Archivo de la etiqueta: Memoria

Contra la impunidad

15 de junio de 2010

Pedro Almodóvar, Maribel Verdú, Hugo Silva, María Galiana, Juan Diego Botto, Almudena Grandes, José Manuel Seda, Pilar Bardem, Juan José Millás, Carmen Machi, Miguel Ríos, Juan Diego, Paco León, Aitana Sánchez-Gijón y Javier Bardem bajo la dirección de Azucena Hernández.

Entradas relacionadas:

Los desaparecidos del franquismo: España, pionera de la iniquidad (por Antonio Gómez)

Puerto de Alicante, la última esperanza: 29 de marzo/1 de abril de 1939 (por Antonio Gómez)

8 comentarios

Archivado bajo Cultura, Política

Los desaparecidos del franquismo: España, pionera de la iniquidad (por Antonio Gómez)

3 de septiembre de 2008

 

Fosa de Piedrafita de Babia (León) • Foto: Eloy Alonso

El juez Garzón ha dictado una providencia en la que se pide a diversos organismos gubernamentales, municipales, religiosos y privados faciliten cuanta información tengan sobre los desaparecidos de la represión franquista. No voy a entrar a explicar el tema, ni a dar cifras, números o argumentos sobre la justeza de la medida. Ni siquiera voy a polemizar con quienes se niegan a devolver sus muertos a los hijos o nietos que hasta ahora no saben en que cuneta cayeron. Sólo apuntar que, contra los que piensan que identificar a esos muertos y devolverlos a los suyos es “abrir viejas heridas”, personalmente considero que se trata de todo lo contrario, de cerrar definitivamente las cicatrices de una guerra cruel y una dictadura criminal que, por desgracia, todavía siguen abiertas en la España actual, como bien demuestra la reacción escandalizada de ciertos políticos y medios a ese simple intento de restablecer la justicia a quienes no tuvieron ocasión de reclamarla en su muerte.

 

La noticia, sin embargo, me ha llevado a un par de reflexiones que quedaría dejar aquí brevemente. Desde 1492 en pocas cosas puede presumir España de haber sido los primeros. Sin embargo, tenemos el triste honor de haber sido pioneros en dos de los más ignominiosos procedimientos criminales del siglo XX y de la  historia en general.

 

Desde hace tiempo los historiadores han coincidido en que los bombardeos de ciudades como Guernica o Málaga durante la Guerra Civil Española fueron el antecedente de los arrasamientos masivos de ciudades desmilitarizadas, en las que únicamente vivían civiles inocentes. Un método que luego sería utilizado por los nazis contra Londres o Coventry, y, curiosamente, por los aliados contra Dresde y otras ciudades alemanas, y que posteriormente se convertiría en moneda corriente en las guerras modernas.

        

Menos comentado –y aquí llega la relación con Garzón y la memoria histórica—es que los españoles tengamos el dudoso mérito de haber inventado también la figura del desaparecido, la más cruel o innoble manera de represión política que puede existir. Ni siquiera los nazis con su operación “Noche y niebla”, que hizo desaparecer a cientos de miles de personas (judíos, sí, fundamentalmente, pero también gitanos, homosexuales, comunistas, deficientes psíquicos y enemigos políticos en general), llegaron a tanto, pues en su minuciosidad germana dejaron exacta relación de sus asesinatos, aún poniendo “neumonía” como causa del fallecimiento de quien había muerto en la cámara de gas.

 

Cuando se difundió el concepto de desaparecido, a raíz de las actividades represivas de las dictaduras chilena, argentina o uruguaya, ya en los años 70, en España hacía casi 40 años que se había utilizado el método. Y a día de hoy, debemos constatar no sin cabreo que no sólo inventamos a los desaparecidos, sino que aún hay quienes se esfuerzan en ignorarlo, pretendiendo que a quienes hicieron desaparecer sigan perdidos por cunetas y montes, alimentando el dolor de sus familias que, con su recuperación, quieren cerrar un capítulo tan dramático de la  historia de España.

