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“Africa Speaks” de Santana con Buika

La noticia de la colaboración de Carlos Santana con Concha Buika me pilló de sorpresa. Era una propuesta excelente. Soy fan de ambos. Y se complementaba con Rick Rubin en la producción. El primer sencillo “Los invisibles” confirmaba las expectativas. Todo eran buenos augurios, incluido el título del álbum “Africa Speaks”. Las pistas eran claras. Y nos conducían al continente que fecundó América, de norte a sur, con la mejor música popular del siglo XX.

Llegó el verano y se me pasó el álbum (la promo tampoco debió de ser para tirar cohetes). Y no volví a acordarme hasta que Víctor Lenore lo incluyó en su lista de mejores del 2019. Aquí empezó la odisea de encontrar el álbum. No fue sencillo. Finalmente recurrí a Amazon y tardaron un mes. A la poca promoción se añadía un problema de distribución. Quizás todo se deba a la falta de un éxito, una canción que tirase del proyecto. La segunda elegida como sencillo, “Breaking Down The Door”, podría haber hecho la labor. Pero se precisaría una difusión a la antigua en radios. Es decir, tocadas hasta aburrir.

Desde los primeros compases del tema que abre el CD, y que da título al álbum, nos damos cuenta que estamos ante una gran obra. Que nos retrae a los inicios de Santana con “Jingo”, versión de un original nigeriano. La fiereza de la guitarra de Don Carlos también nos rejuvenece. Es admirable que a sus 71 años mantenga el calor y la pasión de tocar.

La eleccion de la mallorquina Buika es todo un acierto. Su labor no se ha limitado a cantar. Es coautora de todos los temas. Suyas son todas las letras (dos en colaboración).

Africa Speaks” es de lo más recomendable y siento mucho habérmelo perdido todos estos meses.

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LL Cool J primer rapero premiado con el Kennedy Center Honors

Arrivals - 2017 Kennedy Center Honors Formal Artist's Dinner, Washington, USA - 02 Dec 2017

LL Cool J ha sido el primer rapero premiado con el prestigioso Kennedy Center Honors. La gala, celebrada el pasado mes de diciembre en Washington, también rindió tributo a Lionel Richie, a la bailarina y actriz  Carmen de Lavallade, al guionista y productor de TV Norman Lear y a Gloria Estefan.

Por primera vez en 40 años la ceremonia no contó con la asistencia del presidente de EEUU o de la primera dama. Lavallade y Lear se negaron a participar si acudían los Trump. LL Cool J no fue tan drástico pero declaró que sería muy incomodo estar a su lado. Para evitar polémicas, y una vez constatado el rechazo a su presencia, Donald Trump hizo publica su ausencia en el evento.

James Todd Smith III, nombre real de LL Cool J, es uno de los pioneros del rap. Y su primera estrella (el primero en vender un millón de álbumes, el de su debut). Fue además el primer fichaje de Def Jam, el sello de rap fundado por Russell Simmons y Rick Rubin (a quien le envió su primera maqueta con 16 años y fue firmado inmediatamente). También fue el primer disco que editaron en Def Jam (“I Need A Beat“, maxi single producido por Rubin en 1984 y que despachó cien mil unidades). Natural de Queens (NY), al igual que otros pioneros como Run DMC, ayudó a expandir el foco del rap fuera del Bronx. En el video hay un mensaje grabado de Eminem en el que reconoce la tremenda influencia que LL Cool J (Ladies Love Cool James) tuvo sobre él. Fue el impulso para decidirse a rapear.

A LL Cool J le conocí en 1984, al principio de su carrera. Era un chaval encantador, con la exuberancia y descaro propias de su edad y condición (rapero). Solíamos coincidir en el Roxy, una pista de patinaje que los viernes se convertía en discoteca hip hop. El primer local de Manhattan que dio cabida al nuevo estilo. Los Mundano, invitados por Russell Simmons o Steve Salem, no nos perdimos ninguna viernes. Ahí conocimos a todas las estrellas emergentes del rap: Grandmaster Flash, Kurtis Blow, Run DMC, LL Cool J, etc.

Hoy LL Cool J es más conocido por su faceta de actor (de cine y sobre todo por la serie NCIS).

Les dejo con el clip del segmento dedicado a LL Cool J presentado por Queen Latifah y en el que intervienen DJ Z-Trip, Busta Rhymes con miembros de The Roots, MC Lyte y DMC entre otros.

