituye, junto al lenguaje y la memoria, los mimbres de lo que entendemos por humano. Haríamos bien en considerar que algo cruje en un país que chulea a sus músicos, insulta a sus cineastas, exilia a sus científicos y, en general, baña con gasolina la osamenta que permitiría a las nuevas generaciones vivir de la creación. Me espanta, por reaccionario, acusar a los jóvenes de esto y lo otro, descreo, por banal, vago e injusto, del pensamiento calcificado que insiste en culparlos de todas las pestes, pero sospecho, con amarga prodigalidad, que habitamos en una nación esquizofrénica, donde los escándalos por corrupción urbanística no son sino síntoma o reflejo de otras miasmas, donde la gente, por ejemplo, acude al Corte Inglés a comprar un traje para una boda, lo devuelve a las 24 horas luego de haberlo usado en el festejo, so pretexto de que no le vale, y los amigos, jocosos, celebrarán su garbo, su donosa facilidad para el trapicheo, su graciosa inventiva.

Habrá quien diga que no pasa nada si “El Salmón” no hubiera existido, si los Beatles no hubieran dispuesto de las maravillosas innovaciones tecnológicas desarrolladas por sus ingenieros que tanto contribuyeron a la gestación de “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band“, si a los Stones no les hubiera alcanzado para alquilar Necollete, sumergirse en su tóxico sótano y grabar “Exile On Main Street“, si la figura del productor profesional sobrase y ya no hubiera un Rick Rubin dispuesto a trabajar con Johnny Cash, un Joe Henry amparado por Fat Possum Records que resucitara la carrera de Solomon Burke, un Daniel Lanois haciendo magia en una casona de Nueva Orleans para que Dylan pariera “Oh Mercy“. Dirán que fue prescindible Tony Wilson y su labor junto a Joy Division, Cabaret Voltaire, Happy Mondays, New Order, etc., que T-Model Ford, a sus noventa años, debe tocar hasta que palme sobre las tablas si quiere seguir alimentando a su nutrida familia, que sobran futuros Gay Mercader, que nos colocó en la primera división de las giras, o nuevos Emilio Cañil, que montó Discoplay y ayudó a introducir el catálogo de Folkways (Pete Seeger, Woody Guthrie, Cisco Houston, etc.). Insistirán en que no necesitamos a profesionales como Vicente Mariskal Romero, Jaime Gonzalo o Ignacio Juliá, que da igual si la papilla de Kiss FM sustituye a los locutores con gusto y talento, a tipos como Juan de Pablos, o que los conocimientos, y el estudio, de Paco Loco no beneficiaron a Australian Blonde, Nacho Vegas, Migala, Tachenko, El Hijo o Manta Ray. Creerán que el mundo hubiera sido igual de no haber alquilado aquel teatro Jim Stewart, de no haber colaborado Bob Johnston con algunas de las luminarias de los sesenta, de no haber fundado Servando Carvallar sus Discos Radioactivos Organizados, ofreciendo un paraguas a Siniestro Total, Parálisis Permanente, Loquillo, o Gabinete Caligari (estos dos últimos firmados al sello Tres Cipreses, que tanta ayuda recibieron de Servando).

Pésimo negocio, éste de situar al borde de la extinción la figura del artista que merced a su trabajo pudo emanciparse del mecenas, del intelectual surgido tras el triunfo de los ideales ilustrados y su corroboración económica en el XIX (como muy bien explicó Francisco Umbral en “Lorca, poeta maldito“). «Judío que vive en Praga y escribe en alemán» (Manuel Vázquez Montalbán dixit) me subleva la deriva ideológica actual, que imagina el arte como una suerte de materia fluyente, mágica, que llega celeste sin intermediarios, rutilante maná, ajeno a la sociedad mercantil, libre de profesionales, medios o corroboración económica. Si seguimos así los cantantes volverán a mendigar las gracias del señorito. El escriba que abandonó el palacio carecerá de recursos, tiempo y dinero para desarrollar su obra, demasiado ocupado en representarse y promocionarse, cortados los recursos externos y, al cabo, democráticos, siervo otra vez mientras los ciegos, creyentes en la religión del gratis total, celebran el advenimiento de un sueño igualitario que en realidad nada iguala, que azufrará los campos, y bien que lloraremos.

