Archivo mensual: diciembre 2009

Los 20 posts más vistos de El Mundano en 2009

30 de diciembre de 2009

Del 1 al 20:

Ni CR7, ni Valdano ni Wenger (El Mundano Deportivo para SFS)

La noche que Michael Jackson rompió todos los esquemas 

Un siglo de canciones 6 : “La Vie En Rose” (par Christophe Magny) 

6 Naciones desde París: Previa del Francia-Inglaterra (par Christophe) 

De Santería, Farándula y Crimen (by John)

Sobre el autor, Adrian Vogel 

El Real Madrid prepara “una pequeña” estrategia de cara al partido contra el Barça 

Las Costumbres Españolas 3: Las Procesiones 

Agravios comparativos (Efe Eme)

El Top 10 de Escándalos Sexuales en USA 

La lista de los 10 mejores y peores países para ser mujer 

El rey del pollo frito (Efe Eme) 

Radio Popular FM en 1972 o la 99.5 como un viaje iniciático (por Antonio Gómez y Adrian Vogel)

Frank Zappa 1940-1993 

El Mundano Olímpico 2: sólo van 9 medallas 

Las Costumbres Españolas 4: Orinar en la calle 

Un siglo de canciones 2: “Gracias a la vida” de Violeta Parra (por Antonio Gómez)

Último parte medico y/o de guerra de Quintín Cabrera (parte sin décima) 

Un siglo de canciones (todos los posts) 

Agravios comparativos 2 (Efe Eme)

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Por la Salud en Madrid

29 de diciembre de 2009

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Un siglo de canciones 50: “She Loves You” (por Antonio Perea)

28 de diciembre de 2009

Singles UK y USA

Leía yo el post de El Mundano acerca de “Sunny Afternoon”, y las implicaciones futboleras que evocaba, cuando me vino un recuerdo de la infancia. Otro más, debéis de estar de mí hasta las narices. Parece mentira que alguien con una trayectoria vital tan aburrida como la mía  tenga tanto empeño en quedar en evidencia compartiéndola con terceros, y encima gente Mundana. En fin, ya que he empezado, sigo.

El recuerdo debe de ser de allá por el final de 1963. Escuchaba yo la radio en un pequeño transistor Sanyo embutido en una funda de cuero que mi familia solía llevar a los veraneos para mantenerse conectada con el mundo. En invierno yo me adueñaba de él, admiraba los troquelados del cuero que permitían al usuario accionar los controles de la longitud de onda (corta, media y larga, nada de FM todavía) y las ruedas laterales para volumen y sintonía sin desenfundar la radio; estiraba de aquella maravilla de la ingeniería que permitía multiplicar por tres el largo de la antena (el concepto “telescópico” no me decía nada aún); contaba los orificios que permitían que saliera el sonido del altavoz a través de la funda. En fin, lo que hace un niño de ocho años con no demasiada imaginación.

Durante una de aquellas prácticas de lo que hoy se llamaría “conocimiento del medio” empezó a sonar “She Loves You”.  A pesar de mi temprana edad y gracias a que tenía una hermana mayor que yo –afortunadamente la sigo teniendo, pero ahora parece ser que yo soy mayor que ella-, sabía ya de qué iba aquello. Y debido también a las chanzas de la televisión y los NoDo de la dictadura contra aquellos cuatro melenudos (los “escarabajos” les llamaban, a sabiendas de que era un error lingüístico), que habían hecho mella en la comunidad escolar. Uno de los chistes que corrían por mi cole se refería precisamente a aquella canción:

– “¿Sabes que el otro día, a uno de los Beatles se le bajo la tapa de la taza mientras meaba?”.

– “Pues no”- respondía el otro.

– “¿Y sabes lo que gritó?: ¡me la pi-lléee-lléee-lléee!”- esto último dicho con la música del estribillo de “She Loves You”.

