Archivo diario: diciembre 11, 2009

En defensa de los Artistas (por Julio Valdeón Blanco)

11 de diciembre de 2009

La pasada semana un puñado de artistas españoles habló contra la piratería. Casi les parten la boca. A los españoles nos gusta invitar con el dinero del prójimo. Incluso la derecha, según leo, parece fomentar los soviets. Abajo la propiedad. Andan en Génova recibiendo a los representantes de los internautas, que equivale a decir nadie, por cuanto no existen legítimos portavoces de un colectivo tan extenso y variado. Tanto al servicio de sí mismos como al deservicio de la cultura, los supuestos voceros parlan contra los cantantes. Exigen sopesarlos con la guillotina. Hablan de liquidar los viejos esquemas mentales, quemar los discos y aguardar en posición orante los futuros, estupendos beneficios artísticos que se derivarán del robo a mano armada. En realidad no explican de qué coño largan, dado que es imposible describir lo que no existe: otrosí es que habites el orbe poético y desayunes metáforas, o bien seas cura, papa o pitoniso, o claro está, consumidor habitual de antipsicóticos.

Creo que, en general, el respeto que España siente por sus artistas resulta directamente proporcional al número de libros, películas y discos que sus ciudadanos compran de media. No es que no escuchemos a Levon Helm o a Loquillo, que no lo hacemos, por supuesto que no; es que además nos toca los cojones que estos señores aspiren a vender su música cuando resulta obvio que la cultura debe colectivizarse, que la música ha progresado contra la tiranía de las discográficas, que siempre será preferible el amateurismo a la profesionalización, que los artistas prefieren vivir del directo, y si tienen ochenta años o no les da la gana tocar en vivo pues que les vayan dando, y que en definitiva vivimos en la antesala de otros diez días que conmoverán el mundo. Sólo nos falta que alguno de los capitanes que hablan por la totalidad del orbe, uno de esos que se reúnen con la ministra González-Sinde en nombre mío (!) agarre el teclado y ejerza de John Reed revivido. Ansioso estoy de leer su crónica del actual zeitgeist. De paso será informativo conocer los motivos por los cuales, y es un ejemplo, no patrocinamos el asalto a los restaurantes tres estrellas, y así, en plan Bastilla, zapatistas y rebeldes, disfrutamos los placeres de Cala Montjoi, siquiera por una tarde.

Escribo esto en Harlem, con los perros durmiendo a los pies del sofá y la rabia cayendo sobre éste texto como un martillo, mientras pienso en el comunicado que Bruce Springsteen publicó ayer en relación al matrimonio homosexual. El rockero apoya una legislación moderna, que resuelva en Nueva Jersey la injusticia legal en la que viven las parejas no heterosexuales. Es partidario de la integración entre los principios y conceptos jurídicos y el tiempo en el que vivimos, prolijo en familias que van más allá de la clásica estructura de padre, madre y churumbeles. ¿Lo mejor? Que algunos de sus seguidores habrán cabeceado convencidos y otros resoplarán en desacuerdo. Habrá en la prensa quien opina igual que Mr. Springsteen y quien se manifiesta en contra. Lo que a nadie se le ocurre es reprocharle que tenga cerebro, que haga uso de su estatus, que se implique y opine, que se considere legitimado para informar a sus compatriotas de sus pensamientos, que se moje, coño, y que no calle como una zorra. Más allá del tópico mamarracho de los actores cocainómanos, aficionados al whisky y bulímicos de notoriedad, que apoyan a tal o cual candidato durante las elecciones, o sea, lejos del maniqueísmo de cuatro comentaristas cromañones, los creadores gringos, cuando toca, alzan la mano. No porque sean más listos, guapos o talentosos que nosotros (y suelen serlo, los muy mamones: mírate al espejo y piensa en Paul Newman), sino porque, además, sólo faltaba que no pudieran largar; más todavía en la era de la posmodernidad rampante, cuando en nombre del bien común hay que aplaudir al corso.

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