P.D.: Hablé, en general, de música y músicos, de lejos el colectivo más castigado, marginado por los políticos, con un IVA del 18% sobre los discos, incomprendido por la intelectualidad al mando, tan analfabeta en cuestiones musicales, pero argumentos similares podrían haberse empleado para defender, no sé, la necesidad de la industria editorial, para abocetar la importancia de Carlos Barral, Mario Muchnik o Jorge Herralde, para glosar lo que significó Josep Vergés y como la revista/editorial Destino ayudó a gente como el citado Umbral, Miguel Delibes o Josep Pla, etc.           

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Especies en extinción (Efe Eme)

13 de febrero de 2010

Las multinacionales discográficas son una especie en extinción. En los últimos 12 años han desaparecido entre otras RCA, BMG, Polygram, Virgin, CBS, WEA, Chrysalis, Edel. Estas dos últimas vieron como sus planes de expansión internacional fueron en gran parte la causa de su ruina. En la mayoría de los casos las fusiones y las adquisiciones fueron el motivo de su desaparición: RCA fue adquirida por BMG, que a su vez se fusionó posteriormente con Sony, la compradora de CBS; los problemas de liquidez del grupo Time-Warner, por la costosa digestión de su aventura con AOL, provocó la venta de WEA a un fondo de inversión liderado por Edgar Bronfman, quien anteriormente había capitaneado la compra de Polygram (hoy Universal).

Estos días hemos leído sobre las dificultades económicas de EMI, una de las cuatro supervivientes (Sony, Universal y Warner son las otras tres). Y eso que en Septiembre lanzaron las exitosas cajas de los Beatles. Tanto ellos como Warner están en manos de fondos de inversión, lo cual dispara los rumores de fusión.

A finales del siglo pasado ya se hablaba de este matrimonio (aunque en aquel entonces Warner era WEA, propiedad del grupo Time-Warner). Impala, la asociación de independientes europeas -formaba parte de su junta directiva-, se opuso frontalmente. Y consiguió que las autoridades de la UE echasen el freno a la pretendida unión. Es de justicia reconocer que la iniciativa de oposición surgió de la Asociación de Productores Independientes Franceses. Posteriormente se intentó, esta vez sin éxito, con la fusión BMG-Sony (hoy Sony se ha quedado sola ante la definitiva desaparición de BMG).

Visto lo visto y a toro pasado quizás el haberse opuesto a lo de EMI-WEA no fuese lo más acertado. Lo fue en su momento, con los condicionantes de aquellos momentos. Con los datos de hoy, casi 11 años después, no creo que fuese lo más adecuado. Y de hecho espero que el tam tam de ahora, EMI-Warner, se convierta en realidad. Creo que sería lo mejor para ambas compañías.

A esta lista de multis desaparecidas en combate hay que añadir la de grandes independientes. Me refiero a las Island, A&M, Motown, etc. La proliferación de multitud de sellos independientes a nivel local no ha cubierto estos huecos, que han sido tomados por las majors que se hicieron con las mencionadas anteriormente. En cambio las nuevas indies sí han servido para mantener viva la llama del nuevo talento. Eran y son ventanas para desarrollar carreras artísticas.

El sábado pasado escribía Sabino Méndez en su columna de Babelia, el suplemento cultural de El País: “En la música existe una fuerza de trabajo que son los músicos y existen unos medios de producción representados por industrias diversas: la discográfica, la del espectáculo, la de telecomunicaciones, etc… Se ha guiado a muchos consumidores hacia la idea de que, pirateando, luchan contra las terribles y vampirizas multinacionales del disco, de grandes beneficios y poder omnímodo. Los profesionales sabemos, sin embargo, que las multinacionales discográficas ya hace tiempo que van de capa caída. Su poder se ha desplazado a las operadoras de telefonía e Internet, las verdaderas multinacionales, omnímodas de nuestro momento.”

Lo más grave con todo es que esta especie en extinción, las multinacionales de música grabada, acarrean la caída de otros, como fabricas, imprentas y estudios de grabación.

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A&R (Efe Eme)

6 de febrero de 2010

Las iniciales de A&R corresponden a Artistas y Repertorio. El responsable del departamento de A&R es lo que conocemos como Director Artístico. Haciendo una analogía seria el equivalente al Director Deportivo de un equipo de futbol (antiguamente conocidos como Secretarios Técnicos). Y esta semana quisiera trazar a grandes rasgos la evolución de esta función, indispensable en cualquier compañía.

