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Otro ejemplo del porqué la crítica musical se fue al carajo

Formar parte de un clan garantiza la supervivencia (hasta cierto punto) pero no la calidad de tu trabajo. En el caso de Juan Puchades siempre ha estado apoyado por uno de los popes de la crítica, Diego A. Manrique. Cuando colaboré en Efe Eme (sin cobrar: norma de la casa, contribuyendo a la precariedad de su profesión) era el director y su falta de criterio era notable: los aspectos más polémicos eran consultados con Diego, para su aprobación. Hasta cierto punto es normal, pero lo lógico es tener una visión propia. Pero claro, para eso hay que conocer. Y Puchades no sabía. Sigue sin saber. El visto bueno de DAM, que sí sabe, allanaba el camino.

Ser pusilánime y perrito faldero son recursos. Pero lastran tu trabajo de crítico. Supone un problema más generalizado de lo que parece. Y termina alejando al público de la crítica. En vez de ser faros para iluminar sobre los distintos caminos de la música/cultura popular se han convertido en guías para estrellarse.

El artículo de Puchades sobre Chuck Berry en Efe Eme es lamentable. En el pantallazo de mi muro de Facebook explico brevemente las razones más importantes.

Puchades Fats.jpeg

En la segunda linea del primer párrafo de su artículo Puchades escribía:

“…parecía que la Parca se había olvidado de esos tres tótems que tomaron parte activa (¡y de qué manera!) en la gestación del género y que hasta ayer seguían en pie: Chuck Berry, Little Richard (84 años) y Jerry Lee Lewis (81). Ya solo quedan los dos últimos (y algunos infatigables supervivientes de la segunda oleada rock, como Sleepy LaBeef, de 81)…”.

Vamos que se ha cargado a Fats Domino. Quien sigue vivo y sobrevivió al desastre del Katrina (se temió por su vida y la buena noticia de su superviviencia dio la vuelta al mundo). ¿O acaso va a resultar que según Puchades Fats Domino no era rock ‘n’ roll? El género al que tanto contribuyó junto a Dave Bartholomew y el backbeat de Earl Palmer. Pues tengo noticias no tan frescas para Puchades: Elvis Presley declaró en su día que el autentico Rey del Rock ‘n’ Roll era Fats Domino. ¿Sabrá Puchades algo que Elvis no sabía?

Veremos cuantos de sus compañeros de profesión se hacen eco, porque el corporativismo funciona. Otra razón más que aleja a la peña de la crítica: estas cosas se perciben.

Soy plenamente consciente que esta nota puede acarrearme problemas en mi actividad actual (a punto de editar un libro). Me da igual: soy independiente y tengo criterio propio. Por tanto, capacidad de riesgo.

P.D.: en la imagen pone hace 32 min y se refiere a las 13.00 horas de hoy cuando publiqué en Facebook.

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Carlos Tena y Bruce Springsteen en Efe Eme

13 de octubre de 2008

Leo con gran satisfacción en Efe Eme el artículo que Carlos Tena ha escrito sobre Bruce Springsteen. Y tiene como eje central la mítica actuación del Hammersmith Odeon de Londres en noviembre de 1975. Y quisiera aprovechar para darle las gracias a Carlos por sus cariñosas palabras hacía mi persona y mandarle un abrazo muy fuerte (además de echar de menos sus crónicas de béisbol).

 

Aquí en El Mundano ya le hemos dedicado dos posts al Boss, con esa misma actuación como telón de fondo.

 

El ultimo fue Springsteen forever y fue una sugerencia de Juan Puchades, el Director de Efe Eme, con motivo del Magic Tour.

 

El primero fue Springsteen como excusa poco antes de cumplirse el primer mes de existencia del blog. Ahí relataba como le abordabamos y omitia –por olvido- el episodio que Carlos relata ahora en Efe Eme (la prioridad eran Peel y Blackburn). Ambos escritos –el suyo y el mío- ponen de manifiesto un aspecto esencial del trabajo de las discográficas: la gestión del tiempo del artista. Y la prioridad la tienen los medios del país en el que actúan. Diego Manrique en los comentarios a mi post recuerda un episodio parecido al de Londres, pero en Barcelona, donde el que ejercía de disquero era yo. Y es en Barcelona precisamente donde Carlos Tena entrevista a Springsteen. Lo podéis leer a continuación o pinchando en Efe Eme:

“El Hammersmith Odeon londinense era uno de los locales de conciertos más cotizados durante la era dorada del rock. No sé si en la actualidad (aunque pueda suponerlo) el formidable espacio continúa recibiendo a las grande estrellas de la música internacional, cualquiera que fueren su estilo, edad, banda, y legión de fanáticos en su torno, pero me atrevo a imaginarlo repleto de jóvenes de diferentes nacionalidades, entregados a quien desde el escenario juega a hipnotizar al personal, a conducirle por unas horas a través de un torrente de canciones, para luego cruzar la puerta de salida con el alma henchida de una gozadera (permítaseme la cubanía) indefinible, un orgasmo sonoro que consigue que llegues a casa dispuesto a contagiar de esa energía a quienes no pudieron saborear ese néctar.

