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Del Auditorio al Bernabéu

AN

Hoy domingo será una jornada de música y fútbol, desde el Auditorio Nacional (12:00) al Bernabéu (21:00), con el Barça-Atlético de Madrid en medio (16:15).

El programa de la Orquesta Nacional presenta obras de dos compositores tan diametralmente opuestos como Bela Bartók y Mozart. La propuesta me resulta tan atractiva como arriesgada. El siglo XX y el XVIII en un mismo concierto, con repertorio de dos músicos que fueron niños prodigios.

El partido del Real Madrid se las trae. Por varios motivos. El primero porque estamos en el tradicional bache que atravesamos en esta época del año. Es la pausa necesaria para recuperar el tono de cara a los momentos decisivos en Liga y Champions, donde tenemos que superar los octavos de final. Sufrimos en Copa frente al Elche ahí, pinchamos contra ellos en Liga aquí y nos ha eliminado el Athletic Club de Bilbao en los cuartos de la Copa. Era nuestro cuarto enfrentamiento con los bilbaínos en menos de dos meses. Ganamos los tres anteriores. Los dos de Liga y la final de Supercopa. De los cuatro el menos relevante ha sido el que hemos perdido. Los seis puntos de Liga son vitales, si nuestra aspiración es ganar esta competición, un trofeo de caza mayor. La Supercopa es un título, el primero de la temporada. Y lo hemos ganado. No digo que sea bueno haber sido eliminados, porque perder nunca es positivo. Pero nos ha aliviado el calendario. Son dos partidos menos antes del PSG, en un calendario ya recargado. El otro motivo principal es por el empate ayer del Sevilla en Pamplona y el enfrentamiento entre el Barça y el Atleti. El empate es lo que más nos conviene, siempre y cuando nosotros ganemos al Granada. Una derrota culé o rojiblanca dejará tocado seriamente al equipo perdedor. Los tres puntos frente al Granada son vitales. Y no será fácil. Para nada. 

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Se completó el milagro de Nadal: 21

El País

El milagro de Rafa Nadal se completó de la forma más dramática posible: en cinco sets y tras perder los dos primeros. La remontada para conseguir su Grand Slam número 21 fue épica. Como todo lo acontecido antes de llegar a este Open de Australia. No les voy a contar el partido, tan solo el resultado, porque ya lo habrán visto en todas partes. Por mi parte no supe el desenlace hasta las 20:40 más o menos.

Ayer por la mañana salí de casa rumbo al Auditorio Nacional con 2-2 en el primer set. Dejé el partido grabando. Terminado el concierto (maravilloso en su totalidad, con obras de Turina -nieto-, Prokofiev y Shostakovich), nos dirigimos a nuestro habitual aperitivo. Dada la hora, sobre las 13:45, las mesas al sol estaban llenas. Pensé para mis adentros que mejor, porque seguro que los músicos de la Orquesta Nacional que frecuentan La Quinta comentarían el resultado. Nos acercamos a un local de al lado (marroquí o árabe). Asumo que supondrán que no tenía el teléfono encendido. Poco después de las 15:00 horas llegamos a casa. Comimos y calculé que de haberse jugado cinco sets ya estarían finalizados. O a punto. Comprobé el menú de grabaciones y efectivamente estaba disponible para su visionado.

Arrancamos desde el 2-2 del primer set. Sufrimos viendo como Nadal se desplomaba y perdía 6-2. Medvedev ganó cinco juegos seguidos, desde el empate a dos hasta el sexto con el que cerró la manga. Sufrimos mucho más aún cuando Nadal desaprovechó la ventaja para ganar el segundo set e igualar el partido. Lo perdió en el tie break, tras un buen arranque en el que logró una rotura de servicio. Un set tan largo y dispar suele ser un arma moral para quien se impone. Y desmoralizador para quien lo pierde y más si se le ha escapado el triunfo. Pero Rafa Nadal está hecho de otra pasta. Se sobrepuso a las dificultades en su juego de las dos primeras mangas y a los altibajos del tercer set, que acabó ganando 6-4. El cuarto era vital. Ganar era la tabla de salvación para poder seguir aspirando a ganar su segundo Open de Australia, en su sexta final. Y en este cuarto set comenzó nuestro drama. Con 2-2 la grabación se terminó. Eurosport había previsto 4 horas y 25 minutos de transmisión. Ellos siguieron emitiendo el partido en directo, mas nadie se molestó en cambiar los parámetros de su programación. 2-2 en el cuarto set y nos quedamos a dos velas. Acudí rápido al menú de los últimos programas emitidos y ahí estaba la final. Seleccioné y busqué el momento donde se había interrumpido mi grabación. Volvió a suceder lo mismo. Se paraba a las 4 horas y 25 minutos. Sobra decir que estábamos desesperados. Busqué en la guía de TV y descubrí que el segundo canal de Eurosport estaba emitiendo un resumen. Terminaba a las 19:00. Lo puse a grabar. Y seguimos incomunicados y esperando que dieran las siete de la tarde para empezar a ver el resumen.