Naturalmente, de quienes desaparecieron se conservan testimonios de sus familiares que pueden contar cómo eran o cómo vivieron, pero no cómo murieron. Otros muertos de la represión franquista, que fueron juzgados, aún por aquellos tribunales de principios de la dictadura, condenados y ejecutados, si pudieron dejar testimonio de sus últimos días y de cómo enfrentaron la muerte. Como complemento al tema, traigo aquí dos textos escritos por sendos condenados a muerte dirigidos a sus familias. El primero es la carta a su madre de un condenado que fue fusilado el mismo día en que la escribió. El segundo es un testamento, las cosas que deja un hombre después de una vida de trabajo y lucha por la justicia y cómo pide que se distribuyan entre sus familiares y seres queridos. Creo que no hacen falta comentarios, al menos de momento. En estos textos queda clara la personalidad de sus autores, sus principios, sus sentimientos, sus ideas, similares a las de tantos que todavía permanecen en las cunetas y que no tuvieron el consuelo de dejar a sus familias unas letras con las que pudieran sobrellevar con menos dolor su desaparición.

 

1:

 

Penal de Ocaña, 27 diciembre 1947.

 

Madre Querida: cuando esta carta reciba, su pequeño “Chirri”, como cariñosamente me llamaba, habrá dejando de existir.

        

¡Pobre mía! Yo qué daría mi vida mil veces, esto es lo peor de todo, el dolor que la causo.

        

Toda mi vida está llena de veneración por Vd., muchas veces silenciosa. Los grandes amores no suelen ser muy locuaces. Lejos de Vd., en el frente primero o en la emigración después, ni un momento se alejó de mi pensamiento. Aún recuerdo que en la finca de Santa Clara (Cuba), donde trabajé dos años de campesino, todas las tardes al caer el sol y terminar el trabajo, me gustaba sentarme al pie de un árbol pensando en mi patria y en Vd.

        

Siempre he desea poseer sus admirables cualidades. Antes de cada acción en mi vida, siempre he pensado procurando que fueran todas de tal género que de ninguna hubiera de avergonzarse Vd.

        

Y qué decir de lo que significado para mí, durante la estancia en la cárcel y hasta el último instante de mi vida. Cómo me confortó su valor y entereza. Cuánto la admiro madre querida. Vd sí que es una auténtica heroína anónima y silenciosa, con el heroísmo inigualable de las madres.

        

Que yo sea valiente y permanezca tranquilo y orgulloso de mis actos hasta el último instante de mi vida, ningún mérito tiene. Poseo las bases inconmovibles de mis ideas políticas, férrea e inquebrantable seguridad en su victoria, que me da el orgullo de haberla servido con mi sangre.

Lo admirable es su entereza, apoyada en el amor de madre, en el deseo de ayudarme y hacer menos dura esta hora para mi y ver la valentía con que Vd. Lo soporta.

        

Dura ha de ser su pena. Desgraciadamente, no es Vd. Una excepción, la historia de nuestra Patria está tinta de la sangre de los mejores hijos, asesinados y anegadas por decenas de millares que como Vd. Lloran la muerte de sus hijos.

        

Yo, madre, sírvale de consuelo, muero tranquilo y orgulloso, con la satisfacción de haber cumplido y haber sido hasta el último suspiro digno militante de mi partido y esforzado hijo de mi Patria.

        

Tengo la seguridad de que nuestro sacrificio, como el de cientos de miles que me precedieron, contribuirá a acelerar la llegada de días de prosperidad y felicidad para nuestro Pueblo.

        

Puesto en el trance de elegir en Gobernación la libertad, a cambio de mi traición, o la muerte digna, no vacilé. Prefiero que llore la muerte de un valiente que la vergüenza de tener un hijo despreciado por traidor y por cobarde.

