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Anécdotas con la familia Narea

Mi fin de semana ha girado alrededor de las fiestas organizadas por Miguel Ríos para celebrar los 40 años de su «Rock & Ríos«. Y que han dado lugar a varias anécdotas con la familia Narea, mi amigo Carlos, su hijo Pablo (uno de los dos baterías de la banda, sustituyendo al llorado Sergio Castillo) y sus hermanas Paula y Cristina.

La primera de ellas aconteció en el concierto del viernes. La Mundana y un servidor ocupamos nuestros asientos en las sillas de pista de la fila 22, bien centrados. Me pareció ver, mientras miraba alrededor, que Paula Narea estaba sentada justo detrás mía. Dudé porque hacía tiempo que no la veía y estaba con la mascarilla puesta. Finalmente me atreví, me di la vuelta y pronuncié un tímido «¿Paula?». A su respuesta afirmativa me bajé la mascarilla y dije «Soy Adrian». Y la deseé un feliz siglo, por los muchos años transcurridos desde la última vez que nos vimos. A continuación hicimos justo todo lo que no se debe hacer: nos abrazamos con dos besos en las mejillas. Paula me presentó a una amiga que estaba sentada a su lado, detrás de La Mundana. No la reconocí con la mascarilla puesta. Se la bajó y voilà, era Jennifer Ces quien fuera Directora Artística de Sony y que ahora reside en Canadá. A lo largo de la noche Paula y yo comentamos varios aspectos del concierto. Y cuando Miguel Ríos desde el escenario excusó la ausencia de Salvador Domínguez, Paula me susurró «Mi suegra tiene 99 años y…». «Ya, me lo contó Miguel» fue mi rápida respuesta. Y me señaló que llegaban los dos temas de Salva («Banzai» y «Reina de la noche«). Entre unas cosas y otras de repente sentí un toque en el hombre. Me giré a mi izquierda y escuché «Adrian, soy Cristina». Era Cristina Narea, hermana de Carlos y Paula. No hubo «feliz siglo» porque antes de la pandemia solíamos coincidir en actos varios (siempre me gustó su voz). En esta ocasión hicimos lo correcto, a iniciativa de Cristina. Sus gestos de abrazo y besos fueron más que suficientes. Tras acabar el concierto verifiqué el orgullo de las tías con su sobrino Pablo. Y después de comprobar que regresábamos al día siguiente nos emplazamos para vernos en la recepción programada para después. La mañana del sábado navegando por la red me encontré en el muro de Jennifer este selfie con Paula. En el que mi calva adquiere un protagonismo especial. Al menos ante mis ojos. La vista trasera de la cabeza de La Mundana es totalmente opuesta a la mía.

Paula y Jennifer

El sábado después de comer fui a hinchar las ruedas de mi coche. La noche anterior, camino del WiZink, girando a la calle Fuente del Berro desde Hermosilla golpeé el bordillo con la rueda trasera. Al recoger el coche, terminado el concierto, la vi muy baja y temí haberla reventado. Así que el sábado me ahorré la siesta y fui a una gasolinera cercana para hinchar esa y las otras tres ruedas. Si la hinchaba no estaba pinchada. Volviendo a casa, subiendo por la calle Segovia, noté que un coche negro que bajaba por Segovia, y enfilaba en mi misma dirección. Noté la seguridad del conductor conocedor del camino. Giró detrás mío en mi calle (peatonal, salvo para el garaje). Pensé que íbamos al mismo lugar. Pero no, avanzó un metro para parar en un hueco al fondo de la calle. Al salir del garaje me pitaron desde el coche negro. Cuando el portón finalmente se abrió, me acerqué y era Carlos Narea. Lo primero fue que me preguntó «¿Eras tu el del coche blanco?». Me sorprendió verle en su antiguo barrio. Nos mudamos a la misma calle más o menos al mismo tiempo. Mi portal estaba al lado del suyo, separados por la entrada del garaje. Coincidimos el día de la mudanza de uno de nosotros. No recordamos de quién. Carlos me explicó que venía a recoger a su hijo Pablo, que por casualidades de la vida no solo estaba en el mismo edificio. Es que además era el mismo piso. El que Carlos y Raquel Díaz del dúo Maldeamores, la madre de Pablo, dejaron cuando la propietaria quiso venderlo. Y se mudaron a Sevilla. La pareja actual de Raquel, por casualidades de la vida, compró ese mismo piso a quien lo adquirió en su día. Y llegó la pandemia… Quise celebrar este encuentro fortuito, lleno de casualidades, con una foto. Carlos y yo no hemos salido bien parados. La salvan Pablo, con sus insultantes 18 años, y su madre. De izquierda a derecha: Pablo, Raquel, El Mundano y Carlos.