La primera media hora del resumen la pasé fastforwardeando. Arrancaba con el final de una retransmisión de ciclismo, seguía con anuncios y momentos estelares de retransmisiones previas de ciclismo, billar y esquí. Cuando finalmente se pusieron a la final de Australia comenzaron con los sextos puntos del tercer y cuarto set. Ambos ganados por 6-4. En nuestro caso saltábamos de un 2-2 del cuarto al 5-4 previo al 6-4 final. Menos mal que el quinto y definitivo lo pusieron entero.

A la emoción e incertidumbre del partido se unió esta circunstancia. Mereció la pena. Porque ganó Rafa Nadal 7-5, tras desaprovechar un servicio para ganar y posteriormente romper el del ruso. Le comenté a La Mundana la primera vez que Nadal no desaprovecha las ocasiones. Me equivoqué. Cuando volvió a sacar para ganar dije que había malgastado la primera bala y que era imposible que volviese a hacerlo. Así fue. El 7-5 de este quinto set era el broche de oro a un partidazo. En el que Nadal se consagró como el tenista que más Grand Slams ha ganado de la historia.

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Otra matinal

Un error de programación por mi parte me lleva a otra matinal, en el Auditorio Nacional, mientras Rafa Nadal se juega el Open de Australia. Así que he programado el partido para verlo al volver. Espero no enterarme del resultado, tarea difícil a la hora del aperitivo posterior al concierto. Sobre todo si gana nuestro tenista.

El programa del concierto sinfónico es de categoria. Puro siglo XX.

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Celebración luterana de la Navidad con Bach

Oratorio

Volvimos a las matinales de los domingos en el Auditorio Nacional, tras dos semanas de ausencia. Fuimos atraídos por el «Oratorio de Navidad» de Bach. Toda una celebración luterana del nacimiento de Jesús dividida en seis cantatas. La Orquesta y Coro Nacionales de España, dirigida por su titular David Afkham, contó con cuatro solistas.

En la imagen pueden observar las temáticas de las seis cantatas. En la matinal interpretaron la mitad, las tres primeras. Afortunadamente, tengo que añadir. Porque los 80 minutos de las tres se me hicieron largos. Y en algunos momentos tediosos. Me refiero a aquellos en los que intervenían los solistas masculinos.

En contraste con lo anterior quisiera destacar momentos sublimes, próximos al stendhalazo. Me refiero a las dos piezas corales del final de la segunda cantata. La combinación entre las voces y la cuerda me puso los pelos de punta. También el brioso arranque coral de la tercera cantata. Otro punto álgido que luego se repetía y servía para cerrar.

Pero en general, tanto fervor religioso me resultó excesivo (y no me pasa con otras obras de Bach como sus dos Pasiones). Proyectaron los textos originales en alemán con su correspondiente traducción. Lo que cantaban era bastante pueril. Y poco inspirado. La Mundana, según me contó después, optó por no leer para no decepcionarse. Sabia decisión la suya.

La mejor explicación para este «Oratorio de Navidad» nos lo ofrece la musicóloga Irene de Juan en el siguiente video:

Una vez alimentados espiritualmente fuimos a dar sustento a nuestros cuerpos, con los magníficos calamares de La Quinta de Suero de Quiñones, acompañados de un par de vinitos.

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Berg y Schumann en la matinal de ayer

07

Camino del Auditorio Nacional para la matinal de ayer sonaba el «Infidels» de Bob Dylan. Lleva instalado una semana en el CD del coche. Le comenté a La Mundana que mis comentarios en el blog y las escuchas musicales de domingo a domingo reflejaban mi edad: dos conciertos de la Orquesta Nacional de España, escuchas y/o reseñas de Bruce Springsteen, Tom Petty, Robert Plant & Alison Krauss, Miguel Ríos, Astor Piazzola y el mencionado Dylan.