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Rick Rubin, Miguel Bosé y Mishima (por Julio Valdeón Blanco)

11 de febrero de 2011

Encuentro en Efe Eme una muy interesante respuesta de un lector, un misterioso G., a mi pieza sobre el regreso de grandes y olvidados artistas. Plantea que España solo produce discos de homenaje. Aleladas recreaciones con alumno famoso interpuesto. Regresos de saldo o mesa camilla. Qué razón tiene. Hubiera matado por disfrutar del, digamos, Tratamiento Rick Rubin, en alguien como Mari Trini. “Alas De Cristal“, lo siento, no me parece EL disco, y ya no será posible. Ídem para Bambino, que bien lo merecía. Ahora, ¿lo merecíamos nosotros? ¿Merecíamos a semejante portento? ¿Merecimos a las Vainica Doble? Puestos a hablar de Carmen y Gloria, ¿merecíamos a Mario Pacheco? Ah, entiendo. El cierre de Nuevos Medios, esa mierda, ese obstáculo en la carrera hacia la libertad del artista, retrógrada imposición entre el angélico creador y su sediento público, solo puede ser bueno… Un paso adelante, dos pasos atrás, ¿no es así, Rodríguez Ibarra, Amador Savater, superviviente a las cenas del miedo, lectores de Vladimir Ilich Lenin, líricos enemigos del intermediario, idealistas guerrilleros en pos de la libertad, románticos francotiradores? Encima, el flamenco (¡y el silbo canario!), es Patrimonio de la Humanidad. ¿O de la UNESCO? Disculpen que nunca recuerde tan pomposos títulos, vomitivo afán nobiliario que apenas sirve para otra cosa que no sea financiar institucionales saraos. Ya saben. Se trata de un país, el nuestro, donde Enrique Morente recibe honores presidenciales en el telediario una vez cumplido el engorroso trámite con las Parcas. Antes no, faltaría. Cuando publicaba maravillas tipo “Omega” no había sitio. No era, sublime conjuro, ah, oh, noticia. No. No provocaba contundentes erecciones entre los directivos de las cadenas. A los buitres de guardia, especialistas en homenajes fúnebres, sordos correveidiles de la náusea, Morente solo les interesa muerto. Pacheco o Nuevos Medios, ni siquiera.

Recuerdo haber leído que Celia Cruz soñaba con grabar un otoñal disco de boleros. Por pereza, imposiciones, mercadotecnia, qué sé yo, no lo hizo. Regresen a “Vasos Vacíos“. Intuyan, si logran contener el vértigo, la rabia, la vergüenza o la pena, cuanto perdimos. Anoten aquí que la culpa concreta es muy posible que fuera de las discográficas. Defender la propiedad intelectual no incluye ser gilipollas, pero, verán, por mucho fenicio que hubiera en ellas, por muchas decisiones discutibles que tomaran, por mucho engendro que patrocinasen, la cultura no es ni será nunca pura nube, algodón rosa, mágico pensamiento que ni moja ni huele ni traspasa, luminiscente fornicación de sonrientes hados, cascabeleros duendes y opalescentes musas. La necesidad de intermediarios, léase productores, etc., con gusto y criterio, parece decisiva. El dinero para costear sus servicios, también.

Volviendo a Celtiberia show, sección utopía, sería histórico el regreso de Pepa Flores con material y dirección a la altura.

La última bala de Sabina pasa por despedir al equipo médico habitual, tan chistoso, tan fraternal, tan AOR, tan gagá. ¡Esas guitarras eléctricas, dios mío! ¡Esos arreglos! ¡Esos teclados! Sobran compositores, instrumentistas, etc., que imagino estarían encantados de alistarse. O no. Asunto distinto es que el Sonetista quiera, o a estas alturas pueda o sepa. Asombroso que cite al Cohen anciano como modelo. Desde luego “The Future” no opera como brújula de “Vinagre Y Rosas“.

Puestos a implorar: que vuelva con lustre Rafael Amador. Ah, si tuviéramos vergüenza Moris disfrutaría de discográfica cómplice, contrato a la altura, lanzamientos cuidados, etc. Y lloro porque la última década de Chavela Vargas ha sido quemada con duetos superfluos, repeticiones ad nauseam del mismo repertorio, etc. De Serrat solo espero que no repita “Dos Pájaros De Un Tiro“, fiesta de chistes con cuarto y mitad de alzheimer. María Jiménez rozó el modelo soñado. Temo que lo suyo fuera un (bello) espejismo. Nunca aprecié mucho las virtudes de Raphael. Reconozco, eso sí, que sería interesante verlo lejos de Miami… y de la pose cool e insufrible, habitual entre sus modernos admiradores.

