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Chrissie Hynde y Raquel se hacen con el Real

Raquel venía dispuesta a disfrutar a tope del concierto de The Pretenders en el Teatro Real, dentro de la programación de este año del Universal Music Festival. Ella y su acompañante son devotos de Chrissie Hynde y sus muchachos. Lo dieron todo desde el principio. Bailaron cada una de las canciones que Pretenders interpretaron. Raquel fue la autentica cheerleader del grupo. Acaparó el protagonismo con su entusiasmo y lo contagió a los músicos y al resto del público. Y además bailaba muy bien. Como sería la cosa que Hynde agradeció públicamente su ardor, preguntó como se llamaba y la dedicó una canción. Finalizada la actuación, aparte de las fotos, pregunté a una Raquel empapada si había sido el concierto de su vida. Veterana de muchas actuaciones de Pretenders éste del Real lo vivió con especial efervescencia por el cariño que Chrissie y los demás miembros de la banda la habían demostrado. En una de las fotos la vemos con las baquetas del batería (también se hizo con varias púas).

The Pretenders tocaron todos sus clásicos, coreados por los asistentes, y añadieron temas nuevos de su último álbum Alone. Chrissie Hynde demostró estar en buena forma. A sus 65 años mantiene su poderío vocal y las tablas la permiten jugar y matizar entonaciones. En “Stop Your Sobbing“, escrita por su ex Ray Davies, se lució.

A destacar que durante esta mini gira española Chrissie Hynde ha lucido una camiseta de Elvis. ¡Bravo!

En este formato de teatro parece estar en su salsa: el contacto con el público la estimula (como comprobamos en el caso de Raquel). Sinceramente no esperaba mucho de su garganta así que fue una muy agradable sorpresa.

Es sorprendente como los veteranos de esta generación y la anterior siguen dando guerra. Mantienen el listón alto para quienes vienen empujando desde atrás.

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Miguel Poveda en el Teatro Real

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Sostiene Perea denuncia

Antonio Perea siguió la recomendación de La Mundana y acudió a ver la representación de la ópera “San Francisco de Asís” de Olivier Messiaen (en el Madrid Arena de la Casa de Campo por problemas de espacio en el Teatro Real). Y no cabía en su asombro: tanto por la calidad de la representación de la obra -un hito- como por lo que denuncia en su blog, y que podrán leer a continuación:

“La denominación en Madrid de esta soberbia obra de Olivier Messiaen debería ser incluso más larga que su ya largo título original. Yo propondría algo así como: “San Francisco de Asís. (Escenas franciscanas). Ópera en lengua francesa en tres actos, ocho escenas… y dos caterings”. Quizá la semana que viene me anime a compartir con los lectores de mi blog la turbadora experiencia que como oyente me deparó esta obra maestra de la música del siglo veinte. Hoy prefiero concentrarme en las curiosas características del envoltorio que el Teatro Real preparó para su audición en el recinto deportivo Madrid Arena de la Casa de Campo.

Extraigo del programa de mano (libreto lo llaman los organizadores, mal empezamos) la gigantesca duración de la obra. “Acto I: 1 hora y 10min. Pausa de 30 min. Acto II: 1hora y 55 min. Pausa de 1 hora. Acto III: 1 hora y 10 min”.

Les resuelvo la suma, no se preocupen: cuatro horas y quince minutos de música y una hora y media de entreactos.

Una presencia publicitaria en el llamado libreto entre anuncios de Chanel, Rolex, El Corte Inglés y otros –lo menciono porque no era regalado sino que había que pagar seis euros por él ¿cuánto costaría sin publicidad?-, es la del Grupo Arturo Cantoblanco, concesionario del restaurante y los caterings del Teatro Real y uno de los negocios de don Arturo Fernández, líder de los empresarios madrileños. De nuevo leo en el libreto, “…Servicio de restauración: Durante el segundo entreacto habrá un servicio de restauración en el recinto para el público que lo desee…”. También hubo tal servicio en el primero de los entreactos, en torno a las siete y media de la tarde, en el que tomamos dos botellines de agua y dos tostas, 13 euros. En el segundo entreacto, sobre las diez de la noche, pedimos dos tostas y dos cervezas, 12 euros. Total 25 euros, un precio razonable y buena calidad. En ambos casos pagué en efectivo y comprobé que me daban el cambio sin ticket alguno. La aglomeración y la presión de los de detrás por conseguir una tosta antes de que éstas se terminaran desaconsejaba distraer a los camareros reclamándolo y comprobé, además, que a nadie se le estaba dando tal ticket. Y de repente caí en la cuenta del vertiginoso río de dinero en efectivo contante y sonante que los cientos de asistentes al concierto, quizá mil o más, nos estábamos dejando allí sin recibo alguno. Hice una comprobación de campo y pregunté si se podía pagar
con tarjeta. La respuesta fue negativa y vino acompañada de una mirada de conmiseración desde el otro lado de la barra. Eso duele.

Es decir: don Arturo Fernández, restaurador del Teatro Real, vicepresidente de la CEOE, líder de los empresarios madrileños y últimamente azote del socialismo gobernante, de entrada no facilita allí factura ni ticket de sus ventas ni acepta la traza contable alternativa que podría suponer para el cliente el cobro con tarjeta de crédito. ¿Un negocio redondo para don Arturo en lo que a tesorería se refiere?

He repasado en la red otros escenarios anteriores de la obra en todo el mundo desde su estreno en Paris en 1983, y los comentarios de sus críticos y asistentes. En ninguno de ellos se menciona la existencia de tan ciclópeos entreactos, una hora y media sumando los dos. En un momento dado supuse que quizá se trataba de una pausa necesaria para la preparación del espacio escénico o de algún instrumento, pensando yo en los tres Ondas Martenot requeridos por la partitura –desde mi localidad solo se avistaban dos- ingenio con cuyas necesidades estoy tan poco familiarizado; así es que anduve asomándome desde primera fila durante el segundo entreacto, pero no hubo movimiento alguno en el escenario ni en el foso; ni para los Martenot, ni para la cúpula escénica ni para elemento alguno. En resumen, tan largas pausas, quizá incluso contraproducentes para los artistas, no se debían a ningún requerimiento técnico.

Lo que sí vi fue un restaurante de protocolo repleto de comensales, una especie de zona VIP custodiada por señores trajeados con auriculares en la oreja. Muchos de aquéllos, por cierto, antes del comienzo del tercer acto abandonaron el teatro al mismo tiempo que el restaurante.

Enhorabuena a los premiados.”

Y de despedida les recomiendo ver este video

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