Empecemos recordando el porque del nombre: antiguamente no eran frecuentes los intérpretes que componían sus canciones. Existían claro, pero eran los menos. Los autores eran profesionales y trabajaban o bien por encargo o por propia iniciativa. Las editoriales musicales eran la pieza clave del negocio. Los 60 y la explosión del Pop y Rock invirtieron la tendencia. Los Artistas empezaron a grabar sus propios temas. En el artículo de Las pioneras del Pop podéis encontrar más información sobre estos cambios. Que además dieron lugar a la popularización del LP de vinilo.

La labor de los A&R era -y es- encontrar a los nuevos talentos, aconsejarlos en su desarrollo artístico, coordinar sus grabaciones, planificar y organizar las ediciones discográficas. Y en esta primera época, a la que hacia referencia en el párrafo anterior, la selección de las obras a grabar es lo fundamental de su tarea. Elegir a los músicos y arreglistas adecuados es también parte del trabajo, en coordinación con el productor (director) de la sesión. A veces ellos mismos se ponían en el estudio manos a la obra.

El gran salto cualitativo se produce cuando los sellos empiezan a tener sus propias salas de grabación. Incluso se produce la integración hacia delante: los estudios crean compañías. Algunos ejemplos podrían ser Chess, Sun Records o posteriormente Tamla Motown. En España sucedía con nacionales como Hispavox y Columbia o multis como RCA y Polygram. Era frecuente que los equipos de producción diesen lugar a un sonido característico. Y el éxito creaba tendencia. 

Pero las modas cambian. Y mantener un estudio es una aventura gravosa. Especialmente a partir de mediados de los 60, cuando los continuos avances tecnológicos requerían costosas inversiones en actualización de equipos y maquinaria. Además de las nominas del personal (músicos, técnicos, administrativos, etc.). Así que muchas discográficas empezaron a desprenderse de sus estudios.

Cada vez se grababa en más sitios. En España no era raro grabar en Londres o Milán. Posteriormente se saltó a EE.UU. Muchos estudios independientes se pusieron de moda, a lo largo y ancho del planeta. Algunos ofrecían servicios de hostelería en sitios paradisíacos. Paralelamente las disqueras, libres de la carga que suponía el mantenimiento del estudio, empezaron a tener productores en nomina. Ante la amplitud de la oferta eran claves para elegir donde grabar. Estaban integrados en el departamento de A&R. De la misma manera que los compositores lo estaban en las editoriales musicales.

La profundidad de los elencos de las grandes compañías justificaba la existencia de estos productores en nomina. También eran ejecutivos que asistían en el día a día del departamento. Pero la antepenúltima crisis del sector –de la que se salió gracias al “Thriller”- llevó a las inevitables reestructuraciones y fusiones. Como consecuencia se redujeron plantillas. Y ellos fueron de los primeros en salir. 

Hoy los Directores Artísticos siguen siendo indispensables. Pero la caída del mercado hace que su capacidad de riesgo e innovación sea limitada. Y el proceso de decisión es más lento. Lo cual tampoco es garantía de éxito. Sufre el talento –el poco o mucho que haya- que ve limitadas sus posibilidades de desarrollo profesional. Asimismo el personal de los departamentos de A&R está reducido al mínimo, lo cual tampoco facilita precisamente su labor.

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Algunas aclaraciones sobre las discográficas (Efe Eme)

10 de octubre de 2009

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No tenía pensado escribir sobre el tema. Pero algunos conceptos expresados en los comentarios al artículo de la semana pasada, varios emails y llamadas de amigos y conocidos han acabado por convencerme.

Las fuentes y datos son de mi propia experiencia y de un libro de Moses Avalon llamado “Million Dollar Mistakes” (errores ruinosos).

Escribía en ¿A quién le pilló el toro del cambio tecnológico? que, contrariamente a lo que se piensa, son las tiendas las principales responsables del desastre actual. Son ellas las que no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Los del cambio digital. Y en su caída –y cierre- han arrastrado a los demás. Pero en este mundo de percepciones que vivimos, donde la realidad tantas veces queda camuflada, lo habitual es echar pestes de las compañías discográficas. Y así ha sido al menos desde que a principios de los 70 me asomé al maravilloso mundo de la música. Aunque últimamente el papel de malo de la película ha pasado a manos de SGAE.