España, palabrita de Fraga, siempre será diferente. Qué escribo diferente. ¡Exótica! ¿En EEUU recuperan a Johnny Cash? ¿Dice usted Wanda Jackson, Mavis Staples, Solomon Burke, Loretta Lynn, Marianne Faithfull, Bettie Lavette o Kris Kristofferson? Nada, nada. Chorradas. Prescindibles dinosaurios. Nosotros, oiga, gozamos con un resucitado Papito Bosé. Ahora nos visita en Manhattan. Qué suerte tenemos. Bienaventurados los plumillas agraciados con un pase para disfrutar del sublime intérprete, cáustico compositor, inmarchitable crooner. Tan emocionante, vanguardista, independiente, poético y tierno que sus discos debieran de incluir una etiqueta. “Manténgase lejos del alcance de los niños. Si queda expuesto a su escucha durante más de cinco minutos póngase en contacto con el centro de control de envenenamiento. Una dosis mínima basta para infligirse el seppuku“. Algo así.

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Cash: Canciones de amor y muerte (Efe Eme)

27 de febrero de 2010

Esta semana se ha puesto a la venta “American VI: Ain’t No Grave”, un documento sonoro desgarrador. El segundo álbum póstumo de Johnny Cash, grabado durante sus últimas semanas de vida. Cuatro meses después de la muerte de su amada esposa June Carter.

Cash, al igual que Elvis Presley y Carl Perkins, comenzó su carrera en Sun Records, propietaria de los legendarios estudios del mismo nombre. En estos tres nombres hemos condensado la gloria de la música popular blanca de EE.UU. Representantes de tres géneros que fueron decisivos para la revolución que vino posteriormente, en los 60: country, rockabilly y rock&roll. Desde luego Sam Phillips, responsable de la discográfica de Memphis, tenía muy buen ojo (y mejores oídos).

 Cuentan que cuando el Hombre de Negro agonizaba rubricó un pacto con Rick Rubin, su productor: cada vez que el cantante se sintiera con fuerzas habría un ingeniero y un guitarrista a su disposición, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, a un mero golpe de teléfono. De esta forma se grabaron las pistas de “American V: A Hundred Highways”, publicado póstumamente en 2006, y “American VI: Ain’t No Grave”.

El arranque es sobrecogedor. Te pone los pelos de punta desde los primeros compases de “Ain´t No Grave (Gonna Hold This Body Down)”, un espiritual compuesto originalmente por un pastor Pentecostal, Claude Edy. Sigue con “Redemption Day”, una de las grandes canciones de Sheryl Crow. A continuación nos encontramos con una obra maestra de Kris KristoffersonFor The Good Times”. Alcanzó la cima de las listas interpretada por Ray Price (también fue versionada por Chet Atkins, Al Green, Kenny Rodgers y Willie Nelson). No es mi intención repasar tema a tema. Tan sólo decir que la siguiente es un tema del propio Cash “I Corinthians 15:55”, cuyo titulo ya da pistas sobre la temática. Encontramos otras versiones, entre otros autores aparece Tom Paxton.

Toda una experiencia la escucha de este disco. Marcado por dos tragedias. La muerte de un ser querido y la enfermedad que le consume hasta el fatal desenlace. Rubin ha sabido mantener la crudeza y profundidad de las grabaciones originales. Subrayando y matizando, a posteriori,  con unos arreglos impecables.

No es un álbum fácil. ¿Pero cuantas grandes obras lo son? Atrévanse. Me lo agradecerán, sobre todo cuando tengan un mal día, aunque parezca un contrasentido. Como mínimo les emocionará, que no es poco.

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Cash: Canciones desde la tumba II (por Julio Valdeón Blanco)

25 de febrero de 2010

Cuando Cash agonizaba rubricó un pacto con Rick Rubin. Cada vez que el cantante se sintiera con fuerzas, cuando la lengua de fuego de la enfermedad lo respetara, habría un ingeniero y un guitarrista a su disposición, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, a un mero golpe de teléfono. De esta forma se grabaron las pistas de “American V: A Hundred Highways”, publicado póstumamente en 2006, y “American VI: Ain’t No Grave”. A la venta esta semana, American VI” acarrea paletadas de dolor crepuscular; cierra el círculo; prima las reflexiones sobre la propia mortalidad. Normal: los meses en los que se gestó fueron terribles. En abril de 2003 June Carter fue ingresada de urgencia en el hospital baptista de Nashville. Estabilizada al cabo de dos días, volvió a casa, pero semana y media más tarde los doctores le encontraban un severo problema en una válvula. Fue intervenida de urgencia, pero no sobrevivió al postoperatorio y un infarto masivo desenchufaba su cerebro. El 12 de mayo, tal y como cuenta Michael Streissguth en Johnny Cash, The biography, Johnny autorizó que le fuera retirado del respirador. «Y, como Jack», (recuerden, el hermano de Johnny) « (June) agonizó durante días». Falleció el 15. Dejó atrás a un marido en eclosión de muerte, al hombre al que había recogido hecho trizas a mitad de los sesenta, cuando podía devorar hasta 300 píldoras diarias, el mismo al que acompañó tras los muros de las prisiones. Ejerció como socia indisoluble de Cash durante cuarenta años de quemar carreteras, ciclón de expansiva energía que lo mismo impregnaba todo con su religiosidad omnisciente que espantaba fantasmas merced a una risa llena de cascabeles.   

