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La represión del Bonus Army en 1932 (por Antonio Perea)

17 de marzo de 2010

Como diría el alcalde de Villar del Río en “Bienvenido, Mr. Marshall”, desde mi post sobre “Nobody Knows You When You’re Down And Out” os debo una explicación acerca de los incidentes relacionados con el Bonus Army, y os la voy a pagar.

Las naciones tienen sus secretos en el armario, como las familias. Sé en España de algunos ejemplos curiosos, de los que me duele personalmente que tuvieran lugar durante la Segunda República, como la represión de los mineros de la comuna asturiana por un brazo de artillería comandado por el joven general Francisco Franco. O la sangrienta carga de la Guardia Civil, por orden del gobierno de Azaña, contra los braceros del latifundio gaditano de Casasviejas, municipio que -quizá para conjurar ante las generaciones posteriores los fantasmas de aquél ominoso episodio- fue rebautizado años después como Benalup de Sidonia.

 Es aproximadamente en esos años, qué coincidencia, cuando se produce en Estados Unidos la represión conocida como el conflicto del Bonus Army.

¿Qué era el Bonus Army?

El ejército de los bonos. Así fue denominado por la prensa y la opinión pública un cuerpo de veteranos de la Primera Guerra Mundial que, junto con sus familias y enseres, instalaron en 1932 sus chabolas e improvisados chamizos cerca del Capitolio en Washington. Desempleados y arruinados por la depresión de 1929, solicitaban a la Administración del presidente Herbert Hoover que les anticipara el vencimiento de sus “bonos de veteranos”. Eran éstos unos títulos del Tesoro que fueron adjudicados a los soldados americanos que lucharon en la gran guerra. A cada soldado se le asignó un bono por valor de 1 dólar por día de servicio en Estados Unidos durante la contienda, que en caso de servicio en el  extranjero pasaba a ser de 1,25 dólares por cada día. El capital de los bonos se constituyó en 1924 mediante la aprobación de la ley correspondiente, con la intención de que en 1945, transcurridos veinte años completos desde la ley, los veteranos percibieran del Estado aquellos fondos con los intereses correspondientes.

El campamento

Pero la depresión llegó antes de eso con toda su crudeza: las familias lo habían perdido todo excepto los bonos, que allí estaban a su nombre y depositados en el Tesoro. Así, unas 30.000 personas constituidas por los aproximadamente 11.000 veteranos y sus familias, bebés incluidos -supone casi la población de Teruel (34.000 h.)-, se instalaron en un gran campamento compuesto por tiendas y chabolas en las cercanías del río y no lejos del Congreso. Todas las fuentes consultadas destacan el funcionamiento perfecto, en cierto modo militar, con el que se garantizaba el orden, la limpieza y la ausencia de molestias para la población. Los que habían sido oficiales en la guerra mantenían jerarquía y responsabilidad sobre el funcionamiento de aquel “regimiento”, lo que facilitaba que cualquier conato de escándalo se resolviera internamente. La mayoría de los investigadores históricos afirman que la incorporación de nuevos miembros al campamento sólo se producía tras ser confirmada, por un comité de los propios concentrados, la veracidad de los documentos que acreditaban al recién llegado como veterano y adjudicatario de bonos de guerra. Esto contradice las sospechas de que el campamento fuera un refugio ocasional de revolucionarios oportunistas, insidia que por entonces pretendieron difundir los congresistas más reaccionarios 

La carga de la caballería

La proposición de anticipo de los bonos resultó derrotada en el Capitolio el 17 junio de 1932, con los veteranos agolpados, expectantes y en silencio, frente al edificio. Al término de la sesión los entristecidos líderes del Bonus Army ordenaron la retirada a los manifestantes con la fórmula “canten el himno y regresen a los cuarteles”, entendiendo como tales las chabolas en las que estaban instalados y, quizá, dando por finalizada la acción. Sin embargo, al no tener lugar alguno dónde ir, su estancia en aquéllas se prolongó, aderezada con marchas silenciosas al Capitolio para manifestar su disgusto con la decisión de la cámara de representantes y proclamando lo desesperado de su situación. Aunque la disciplina interna casi militar de los improvisados campamentos continuaba atajando cualquier atisbo de violencia, a William D. Mitchell, el Attorney General (el equivalente a nuestro Ministro de Justicia) le preocupaba la posible evolución de la situación hacia un conflicto de orden público. También le preocupaba el afloramiento estable en la misma puerta de la Casa Blanca de una concentración más de cabañas de “sin techos” como las que habían proliferado por toda la Unión desde que se produjo el crack, y para las cuales prosperó entre los políticos y la ciudadanía la ominosa denominación de “Hooverciudades” (Hoovervilles), algo que avergonzaba al Presidente.

Así, el 28 de julio Mitchell dio orden a la policía metropolitana para que evacuara a los manifestantes y sus cabañas del espacio público que ocupaban. La policía lo hizo, pero tropezó con una resistencia (no detallada en las fuentes consultadas) que terminó con la fuerza pública abriendo fuego contra los manifestantes y causando dos muertos. La noticia multiplicó la preocupación del presidente Hoover, que encargó al ejército a través de su general en jefe Douglas MacArthur completar la expulsión y sofocar cualquier resistencia. Balas, bayonetas y gases venenosos fueron utilizados por la caballería al mando del entonces Mayor George Patton (el de la peli de Schaffner), sembrando el caos y la muerte entre los veteranos y sus familias. Eisenhower, que al igual que Patton operaba a las órdenes de MacArthur, coordinaba la acción de la policía con el ejército. Se dice que una vez acorralados los manifestantes en la orilla del río, Hoover ordenó la retirada de las tropas, pero que MacArthur deliberadamente ignoró la orden terminando de arrasar la moral de los veteranos. Fuera verdad o no, aquello acabó definitivamente con el campamento del Bonus Army.

MacArthur y Eisenhower

Epílogo

Un par de años después, ya durante el mandato de Roosevelt, que tampoco quiso anticipar los bonos, su mujer Eleanor propició un acuerdo con aquellos mismos veteranos para que, mientras llegaba el vencimiento de sus títulos, trabajaran en la construcción de la nueva autopista que habría de unir los cayos de Florida con tierra firme, para la cual se necesitaba mano de obra. Los veteranos aceptaron agradecidos los ansiados ingresos que ello les pudiera proporcionar, sin saber que de este modo una nueva tragedia iba a sumarse a modo de epílogo a su recurrente desgracia. El dos de septiembre de 1935 se produjo en Florida el recordado como “Huracán del día del trabajo”, el más destructivo de cuantos se han producido en tierra firme estadounidense (más, por ejemplo, que el recordado “Katrina” de Nueva Orleáns). En EE.UU. el día del trabajo, Labor Day, se celebra el primer lunes de Septiembre. El huracán segó entre otras vidas las de 258 de estos veteranos a los que sorprendió trabajando en la autopista. Presionado por el movimiento de solidaridad que esta circunstancia produjo, el presidente Roosevelt se vio obligado a liberar los bonos y los afectados pudieron al fin hacerlos efectivos en 1936, nueve años antes de su vencimiento.   

Nota del Editor:  para los interesados recomiendo ver el siguiente documental dividido en tres segmentos:

1ª parte

2ª parte

3ª parte

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