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40 años del primer concierto de Springsteen en España

Marca

Ayer se cumplieron 40 años del primer concierto de Bruce Springsteen en España. Fue en Barcelona y formaba parte de la gira europea en la que presentaba su monumental “The River“.

Esta mañana Héctor G. Barnés me mandaba un recorte del Marca (en el que me mencionan), del 13 de febrero de 1981. El diario deportivo reflejaba que Springsteen no vendría a España. Lo cual era totalmente cierto en esos momentos. Pero fuimos capaces de revertir la situación. Lo he contado en mi libro “Bikinis, Fútbol y Rock & Roll“, en varios artículos y entradas aquí en el blog. Hubo una carambola (un cambio de fechas en la gira de EEUU) y estuve atento. Las gestiones dieron sus frutos y vino a actuar. Se superaron todos los obstáculos que fueron cayendo como fichas de dominó.

Ese concierto de Barcelona no solo fue memorable para quienes asistimos, también lo fue para Bruce Springsteen y el escritor y afamado crítico de rock Dave Marsh (Creem, Rolling Stone, The Village Voice), intimo amigo y biógrafo del Boss y de su manager Jon Landau. Landau también quedó hechizado por ese concierto que fue el inicio del romance entre el artista y el público español. Tanto Springsteen como Marsh han reflejado muy elogiosamente ese concierto de Barcelona en sus libros.

P.D.: el recorte que me mandó Héctor está extraído de Point Blank, que está conmemorando este 40 aniversario.

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Nueva York Land (por Julio Valdeón Blanco)

22 de abril de 2010

En 1955 Norman Mailer, que bebió por cuatro y esculpió novelas que el New York Times, en su obituario, colocaba a la altura de su ego (estratosférica), fundó junto a Dan Wolf y Ed Fancher, el Village Voice. Corrían días aciagos para el campeón mundial de los escritores feroces. Ni El parque de  los ciervos ni La costa bárbara habían logrado una mínima parte del éxito que cosechó Los desnudos y los muertos, la novela/machete con la que Mailer debutó en 1948. Entre la devoción por Hemingway, el tuétano de una escritura serpenteante como pegajoso y turbio solo de Coltrane y la convicción de que sólo los géneros mestizos salvarían a la literatura de habitar en «El país de los muertos vivientes» (Tom Wolfe), Mailer lanzaría bombas de profundidad desde el semanal neoyorkino, donde se adjudicó la crítica teatral. Lo abandonó pronto, pero cincuenta años más tarde y accionariado desde 2005 por una empresa de, a priori, dudosa vocación subversiva, el Village mantiene su condición de biblia laica. Ciertamente, ha perdido a muchos de sus puntales (Robert Christgau, Nat Hentoff, etc.), despedidos en el último lustro, y por sus venas corre ya una porción de desdeñable de garrafón comercial. Así y todo continúa siendo  bastión del nuevo/viejo periodismo en el abrevadero de las corporaciones. Un tiro de adrenalina. Un chute para beber despacio. Aguijoncito que inocula, entre montañas de publicidad y algunas piezas chorras (cortitas, graciosas, refrescantes, juveniles, modernas, o sea, chorras) saludable veneno en el riego de todo adicto al buen periodismo armado con pistolas de tinta y vocación de servicio público y escaparate cultural no momificado, un periodismo poco frecuente, del que seguimos aprendiendo.   