Una de las primeras cosas que hizo Johnny nada más fallecer June, sin esperar a salir del hospital, fue «pasar cheques a todos sus hijos». Tal y como le explicó el contable de los Cash a Streissguth, «el deseo de June era que nadie se preocupara de nada material inmediatamente después de su muerte dado que ya tenían suficiente pena y cosas con las que preocuparse. (…) “June quería que tuvieras esto; no quería que te preocuparas de qué llevarás en el funeral o cómo vas a llegar”». También les dijo que podían llevarse lo que quisieran de la casa, «Incluida las joyas de June y su vasta colección de antigüedades, pero quería las fotografías, ampliadas para poder verlas, y las cartas escritas por ella». Alanceado por el dolor, enfermo de mil enfermedades, con el sistema nervioso triturado, sufriendo esporádicas alucinaciones, etc., insistió en acudir él mismo a elegir el ataúd. Incapaz de verlos con claridad, palpaba sus interiores mientras murmuraba quedo, casi incoherente, «Mi chica necesita un lugar suave donde descansar».   

Desde ese momento y hasta su muerte, acaecida cuatro meses más tarde, las rutinas en el hogar de Hendersonville serán claras. O Cash tiene sesiones concertadas con los músicos, en cuyo caso ensaya y graba, o deambula como un zombie. Incapaz de dormir en el lecho conyugal, se hizo instalar una cama hospitalaria en su despacho. Cuando no simulaba a escondidas que llamaba a June por teléfono soñaba con ella. El atardecer resultaba insoportable, con Johnny pegado a los ventanales, tratando de distinguir la presencia del sol, los helechos enrojecidos, el relámpago del crepúsculo: ella había fallecido justo durante la transición del día y la noche. De madrugada aumentaba la dosis de angustia. Sus hijas lo oían murmurar. «Pensé que me estaba llamando», le explicó Cindy a Streissguth, «Así que fui al despacho y él dijo: “La echo de menos”. Igual que un niño. Hablaba con ella. Era sencillamente devastador».           

Al menos, ya decimos, aquellos meses dieron para rematar las canciones que conformarían “American V” y “VI”. Dice Rubin que cuando Johnny Cash murió la puñalada llegó sin avisar. Aunque no hacía más que entrar y salir de hospitales se sentía mejor. Incluso habían quedado dos o tres días más tarde, en Los Angeles, a fin de darle los últimos toques a “American V” (que comenzaron a grabar inmediatamente después de rematar “American IV: The Man Comes Around”). Y ese mismo día Rubin acaba de anunciarle por teléfono que en veinticuatro horas recibiría en su casa los cinco CDs que componíanUnearthed”, a los que acababan de remachar las mezclas finales. No hubo tiempo. Ni siquiera el concurso de Phil Maffetone, fisioterapeuta deportivo contratado por Rubin que entró en la vida de Cash como un elefante (le prohibió las bebidas carbonatadas y las chucherías y lo puso a realizar una exigente tabla de ejercicios, logrando que en pocos meses abandonara la silla de ruedas e incluso las muletas), ni siquiera aquel recién ganado y relativo optimismo, dirá Streissguth, frenó el asedió feroz de sus enfermedades De remate, encuentro en la biografía un apunte penoso, que debiera de avergonzar a una industria muchas veces empeñada en practicarse un limpio y merecido harakiri. Sucede que una de las grandes motivaciones de Cash para continuar con la terapia fue el hecho de que “Hurt” había sido nominado a Vídeo del Año en los premios de la MTV. Con independencia de que le sobraban entorchados, no dejaba de resultar tentadora la idea de ser capaz de caminar de nuevo con entera soltura por el escenario del Radio City Music Hall para aceptar el premio. En vano: con impecable miseria, el vídeo elegido fue “Work It”, de Missy Ellliott. Al menos los cabrones de la MTV tuvieron el reflejo de llamar a Cash con antelación por si quería cancelar las reservas de hotel en Nueva York. Mientras Rosanne, su hija, le explicaba por teléfono que iba a bombardear las oficinas de la cadena, Cash se preparaba para la última batalla. El 11 de septiembre era ingresado en el hospital Baptista de Nashville. Según le contó Rosanne a Streissguth, «Sabía que estábamos allí, pero no podía hablar. Tenía problemas para respirar, y apretaba nuestras manos, y estaba claro que tenía miedo». Rodeado por sus hijos (Kathy, John Carter y Rosanne), «recibió abrazos y besos y supo que estaba bien si los abandonaba». «No queríamos que sufriera más», remata Rosanne.

