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Zidanadas y Zidapenas

La comidilla en mi Whatsapp era la presencia de Isco y Marcelo en el once. Unanimidad: nos disgustaba la decisión de Zidane. Algunos entendían que son jugadores a recuperar. Paco Martín me decía “Isco debe ser hoy o nunca”. Está claro que tenía que reivindicarse sí o sí. El problema es que Isco lleva muchas oportunidades desaprovechadas. Otros justificaban por las rotaciones y los descansos. ¿Qué descansos? ¿Los de cara a sus selecciones? En cualquier caso, nadie entendía su presencia como titulares.

En ataque el Real Madrid parecía disponer un 4-2-3-1. El problema era aplicar la presión alta: ese 1 estaba solo (Benzema). Pero para problemas los nuestros en la posesión y la imprecisión de los últimos pases, sobre todo en las contras. Al menos, en el primer cuarto de hora, se buscaba el tiro a puerta desde fuera del área.

GayáCheryshev creaban dificultades por su banda a Marco Asensio y Lucas Vázquez

En el 26 un golazo de Benzema suponía el 0-1. Un latigazo desde fuera del área, en las inmediaciones del arco izquierdo de la media luna, se coló como una exhalación. En las repeticiones se ve que el remate da en la cadera de un defensor y deja vendido al meta local.

Tres minutos después Lucas Vázquez despeja con el brazo un pase de Gayá. Courtois le desvió el penalti a Carlos Soler. El rechace lo remata Soler al poste y el balón le llega a Yunus Musah, quien empata con Marcelo de espectador. El árbitro fue a ver la jugada al VAR. Se mandó repetir el penalti por invasión del área. Esta vez Soler sí anota y pone el 1-1 en el marcador.

El Madrid seguía impreciso en ataque. Y el Valencia cada vez más ordenado. Los arrebatos de Fede Valverde presionando arriba daban algún fruto. Pero perdíamos lo que recuperábamos. En una de esas nos metieron el 2-1, finalizando la primera mitad. La jugada siguió y tuvimos que esperar al VAR para comprobar si el balón había entrado o no. Autogol de Varane (otro), tras una perdida en falta a Asensio. 2-1 y cuatro minutos de prolongación (que serían cinco). Los de Javi Gracia le habían dado la vuelta al marcador, con un Madrid en nueve (por los missing Isco y Marcelo).

Zidane no hizo cambios en el descanso. Así que en principio volvíamos a jugar con nueve. Contra once y el marcador en contra. Y pudimos empatar al medio minuto, gracias a una presión de Vinicius. En el siguiente ataque nos montaron una contra y la pelota rematada desde fuera del área la rozó Courtois, desviándola hacia el poste.

En el 50 Gayá nos montó otro estropicio. Y Marcelo en vez de darle a la pelota le da a Maxi Gómez. Penalti. Soler anotaba el 3-1. Es lo que tiene jugar con nueve. En esta jugada se reclama falta del delantero sobre Marcelo.

A la hora de juego un incomprensible manotazo de Sergio Ramos era señalado como penalti. El tercero. Soler lo transformaba. 4-1.

Zidane por fin se dignó a mover el banquillo. Pero mantuvo a Isco y Marcelo. Salieron Asensio y Vinicius (quienes antes del 4-1 habían desperdiciado dos buenas ocasiones). Entraron Rodrygo y Odegaard. Dicen que más vale tarde que nunca, pero en este caso no se resolvía la cuestión fundamental: éramos nueve contra 11.

En el 75 entró Mariano por un tocado Benzema. Y Kroos por Valverde.

Un Valencia crecido jugaba a favor del reloj. Los tres goles de ventaja eran una excelente garantía. Tuvimos que esperar hasta el 81 para ver fuera a Isco. Le sustituyó Jovic. Ya daba igual todo. La suerte estaba echada. Y encima, para confundir más los papeles, Sergio Ramos se echó para adelante de delantero cuando teníamos la pelota. Vamos, que nos podían meter el quinto.

Se añadieron seis minutos. Los suficientes para que Jovic se comiese un balón. Despejó en su intento de control o de disparo. También sirvieron para que Rodrygo le diese un poco de picante al ataque madridista. Sus buenas intenciones las desbarataban los defectuosos remates de sus compañeros.

