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El All Star Team del siglo XVII

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Felipe IV presidió el All Star Team del siglo XVII. Un capricho real pasó de ser un encargo a una exigencia. E involucró a las dos ciudades punteras del momento: Madrid, capital del Imperio, y Florencia, cuna del Renacimiento.

Felipe IV era rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Países Bajos, duque de Milán Borgoña, y conde de Flandes. Quería una escultura ecuestre que superará a la de su padre Felipe III. Esta, que podemos ver en el centro de la Plaza Mayor de Madrid, fue un regalo del primer Gran Duque de Florencia, Cosme I de Médicis, al monarca español. La obra la inició Giovanni da Bologna (Giambolognay la terminó Pietro Tacca.

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El caballo de Felipe III tenía una pata elevada. Felipe IV quería el suyo con las dos patas delanteras izadas. Así que tanto el monarca como su valido, el conde-duque de Olivares, encargaron a Velázquez, entonces pintor del rey, que se pusiese al frente del proyecto (en esa corte un tal Góngora era el capellán real). El genial pintor sevillano argumentó la imposibilidad de tal emprendimiento. No era factible que la escultura aguantase todo el peso sobre solo las dos patas traseras. El rey no atendió a razones. Quería lo que quería. Y el proceso se puso en marcha. Velázquez dibujó el diseño. Se lo envió a Pierto Tacca a Florencia. Con una nota avisando de la obstinación real y urgiéndole a encontrar una solución. Tacca había finalizado la escultura de Felipe III y ahora se enfrentaba a la de su hijo, Felipe IV.

Tacca sabia que Galileo Galilei estaba bajo arresto domiciliario en Florencia. La Inquisición le había condenado por afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol. Tacca fue a verle y le expuso el problema. Galileo acabó encontrando la solución. O más bien, las soluciones. La primera era una condición indispensable: la escultura debía estar hueca en su interior, salvo en la parte trasera. Nalgas y patas debían estar rellenas del mismo material de la escultura. Una innovación pionera en el mundo del arte. Impuso un nuevo modelo que estuvo vigente durante el siglo XVII y el siguiente. Pero aún había otro aspecto: la cola del caballo es excesivamente larga y ancha en su extremo final. El objetivo era que llegase a tocar el suelo del pedestal y convertirse así en un tercer punto de apoyo (junto a las dos patas).

Aún había otro aspecto a resolver. Tacca no conocía a Felipe IV y tampoco tenía ningún retrato suyo. Velázquez resolvió el asunto encargando al escultor Juan Martínez Montañés un busto del monarca. Una vez terminado se envió a Florencia. Y Tacca pudo terminar este proyecto global e innovador, nacido de un capricho real y que reunió a un plantel de primeras figuras de la época. Hoy podemos admirarlo en la madrileña Plaza de Oriente, como parte de un conjunto escultórico ordenado por Isabel II.

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Fra Angelico en el Prado

Fra Angelico MdPTeníamos pendiente ver la exposición Fra Angelico y los inicios del Renacimiento en Florencia del Museo del Prado. Se agotaba el tiempo (termina a mediados de este mes). Y sobre todo queríamos admirar la restauración de esa obra maestra que es “La Anunciación“. Tampoco habíamos visto la de Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines. Así que ayer por fin fuimos al Prado. Seguimos el consejo horario que Aurora Ciriza y Cristino de Vera le dieron a La Mundana. Acierto pleno. Sin aglomeraciones y con tiempo para disfrutar de las obras. Y comentarlas.

Desde el 9 de mayo que leí un espléndido artículo de Ángeles García en El País, donde detallaba todo el proceso de restauración de “La Anunciación“, he estado con ganas de ir a admirarla. Por unas causas u otras el momento se ha ido postergando. Y como dice el refrán “nunca es tarde si la dicha es buena”.

En su texto Ángeles García escribía “Como en una novela policíaca, el más mínimo detalle puede ser el desencadenante de la solución al problema. En el arte, rigen las mismas reglas. Hace poco más de un año que una de las tablas más imponentes realizadas por Fra Angelico, La Anunciación (hacia mediados de la década de 1420), fue trasladada al prestigioso taller de restauración del Museo del Prado. Considerada una de las joyas indiscutibles de la colección, ingresó en la pinacoteca en 1861 procedente del Monasterio de las Descalzas Reales. No sufría daños importantes, salvo la inevitable capa de polución que aporta el paso del tiempo y repintes inadecuados que habían suprimido la luz mística original y los deslumbrantes lapislázuli, rojos y verdes de los elementos originales que ahora han retornado a la tabla tal cual los pintó su autor.” A continuación contaba que la polución era mayor de la pensada inicialmente. Pero lo que más nos impactó fue lo referido a la partícula de oro que devolvió la luz al retablo: ” Y, de repente, apareció el hallazgo que daría las claves sobre la extraña composición de las alas del arcángel Gabriel: una partícula de oro perdida en la espalda como único resto de las alas doradas originales.”.

Viendo la tabla dos detalles nos llamaron poderosamente la atención: el suelo de mármol del pórtico, pintado muy siglo XX, y el jardín del Edén en otro hito adelantado a su tiempo. Respecto a esto último bromeé sobre Adán y Eva como el mito fundacional del heteropatriarcado judeocristiano. Al no lograr el efecto deseado tuve que repetir la gracieta varias veces hasta lograr la irritación buscada.

Samuel Sánchez El País

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