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Un féretro de sacarina (por Julio Valdeón Blanco)

4 de junio de 2010

De todos los espectáculos que quieren ver los amigos que nos visitan ninguno tan viscoso como los musicales. No hay remedio. Cada vez que veo uno siento deseos de abrirme las venas. Corren tiempos aciagos para el género. Lo dominan charlistas profesionales que hacen del truco barato y la sacarina combinación de alto rendimiento en taquilla. “El Fantasma De La Ópera”, por ejemplo, no es capitán de las estrellas, sino galán hortera que hace gorgoritos multifrutas con una partitura entre Meat Loaf y López Cobos. A Víctor Hugo y sus “Miserables” los mantienen desgajados de cualquier blasfemia, componiendo una denuncia social con banderines rojos y aguachirle. Contemplar a los huelguistas en la barricada mientras entonan cancioncitas dignas del ballet de José Luis Moreno acaso reafirma el fin de la Historia según pronosticara Fukuyama; de paso, cuestiona la salud mental de cualquiera engatusado por esos filisteos canoros y sus escarchadas majaderías.

Acertaba poéticamente Gary Gilmore, o sea, simbólicamente, cuando en la novela/reportaje de Norman Mailer (“La Canción Del Verdugo”) explicó que al morir regresaremos reencarnados en aquello que merecimos según nuestras acciones. No cabe duda de que los urdidores de musicales volverán como insectos coprófagos (reservemos la mierda para directivos de televisión, buitres de la prensa rosa, productores de los Grammys, etc.). Qué otra cosa resta excepto masticarse los dientes cuando compruebas que Broadway ha sido tomado al asalto por contables expertos en agitar la coctelera del más grande/ más alto / más espectacular/ etc., en lugar de aplicarse a urdir musicales que sean pasatiempo grato, sí, pero también sustancioso, entretenido y emocionante, juguetón con ironía, juvenil de espíritu pero adulto en emociones y melodías. Hoy por hoy, el género queda más cerca de Mira quien baila (aquí Dancing with the stars) que del cancionero que lo hizo almibarado pero grande. 

Descontada la variante decimonónica, hay otras cochambres, estupefacientes recreaciones del encuentro en la Sun Records entre Johnny Cash, Jerry Lee Lewis, Elvis Presley y Carl Perkins, brujas verdes salidas del “Mago de Oz” y bendecidas por la crítica, cielos, como quintaesencia del experimentalismo transgresor y la rebeldía con causa (con esas canciones, ay), abominables celebraciones de ABBA y blablablá. Si obligado a asistir a tan indigesto espectáculo alguien duda, no olvide que siempre podrá escaquearse, amparado por la multitud, para acabar en el Iridium. Allí, puerta con puerta con “Mamma Mía”, todavía despachan jazz, al menos mientras la autoridad competente no lo transforme en parque de atracciones. (Respecto al jazz, un inciso: publica hoy el Village Voice una entrevista con Woody Allen en la que, con motivo del genio y su querencia por las fórmulas añejas nacidas en Storyville, se hace repaso del amarillo tirando a chungo panorama del género. Cuentan que en 1982 la media de edad de los espectadores que acudían a un concierto de jazz era de 29 años, hoy de 42; si en 2001 despachaba el 3,4% de las ventas totales de discos en Estados Unidos, en 2009 apenas rozó un miserable 1,1%).

De vuelta al musical, cuentan voces autorizadas que “Fela!” merece verse. Lo dudo. Para una vez que la música brilla sin pacatería o sentimentalismo, el libreto, a ver, escamotea las sombras de su apasionante biografía (de Fela Kuti). Cómo no iba a hacerlo, si de lo que se trata es de suspender por unas horas la lucidez, no para encantarnos, «para lanzarnos allí donde los corazones laten más fuerte en abril, y la muerte nos hiere, y los montes se bambolean con el terremoto, y hay un hechizo en todas las cosas que vemos, y un temblor para el oído en los ruidos todos, y la misma leyenda ha hecho su habitación entre los hombres» (Robert Louis Stevenson, en un oscuro pasaje de su “Virginibus Puerisque” citado por Fernando Savater para su “Diccionario De Filosofía”), sino para hacernos creer que el agua es vino y la realidad, incluso la realidad mítica de los cuentos, un guión prefabricado que ni huele, ni muerde ni ruge, melancólico tigre desdentado, artrítico perdido, que pasea su ajada pelambre, su domesticada furia, por la que un día fuera calle de los sueños, teatro del mundo. Como “Avatar”, igual de hortera, sumiso, espiritualista, reaccionario, ampuloso, aseado, correcto, calculado y frailuno, aunque al menos, menos mal, sin las putas gafitas.