Johnny Cash falleció las 02:00 a. m. del 12 de septiembre de 2003.

Como bien explica Andy Gill en las páginas de The Independent, en American VI, Ain’t No Grave” no hay versiones estupefacientes de canciones insospechadas, no hay “Hurt” o similares. Pero haríamos mal si colocamos lo insólito de aquellos temas como valor al alza, primando la sorpresa, ese «Oh cielos, Johnny Cash canta a Depeche Mode, Nine Inch Nails, Sting, etc.»,  sobre lo realmente importante, a saber, que se sintiera a gusto con el material elegido para así buscarle mejor los forros tumultuosos y tristes, el crepitar interno, independientemente de que la canción fuera o no sorprendente, con absoluta concentración en la emoción y sus convulsas ecuaciones, en el disparo a quemarropa de versos que relinchan y melodías con sabor a cobre, radiantes u ominosas, necesarias.

Escribir que electriza su revisión del espiritual “Ain´t No Grave (Gonna Hold This Body Down)”, de Claude Edy (1922-1978) pastor pentecostal y autor de numerosas canciones sacras, que Cash alcanza desde el primer minuto un tono elegiaco y al tiempo tremendo sería decir poco. Con “Ain’t No Grave” vemos muy claro que el disco será una apuesta a muerte y, también, a contramuerte cantando desde el filo para reafirmar el poder sanador, acaso inmortal, del arte. “Redemption Day”, de Sherly Crow podría ser ese tema inusual en el que Cash juega a toquetear canciones de compositores más jóvenes, y en parte lo es, pero su temática apocalíptica evita esfuerzos inútiles y encaja como guante en llamas en la temática del disco; regala de paso la oportunidad para marcase una interpretación escalofriante. Fascinantes, por mínimos y exactos, los pianos, guitarras y violines que Rubin ha colocado a posteriori. El Freedom que repite Cash en la coda final ahonda en la condición de un artista harto y a un paso de la eternidad. Sigue “For The Good Times”, desolador clásico de 1979 de su amigo Kriss Kristofferson. Número 1 en la voz de Ray Price, cantado Chet Atkins, Al Green, Kenny Rodgers o Willie Nelson, es de esos temas en los que la voz de Cash trasciende condicionantes. Da igual que existan versiones sublimes o que hayas escuchado esta canción miles de veces. En su diálogo con vivos y muertos, en la conversación íntima que mantiene con June y tal vez, lejana en el recuerdo, con Vivian, su primera esposa (con la que se había reconciliado y con la que vivió una emocionante jornada de despedida poco antes de morir), Johnny hace uso de una sabiduría ganada a mordiscos; alcanza efectos de estremecida emotividad allí donde la mayoría apenas sería capaz de repetir lo tópico y superficial, la evidencia de un texto y una melodía hermosos que cobijan muy dentro experiencias y obsesiones sólo evidentes para un intérprete superlativo. “I Corinthians 15:55 parece ser una canción compuesta por el propio Cash entre el 2001 y el 03. Conversando con la muerte y la vida, prolonga el hechizo con una nana mortal o responso luminoso; se pregunta por la victoria de la nada en el convencimiento de que otra vida lo espera. Era su consuelo y su derecho, y uno, descreído, lo respeta e incluso llora. “Can´t Help But Wonder Where I´m Bound”, del cantautor folk Tom Paxton, devuelve al Cash enamorado del renacimiento del Greenwich Village en los días de “Bitter Tears” (1964) y sus colaboraciones con Peter La Farge y Dylan. Sólo que ahora el exuberante poderío de antaño ha sido sustituido por un delicado y afectuoso talante, con el capote al hombro mientras pliega las velas. Su recreación de “A Satisfied Mind”, el clásico country de Jack Rhodes (que compuso entre otros para Gene Vincent) y Joe Red Hayes, versionado por una miríada de artistas, lo conocíamos desde 2004, cuando fue incluida en la banda sonora de Kill Bill Vol. 2. Elegir “I Don´t Hurt Anymore”, otro puntal country, famosa por su interpretación a cargo de Hank Snow en 1954, está lejos de ser un ejercicio retórico: en el reino de Cash la furia inducida por el consumo de estupefacientes y los pasotes interminables machacaron durante años la psique de quienes lo habían amado. “Cool Water”, gema de 1936 a cargo de Bob Nolan, conoció el éxito en 1948 cantada por The Sons of the Pioneers, el grupo favorito de John Ford (búscalos, entre otras, en las bandas sonoras de Río Grande y Centauros Del Desierto).