Pablo, Raquel y Carlos

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Dos noches inolvidables con Miguel Ríos celebrando los 40 años del «Rock & Ríos»

Ricardo Rubio Europa PressMiguel Ríos y sus aliados volvieron a hacerlo. Lo de Miguel, a sus espléndidos 77 años camino de los 78, entra dentro de lo sobrenatural. ¡Qué fuerza, qué derroche de energía! ¡Y la voz! Pleno de facultades cada vez canta mejor. Anoche repitió su excelente actuación del día anterior. Dos noches seguidas dándolo todo, empujado por su público, los aliados de la noche. Además de los otros aliados, los excelentes músicos que forman la banda de esta celebración de los 40 años del «Rock & Ríos» más los artistas invitados.

Los asistentes de ambas noches estuvimos entregados desde los primeros acordes. Los de ayer fuimos los mecenas, como nos definió Miguel desde el escenario. Porque agotamos las entradas del WiZink rápidamente, propiciando una segunda fecha (la del viernes). No se trata de establecer un concurso de fidelidad o de quiénes son más fans, mas los hechos son los hechos.

Comentaba después del concierto con Javier Vargas y Osvi Grecco (a quien hacía tanto tiempo que no veía que le deseé un feliz siglo), la excelente cosecha de guitarristas eléctricos del país. En el país de la guitarra ni más ni menos. Y lo acontecido con la española, clásica o flamenca sucede también con la eléctrica. Repasé de memoria una breve lista que incluía a los que han pasado por las bandas de Miguel Ríos, incluidos los de estos 40 años del «Rock & Ríos» que además de los fijos contaron con la presencia de dos fieras como el mencionado Vargas y Jorge Salán (excepcionales ambos las dos noches), Los Canarios, los de la música progresiva catalana, los tres de Loquillo (con mis queridos Igor Paskual y Josu García) o el gran Ray Gómez. Salvador Domínguez, el gran ausente (reemplazado por Salán), es otro nombre que además de sus proyectos ha militado en bandas de Miguel y en Canarios (aparte de Los Pekenikes). Antonio García de Diego miembro de la banda original del «Rock & Ríos» también estuvo en Canarios. Precisamente respecto a Antonio descubrí hace poco sus problemas con los dedos, algo tremendo para un guitarrista. Cuando me acerqué con Miguel a lo de Paco Gento me enteré del problema. El hijo mayor de la leyenda blanca le comentó a Miguel que lo de Antonio estaba camino de solucionarse. Anoche Antonio me contó el calvario que pasó. Afortunadamente superado. Todos los guitarras con los que hablé tras el concierto citaban a John Parsons. Y también alabamos la labor de José Nortes, apoyo fundamental de Miguel Ríos, cuya labor a la guitarra a veces se olvida. Al igual que Parsons siempre está ahí.

La gran diferencia entre ambos conciertos estuvo sobre el escenario y en parte fue técnica. Ayer músicos e invitados se escucharon mejor, algo que afecta especialmente a quienes cantan. Pero como me dijo Vargas cuando «pisas el escenario tienes que darlo todo incluso en las peores circunstancias. No valen las excusas». Esto Don Miguel lo sabe a la perfección y su entrega superó las dificultades del viernes. La otra gran diferencia fue que ayer estaban más rodados. Se notó mucho en algunos de los invitados que repitieron como Anni B Sweet o Rosendo. Ella no tiró del comodín del sonido y enarboló la bandera de la sinceridad: «No me había visto nunca frente a tanta gente. Estaba nerviosa y me olvidé del principio de la letra. Me quedé en blanco. Hoy ha sido distinto, los nervios quedaron superados». Rosendo por su parte volvió de su retiro de la música para participar en la fiesta de Miguel Ríos. El «Maneras de vivir» y su presencia entusiasmaron al respetable. Fue uno de los momentos cumbres de los conciertos. En el primero estuvo menos suelto que en el segundo. El primero fue «como un buen ensayo general» según me dijo Carlos Narea, a quien me encontré el sábado a primera hora de la tarde debajo de mi casa (venía a recoger a su hijo Pablo, uno de los dos bateristas, que está viviendo en el portal de al lado). Y recordamos que hace 40 años sucedió lo mismo. Los problemas del primer día quedaron superados el segundo. No puede haber más fidelidad cuatro décadas después.