Algo parecido me ocurrió la noche del 18 de noviembre de 1975. Hacía sólo unas semanas que mi buen amigo Manuel Díaz Pallarés (entonces Jefe del Departamento de Promoción de la Columbia española y hoy tristemente desaparecido), me había hecho llegar la correspondiente invitación para acudir a la capital del Reino Unido, y asistir al primer concierto de un nuevo artista norteamericano llamado Bruce Springsteen, de quien me había hablado someramente otro querido colega, Adrián Vogel (hoy conduciendo en Internet su blog de El Mundano y habitual ya en las páginas de nuestra EFE EME), a quien tuve el placer de poder contratar como colaborador, durante tres años cruciales, en Radio Nacional de España, cuando él sólo contaba 18 años de edad y ya era, sin embargo, uno de los melómanos más perspicaces, sapientes y avezados, de una nueva generación que preparaba su descarga de adrenalina bajo el estallido del punk.

Entre los redactores y presentadores del programa Para vosotros, jóvenes (espantoso título, copiado del Per vuoi, giovani de la RAI), que dirigí desde 1973, la revista Rolling Stone era una de las publicaciones que corría de mano en mano. En ella trabajaba como director un avispado personaje, Jon Landau, quien tras presenciar un concierto de Bruce, junto a su legendaria banda, pronunció una de las frases que más nos impactó, en una época en la que parecía que ya se había inventado todo: “Acabo de ver el futuro del rock and roll”. No se equivocaba. A mediados de 1975, Springsteen fue portada, la misma semana, en las dos publicaciones más influyentes de USA: el Newsweek y el Time. Desde entonces, ningún personaje, presidente o actriz, cantante o científico, Papa o rey, ha merecido tal deferencia periodística.

Lo hermoso del viaje no era ya visitar de nuevo el vibrante Londres de los setenta, ni saber que ibas a disfrutar del estreno del disco Born to run, que en aquel otoño figuraba como número uno en las listas de éxitos de “Yanquilandia”, ni siquiera que en esos días tocaran en la ciudad del “Thames” gentes como Joni Mitchell o Tom Paxton, The Kinks o Nina Simone, sino que la compañía discográfica CBS me había prometido una entrevista con el joven rockero, una vez que este hubiese finalizado el primero de sus conciertos británicos. Mi nervio en el vuelo era tanto, que traté de serenar mi ánimo probando sin cesar el magnetófono Uher que llevaba en el equipaje de mano, para legar a la posteridad las palabras de Springsteen. Lo malo fue que después del espléndido espectáculo, durante el cóctel para la prensa, me acerqué al Boss, magnetófono en mano, dispuesto a entrevistarle para RNE. Una mano elefantiásica y un suave empellón cortaron mi sueño de golpe. Nadie, excepto Tony Blackburn y el malogrado John Peel (dos figuras emblemáticas del periodismo musical de la BBC) tenían la exclusiva, por lo que hube de retirar momentáneamente el micrófono y renunciar a la charla. Pocos años más tarde, en Barcelona, Springsteen me recibió diez minutos. Riendo de buena gana cuando le narré mi frustrante intento en Londres, afable y amistoso como pocos, respondió a mis breves preguntas:

¿Qué crees que es el rock and roll? ¿Eres de los que piensan que es la fusión ideal entre lo blanco y lo negro?

 

Mmmm… Como dice Little Richard, el rock and roll no es más que boggie-boogie y rythm and blues. El boggie tocado a “slow tempo” (tiempo lento) es ryhtm and blues, y tocado mucho más rápido se le  llamó rock and roll. Creo que tiene mucha razón. El rock and roll. no tiene nada de country. “Lucille” no es rock, es simplemente boggie-boogie.

¿Soy un tipo raro si te digo que a mí no me gustaba mucho Elvis Presley, menos en su dos primeros años?

 

Pues no, casi piensas como mi madre, que es un poquito fan de Elvis. Pero recuerdo haberle visto cuando yo era pequeño en el show de Ed Sullivan. Yo estaba sentado en el suelo del salón y tuve una extraña sensación y dije: “Mama, quiero tocar la guitarra”.

[Al sugerir que me gustaba mucho más Roy Orbison, Bruce sonrió comprensivo]

Las canciones y la voz de Roy son únicas, vienen de lo más recóndito del universo. Es muy tímido y escurridizo. Tiene una tremenda fragilidad física, etérea, es como si fuera un cantante de otro mundo Su rostro, su forma de ponerse ante el micrófono sin moverse y como escondiendo los ojos. Hace canciones tremendamente sensuales. [Miró hacia el techo y comenzó a reírse a carcajadas]

 

En mi habitación, de niño, solía y aún lo hago, poner sus discos y apagar la luz. [Pausa extensa] Esa voz suya es la más espiritual que nunca he escuchado.