A Ford, manojo él mismo de contradicciones, le hubiera emocionado “American VI”, cómo aprovecha la inercia de la desazón y el derrumbe de un mundo para silbar orgulloso canciones que protegen de la corrosión del tiempo mientras asumen la derrota final, como en “Last Night I Had The Strangest Dream”, el himno pacifista de Ed McCurdyLa última noche tuve el sueño más extraño/ Soñé que ponía fin a la guerra») que antecede a la despedida, el “Aloha compuesta por Lili’uokalani (1838-1917), última reina de Hawaii y talentosa instrumentista y compositora que dedicó su vida a preservar el folklore del archipiélago. Sabiendo como sabemos que el country tomó uno de sus elementos fundamentales al importar el lamento de la guitarra pedal steel de Hawaii, qué magnifica despedida, enlazando los sonidos de la steel que Don Helms tocaba para Hank Williams en los Driftings Cowboys desde mediados de los cuarenta. De Hank a Cash, en “American VI: Ain’t No Grave” cabe medio siglo de música agónica, fulgurante, oprimida por la pérdida, lastrada de nostalgia, telúrica como un trago de oscuro o una bocanada de whisky, la música de la América que amamos, la que va del Opry a los estudios Sun, de Monument Valley al Delta del Mississippi, de los Apalaches al desierto de Mojave y de la Carter Family a Charlie Patton a Roy Acuff a Elvis Presley a Bob Dylan a Steve Earle, de La Diligencia a The Last Picture Show y de aquel seminal “Cry, Cry, Cry” con el que Johnny  Cash debutó en 1955 a este majestuoso disco con el que el reimprime su leyenda. 

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Cash: Canciones desde la tumba I (por Julio Valdeón Blanco)

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Cash: Canciones desde la tumba I (por Julio Valdeón Blanco)

24 de febrero de 2010

Bien lo sabía cuando llegué. Nueva York es el mejor espacio para la música, donde lo mismo encuentras músicos senegaleses, ases del jazz, bluesmen de mirada oscura, conjuntos de rockabilly, baladistas que llenan el Madison a ritmo de bachata, anónimos campeones del soul y decenas de aspirantes al podio reservado a los más progres y vanguardistas, a los que embelesan a Uncut y NME por igual, a los más cerebrales, sofisticados y transgresores, a los Animal Collective de turno. También permite contemplar a no pocos ídolos. Desde que vivo aquí he disfrutado (en teatros o clubs, ojo, dejo aparte los estadios) de Neil Young, Bob Dylan, Cachao, Gato Barbieri, Solomon Burke, Ronnie Spector, Bruce Springsteen, Little Richard, Al Green, Leonard Cohen o Elvis Costello. Muchos han pasado por España, país que hace tiempo abandonó su condición enjuta, de tierra cejijunta y cruel, reactiva a las giras de los grandes, o al menos así fue hasta hace poco, cuando la crisis se encapuchó rabiosa y comenzó a modernos. Como llegué en 2005, sospecho que me precipité, que me he perdido los mejores años de la bonanza, cuando los festivales ibéricos descorchaban dinero público para pujar por los nombres sagrados y podías ver a Cohen en León (¡en León!). Hace apenas un lustro, si vivías en Valladolid y querías escuchar a, uh, Van Morrison, debías viajar hacia el Cantábrico. De modo que, ya ven, este castellano atormentado por el aislamiento de unas ciudades intratables ha recibido de Manhattan, entre otras múltiples gracias, la de restañar no pocas deudas.

No todas, claro. A un penoso número de mis artistas más reverenciados jamás podré verlos. Firmaron la baja por defunción antes de que aterrizase en el JFK. Imposible disfrutar en directo de Hank Williams o Sam Cooke, Elvis Presley, la Carter Family, Gram Parsons, Son House, John Coltrane, Frank Sinatra, Roy Orbison, Miles Davis, Bessie Smith, Bob Marley, Mississippi John Hurt o Louis Armstrong, y eso por delirar circunscribiéndonos a lo anglosajón, por no mencionar a Jacques Brel, José Alfredo Jiménez, Atahualpa Yupanqui, Edith Piaf, El Polaco Goyeneche o Ali Farka Touré, que intuyo hubieran cantado en su día felices bajo los rascacielos de ofrecérseles el cheque correcto. Ahora, si tuviera que escoger, si pudiera ver a uno sólo de entre todos ellos volviendo de donde nadie vuelve, elegiría como un tiro: Johnny Cash.          