Solemos llegar con tiempo al Auditorio. Ayer batimos todos los registros. Nos sentamos en los cómodos sillones que hay en la planta baja. Repasando las programaciones futuras vimos que en los dos siguientes conciertos, el octavo y noveno del Ciclo SInfónico, había obras de Robert Schumann en cada uno de ellos. Unido al de ayer más el de hace unas semanas constatamos el protagonismo de Schumann en este Ciclo.

La presencia de Alban Berg suponía una continuidad respecto al domingo anterior, donde se interpretó a Schoenberg, su maestro. El «Concierto para violín y orquesta» de Berg estaba dedicado a la memoria de Manon Gropius, la hija de 18 años del arquitecto y su esposa Alma (viuda de Mahler). También fue la última que compuso Berg que falleció meses después. Y no pudo asistir al estreno de la misma, que se celebró en Barcelona.

Para quienes escucharon el concierto por la radio mencionarles un detalle: hacia el final el solista, Christian Tetzlaff, se acercó al primer violín de la orquesta y se estableció una emocionante complicidad entre ellos mientras dialogaban con sus instrumentos. Tanto fue así que el director titular de la orquesta, David Afkham, también se emocionó. La intensidad de la composición hizo el resto.

De la sinfonía de Schumann, una maravilla, me quedo con el brillante primer movimiento y su grandioso final. Que quizás debería haber sido el del cuarto movimiento, el último. Desconozco la opinión de los expertos respecto a este movimiento, pero a mi me pareció glorioso.

Les dejo con un video donde explican a la perfección las dos obras del concierto de ayer. Y resaltan las citas a Bach de ambos compositores en las dos obras.

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¿Reconciliación con Mozart?

14112021

Estoy en fase de reconciliación con Mozart. No hace demasiado tiempo le comenté a Antonio Perea que tenía problemas con ciertas cosas del maestro de Salzburgo. Concretamente esas obras palaciegas, para la aristocracia de su época, o la ligereza y frivolidad de algunas de sus piezas. La obra seleccionada en el Ciclo Sinfónico del Auditorio Nacional de esta semana no parecía la más adecuada para la reconciliación. Porque reunía todo lo que no me gusta. Excesiva en duración (como una primera parte aburrida de un partido de fútbol con tres minutos de descuento), y con siete movimientos, en vez de los cuatro habituales. De los siete dos eran minuetos (una de las danzas preferidas de Luis XIV y su corte). La «Gran partita» además era solo para instrumentos de viento (de madera y metal). 13 en total, con especial protagonismo para los clarinetes. No me convence la sonoridad aislada de la sección de viento de una orquesta.

Parece que mi reconciliación con Mozart va a ser un largo y tortuoso camino (como el título de la canción de los Beatles).

La «Noche transfigurada» de Schoenberg fue todo lo contrario. Intensidad y profundidad de una belleza sublime. Y el contraste con la de Mozart fue total. Que imagino es lo que pretendía quien programó. De una composición para instrumentos de viento pasamos a otra en la que se empleó toda la sección de cuerda de la orquesta. «Noche transfigurada«, compuesta originalmente para sexteto de cuerda en 1899, fue revisada por su autor en 1917 para orquesta de cuerdas. En 1943 volvió a revisar la obra, en este caso el arreglo de 1917.

Schoenberg, padre de la música atonal y el dodecafonismo, fue el líder de la Segunda Escuela de Viena. Esta denominación provocó que hubiese que establecer una Primera Escuela, a posteriori. El invento colocó a Haydn. Mozart y Beethoven como integrantes de la misma. El relato periodístico añadió a otras figuras, como Brahms. La mayor diferencia entre ambas es que la Segunda existió de verdad y funcionó como tal. No fue el caso de la Primera, a pesar de la admiración mutua que se profesaban Haydn y Mozart, y la obvia influencia de este sobre las primeras obras del genio de Bonn. Schoenberg, además de seguidores, tuvo discípulos. Siendo Alban Berg y Anton Webern los más destacado.

La mañana que se presentó con dificultades al estar Madrid cortada al tráfico (por ¡dos! carreras), se tornó decepcionante con la obra de Mozart y me elevó con la de Schoenberg. Agradecer a la directora Shiyeon Song y a los integrantes de la orquesta de cuerda de la Orquesta Nacional de España su magnífico quehacer.

