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Robert Hunter (1941-2019)

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Ayer cuando me enteré del fallecimiento de Robert Hunter, a los 78 años de edad, no pensé en escribir nada al respecto. Daba por supuesto que medios y redes sociales se harían eco de la triste noticia. Esta mañana he comprobado que no ha sido así.

Hunter, letrista habitual de Grateful Dead, rechazó la oferta de su amigo Jerry Garcia (de origenes gallegos por parte de padre) para unirse al grupo. Prefirió concentrarse en escribir sus textos. La amistad entre Hunter y el guitarrista fue inquebrantable y superó un mal comienzo: la novia de Garcia le dejó para casarse con Hunter (terminarían separándose).

La primera letra que Robert Hunter hizo para los Dead fue la de “Dark Star“, un tema instrumental que ya desde los inicios de la banda de San Francisco mostraba las querencias por los desarrollos e improvisaciones.

Si por su trabajo con los Grateful Dead ya ocupa un lugar en el panteón del rock, añadan a la lista a Elvis Costello, Bruce Hornsby,… y ¡Bob Dylan!

Qué mayor honor puede haber para un escritor de versos de canciones que colaborar con el maestro del oficio. La primera en la que colaboraron fue en “Silvio” del álbum “Down In The Groove” (1988). En ese mismo disco hay otra colaboración. 20 años después volvieron a escribir juntos. para el “Together Through Life“, editado en abril de 2009. Grabado en diciembre de 2008 era el trigésimo tercer álbum de Bob Dylan. Todas las canciones, menos una, eran de Dylan y Hunter.

En los últimos años su salud se resquebrajó. Y para poder cubrir los gastos médicos se embarcó en varias giras (la última fue en 2013), para apoyar las varias grabaciones en solitario que había editado.

Uncle John’s Band” (1970), una de mis favoritas de Grateful Dead, con esas voces tan Crosby, Stills & Nash, sirve para despedir a Robert Hunter.

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Penúltima diana del cazador (by Julio Valdeón Blanco)

23 de abril de 2009

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A Bob Dylan los diablos de la inspiración a veces lo conducen entre chispas y otras, mortal como cualquiera, le pegan la tripa al suelo. “Time Out Of Mine”, “Love And Theft” y “Modern Times” desvanecieron las suspicacias con tres aldabonazos de oro. “Tell Tale Signs (rare and unreleased, 1989-2006)” su penúltima entrega, un doble (o triple, si aceptabas ser chorizado por Columbia), compendio de inéditas editado en 2008, también embrujaba. Traía en la canana “Red River Shore”, joya sureña, en las que el narrador habla de una chica misteriosa y recuerda los tiempos en los que creyó encontrar el paraíso en la mistela de sus labios. Quién hubiera dicho, cuando destrozaba su leyenda a base de conciertos infames y discos repletos de medianías, en aquellos días que le vieron rechazar algunas de sus mejores canciones, que con casi setenta años seguiría dominando el perímetro de la música popular con vuelo de águila, y que los medios, tan caprichosos, lo entronizarían como el clásico que es, posiblemente el más influyente compositor del siglo XX (al menos, en lengua inglesa).

 

Su nuevo disco, “Together Through Life”, a la venta el lunes 27, propone otro viaje a las entrañas del folklore americano. My Wife´s Home Town” o “Beyond Here Lies Nothing” son puro blues. En todas las piezas se filtra el acordeón de David Hidalgo (Los Lobos). Las seis cuerdas de Mike Campbell (de los Heartbreakers, con los que ya tocó en su mejor gira de los ochenta), añaden punch, fervor, al arsenal de un grupo compacto, el mismo que acompaña a Bob en directo. Su voz suena más rasposa que nunca, con todas las arrugas que Ava Gardner reclamaba para mostrar los atributos del guerrero, la melancólica y refulgente noche de un fantasma al cabo de todo. Produce él mismo, bajo el pseudónimo de Jack Frost, y hace bien; así nos evitamos modernos tipo Don Was.

 

Dice Clinton Heylin, al que entrevisté hace poco en Brooklyn, que necesitamos tiempo para digerir sus últimas entregas. Opina que “Time Out Of Mine” no le llegaba a la suela a ciclos tan impactantes como el que abrió “Blood On The Tracks” y cerró “Street Legal”, por no hablar de los discos de gospel, o que en “Love and Theft”, siendo buenísimo, sonaba demasiado ronco, mal recuperado de su última gira. Quizá sea así, pero Heylin, que viene de publicar un tomo imprescindible sobre las canciones de Dylan, no deja de ser un crítico, o sea, guarda del cementerio, sereno de los gusanera, que teje su capa soltando, entre los juicios ponderados, alguna maldad.

 

Escuchar, al fin, la perezosa cadencia de ese baladón llamado “If You Ever Go To Houston”, los crepusculares, etéreos, ardientes duelos de guitarras de “Forgetful Heart”, dejarse acunar por la luna morena que abraza “This Dream Of You”, sacudir la pelvis con “Jolene”, especular con las chorradas que algunos escribirán a cuenta de piezas como “I Feel A Change Comin´ On” («el espíritu Obama», etc.), te recuerda quien, a estas alturas, controla mejor que nadie la movediza memoria del cancionero popular. Ya que no reinventarlo, algo que ya hizo en las ácidas, mercuriales jornadas de los sesenta/setenta, posiblemente lejos de su capacidad actual, quedaba encarnarse como su mejor, ¿penúltimo?, profeta; bien cruzado, eso sí, con la rosa de Mexicali, bajo la sombra de Sun Records y las vehementes piezas de Chess.

 

Together Through Life”, más que correcto o  bueno, brillante, incluso memorable.

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