Verán, hay artistas que alcanzan tu corazón por ósmosis y otros al asalto. Unos pocos conquistan tu psique con la fuerza de un terremoto de magnitud 9, como si hubieras mamado su música desde la placenta y su descubrimiento fuera en realidad un reencuentro con tus humores más chungos, tus miedos primigenios, tu delectación y sueños básicos. A mí que ocurrió hace años con el caballero bautizado como J.R. Cash, hijo de un campesino pobre, que recogió algodón de niño y contempló como su hermano Jack besaba a los ángeles durante días, antes de palmar, siendo niño, tras cortarse al bies los intestinos con una sierra mecánica. Inútil, por bien conocida, resumir su carrera, que arranca en los estudios Sun y alcanza a los conciertos en Folsom y San Quentin, pasando por su decisivo programa de TV, donde mezcló a Loretta Lynn con Dylan, Ray Charles, Merle Haggard o Kristofferson, donde dio bola y podio a los sofistas y los hippies, los reaccionarios y los fumetas del negocio musical; la única condición fue que cantaran como Dios.         

Con el Altísimo, precisamente, tenía línea directa. Uno de los mejores trabajos de la última década, para quien esto firma, es “My Mother´s Hymn Book”, (2004), diez canciones sacadas del libro de oraciones de su madre incluidas antes en una caja espectacular. “Unearthed” (2003) donde coleccionaba temas inéditos pertenecientes a las sesiones de Cash con el productor Rick Rubin. Fruto de ese trabajo habíamos tenido antes los discos “American Recordings” (1994), “Unchained (1996), “American III: Solitary Man” (2000), “American IV: The Man Comes Around (2002) y “American V: A Hundred Highways” (2006). La serie presentó al Cash post/Columbia, tras la decepción que supuso el período Mercury (1987-1990), cuando nadie en la industria creía en su renacimiento. Puede entenderse como una enmienda frontal al country-pop que ensucia las listas, el testamento vital de una voz que asusta y susurra y acuna y aúlla, el aleteo metálico, con ribetes de viento y espolones de tigre, de un cantante que epitomiza la evolución de varios géneros. También supone la vuelta a las aguas nodrizas de Jimmy Rodgers y otros pioneros tras décadas de progresiva desnaturalización en Nashville, un repertorio turbio, convulso y emocionante, al cabo, que mezcla tonadas del XIX, clásicos propios y ajenos, folk, bluegrass, country y rock and roll con insospechadas versiones de autores más jóvenes. Cuando Johnny cantaba a, pongamos, Bono, Nick Cave o Will Oldham, devoraba el original, lo hacía suyo para siempre. Los cínicos y los descreídos, los que pensaron que el productor barbudo había camelado al Hombre de Negro con embalajes pop y chatarrería ajena han terminado por claudicar ante el inmenso cuerpo de trabajo que presenta la serie.  

Claro que no todos los discos son sublimes. Algunos sólo son muy buenos. “American IV: The Man Comes Around”, por ejemplo, presenta una descomunal composición propia, la canción homónima, junto con un puñado de versiones discutibles, “Desperado”, “Streets Of Laredo”, “In My Life”, etc., que apenas se sostienen merced al fabuloso cuajo del intérprete. Ciertas elecciones dan más rabia tras escuchar los increíbles descartes que cobija “Unearthed”. Otros discos, como los dos primeros de la serie o el póstumo de 2006, carecen de mácula; no hay en ellos transiciones entre lo sublime y lo interesante pero menor; todo es memorable, todo acongoja y cae sobre ti como una lluvia de plomo o un monzón ciego. Incluso los clásicos propios revisitados, como “The Long Black Veil”, incluida en el disco seminal de 1964 “Orange Blossom Special”, y versionada por Cash durante las sesiones de “American Recordings”, acompañándose sólo con su guitarra, rompen el canon; demuestran que todavía era posible darle una vuelta de tuerca, incluso mejorarlo.           

Sin han llegado hasta aquí sepan que el rollo sirve como introducción obsesiva para “American VI: Ain´t No Grave”. El disco, último de los firmados junto a Rubin, sale a la venta el 26 de febrero, casi seis años y medio después del fallecimiento de Johnny y coincidiendo con la fecha de su nacimiento.           

Sé que Internet aconseja escribir virtual, cortito.

Debes podar la prosa, ejercer de eunuco porque, de lo contrario, cansas al lector, al colega computerizado que busca píldoras, prospectos, resúmenes y subrayados que llevarse a la sesera.           

Pues vale.

Si unos predican la prosa macrobiótica, el pictograma como emblema, yo sostengo que ningún análisis meticuloso, edificado sobre el conocimiento y el amor, ha deshonrado jamás las grandes obras, y por lo que tengo escuchado, “Ain´t No Grave” lo es, sin duda. Hablaré mañana del disco por extenso en el segundo artículo de esta miniserie, donde contaremos cómo grabó esas tomas sobrenaturales un Cash herido por el rayo, casi ciego, con esporádicos ataques alucinatorios, que se consolaba de la reciente muerte de June, su amada esposa, simulando a escondidas que hablaba con ella por teléfono.           