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Nueva matinal en el Auditorio Nacional

Programa

Hoy nueva matinal en el Auditorio Nacional. El único día que madrugo es el domingo que voy al Auditorio. Y esta mañana con el cambio horario he perdido una hora de sueño. Bien ha merecido la pena por la obra de Chaikovski (en mis tiempos se escribía con te mayúscula e i griega al final).

No puedo decir lo mismo del estreno de la pieza del valenciano Josep Planells. Composición encargada por nuestra Orquesta Nacional y la Sinfónica de la WDR de Colonia (Alemania). 17 minutos que se me hicieron muy largos. Cuando atisbábamos un principio de melodía esta quedaba automáticamente abortada. Supongo que los modernos denominarán a estas rupturas «deconstrucción». No entendía los 20 minutos de descanso. Tras la interpretación de «Con sprezzatura» lo comprendí: público, directora y orquesta necesitábamos tiempo paar reconstruirnos.

La directora alemana Anja Bihlmaier no usó batuta para la primera obra y sí para la segunda. Su expresión también cambió. El gesto serio dio paso a una sonrisa de oreja a oreja en la «Sinfonía núm. 5«. Al menos de una oreja, porque desde nuestras localidades solo la veíamos de perfil.

Leí que esta sinfonía de Chaikovski bebe de Beethoven y de la «Sinfonía Fantástica» de Berlioz. En el programa de mano dicen que mi admirado Brahms puso pegas al final (el cuarto movimiento). Fue antes de su estreno, que dirigió el propio autor. Creo entender la postura del genio alemán, mas mi poca sabiduría en la materia me refrena de expresar mi opinión.

Los dos primeros movimientos son maravillosos, especialmente el segundo. Obras maestras que justifican toda la mañana. El tercero, más ligero, un vals, es delicioso. El contrapunto perfecto a la intensidad melódica de los dos anteriores.

Una de las cosas que me atraen de estas matinales es la música para el coche. Hoy tocó el «Monk’s Dream» de Thelonius Monk en la ida (la que sería la cara B porque la A la tenía oida del viernes) y para la vuelta una recopilación de Willie Nelson.

AN

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Matinal en el Auditorio, aperitivo, saludos y felicitaciones

AN

Excelente mañana de domingo: concierto matinal en al Auditorio Nacional, aperitivo en La Quinta de Suero de Quiñones 24, saludos a Javier Carne Cruda Gallego y felicitaciones a diferentes músicos de la Orquesta Nacional de España.

A las once de la mañana salíamos de casa rumbo al Auditorio. En el coche sonaba «Elvis In Memphis«. El programa prometía: Brahms y Mendelssohn. Y presentaba una novedad. Se trataba de un concierto con explicaciones previas (y sin descanso). Las presentaciones a las obras corrieron a cargo de Sofía Martínez Villar. Excelentes, salvo en una desafortunada mención despectiva al reguetón. No venía a cuento y fue reveladora de una aproximación elitista a la cultura. En su día hubiera dicho lo mismo de copla. boleros o rock. Por lo demás son de agradecer estas introducciones, que además fueron ilustradas musicalmente por la Orquesta Nacional de España interpretando los fragmentos a los que hacía referencia Martínez Villar. Este aspecto lo destacamos en la conversación con los padres de Javier Gallego. quienes también habían asistido al concierto. Me acerqué a su mesa a saludar. Nos habíamos conocido en el Clamores, cuando Alberto Manzano y Bolo García organizaron un homenaje a Leonard Cohen.

Sentados en la terraza de La Quinta, justo en la esquina de la calle Suero de Quiñones con García Luna, estaba en una situación privilegiada para ver la salida de los músicos. Algunos de los cuales también encaminaron sus pasos hacia El Foque. A mi me permitió mostrarles mi entusiasmo por la magnifica sesión que nos habían ofrecido.

Mi primer bravo anónimo fue de acera a acera para la concertino invitada, la coreana Barennie Moon. Se sobresaltó y dio un bote. La Mundana me recriminó. Repuesta del susto noté un leve rubor en sus mejillas (igual era maquillaje). Y muy contenta agradeció con varias reverencias. Su actuación fue espléndida, sobre todo en la sinfonía de Mendelssohn. Bailaba interpretando con su violín. Estaba entregada. Enfrente, al otro lado del director, una compañera la daba réplica.

Tomàs Grau. el director, tampoco escapó a mis felicitaciones. Me vino de frente. No pude contener mi entusiasmo. Sus dos acompañantes, un hombre y una mujer, sonrieron. Él se mostró sinceramente agradecido.

