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¿A quién le pilló el toro del cambio tecnológico? (Efe Eme)

3 de octubre de 2009

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Mucho se ha escrito sobre la perversidad de las compañías discográficas. Sin distinguir entre nacionales y multinacionales. O independientes y grandes corporaciones (algunas de las cuales se formaron por la fusión o adquisición de varias indies). Y se ha criticado su falta de visión ante la revolución digital y el ahora obvio cambio de formato. No pretendo que esta nota sea un alegato a su favor porque ha habido y hay errores. Pero no tantos como nos han hecho creer los gurús y periodistas (que curiosamente ahora afrontan problemas similares en sus empresas mediáticas). Alguna cosa se habrá manejado bien. Pero tampoco quiero entrar en eso. Sólo quiero decir que ver los toros desde la barrera es más cómodo que torear: nadie propuso soluciones o vías de negocio para la transformación de la industria. Y por añadidura ésta se encontró con el Top Manta en muchos mercados vitales. De facto quien hubiese dado con la clave se habría forrado. Y lo sabríamos. Incluso hubo compañías como BMG, multi alemana, que quiso salvar al entonces enemigo público nº 1 –Napster– y salió escaldada tras un complicado proceso legal de compra.

Pero de lo que se ha hablado poco ha sido de las tiendas. Tanto las de barrio como las grandes cadenas. Y son ellas las que tienen el contacto directo con el público. Por tanto el pulso directo de la situación está en sus locales. Las discográficas producen y comercializan. Sus clientes son los mayoristas y minoristas. Mientras que los consumidores lo son de los puntos de venta.

¿A quién le pilló el toro del cambio tecnológico? Sostengo que principalmente a los dueños de los establecimientos de venta. Y ha sido su cierre un factor importante en el colapso de ventas. ¿Cómo sobrevivir cuando tus clientes van desapareciendo y tus productos se devalúan y son copiados sistemáticamente? Empresas de todo tipo (Virgin, Tower, Castelló, Madrid Rock, Discoplay, etc.) han ido cayendo sistemáticamente. Algunos han ganado un dineral echando el cierre al vender sus propiedades inmobiliarias (antes de la crisis). Pero sus empleados se han quedado en la calle.

Hace unos días leía una lista de los mejores sitios de venta online en EE.UU. Estaba encabezada por Amazon y WalMart. Un “nativo” y un “inmigrante” respectivamente. Lo que más me sorprendió fue que en el Top 10 había 6 negocios que habían “migrado” al mundo virtual (sin perder su presencia física de toda la vida). Sólo el 40% eran Webs nacidas en la Red.

La mayoría de los negocios de venta de discos que han desaparecido no desarrollaron actividad en Internet. En este aspecto el gigante francés FNAC fue pionero. La excepción que confirma la regla. Sobreviven, pero no sólo por su rápida adaptación al cambio tecnológico. Su variedad de líneas de producto podría tener un paralelismo con Amazon, que ha ido ampliando su catalogo de ofertas (hasta convertirse en el gran almacén online).

Pero el cambio de verdad no ha venido de la mano de ninguna cadena. Ha llegado desde Apple y su tienda de descargas, iTunes. Esta ha sido la autentica revolución. Cambio de formato, de precio y sexy (como lo fueron en su día las megastores). Y como todos sabemos Apple no era una empresa dedicada a la venta de discos. Empezaron con canciones y ahora ya se pueden comprar álbumes. Y su precio es muy atractivo.

¿Les volverá a pillar el toro a los negocios tradicionales de venta de música grabada?

 

Publicado en Efe Eme

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Con mi dinero pago (by Julio Valdeón Blanco)

30 de abril de 2009

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Leo en Efe Eme y Paste que Matador Records ha perdido la mayoría de sus másters para vinilo. Una de las fábricas con las que trabajaba ha quebrado; como consecuencia, destruyó los másters. ¿Perdidas? «Más o menos», según Jesper Eklow, directivo de la compañía, «todo lo producido hasta mayo de 2006». Entre las joyas desintegradas había discos de Pavement, Neko Case, Cat Power, Mogwai, Yo la tengo o Belle and Sebastian. «Puff, y qué coño importa», dirán nuestros queridos activistas, felices con la compresión eunuca del MP3, tal vez los mismos con los que quiere hablar nuestra muy sutil y brillante Ministra de Cultura, inagotable venero de inteligencia preclara. A esos raros fenómenos los equiparaba hace poco Arcadi Espada con unos supuestos representantes de los borrachos: un grupo social demasiado variopinto, húmedo, zigzagueante, a ratos metafísico, siempre plural, como para tener voz unificada. Sea como fuere, ya escucho los comentarios, esos «Ellos se lo buscaron», «Las discográficas son unas ladronas», etc., con los que muerden nuestro castigado corazón (del intelecto, ni hablo, y de González-Sinde, por no llorar, tampoco).

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Medito en estas y otras plagas por los pasillos de Virgin Megastore de Nueva York en Union Square, que también chapa. Aunque la anunciada liquidación sea de mentirijilla (los muy cabroncetes han rebajado un 20% el precio de los discos, sí, pero previamente los han puesto al precio inicial de salida, unos 18 dólares, cuando muchos estaban a 10 pavos hace unas semanas), compro maravillas de Woody Guhtrie, Pete Seeger, The Chieftains, Bob Dylan y Martha Wainwright: lo asumo, soy fácil. La semana pasada, en España, cayeron “Andrés”, la caja séxtuple del genial Calamaro, y también sabrosas rodajas de la gran Olga Guillot, el tanguero Alberto Merino y dos damas muy flamencas, la Piriñaca y la Bernarda de Utrera. Y ayer, claro, la edición de lujo de “Together Through Life”, lo nuevo de Bob, que trae el fascinante añadido de escuchar uno de sus programas de radio para Sirius, con piezas de Porter Wagoner & The Wagonmasters, Howlin´ Wolf, Little Walter, Sister Rosetta Tharpe, Hank Williams (bajo el pseudónimo de Luke the Drifter) o los Rolling Stones, así como una entrevista, outake del “No Direction Home” de Scorsese, con el que fuera su primer y muy fugaz mánager, el grouchiano, y bendito, Roy Silver.

 

Ah, oiga, pero es que todo ese material puede adquirirlo gratis en Internet; ni siquiera es robo, sólo copia privada; además, en media hora puede descargarse la discografía completa del siglo XX y grabarla en un cómodo disco que almacene cien trillones de canciones. Claro, claro, me digo, seguro, pero qué quieren, a mí, como a Sergio Makaroff, siempre me interesó «quién escribe las canciones». De hecho, el vendaval de nuevos pasatiempos que, cuentan, carcome nuestro tiempo libre, no acaba de sepultarme: siguen enloqueciéndome la música, la lectura, el cine, la comida, las drogas, y el sexo, como hace un año, como hace diez. Sólo atisbo una oferta novedosa (los videojuegos), pero como no juego desde que abandoné, con doce años, los Playmobil, pues, uh, me la sopla. De remate, hace siglos que adopté, con orgullo de náufrago, con dos cojones y el mentón erguido, con la elegancia que requería Loquillo y asumiendo que hace mucho que perdimos la guerra, que estamos desnudos, muertos y enterrados, la canción del poeta:

 

«A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho donde yago».

 

Qué plasta, aburrido, moralista coñazo, ¿verdad, apóstoles ultrachic, pensadores cool, queridísimos modernos? 2009_01_virgin1

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