Han sido los medios los que han fijado esta errónea impresión (sin quitarle “meritos” a las propias compañías que también han ayudado lo suyo, pero no tanto como apunta la mayoría). Pero nadie, absolutamente nadie, aportó idea alguna. Mucho periodista hablando y escribiendo sobre “nuevos modelos de negocio” sin dar ninguna pista al respecto. Casi todos con vocación de profeta. Hoy en día son sus empresas, especialmente las de prensa, las que están viviendo una situación similar. No pusieron sus barbas a remojar…

¿Qué podían hacer las compañías, especialmente las multinacionales, ante la revolución digital que se avecinaba? ¿Qué no debían hacer? Esto último parece más claro y hay unanimidad al respecto. Es exactamente lo que ha contribuido a la percepción actual y ha cimentado la mala imagen de las discográficas. Me centraré por tanto en la primera pregunta.

La aparición de Internet en la década de los 90 del siglo pasado empezó a poner todo patas arriba. ¿Se durmieron las multis en sus laureles? Puede. Es la idea que han manejado los “enemigos” (aquellos que tienen intereses en las operadoras telefónicas y de acceso a la Red). Lo cierto es que Universal a finales de los 90 ya estaba explorando las posibilidades comerciales y de negocio en Internet. El modelo era el de la explotación cinematográfica (cines, video, pay per view, canales de TV de pago, canales generalistas de TV). BMG compró Napster. Algunas Webs de venta online estaban fomentadas por varias majors. ¿Qué otras alternativas estaban a su disposición? No muchas más. Hace 10 años se introdujo el streaming y no arrancó. Hoy en día ha resucitado y parece una formula de éxito. En mi opinión es un sustituto a las emisoras de radio (cuyo rol en la difusión de músicas y artistas ha sido decisivo).

El fenómeno del P2P tuvo tres actores principales: Napster, Kazaa y LimeWire. A principios de 1999 los Napster entablaron conversaciones con las principales compañías estadounidenses. Partían de la idea que los artistas no cobraban sus royalties y la usaron para presentarse ante la comunidad creativa como “artist friendly”. Pasaban por alto algunos aspectos básicos: los adelantos sobre regalías tienen que recuperarse; las compañías no podían negociar sobre derechos no contemplados en sus contratos con los artistas (y ya había habido problemas con la aparición del CD y los acuerdos firmados antes de 1980) y debían renegociar, con un previsible coste; las estrictas leyes anti trust de EE.UU. imposibilitaban acuerdos globales de la industria; el temor a romper un modelo de negocio basado en la venta de álbumes y no de canciones, lo cual implicaba un salto atrás de al menos 25 años (a grupos y solistas tampoco les favorecía). Estos factores configuraban el escenario hace 10 años.

Otra falsa apreciación que se propagó fue la de que se rellenaban álbumes con basura. Esto no quiere decir que no haya malos discos o malas canciones en bastantes CDs. Pero bajo ningún concepto respondía a un plan preconcebido. Grabar era bastante caro y el deseo de todas las compañías era editar álbumes con 14 éxitos. Algo bastante difícil de conseguir. Y son los autores y los artistas los que responden a esta presión que emana de los departamentos de A&R. Los directores artísticos son conscientes de la utopia y se conforman con al menos 3 o 4 posibles hits (que luego se reducen ante la imposibilidad de que suenen todas las producciones en las emisoras de radio). Si los sellos pagaban adelantos sobre ventas futuras ¿qué interés podrían tener en editar productos fallidos?

En el cambio de siglo algunos mercados sufrían la plaga del Top Manta. En España se tardó años en perseguir esta lacra. En países como México y Brasil es una realidad que domina el mercado. Los intentos de movilizar a los gobiernos no tuvieron el apoyo requerido. O cuando llegó era demasiado tarde. Por aquí nos encontramos con problemas del tercer mundo (piratería) y del primero (descargas).