Al irnos vimos a cuatro componentes de la orquesta en el tramo de la terraza en Suero de Quiñones. Más felicitaciones. Ellas encantadas, ellos azorados.

De vuelta al coche nos esperaba Elvis

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Brahms y Schumann en el Auditorio Nacional

Programa mano

Cuando La Mundana me comentó la programación del nuevo ciclo de conciertos de la Orquesta Nacional de España, en el Auditorio Nacional, el de este pasado fin de semana llamó poderosamente mi atención. Johannes Brahms y Robert Schumann eran los protagonistas  Las obras seleccionadas eran muy relevantes: Concierto para violín y orquesta de Brahms y Sinfonía núm. 4 de Schumann. Con un añadido muy importante: ambas obras eran el resumen perfecto del excelente libro de Hugh Macdonald sobre el año 1853, la biografía musical de ese año. En su día ya les recomendé este ensayo, editado por Acantilado.

1853

Brahms conoció a Schumann cuando contaba con apenas 20 años. Por mediación del virtuoso violinista Joseph Joachim, el Yehudi Menuhin de su época. Precisamente el Concierto para violín y orquesta fue compuesto para Joachim. Dado que el compositor dominaba el piano pero no el violín, consultó varios aspectos con Joachim. Se dice que no tuvo en cuenta muchas de las sugerencias recibidas.

Robert y Clara Schumann quedaron fascinados con el joven genio. Y lo apadrinaron. Un artículo de Robert en una revista musical, que había fundado y dirigido y en la que ahora tan solo colaboraba de forma puntual, elevó a Brahms a los altares. Schumann señalaba al joven Brahms como el gran talento de su época y le auguraba un futuro prodigioso. Acertó. Y en su día sirvió para lanzar la carrera de Brahms. Robert Schumann fallecería en 1856 y Brahms mantuvo la amistad con Clara, consumada pianista y decisiva en la carrera de su marido. Amistad que no se rompió a pesar de las discrepancias sobre esta Sinfonía núm. 4. De la que existen dos versiones (Robert Schumann revisó la primera). Clara se decantaba por la segunda y Brahms por la primera, que rescató años después.

Nunca había estado en un concierto detrás de la orquesta. Una especie de pseudo gallinero. La música no te llega de frente. La excelente acústica del Auditorio ayuda a solventar esta pega. La ventaja es ver el rostro del director. Juanjo Mena, el director titular de la Orquesta Nacional, es muy expresivo y sus gestos y muecas ayudan a seguir a la música. En cambio, no pudimos ver de cara al magnífico James Ehnes, que entusiasmó en su interpretación de la obra de Brahms. La reacción del público provocó que nos obsequiase con dos bises, sin la orquesta.

AN

En el mencionado libro de Macdonald aprendí, entre otras cosas, que en esos días se debatía si el director de orquesta debía dar la espalda a los espectadores o a los músicos. Tampoco era frecuente el uso de la batuta, popularizada por Mendelssohn. Se usaba el arco de un violín o simplemente los brazos.

¡Excelente matinal la de ayer!

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Zukerman en Madrid: publicidad engañosa

OCNEAyer fuimos a ver al violinista Pinchas Zukerman con la Orquesta Nacional (OCNE). El maestro de 70 años estuvo inmenso. Pero su actuación fue breve. De ahí lo de la publicidad engañosa. En la primera parte, cuatro obras de Joaquín Rodrigo, Mozart, Tchaikovsky y Beethoven, tan solo intervino en las tres últimas. A eso se limitó su presencia. Lo que no figuraba ni en el anuncio ni en el programa. Algunos medios titularon deliberadamente como «Ramón Tebar y Pinchas Zukerkman, mano a mano con la Orquesta Nacional de España«. En la segunda parte, la Sinfonía n.º 2 de Rachmaninov, no hizo acto de presencia, ni siquiera en el bellísimo Adagio del tercer movimiento, donde el primer violín tiene preponderancia y lleva el peso de la melodía.

No hubo bises (una forma lógica de compensar la brevedad de su aparición en el escenario del Auditorio Nacional).

Es decir, sus actuaciones en Madrid de hoy y mañana no excederán de los 40 minutos (tomando como base lo visto ayer).

P.D.: la foto del cartel tampoco se corresponde con la de su edad actual. Este detalle da que pensar…

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