Otras diferencias fueron en los invitados. Por ejemplo, Carlos Tarque estuvo el viernes pero no pudo ayer. La gran Rebeca Jiménez no pudo el primer día (tenía un bolo en Barcelona) y anoche nos cautivó, como siempre, en «Reina de la noche«. Eva Amaral también estuvo mejor el 12. Y se notó sobre el escenario cuando ella y Miguel se arrancaron a bailar durante «El río«, superadas las dificultades del 11. Se la notaba más suelta y disfrutando con el momento. Pasó lo mismo con Alejo Stivel, mejor ayer. En cambio su compañero Ariel Rot anoche tuvo problemas al principio porque no le sonaba la guitarra en el «Sábado a la noche» de Moris. Fueron apenas unos segundos.

Johnny Cifuentes de Burning también estuvo más cómodo ayer en su «Mueve tus caderas«. Lo mismo puede decirse de los Vetusta Morla, Pucho y Guille Galván, que lo bordaron en «Extraños en el Escaparate«. Y de los Topo en su emocionante «Mis amigos dónde estarán«. En cambio a mi parecer Mikel Izal estuvo mejor el viernes. Quien estuvo espléndida los dos día fue Lucía Ruibal.

La hija de Javier Ruibal, presente también los dos días, me impresionó. Suele suceder que cuando descubres algo por primera vez quedas deslumbrado por el impacto recibido. Lo difícil es que esas sensaciones iniciales se repitan una segunda vez. Pues con Lucía Ruibal me sucedió. Y así se lo dije, entregado a su arte. La fina estampa de la bailaora, su presencia, sus taconeados, sus movimientos de brazos y el juego final con el mantón volvieron a tocarme en lo más hondo.

Víctor Manuel, quien derrocha sabiduría y veteranía a raudales, estuvo enorme en los dos recitales. Su letra del «El blues del autobús» es todo un clásico de nuestra música popular.

Ovidi Tormo, cantante de los valencianos Los Zigarros, solo estuvo el sábado. Al igual que Javier Bardem.

Nuestro laureado actor voló desde Los Ángeles para el evento. Aterrizó el mismo sábado para arrancar el concierto con «Bienvenidos«. Un reto al que se sumó Lua, la hija de Miguel Ríos. La salida al escenario de Bardem actuando como el Miguel de hace 40 años fue recibida con una estruendosa ovación. La primera de las muchas que hubo a lo largo de la noche. Vicente Paniagua, mi aliado anoche, tomó esta instantánea desde nuestras localidades. Recoge el primer momento en que cantaron juntos.

Paniagua

Cantar con Miguel Ríos es un reto para cualquier cantante. Porque el maestro granadino es el mejor. Así que imaginen lo que debió de pasar Bardem, sobre todo en un himno como «Bienvenidos«. Salió airoso del trance en la opinión mayoritaria del respetable. La alegría de verle superó sus limitaciones. La foto de Juan Barbosa publicada en El País es el documento gráfico profesional del momento.

Juan Barbosa El País

Asumo que se habrán percatado que toda esta ristra de elogios tienen un artífice, que no es otro que Miguel Ríos. Grande entre los grandes, su esfuerzo, sus ganas, han sido esenciales para poner en marcha esta fiesta del rock español, celebrando los 40 años del «Rock & Ríos«. Igual que hace cuatro décadas con los conciertos originales. Indudablemente hay un equipo detrás, a los que el propio Miguel agradeció, pero es él quien lidera la operación. Su público, nosotros, se lo hemos agradecido llevándolo en volandas dos noches seguidas. Agradeciéndole con pasíon la suya, la que despliega en todos sus emprendimientos. Hemos estado con él de principio a fin al igual que él con nosotros. Abriendo caminos.