Perder 4-1, por mucho que nos hayan pitado tres penaltis en contra y otro nos lo hayamos metido nosotros, no tiene ninguna excusa. Tampoco hay justificación para alinear a Isco y Marcelo de titulares. Y mucho menos para mantenerlos tanto tiempo en el juego. Un equipo top que empieza ganando y acaba siendo goleado dice poco de la labor desde el banquillo. Zidane se ha equivocado, se ha obcecado en su error y no ha sabido cambiar el rumbo del encuentro. Tampoco supo solventar la ausencia de Casemiro. Sus jugadores, los nuestros, tampoco han dado la cara. Ni la talla. Han estado blandos, no han intentado comerse al rival. No han sabido sobreponerse a las adversidades.

Enhorabuena al Valencia, al que hemos resucitado hoy.

 

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El caso Messi 2

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Esta segunda entrada sobre el caso Messi también podría llamarse “La ingratitud“. La ingratitud del jugador con el club que le ha dado todo.

La ingratitud hacia el club que le regaló un Balón de Oro, arrebatándoselo a dos compañeros suyos, Iniesta y Xavi, que hicieron más méritos. Ambos ganaron lo mismo que Messi con el Barça y además fueron campeones del mundo con España. Con el agravante de Iniesta logrando el gol del triunfo en la final. En ese Mundial de 2010 Argentina fracasó sonoramente: Alemania les endosó un 4-0 en cuartos de final.

La ingratitud de quien fue condenado por Hacienda y al que el Barça defendió a capa y espada, inventando incluso una presunta conspiración del Real Madrid y/o el gobierno central.

La ingratitud hacia el club que le permitió todo tipo de antojos y caprichos respecto a entrenadores y jugadores, tanto amigos como los que no lo eran. Cuando al niño consentido le han negado un juguete le ha dado la rabieta.

La ingratitud con la afición que le elevó a los altares y a la que ha ignorado en todo este asunto. No se ha dignado a dirigirse a su público.

La ingratitud del jugador mejor pagado que anunció su deseo de irse mediante un burofax. ¿Se imaginan romper así una relación de 20 años? ¿Qué pensarían si su pareja les mandase un WhatsApp comunicando la ruptura?

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Mi primer mes de confinamiento

He cumplido un mes de confinamiento. Lo inicié el 2 de marzo. Bueno, en realidad fue el 1 de marzo tras regresar del Clásico en el Bernabéu. Entre la aprensión con la que fui al partido y la lluvia al final no quedé con nadie para celebrar el triunfo. Llegué a casa sobre las 23:30. 23:40 lo más tarde. Y hasta hoy.

La razón de mi autoconfinamiento es por pertenecer a tres grupos de riesgo. Por eso me daba reparo ir al estadio. Mi hermano que es biólogo me tranquilizó diciendo que no podía tener tan mala suerte. Pero aún así opté por la prudencia y una medida drástica. Evidentemente porque me puedo permitir el lujo. De otra manera sería imposible haber sido un pionero.

Ha habido algunas excepciones: el primer fin de semana, los días 7 y 8 de marzo, salí para desayunar, ir a la farmacia (el sábado 7) y comprar el periódico. Estas tres acciones se desarrollan en un radio de 10 metros (la farmacia está a medio camino entre el bar y el kiosco) y no hay más de 200 metros desde mi casa hasta el punto más lejano (el kiosco).

El domingo 8 me asusté ante la cantidad de gente que había en el barrio. Se lo comenté alarmado a los camareros del bar donde desayunaba. Equivocadamente creía que se habían juntado la manifestación feminista y la gente que va al Rastro (vivo al lado). Un parroquiano me sacó del error: la manifestación era por la tarde. Hacía una mañana espléndida, las terrazas estaban a reventar, como las calles de todo el barrio. Volví corriendo a casa.

