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Dicen que tienes… sed de champán (por José Luis Ibáñez Salas)

Al veneno de su piel se le suma esa sed suya tan de champán, y todo es en ella música y literatura, como sus caderas.

Escucho a Radio Futura y releo una página de Montero Glez. Y aparece su melena y mi memoria acelera hacia aquellos días en los que el tiempo era su perfil y su aliento.

Cuando de entre el fuego de la tarde apareció su voz para decirme sólo una vez memarcho, memarchoynoquierassaberporqué.

Brota no sé de dónde pero brota en mi brazo izquierdo el inconfundible dolor de la pérdida, del insulto eterno de lo eterno, la fiereza de la soledad en medio del destino.

Y cesa la música, callan los músicos, y se cierra el libro, llega el silencio del escritor, la muda página en blanco, rota.

La brutal pereza de la derrota, del cansancio, se queda a vivir en mi cuerpo abandonado por el deseo, rodeado del recuerdo de su olor, apesadumbrado por el recuerdo de su olor, suspendido en un vacío de siglos por el recuerdo de su olor…

Y recojo la novela y vuelvo a poner el disco y asisto al vértigo que hay en Montero y a la sofisticación de barrio de Auserón y su banda.

Me inquieta hacerla desaparecer, a ella y a lo que queda de ella, a ella y a lo que fue ella en mi cerebro y en mi alma.

Pero los músicos y el novelista me dejan en un territorio menos hostil, un lugar donde no hay otra cosa que la cadencia de los sonidos y la serena presencia de la velocidad del extrarradio madrileño.

El memarcho de ella es durante un instante sin segundos un lejano eco de un pasado sideral, una anomalía asegurada en el tiempo por la prosa de talco y de bronce de Montero Glez y por las canciones de otro tiempo y otro lugar pero tan cercanas de Radio Futura.

Hasta que regresa, hasta que ella aparece delante de mí con su flotar y su áspera certeza sexual y sus palabras de ensueño y su verdad de fantasía.

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Sublime James Taylor en La Riviera

La actuación de James Taylor en La Riviera fue sencillamente sublime. Me transportó atrás en el tiempo: hace décadas tuve la fortuna de verle -por primera vez- en el Crystal Bowl de Londres. Anoche tuve las mismas sensaciones. Su sencillez me volvió a maravillar. La delicadeza y elegancia, con la que va desgranando sus inmejorables composiciones, son algo único. Desde aquel lejano y soleado día londinense le he visto un par de veces más. Y siempre me gustó. Pero ese primero concierto es el que permanece en el recuerdo. Supongo que el ambiente y el factor sorpresa tendrán algo que ver.

En La Riviera también me sorprendió. Es fascinante que a sus 64 años, y tras haber pasado por la peor de las adicciones, mantenga sus facultades vocales a tope. ¡Qué forma de cantar! Y el buen rollito que se respiraba en la repleta sala ayudaba a paladear sus canciones.

La banda que le acompañaba eran veteranos y excelentes músicos. De la reducida formación destacaría a uno sobre todos: el gran Steve Gadd (a la batería).

Una gran velada que se completó con una cena con otro grande: Montero Glez (ya les contaré que nos traemos entre manos).

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