Habrán podido comprobar que no he seguido el orden del repertorio interpretado. Me he dejado llevar por las emociones y los recuerdos. Esta parte emocional es el denominador común de ambos conciertos, tanto por parte de músicos como de público. Por esto mismo he dejado para el final el «Himno a la alegría«, cuyo mensaje es tan necesario desde hace siglos. En los dos conciertos encendimos el WiZink durante esta canción. Y representa una metáfora perfecta del paso del tiempo. Hace 40 años eran mecheros y ahora son móviles los que iluminan nuestras emociones.

P.D.: la foto del encabezado, de Ricardo Rubio de Europa Press, es del concierto del viernes 11 de marzo.

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Apoteosis de Miguel Ríos en el WiZink

Edu Galán

La celebración de los 40 años del «Rock & Ríos» de anoche en el Wizink fue apoteósica. Miguel Ríos convirtió el aniversario en la gran fiesta del rock español. Sobre el escenario juntó a varias generaciones de músicos, estrellas de nuestro rock. Y también se rindió homenaje a los desaparecidos en combate durante el «Mis amigos dónde estarán» de Topo, atención spoiler, con la participación de José Luis Jiménez y Lele Laina. Al ver en las pantallas la imagen del enorme Jesús de la Rosa eché en falta a Tele, el batería de Triana (en mi opinión Triana y Los Brincos son los mejores grupos españoles de la historia). Sucedió en la parte final del recital, en la que se rindió tributo a algunos himnos clásicos del rock nacional. Los que no pertenecen al repertorio de Miguel Ríos, ya repasados anteriormente como hace 40 años en los conciertos originales del «Rock & Ríos«.

Precisamente ayer al igual que entonces se arrancó con el «Bienvenidos«, uno de tantos himnos que son bandera del infinito pionero del rock & roll patrio. A las 22:00 puntualmente se apagaron las luces del recinto, se vieron las sombras de los músicos salir a escena y al poco (menos de dos minutos) sonaron los primeros acordes del inmortal tema compuesto por el propio Miguel (letra) y Tato Gómez (música). Tato, coproductor junto a Carlos Narea y Miguel de la grabación del «Rock & Ríos«, estuvo presente ayer al bajo, como miembro de la banda original de hace 40 años. Este inició nos incendió a todos. Por todos me refiero a los músicos -incluidos los artistas invitados-, y al público que llenaba el recinto (salvo algunos huecos en la zona de invitados de las sillas de pista). La comunión fue perfecta. Y dio lugar al denominador común de la noche: el buen rollo. Tanto en el escenario como en las gradas. Buen rollo que ha caracterizado, a lo largo de las décadas, la carrera del incombustible Miguel Ríos.

No quiero hacer spoilers (salvo el del principio) para no desvelar sorpresas a quienes asistan esta noche. Que era el primer y único concierto previsto. Mas al agotarse rápidamente las entradas se añadió una segunda fecha, la de anoche. Así que dejo para mañana la crónica del concierto, que será la de los dos.

Tras dos horas y 19 minutos de un concierto pleno de emociones a flor de piel se echó el cierre. Si nosotros, el público, estábamos exhaustos de disfrutar cantando, aplaudiendo, bailando, resulta fácil imaginar el estado de los músicos y del propio Miguel. Poco antes de la traca final a nuestro héroe, nuestro hermano mayor, se le encendieron las mejillas del esfuerzo. Y al final se le veía visiblemente emocionado y fatigado. Lo de este hombre, el sumo sacerdote del rock español como le ha definido Edu Galán, es sobrenatural. Supera todas las leyes físicas. Es un portento.

MR

P.D.: la foto del encabezado es del Facebook de Edu Galán y la pésima de abajo es mía (recoge el momento en el que Miguel guitarra en mano cantó el «Himno a la alegría«, que estos días vuelve a tomar significado al igual que un par de temas de John Lennon). Al fondo se pueden distinguir las siluetas del gran coro que acompañó este tema y otro más.

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Especial de Cuadernos Efe Eme dedicado a Miguel Ríos

Cuadernos

El cuarto especial de Cuadernos Efe Eme está dedicado a Miguel Ríos. Es un monográfico de 224 páginas repasando toda su trayectoria.