Fue todo. Pero no es poco. Cómo no recordar ahora la expresión de placidez infantil, las miradas de Bruce, en la impresionante grabación en vídeo de A black and white night, en la que el rockero acompañó a su ídolo junto a estrellas como Tom Waits y Elvis Costello. “My dreams comes true…” que dirían los Platters.

Nacido en Freehold, al sur de New Jersey, el 23 septiembre de 1949 (el año que viene le caen sesenta tacos), Bruce Springsteen es seguramente una de las figuras centrales del rock de los últimos cinco lustros, es un espécimen bastante raro, educado entre el poderoso influjo de la luna dylaniana y el planeta Seeger. Pocos como él han sabido mantenerse fieles a una idea: música sólidamente fabricada sobre los rescoldos del rock and roll, y un texto también duro, como instrumento de denuncia y sublimación de la realidad, elevando a rango de pequeñas novelas las habituales historias de la vida ordinaria, de la aburrida cotidianidad, confiriendo a los protagonistas un cierto valor épico y paradigmático. Su repertorio hoy abarca un imponente panorama de cientos de temas, surgidos en más de treinta y cinco años de trabajo, en los que ha sido un referente corajudo y valiente, a la hora de plantarse de frente ante un país que habla de libertad y democracia, bajo el poder de las bombas, las amenazas, los complots, el espionaje, el asesinato de líderes incómodos para la Casa Blanca, la tortura y el genocidio en decenas de paises (Corea, Vietnam, Chile, Panamá, Granada, Cuba, Irak, etc.).

Springsteen es sin embargo un tipo raro, un espécimen humano que derrocha optimismo, como cuando se reafirma resueltamente en su fe en el pueblo americano, en la posibilidad del rescate de una sociedad acostumbrada a ser “la más rápida con el revólver”. Sabe que hay que cabrear a quienes están convencidos de que la fuerza bruta es la solución para acabar con las sociedades que no creen en el capitalismo salvaje. Cuando la explosión del punk y la sensual marea de la llamada new wave invadían Occidente (la primera encarnando el alarido de rabia, rebelión y anarquismo utópico; la segunda con su renuncia absoluta en la búsqueda de soluciones para cambiar el mundo), Bruce Springsteen sabía deglutir lo mejor de ambas tendencias, esgrimiendo esos seculares “valores morales” con que la sociedad calvinista fustigó el catolicismo durante siglos.

Cuando el mundo lo aclamaba como nuevo líder, siendo Ronald Reagan presidente de USA, el rockero rehuía el compromiso impuesto (temporalmente, claro), buscando refugio junto a su familia y amigos. Ese indudable peso histórico que el Boss detenta ya por más de 30 años, regalando esperanza a millones de desilusionados bajo el incómodo papel de “un espíritu que no puede ser derrotado”, le han valido una catarata de improperios por parte de gran parte de la sociedad internacional. Bruce Springsteen ha heredado la convicción del patriarca  Woodie Guthrie, de que la vida en su país no tiene por qué ser eternamente una convulsión de violencia sin límites, que la existencia puede ser confortable, que el mundo puede ser mejor, y utilizando el rock, enfrenta a su generación, y a las nuevas, a mirarse en el espejo de esas canciones rotundas que, en obras maestras como son los discos Born to run y The river, ha desarmado a millones de personas, como se demostró este verano en el estadio del Real Madrid, cuando el Boss dejó patente ante más de 50.000 personas que su banda y él, por fortuna, todavía tienen cuerda para unos años más.

Hace unos veinte años, en una tienda de discos de segunda mano, en el mismo Londres, me compraba un LP pirata en el que se leía: Bruce Springsteen. Hammersmith Odeon november 1975. Una muy decente grabación clandestina que perdió su valor cuando se publicaron en CD y en DVD parte de aquellos memorables conciertos. Hoy veo esas imágenes en el modesto televisor de la habitación que me sirve de hogar, aquí en La Habana, y me digo con alegría y orgullo; “Yo estaba allí”. Y mis amigos cubanos no me creen. Qué le voy a hacer…

Llegué a Madrid la noche del 19 de noviembre de 1975. En casa, mi chavala y yo planeábamos tener un hijo. Una hermosa noche de amor que rubricó inopinadamente, a las 6 de la mañana del día 20, la voz de Manuel Gerena quien nos despertaba con una noticia maravillosa: Franco había muerto. Desayuné con cava, llamé a todos mis compañeros, bailé en la terraza, y a los quince minutos sentí un temblor repentino: me di cuenta de que iba a comenzar una etapa durísima, un largo período en el que las venganzas, las noches de los cuchillos largos, los ataques indiscriminados y las agresiones, tendrían un solo objetivo: la gente “roja”, los comunistas, los anarquistas, los nacionalistas, los melenudos, los rockeros, los estudiantes rebeldes, los emigrantes, los negros, los indios… Exactamente igual que hoy mismo: “The Times Are ‘Not’ Changin”.”

 

 

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