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La nostalgia como negocio (Efe Eme)

2 de mayo de 2009

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Desde estas mismas páginas hemos dado cuenta de cómo los veteranos dominaron los festivales del verano pasado; cómo los mega contratos siempre tienen a los ilustres consagrados de protagonistas; y por supuesto el número cada vez mayor de artistas que vuelven de su retiro o el de grupos que se vuelven a reunir.

En nuestro país la fulgurante aparición de Kiss FM, todo oldies, consagró esta tendencia hace unos años. Se impuso a la formula de M 80, la cual llevaba funcionando desde hacía años, y supuso todo un terremoto en el panorama de las radio formulas. Cadenas como 40 Principales variaron su programación, de novedades, para dedicar cada vez más espacio a los éxitos del ayer. Y todo esto venía avalado por expertos norteamericanos, quienes hablaban de las bondades comerciales de la formula radiofónica que tenía a la nostalgia como eje principal de su programación: era una apuesta sobre seguro, sin lugar a la experimentación, buscando un perfil más adulto –menos juvenil- y más acorde con las demandas del cada vez más restringido mercado publicitario.

Hoy en día celebramos el 50 aniversario de sellos discográficos como Motown o Island, claros referentes de la cultura pop de los 60 y 70; se ruedan dos peliculas sobre Chess Records (y antes sobre Ray Charles, Janis Joplin, Charlie Parker, etc.); las continuas reediciones remasterizadas de las grabaciones históricas o las ediciones conmemorativas de los 50 años del “Kind of Blue” de Miles Davis, por ejemplo. Está claro que la nostalgia vende. Y en publicidad lo saben bien, siempre buscando esas canciones que toquen la fibra sensible del público objetivo que buscan para vender sus productos.

Siempre me sorprendió que España, a pesar de su tradición (teatro de revistas y variedades, zarzuela, cafés cantantes, etc.) no fuese un mercado propicio para los musicales. En cambio veía como los españoles acudían masivamente a Broadway (Nueva York) o a los espectáculos del West End (Londres). Hasta que alguien se atrevió (Luis Ramírez) basado en las observaciones anteriores e imagino que en el éxito obtenido por un “rara avis” del panorama de los musicales españoles, “Jesucristo Superstar”.

Dream Girls”, estrenada a finales de 1981, también supuso en su día un cambio para Broadway. Basada libremente en la carrera de las Supremes y la vida de Barry Gordy, el fundador de la Tamla Motown, pero también en otras figuras del soul, no sólo de Motown, miraba atrás con nostalgia. Unas calles más arriba el Hip Hop emergía con fuerza. 

Dando un repaso a la cartelera nacional, desde hace un par de años para acá, vemos que los musicales que han funcionado se basan en la misma formula: artistas y músicas que tuvieron éxito. Abba, Mecano, Dúo Dinámico, etc. son los primeros que me vienen a la mente. Y por supuesto están los clásicos, que se han adaptado de fuera (siempre una apuesta casi segura). En este apartado “El Hombre De La Mancha”, la primera producción de Ramírez, fue la que abrió el camino.

Esta misma semana leía aquí en EFE EME que se preparaba, para mayo, el estreno del musical de “Quadrophenia” de los Who. Desde luego The WhoRolling Stones aparte- son quienes mejor han exprimido sus logros pasados. Toda una lección de marketing. Y no lo digo en sentido peyorativo, sino con admiración. Porque hay que saber hacerlo, y además bien. No está al alcance de todo el mundo.

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Se graduaron con “Tommy”: el disco, la película y el musical, y sus respectivas bandas sonoras. Para doctorarse con “Quadrophenia”, primero el disco, luego la película –donde debutó Sting– y su BSO y ahora nos llegará el musical.  Sin olvidarme que hace tres años, en California, se estrenó una pieza teatral “Quad” basada en la historia narrada en la grabación original (los enfrentamientos entre rockers y mods en la Inglaterra de los sesenta).

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Quadrophenia”, el álbum,  se editó originalmente a finales de Octubre de 1973. Dicen que debido a una falta de suministro de vinilo (por esas fechas había un embargo petrolero de la OPEP) no pudo alcanzar el número 1 de las listas británicas. Se quedó en el 2. Era David Bowie quien ocupaba la cima. Curiosamente con “Pin Ups”, su disco de versiones… En Estados Unidos salió una semana después. No pudo destronar al “Goodbye Yellow Brick Road” de Elton John y también se plantó en el segundo puesto.

Pero el negocio no termina aquí. Tenemos efectos colaterales, derivados por ejemplo del mercado de coleccionistas. Así encontramos que en Noviembre del año pasado la Lambretta Li 150 serie 3 fue subastada por Bonhams Entertainment, alcanzando un precio de venta de 54.000 euros (36.000 libras esterlinas o casi diez millones de pesetas). Es la moto que aparecía en la película “Quadrophenia” y que ha venido cambiando de manos desde entonces.

Desde luego la nostalgia vende. Y el furor de los últimos tiempos ¿no estará quizás causado por la falta de nuevo talento?

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