Las otras excepciones fueron dos: el día 9 me acerqué a CEDRO para realizar una gestión. Tardé unos 50 minutos en total, desde que salí de mi portal hasta que regresé. Y la última fue ir a hacer la compra a un supermercado de El Corte Inglés. Estrené guantes de latex y mascarilla. Fui en coche. Fue una experiencia como de ciencia ficción. Madrid vacío. De tráfico y de gente. A la tienda se accedía de uno en uno. La cola para entrar era larga, no por las personas que la formábamos. La razón era porque manteníamos una generosa distancia de seguridad entre nosotros. Dentro no podía haber más de ocho personas. Al entrar te echaban un gel desinfectante en la palma para frotarte (en mi caso sobre mis guantes). Y luego te indicaban donde tenias unos guantes para ponerte y el lugar donde depositarlos al salir. Cuando lean estas líneas estaré a punto, o habré ido ya, de ir al Corte Inglés de la calle Princesa a recoger un pedido que hicimos ¡la semana pasada! Se supone que lo recoges en el garaje y el contacto humano es mínimo. Veremos como resulta.

He leído a gente en las redes y escuchado a amigos quejarse del aburrimiento. A mi en cambio este mes se me ha pasado volando. Y los quejosos llevan menos tiempo confitados. Hay días que incluso se me han hecho cortos. A pesar de echar de menos el fútbol. No he parado de hacer cosas: escuchar música; ver series; películas clásicas (aún tengo 60 grabadas por ver); La Mundana ha descubierto los servicios gratuitos de obras de teatro español, inglés (el National Theater todos los jueves ofrece una obra) y argentino (teatrix.com); he estado atento a las ruedas de prensa sobre el coronavirus del gobierno español, Boris Johnson y Trump; he navegado por la red y leído más medios digitales que antes; me he comprado una mini bici estática portátil para hacer algo de ejercicio, en realidad son unos pedales (la entrega de Amazon fue curiosa: me dejan la caja en el portal, esperan a que baje y cuando me ven salir del ascensor se despiden); etc. Curiosamente he estado menos activo en redes sociales a pesar de disponer de más tiempo, salvo el Whatsapp que ha echado humo. Quizás las barbaridades que he leído a tantos Premios Nobel me han retraído. E indignado. Aunque reconozco que he disfrutando eliminando peña y practicando el bloqueo preventivo. Otro aspecto que me llama la atención es que estoy leyendo muy poco. Me refiero a libros. Sean novelas o ensayos.

La apertura y liberación de archivos de música en directo es una gozada. Destaco los festivales de jazz de Montreux y los de la Orquesta de Jazz del Lincoln Center de Nueva York, bajo la sabia dirección artística de Wynton Marsalis. He elegido su concierto dedicado a Miles Davis para su disfrute.

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Élite Taxi destapa a la patronal del taxi

El portavoz de Élite Taxi y uno de los líderes de los taxistas de Barcelona, Alberto Tito Álvarez, se ha lucido con su comunicado (ha enviado un mensaje de voz de WhatsApp a todos los medios). En el audio del destape decía que estaban “alucinando” porque “aquí la gente comenta que cómo puede ser que un ministro de izquierdas –Fernando Grande-Marlaska– y según ha declarado él, que es gay, que mande aquí a la policía a reprimir al pueblo”. Para quienes plantean este conflicto empresarial entre lo viejo y lo nuevo este mensaje despeja dudas (si acaso las hubiese).

Y digo conflicto empresarial y digo bien. Porque son las patronales quienes están en guerra. No acepto lo de los trabajadores del taxi. Quien ha convocado la huelga es la patronal. Los propietarios de las preciadas licencia de taxi (alrededor de las cuales hay todo un trafico de dudosa moralidad). No he oído a nadie reivindicar derechos laborales, condiciones salariales, limites de horario al volante, horas extra, etc. Por parte de los VTC sabemos que algunos patronos también poseen licencias de taxi. Aunque más bien es al revés: algunos empresarios del taxi también han desembarcado en el nuevo negocio.

¿Este cierre patronal es legal? ¿El paro de ocho días en Madrid ha sido autorizado por la autoridad competente? ¿Bloquear la Castellana está permitido? ¿Cortar, o intentar cortar, la M 40 o Calle 30 es legal? ¿Tenemos los madrileños la culpa de los problemas del sector? ¿Por qué sufrimos y padecemos los madrileños este conflicto? ¿De qué somos responsables?

Lo que sí sé es que en otros paros y huelgas me ha tocado tragarme las cantinelas del taxista de turno al respecto. Despotricando contra los trabajadores que sí ejercían pacíficamente sus derechos y se manifestaban legalmente. Trabajadores, no patrones. Los epítetos que he tenido que aguantar provocó que en varias ocasiones me bajase indignado del taxi.

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