Era muy gracioso. Así es que al surgir de mi transistor iniciático las notas de aquella canción, corrí por el pasillo de casa blandiendo el transistor como Arquímedes en un eureka y busqué a mi padre. Como la genética no perdona, mi padre estaba… escuchando la radio.

Él, para eso era padre, tenía una Telefunken de la serie “Concertina” de enorme tamaño y un amplio teclado que discriminaba las frecuencias con admirable precisión. Además, un ojo mágico verde ayudaba a percibir visualmente si se había sintonizado con finura. Mi padre lo necesitaba, porque yo siempre le recuerdo escuchando Radio Pi, es decir, “Radio España Independiente, emisora de los Pirineos” (mentira, por cierto, emitían desde Bucarest, como sin duda El Mundano sabe bien). Eran tan insoportables los pitidos y las interferencias que los censores del régimen franquista añadían a su frecuencia que, ante tal caos de escucha, había que comprobar continuamente con el ojo mágico si la sintonización era la mejor posible. El mundo de mi padre, republicano derrotado donde los hubiera, se limitaba al trabajo de sol a sol, a ir al Bernabéu con el farmacéutico de debajo de casa, a departir una vez al mes en torno a un par de copas de brandy con el cobrador del Real Madrid cuando traía el recibo y a conectarse con el mundo a través de Radio Pirenaica. Cuando él no estaba, yo examinaba aquella radio descomunal y encontraba en su panel de sintonía nombres que en mi mente se convirtieron en míticos destinos que aun hoy me evocan sentimientos mágicos: Hilversum, Potsdam, Trieste

Yo llegué junto a él con mi radio chillona. Quizá le pregunté que quién diablos era ese Julián Grimau del que una señora hablaba por su Telefunken entre zumbidos y pitidos. Pero lo que es seguro es que le invité entre risas a escuchar aquello. “Escucha papá, son los escarabajos, qué risa…” Él apartó su oído por un momento del tormento pirenaico con una leve sonrisa en los labios, y escucho el transistor con más interés del que yo había esperado. Después, sin perder la sonrisa, comentó: “Pues me parecen buenísimos”.

Confieso que la canción es la primera que escuché de los Beatles, y yo creo que mucha gente de mi generación también. A partir de aquel día del comentario de Perea senior la escuché con otros oídos. Posee esa difícil facilidad que tan frecuente es en la obra de Lennon y McCartney. Uno la escucha y parece poca cosa, pero hay algo distinto y difícil de definir. Es como si no se hubieran querido conformar con cualquier resolución musical en cada una de sus estrofas. Desde el puente que establecen las guitarras entre párrafo y párrafo de la letra hasta las síncopas de ritmo con las que juega la batería, todo apunta a un deseo de ser distintos, de no ir por el camino trillado. Los que llegados a la preadolescencia aporreábamos en una guitarra las canciones que nos gustaban, evitábamos “She Loves You” porque en vez de ser “la-re-mi” introducía continuamente acordes de enlace. Además, no era nada lucida sin el ritmo entrecortado de Ringo y sin las armonías vocales de los otros tres. Y sobre todo, no entendíamos ese acorde de sexta agregada con el que termina. Parece ser que incluso a George Martin le resultaba excesiva esa veleidad armónica tan sólo utilizada en aquellos años por los jazzistas. Pero al final, y ante la cabezonería de Harrison (que en la armonía vocal entonaba esa sexta  mientras que Lennon y McCartney se ocupaban de la tercera y la quinta respectivamente), el “quinto beatle” tuvo que plegarse a reconocer que nada podía sonar mejor que aquello como final de la canción.