Cuando la industria pidió ayuda -a las agencias gubernamentales y ministerios del ramo- para regular el mercado de las descargas, la respuesta era invariablemente la misma en todo el mundo: había que ayudar a las telecos a desarrollar su negocio y no se les debía poner trabas. Llegados a este punto sólo puedo comentar el tremendo error de esos mandatarios que ahora se ven forzados a tomar medidas drásticas (abarcan desde la desconexión a Internet hasta la invasión de la privacidad de tus datos)

Y a todo esto dejo para el final un dato de lo más esclarecedor: leía las navidades pasadas en el Wall Street Journal como las discográficas habían perdido la batalla de las relaciones publicas en los medios que crean opinión. Se refería al New York Times, Washington Post, LA Times, etc. Sostenía la tesis que la razón principal era porque las disqueras no contrataban publicidad en esos medios. Y las empresas tecnológicas sí…

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¿A quién le pilló el toro del cambio tecnológico? (Efe Eme)

3 de octubre de 2009

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Mucho se ha escrito sobre la perversidad de las compañías discográficas. Sin distinguir entre nacionales y multinacionales. O independientes y grandes corporaciones (algunas de las cuales se formaron por la fusión o adquisición de varias indies). Y se ha criticado su falta de visión ante la revolución digital y el ahora obvio cambio de formato. No pretendo que esta nota sea un alegato a su favor porque ha habido y hay errores. Pero no tantos como nos han hecho creer los gurús y periodistas (que curiosamente ahora afrontan problemas similares en sus empresas mediáticas). Alguna cosa se habrá manejado bien. Pero tampoco quiero entrar en eso. Sólo quiero decir que ver los toros desde la barrera es más cómodo que torear: nadie propuso soluciones o vías de negocio para la transformación de la industria. Y por añadidura ésta se encontró con el Top Manta en muchos mercados vitales. De facto quien hubiese dado con la clave se habría forrado. Y lo sabríamos. Incluso hubo compañías como BMG, multi alemana, que quiso salvar al entonces enemigo público nº 1 –Napster– y salió escaldada tras un complicado proceso legal de compra.

Pero de lo que se ha hablado poco ha sido de las tiendas. Tanto las de barrio como las grandes cadenas. Y son ellas las que tienen el contacto directo con el público. Por tanto el pulso directo de la situación está en sus locales. Las discográficas producen y comercializan. Sus clientes son los mayoristas y minoristas. Mientras que los consumidores lo son de los puntos de venta.

¿A quién le pilló el toro del cambio tecnológico? Sostengo que principalmente a los dueños de los establecimientos de venta. Y ha sido su cierre un factor importante en el colapso de ventas. ¿Cómo sobrevivir cuando tus clientes van desapareciendo y tus productos se devalúan y son copiados sistemáticamente? Empresas de todo tipo (Virgin, Tower, Castelló, Madrid Rock, Discoplay, etc.) han ido cayendo sistemáticamente. Algunos han ganado un dineral echando el cierre al vender sus propiedades inmobiliarias (antes de la crisis). Pero sus empleados se han quedado en la calle.

Hace unos días leía una lista de los mejores sitios de venta online en EE.UU. Estaba encabezada por Amazon y WalMart. Un “nativo” y un “inmigrante” respectivamente. Lo que más me sorprendió fue que en el Top 10 había 6 negocios que habían “migrado” al mundo virtual (sin perder su presencia física de toda la vida). Sólo el 40% eran Webs nacidas en la Red.

La mayoría de los negocios de venta de discos que han desaparecido no desarrollaron actividad en Internet. En este aspecto el gigante francés FNAC fue pionero. La excepción que confirma la regla. Sobreviven, pero no sólo por su rápida adaptación al cambio tecnológico. Su variedad de líneas de producto podría tener un paralelismo con Amazon, que ha ido ampliando su catalogo de ofertas (hasta convertirse en el gran almacén online).

Pero el cambio de verdad no ha venido de la mano de ninguna cadena. Ha llegado desde Apple y su tienda de descargas, iTunes. Esta ha sido la autentica revolución. Cambio de formato, de precio y sexy (como lo fueron en su día las megastores). Y como todos sabemos Apple no era una empresa dedicada a la venta de discos. Empezaron con canciones y ahora ya se pueden comprar álbumes. Y su precio es muy atractivo.

¿Les volverá a pillar el toro a los negocios tradicionales de venta de música grabada?

 

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