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El coronavirus y la industria musical

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Asumo que ya conocen los daños colaterales que está produciendo el coronavirus y las medidas que se deben tomar para prevenir su propagación. Un aspecto que nos atañe directamente a los aficionados a la música es el impacto que puede tener en festivales, giras, etc. El sector de la música en directo es el puntero de la industria musical. Ya conocemos las suspensiones de varios festivales: Tomorrowland (Francia), Ultra Music (Miami) y el SXSW (South by Southwest en Austin, Texas), que arrancaba el 13 de marzo (y duraba hasta el día 22).

Respecto a los dos últimos, los de EEUU, las cancelaciones son significativas, porque se han anunciado cuando proporcionalmente el nivel de contagio no había alcanzado el de los de países más afectados. El pasado viernes los organizadores del SXSW anunciaron la suspensión del festival, por primera vez en 34 años. No les quedaba más remedio ante las medidas tomadas por las autoridades locales. Y se lamentaron que el seguro no cubría esta eventualidad. Tienen asegurado anulaciones por terrorismo, lesiones, daños a propiedades, inclemencias climáticas, etc., pero no por infecciones bacterianas o víricas. En cambio, la promotora alemana DEAG, por poner un ejemplo, si tiene un seguro que cubre estas circunstancias. Como notificaron oportunamente a sus inversores (facturaron 200 millones de euros el año pasado). Aquí comprobamos una gran diferencia entre las aseguradoras europeas y las estadounidenses. No es que los de SXSW sean tontos: las cias. de seguros de EEUU eliminaron estas causas en 2003 tras el virus SARS.

La incógnita ahora es saber que sucederá con el siguiente gran evento, el Coachella (del 10 al 19 de abril). Todo apunta a que será suspendido. Pero de momento nadie dice nada.

El cataclismo bursátil por el coronavirus ha afectado, obviamente, a Live Nation, el gigante que domina el mercado de la música en directo. En las dos ultimas semanas sus acciones han bajado un 28,6% (4.500 millones de dólares). El gráfico de más abajo solo llega hasta el viernes pasado. Ayer la cotización de la acción siguió en caída libre: bajó a 47,26$. ¡Un descenso del 10,83% en una sola jornada! (En la que vimos como durante 15 minutos Wall Street paralizó el mercado para frenar las caídas del principio de la sesión).

Live Nation

Michael Rapino, el primer ejecutivo de la compañía, declaró, para tranquilizar a los mercados e inversores, que la situación no era para tanto porque no pagan a los artistas hasta que estos actúan. Se refería a los conciertos que promueven. Y no incidió en los otros gastos que se incurren (locales, publicidad, etc.). Pero sí tuvo que reconocer que en el tema festivales el panorama financiero es bien distinto. Live Nation son los responsables del Lollapalooza y el Bonnaroo en EEUU, más el Festival de la Isla de Wight  y los de Reading y Leeds (los tres en Inglaterra).

En nuestro país el primer aviso lo dio el Mobile de Barcelona. Víctor Lenore en el Vozpópuli de hoy resume la situación española. “Caos en la música” es como titula su artículo, que les recomiendo. Amplia a más países además del nuestro, incluyendo los asiáticos. También abarca la situación de la clásica.

El periodista manchego Fernando Fuentes Panadero daba ayer por la tarde el pistoletazo de salida, respecto a los festivales españoles, en su Facebook. Lenore me comentó que el rumor que circulaba era que los promotores españoles estaban pidiendo compensaciones económicas (o indemnizaciones) por si eran forzados a suspender.

Fernando Fuentes Panadero copia

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La cólera de Dios (by Julio Valdeón Blanco)

18 de marzo de 2009

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A veces pienso que hemos enloquecido. Contemplamos la superficie limpia del iPod como Narciso su reflejo en la orilla del lago. Creemos ver el futuro, y todo lo que encontramos es la pezuña del agua. Los brujos temibles, los pajarracos de insólito discurso, insisten en que el disco muere, que debemos felicitarnos. A esa rara enfermedad podríamos llamarla nostalgia de la revolución; sus partidarios ignoran los cadáveres, el hedor y las moscas, los sucesivos guantazos, para reeditar la enésima utopía. Se han empeñado en que el destino de la música pase por el autobombo del blog y la grabación casera. Están tan intoxicados por su propia alucinación que incluso aplauden la quiebra de las compañías.

 

Adrian Vogel y Diego A. Manrique apuntan algunos síntomas de salud en la industria mientras los coros del cementerio rematan la fosa. El New York Times explica como Austin se ha convertido en fortín del vinilo. No busquen sortilegios. Es tan sencillo como encontrar una ciudad viva. Estupendos festivales, abundantes garitos del rock, garantizan la fidelidad. Catedral del melómano, Austin acoge cada dos años una enorme feria del coleccionismo. Sus tiendas de discos, en lugar de cerrar, florecen. Ya ven. Hay quien no ha sucumbido al necrosado mantra del Háztelo tú mismo/ escúchalo comprimido/ quema tus plásticos/ apuesta por el puto politono y la ensaimada de canciones apiladas como ladrillos. Waterloo Records and Video, Sound on Sound, Antone´s Record and Shop, End of and Ear, los nombres citados por el NYT frustran la vocación pirómana de las modernas Casandras.

 

En Nueva York, donde escribo, hemos sufrido hecatombes. Primero chapó Tower Records; ahora anuncian que el Virgin de Union Square cerrará. Sin embargo subsisten decenas de pequeñas tiendas, bien surtidas, en los cinco distritos. Nada alegra más la noche, cuando caminas por Bleecker Street rumbo al Terra Blues, que abrazarte a los escaparates donde relampaguean viejas ediciones de Elvis Costello o Cream, lustrosas cajas de la Carter Family y singles de Sam and Dave.

 

En la hora del juicio final lo peor es creérselo. Quizá ya no interese la música; quizá nuestros queridos niños sueñen con empaquetar cajas virtuales de Charley Patton en sus horas libres; quizá los nuevos compositores trabajen en una oficina con horario partido, haciendo del rock ´n´ roll un pasatiempo a cultivar de madrugada, hasta el culo de anfetaminas para no dormirse. Como la idea resulta espantosa, e impracticable, contaré hasta tres antes de escribir un nuevo capítulo del Apocalipsis, no vaya ser que nunca llegue la lluvia de ranas, el viento azufrado, la espada flamígera, y al cabo la cólera de Dios pase de largo y subsista esa dulce droga llamada disco.

 

Y por cierto, un placer y un lujo, al menos para el arriba firmante incorporarme a El Mundano.

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