Agonizó sobre el micrófono cuando el buitre del dolor lo abandonaba unos minutos.          

El fruto quema.        

Desamortiza cualquier idea previa que tuvieras sobre los últimos días, sobre cómo sobrevivir mientras engendras árboles viejos, versos que azotan, mientras esculpes a soplete fastuosas canciones enfrentadas a la inanidad y lo pueril, que dan dentelladas, que acojonan, que te dejan en la esquina del ring con ojos de borracho y las manos en los tobillos, dando gracias al viejo que tuvo la gallardía de bajar a la fosa cantando coplas de trueno, metralla y nanas.

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Metallica y la gran semana del rock en España (Efe Eme)

20 de septiembre de 2008

Semana grande para los seguidores del rock. Los regresos de Extremoduro, con “La ley innata”, y de Metallica, y su “Death Magnetic”, debutan en la lista de ventas en el nº 1 y 2 respectivamente. Mi memoria no llega a recordar algo semejante.

 

No conozco la nueva obra de Robe y los suyos, así que sólo puedo felicitarles por su entrada a lo más alto de las listas españolas. Y matizar que en su caso se contabilizaban seis días de venta mientras que la posición del “Death Magnetic” solamente refleja dos de venta en su primera semana. Por lo que la felicitación se tiene que hacer extensible a la compañía de Extremoduro, que con buenas cartas supo jugar sus bazas.

 

En el caso de Metallica se partía de una situación polémica (hay que ver la cantidad de líos que rodean a esta banda). El lanzamiento se tuvo que adelantar porque hubo (otra vez) una filtración. En esta ocasión no fue una maqueta –obtenida desde Napster- que empezó a sonar en la radio. Fue algo mucho más físico: una tienda de discos francesa puso el CD a la venta antes de tiempo. Con lo que apareció ipso facto en los “sitios habituales” de la Red. Ocurrió 10 días antes de la fecha oficial de edición. Personalmente me interesa mucho saber la reacción de la discográfica y si piensan tomar medidas o no, teniendo en cuenta que el Presidente europeo es francés. Metallica, curtidos ya en todo tipo de conflictos, se lo ha tomado con filosofía. Lars Ulrich declaraba que para “los parámetros vigentes en 2008 esto es un triunfo. Si hace seis meses me dicen que no habría una filtración hasta 10 días antes, lo hubiese firmado”.

 

Le relación amor/odio del grupo con sus seguidores es más de odio vista desde fuera y más de amor desde el conocimiento del funcionamiento interno de las relaciones directas con sus fans. Por una parte tenemos toda la controversia sobre las demandas que presentaron y los precios excesivos de las entradas de sus conciertos y por otro lado nos encontramos con todas las ofertas, promociones y atenciones que ofrecen a través de su Web, su sitio en youtube y su activo club de fans. Lo que parece una contradicción, no lo es. Compaginan el compulsivo proteccionismo hacía su obra con el aprovechamiento que ofrecen las nuevas tecnologías, para el contacto directo con el público y su lógica extensión comercial (relacionado con la salvaguarda de su repertorio, cerrando el circulo).

 

“Death Magnetic” es grande. Muy grande. Un álbum enorme. Inmenso. Con la producción de Rick Rubin, que sustituye a Bob Rock que los ha producido desde el “Metallica” de 1991, su primer nº 1 en USA, hasta su anterior grabación “St. Anger”, de 2004. Precisamente esta “muerte magnética” es su primera grabación en cuatro años y tan sólo su noveno lanzamiento en 25 años.

 

El avance de “The day that never comes” –su particular “Stairway to heaven”- ya produjo el hormigueo que toda gran canción provoca, ante el inminente regreso de uno de los grupos más influyentes. Y no han defraudado, al menos a mí.

 

Lo que si me ha sorprendido es la polémica que se ha desatado en USA ante el sonido. Leo con asombro que la versión para el juego Guitar Hero suena mejor que el CD. Varios ingenieros de sonido han publicado estudios explicándolo. Sinceramente creo que es lo que Rubin y la banda han querido. Es ese “loudness” tan de moda últimamente en todas las grabaciones. Que, al menos para mí, resulta óptimo en el rock más duro y agresivo. Y me parece estridente e inaceptable en otros artistas (como el último de Springsteen). Es el precio a pagar por algunos artistas en aras de la portabilidad y comodidad que rige en el mundo sónico de hoy en día. Como no me gusta oír la música con auriculares y si con potentes altavoces, Metallica satisface mis necesidades. Y la presunta estridencia –para sonar más fuerte a través de los cascos- me hace apreciar mejor las texturas y matices del salvaje nuevo disco de Metallica.

 

Death Magnetic” me devuelve a la vida del metal…

 

Publicado en Efe Eme

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