        

No se amilane, le quedan tres buenos  hijos que la ayudarán a soportar esta prueba.  Y no aguante el llanto como suele hacer. Llore, madre querida, con el espíritu de aquella madre del romance popular de nuestra guerra:

 

“Yo no lloro al  hijo muerto

Solo lloro mi destino

Porque para dar al pueblo

Ya no me quedan más hijos…”

 

Adiós, madre querida. Un millón de besos.

 

Agustín Zoroa

Fusilado el 17.12.1947

 

2:

 

Mi testamento:

 

Yo, Luis Campos Osaba, natural de Madrid, de 34 años de edad, casado, hijo de Manuel Campos Monte-negro y María Osaba Estibalez, condenado a la pena capital el día 22-2-1949 por un Consejo de Guerra incoado por actividades políticas contra el régimen franquista, y en régimen de aislamiento en la celda nº 41 de la Prisión Provincial de Sevilla, declaro y es mi última voluntad:

 

Primero.- Que se hagan llegar a su destino las cartas que en mis últimos momentos dirigiré a mis queridos padres, hermanos y sobrinos.

 

Segundo.- Que aunque las leyes hoy vigentes en España no reconozcan la validez de mi casamiento con mi esposa, Carmela Gómez Ruiz, mantengo con todas mis energías que estamos casados conforme a las leyes republicanas y que por tanto nos consideramos como legítimos marido y mujer. Pido le sean entregadas a mi esposa Carmela Gómez Ruiz mi diario de condenado a muerte y la carta que en mis últimos momentos le escribiré

 

Tercero.- Pido que como recuerdo póstumo se haga llegar a manos de mis familiares que nombro los objetos siguientes:

 

A mis queridos padres: mi cartera del Colegio Oficial de Practicantes de Madrid con su contenido íntegro. Mi cuaderno de apuntes de inglés escrito por mi esposa Carmela. Mi cuchara.

 

A mis queridos hermanos Manola, Carmen, Pepe y Alfonso: mi peine, mi cepillo de dientes, mi billetera, mi mechero.

 

A mis sobrinos Conchita, José María y Juan Luis: mi monedero, mis gemelos y mi petaca de cuero.

 

A mi querida esposa: mi reloj, todas las fotografías del álbum, alianza de plata, libros, colchón, manta y almohada, anclita de plata, etc, etc.

 

El resto de los objetos y cosas no enumeradas las lego a mi esposa para que de ellas haga el uso que estime más oportuno.

 

Esta es mi última voluntad que por escrito expreso en la celda nº 41 de la Prisión Provincial de Sevilla a uno de marzo de mil novecientos cuarenta y nueve. Ruego al Sr. Director de la Prisión que de las órdenes oportunas para su cumplimiento.

 

Domicilio de mis padres, hermanos y sobrinos: Calle Fernández de los Ríos nº 68, Madrid.

 

Domicilio de mi esposa: Compas de la Victoria nº 14, Málaga, en la actualidad departamento de mujeres de la Prisión Provincial de Sevilla.

 

P.D. Olvidé mencionar entre mis herederos de re-cuerdos a mis queridos hermanos políticos Manolo y María, Paquita y Ramón, Juanito y Rafita, Victoria y Juan. Al buen entendimiento de mi esposa Carmela Gómez Ruiz dejo este cuidado.

 

Luis Campos Osaba

Fusilado en marzo de 1949 

 

ACTUALIZACIÓN:

 

Otro magnifico artículo de Enrique Meneses en su blog:

 

Caídos por Dios y por España

22 comentarios

Archivado bajo Cultura, General, Política, Recomendaciones

Vicente Marco (por Julio R. Llorente)

30 de agosto de 2008

Adiós al maestro Vicente Marco

 

A lo mejor me dedico a la radio desde hace unas décadas, porque mi madre (q.e.p.d.) me inculcó ese veneno de oyente (Radio Madrid era su favorita y de mi súper-infancia se me quedaron grabadas las voces de Bobby Deglané, José Luis Pécker, Miguel de los Santos, Raúl Matas…) en aquellas grises tardes sesenteras de los días de diario, de cuando uno venía del “cole” y antes de (o mientras) hacer los deberes también me entretenía escuchando lo que saltaba al aire desde las ondas.