Pasa como con toda la obra de los Beatles, que llega un momento en el que uno tiene que dejar de decir cosas, porque si no se podría estar hablando horas y horas. Sin embargo, no quiero terminar este texto sin un pequeño epílogo. Mi padre falleció en abril del 64, no más de seis meses después del episodio que comentaba más arriba. El hombre no pudo celebrar la sexta Copa de Europa que en el 66 ganó su Real Madrid, formado entonces por una generación de jugadores a los que se llamó “los ye-yés”. Así se conocía en general a los jóvenes que en la época hacían gala de un pelo tímidamente largo y cierta querencia por los aires pop y rockanroleros que soplaban desde Inglaterra. ¿Se os ocurre a qué podía hacer referencia aquel apelativo: “ye-yés”? ¿A alguna canción, quizá?    

 

Entradas anteriores en:

Un siglo de canciones (todos los posts)

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Avatar o la Internacional del Mal Gusto (por Julio Valdeón Blanco)

26 de diciembre de 2009

Tarde y mal, ustedes perdonen, vuelvo a este elmundano de mi corazoncito para avivar el rescoldo navideño y desearles felices fiestas; también, para decir que en estos días de clima blanco y nieve en vena contemplé, como muchos de ustedes, Avatar, ya saben, la cosita azulona del tal James Cameron, fulano que practica la escabechina del cine actual y futuro con vocación de señor importante, como si el 3D, o sea, la tecnología, lo equiparara con Billy Wilder. Cuidado, no nos manchemos la boca. Largar que Cameron, eficiente inventor, brilla a esa altura resulta idiota y, sobre todo, torpe, por cuanto anula el adjetivo a golpe de laxitud. Aplaudo sus habilidades técnicas, pero coño, equiparar las mañas visuales de Avatar con el sudor con hielo muy picado que asoma en M de Fritz Lang, con los rojos verdes y los cielos en copa baja, rebosantes de sangre, de Centauros Del Desierto, etc., con la inteligencia y clase que destilan, por no acudir a los clásicos y hablar de anteayer, Enemigo Público, Up, o Precious, equivale a decir que el inventor del acrílico y Pollock juegan en idéntica escuadra, y no.       

Cameron debiera de postularse a la presidencia de una hipotética Internacional del Mal Gusto. O sea, la liga norte del dorado, el estampado felino y la fotografía de torsos masculinos con bebé incorporado, tan propias, las citadas fotos, de los bares dominicales en los que las parejas en vísperas de nada juegan al trivial y entretienen la nausea. En Avatar cada paisaje es sinónimo de fosforescencia, cada hierbajo luce con propiedades dignas de postal incendiada, con levantiscos y melancólicos crepúsculos dignos de El Show de Truman, con un no sé qué new wave, entre cienciólogo y patafísico, que deja un enconado regusto a mierda en la pupila.

Encima, milita en el posmodernismo recalcitrante. Su rollo en favor de los indios azules hace buena, qué digo buena, buenísima, digna de reverencia y mármol, hija de dioses y tal, Bailando Con Lobos. Avatar vampiriza el argumento de mil westerns escritos con un encefalograma infinitamente menos romo que el que nos ocupa. Me recuerda a aquella profesora de antropología que sufrí durante la carrera, la tía, empeñada en que la penicilina, el jabón, la imprenta o el teléfono arruinaron el paraíso virginal donde ella, tan lírica, tan soñadora, tan ilustremente boba, hubiera correteado cual mariposa apache. Avatar, vómito puro, alcanza uno de los momentos más involuntariamente cómicos de la historia del cine cuando los indígenas se conectan al latido de la tierra por el procedimiento de ¡enchufar sus coletas a los capullos en flor que brotan de los arbustos! No, no bromeo, ni acabo de beberme en dos tragos y medio la botella de Johnny Walker. ¿El futuro del cine? Uh, dejemos que Cameron salga muy de noche, coloteando, a devorar taquillas. En cuanto a mí, qué quieren, mucho mejor vadear las montañas de nieve negra que salpican la 125, comprar un perrito caliente, calcular la hora a partir de las sombras que proyecta el Empire State Building, aliviar mi estreñimiento o no, comprarme un cactus, curar el constipado con frenadoles, ponerme provenzal y atizarle versos de amor a las tías que veo en la calle, calzarme plumas, quitármelas, lo que sea, cualquier cosa, antes que volver a ver una película atroz, a la que uno sólo puede defender con el argumento de la evasión, la bendita, socorrida, jodida evasión, si lo que en verdad te pone, flipa y alimenta, lo que te evade, vamos, es zamparte tres horas de discursos intelectualmente ineptos, bien rebozados de fotografía visualmente macarra y emponzoñados hasta la bola con unas interpretaciones emocionalmente planas. Vamos, que evasión, lo que se dice evasión y no puro cabreo, mala hostia homicida, ganas de incendiar el Reichstag, etc., sólo te la proporcionará Avatar si lo tuyo son Zafón, Coelho y cía., no sé si me explico.