En este 2022 el gran Miguel Ríos estará de conmemoraciones: celebra los 60 años de sus primeras grabaciones y los 40 del histórico «Rock & Ríos» (con un concierto el 12 de marzo en el WiZink). Además de todo esto se está rodando un «Imprescindibles» para la 2.

El Cuadernos Efe Eme, aparte de una extensa conversación con Miguel Ríos, contiene entrevistas con Carlos Narea y José Nortes, sus dos productores más destacados, así como cronología y reseñas de toda su discografía. Escriben Diego A. Manrique, Luis Lapuente, Juan Puchades, Arancha Moreno, Julio Valdeón, Eduardo Tébar, César Campoy, Tito Lesende, César Prieto, Javier M. Alcaraz y José Miguel Valle. Se intercalan fotos de ayer y hoy (muchas son de Domingo J. Casas).

Se puede conseguir con descuento hasta el 18 de enero en la tienda de Efe Eme


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McCartney 3, 2, 1

Gracias a Carlos Narea he tenido acceso al documental «McCartney 3, 2, 1«, que son seis capítulos de poco más de media hora cada uno.

El mano a mano entre Rick Rubin y Paul McCartney es sencillamente espectacular. En torno a una rudimentaria mesa de grabación su conversación va desgranando grabaciones, composiciones y anécdotas. Ayer vi los dos primeros episodios y destaco un par de aspectos que me llamaron mucho la atención.

El primero, en el arranque del primer capítulo, Paul le comenta a Rick lo difícil que es tocar la guitarra del «All My Loving«. Se refiere al «ventilador» rumbero. Textualmente dice que «se te queda el brazo entumecido». Recuerden el pelotazo que metieron Los Manolos con su versión, destacando este aspecto que claramente percibieron desde el principio. Y que a muchos nos pasó desapercibido en su día.

El segundo es referido a Bach, en concreto, y al barroco en general. La influencia del barroco en el pop es más que evidente. De forma directa y también indirecta. McCartney en un momento dado dice que Bach es su compositor preferido, opinión compartida por los otros Beatles. Al analizar las pistas de grabación de «Penny Lane» comenta que la idea del solo final de trompeta piccolo, o trompeta barroca, está inspirado por uno de los «Conciertos de Brandeburgo» de Bach.

Leo que este «McCartney 3, 2, 1» se podrá ver en España a partir del 25 de agosto en el canal Disney. Lo recomiendo encarecidamente.

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El País acierta con el precio de «Lucha de gigantes»

Lucha de gigantesEsta vez sí: El País acierta con el precio del CD «Lucha de gigantes«. 9,95€ por un álbum de grabaciones nuevas es un buen precio. Competitivo. Lo cual viene a darme la razón cuando manifestaba mi rechazo a este mismo precio pero para grabaciones antiguas de Bob Dylan y de Ella Fitzgerald & Louis Armstrong (y toda la colección Verve), cuando además se podían encontrar más baratas en los comercios habituales tipo FNAC o Amazon. El libreto no es aceptable como excusa. Bromeaba al respecto con Fernando Navarro en Facebook diciéndole que él cobraba más que Dylan.

«Lucha de gigantes» es el tercer homenaje que se realiza a Antonio Vega. Y además va asociado a una buena causa: la lucha contra el hambre. Producido por Carlos Narea el disco contiene 13 grabaciones de canciones de Antonio Vega interpretadas por Rozalén, Ara Malikian, Coque Malla, Alba Molina, Juanes, Lamari & Emilio Aragón, Antonio Zambujo, Alejandro Sanz, Amaral, Ivan Ferreiro, Clara Montes, Arcángel y Lamari & Antonio Vega.

Si desde las paginas de este mismo periódico (y de otros medios) se bramaba contra la industria discográfica por los precios de grabaciones amortizadas (el precio lo fijan las tiendas), no es de recibo que ahora vayan y hagan lo mismo que criticaban. Me refiero a los mencionados casos de Dylan y la colección del sello Verve. Por eso valoro y aplaudo este precio para «Lucha de gigantes«, porque son nuevos registros sonoros (con el coste que suponen).

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