Hay que leer el Village, todavía, para encontrar piezas como la que la semana pasada escribió Tom Robbins. Hablo de ella con retraso porque amortajé el semanario en la pila de papelotes que rodea mi mesa y no lo encontraba. Se titula Un asesinato en el Village. Cuenta la patética historia del hospital público St. Vincent, que agoniza. Según Robbins abundan los culpables y el pecado de su multimillonaria deuda se reparte entre gerentes con el bolsillo ajeno fácil, carísimas subcontratas a consultoras y otros elegantes buitres, aseguradoras con pinzas de garrapata y políticos más preocupados por la salud de Wall Street que por la de sus votantes. Debes beberte el reportaje de Robbins para saber, por ejemplo, que el St. Vincent fue fundado en 1849 por las Hermanas de la Caridad. Allí atendieron «a las víctimas de las sucesivas epidemias de tifus y cólera del XIX, a los damnificados por la barbarie patronal contra los sindicatos en 1911, a los supervivientes del Titanic», a los dueños de los garitos legendarios del Village, a mil y un poetas (comenzando por Dylan Thomas) y músicos (Joe Ramone), y por supuesto a las legiones de abrasados por la pandemia del SIDA durante los ochenta, cuando las enfermeras atendían con triple y profiláctica capa de guantes y el miserable Reagan citaba la cólera de Dios como castigo contra tanta coyunda. Informa Robbins que los planes de la ciudad para el hospital consisten en transformarlo en un ambulatorio de servicios básicos. Si tu condición requiere algo más que tiritas, chungo; deberás desplazarte hasta el Bellevue, junto al East River, en la 27, el Roosvelt, allá por la 59: una ruleta a cañonazo limpio caso si el estado del enfermo es incompatible con los previsibles atascos que mediarán entre su ambulancia y la sala de urgencias.

Provoca más que rabia que la misma ciudad que presenta un faraónico proyecto de 260 millones para reflotar el peñón de Governors Island contemple, entre insensible y pasota, la muerte de uno de sus grandes centros, intensamente ligado, por lo demás, a la salud de un barrio capital para entender porque Nueva York pisó con botas multicolores el imaginario del XX. Llámalo darwinismo social, thacherismo postindustrial, el evangelio según Espe o equís al cubo. Responsabiliza a una administración que aplica la fusta economicista a los servicios básicos. Mientras la acorralada clase media de Manhattan se desloma para pagar unos impuestos, alquileres, etc., en cuarto creciente, el ayuntamiento del millonario Bloomberg cierra colegios y estaciones de metro, liquida subvenciones y despide a cientos de empleados públicos. Poco a poco, el moho, la sensación de derrota, el aniquilamiento del tejido vecinal y la barbarie del mercado caníbal devoran los restos de una ciudad que en tiempos fue barquito de vela para los parias del mundo. El paisaje tras la explosión revela más un parque de atracciones («New York Land», la denomina David Mamet en su último ensayo) que una urbe de tejido musculado. En cada esquina florece una franquicia, una boutique de lujo, un cartelón fosfórico alejado de los posibles del neoyorkino medio. Se impone la maldición de Sex and the city, hiperreacionaria serie que colocaba el cerebro femenino en el tacón de sus protagonistas, el triunfo de Madison Avenue sobre el Lower East Side, consagrada a expulsar de palacio a quienes construyeron su leyenda. Uno supone que entre los inflacionarios consistorios españoles, endeudados hasta el corvejón y sin ladrillos que ayuden, y el álgebra neoyorkina de los que chapan colegios porque el rendimiento en los últimos test fue bajo (sin preocuparse, tal vez, de que los cambios demográficos en la zona poblaron las aulas de niños recién llegados que a lo mejor necesitan asistencia bilingüe, por ejemplo), entre el caos español y el capitalismo eviscerado de los economistas consagrados a engordar la cuenta corriente de los ricos, ha de existir, no sé, un equilibrio, una fuerza motriz que estimule el comercio y embellezca las calles sin guillotinar a maestros enfermeros, bomberos, policías, conductores de metro o músicos, claro, que hace siglos que ya no viven en Manhattan (descontada Madonna y otros miembros de la jet). Me lo explicó un día Art Spiegelman (Maus) en entrevista telefónica, «la clave de la eclosión artística de una ciudad, París primero, luego Nueva York, siempre estuvo en sus alquileres. Cuando se disparan, se acabó».   

Nueva York Land, en efecto, y nosotros para llorarla.

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