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El regalo de Navidad de Messina y Pérez

25 de diciembre de 2009

El regalo de Navidad de Messina y Pérez es un impulso al Politeísmo madrileño. El italiano es el entrenador del equipo de baloncesto del Real Madrid y Pérez no es el ratoncito, es Florentino (el Presidente del club). ¿Y qué es el Politeísmo?

El Monoteísmo, representado por tres grandes grupos, se impuso a la creencia en varias divinidades. No fue fácil. La primera experiencia fue en el Egipto de los Faraones. El marido de Nefertiti intentó imponer el culto a una sola deidad. Fracasó. Pero no así los hebreos que impusieron el culto a Yahvé (“yo soy el que soy”), los cristianos a Dios y los mahometanos a Alá.

Hoy en día el Monoteísmo se presenta como una creencia rígida, monolítica, excluyente. Como los nacionalismos. Si en su día supuso un cambio –además implicaba una merma de poder para los distintos jerarcas eclesiásticos, con un considerable ahorro para las arcas de los Estados- esos momentos ya han pasado a la historia. El Politeísmo es una evolución natural. Una vuelta a los orígenes.

Se abre el melón de la exclusividad religiosa. Es algo más que ecuménico. El Nuevo Politeísmo te permite seguir con tu religión. Pero lo más seguro es que la tuya no te permita unirte. Incluso en algunos lugares el abandono de tu religión está castigado con la pena de muerte. Este podría ser un punto de inflexión. Otro punto –puntazo- sería que sólo se permiten Diosas.

El regalo de Navidad de Messina y Pérez ha sido traer a Madrid a Adriana Lima: la soteropolitana –gentilicio de Salvador de Bahía– es la Diosa que ha ocupado el numero uno en mi altar desde hace tiempo. Y no me digan que es casualidad que la bahiana, cuyo nombre es el femenino divino del mío, hubiese nacido un 12 de junio como La Mundana. O que se hubiese casado (*) este año un 14 de febrero, día de mi cumpleaños. Son señales claras y rotundas, al igual que este clip con sus grandes éxitos (incluye sus angelicales desfiles para Victoria’s Secret).

(*) Marco Jaric es el afortunado marido de la Lima y ha firmado con el Real Madrid para cubrir la baja del lesionado Sergio Llull. Viene de la NBA y ganó una Euroliga jugando en Bolonia, bajo las órdenes de Messina. Vuelven a coincidir. Las Diosas así lo han querido…

Otras religiones:

El Pastafarianismo: sobre la Verdadera FE y el MEV (by John)

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Melasuda: vacunas para la vida moderna

23 de diciembre de 2009

Ideal para las fiestas…

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¡Felices Fiestas!

23 de diciembre de 2009

El Mundano se suma a la felicitación de Toni Martin.

Aprovecho para comentar que estos días la frecuencia habitual de entradas será bastante irregular. Por ejemplo las colaboraciones para Efe Eme de los sábados se suspenden hasta después de Reyes.

Para finalizar este mini post un pequeño clip del primer día de invierno en Madrid. Amanecimos con una buena nevada.

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