 

Decía antes “a diario” porque en el fin de semana (bueno, los domingos, porque el sábado no había) era mi padre (q.e.p.d.) quien se incorporaba a la tarea de oyente porque llegaba un programa que mezclaba anuncios de anises y coñacs y concursos “dificilísimos” con el marcador simultáneo Dardo. Hasta habilitábamos en la amplia cocina nuestro particular marcador en el que íbamos poniendo al minuto como iban los resultados de  los partidos de Primera División. Me costaba añadirle un gol al rival del Atleti y se alegraba mi padre (si, si, era blanco) si había que anotarle uno al Madrid. Y los gritos de los distintos estadios que cantaban los goles (humm, éste lo canta muy en tono bajo, eso es que ha marcado el visitante) eran coordinadas por la voz del maestro Vicente Marco, el primero, el precursor, el que se inventó esa rueda-paseo y cuyo testigo han recogido hasta el presente distintas generaciones de conductores del mítico “Carrusel Deportivo”.

 

Hoy sábado (en la mañana del domingo es su entierro) me he enterado de que se ha ido ese gran profesional y gran persona (comprometido, solidario… que anda que no era difícil en los tiempos que le costó hacer nacer y crecer el programa al que él puso su sello…).

 

Valga desde este rinconcito (en mi “Disco Grande” del lunes, en Radio 3, de RNE, creo que incluso voy a leer estas líneas en señal de homenaje) todo mi afecto para sus allegados, empezando por su hija Julia (para mí siempre será Lita) con la que tuve el placer de estudiar en aquellos tiempos en que ambos, en el mismo centro escolar de la calle Atocha, éramos “chicos de Preu”. Y qué emoción fue para mí enterarme con el tiempo de que su padre era nada menos que… Vicente Marco.

4 comentarios

Archivado bajo Cultura, Deportes, General, Medios

Cruzada por la Memoria (por Rodri)

23 de julio de 2008

Jamás me atrevería a disputar a Antonio Gómez el honroso título de “Abuelo Cebolleta”. No sé si en un duelo por razones cronológicas ganaría él o lo haría yo (naturalmente, vence el más joven). Pero estoy completamente de acuerdo con él en esa “CRUZADA” (lo he escrito con alevosía) por la MEMORIA y no por la NOSTALGIA.

 

La nostalgia viene a ser como una tristeza originada por el recuerdo. Los de mi generación, los de nuestra generación: nací el año en que se creó el D.N.I., en 1944, en el hermoso y radiante mes de abril. Y el día siete que coincidió ese año en Viernes Santo. Los de esta generación, sí miramos hacia atrás pero es muy lógico, hemos visto tantas cosas.

 

Por circunstancias familiares, pasaba de lunes a sábado en mi casa, con mi madre, en la Glorieta de Bilbao y sábados por la noche y domingos en casa de mis padrinos, mis tíos Emilio y Chelo en Embajadores, 14, enfrente del Pavón.

 

He crecido cambiando tebeos y novelas en “Dora” en la calle Malasaña y alquilando los domingos por la mañana los”tebeos americanos” que no podíamos comprar: toda la saga de los  man”, es decir, Superman, Aquaman, Batman, o “El Arquero Verde”, que no sé porque coj… ¡narices no llevaba lo del man!  Esos tebeos de lujo se  alquilaban en la caseta de “Pepe, el Cojo”, frente al Cine Odeón y se leían sentados en los escalones de accesos al cine. Los centímetros cuadrados donde estaba situada esa “casetilla” eran mínimos pero tenía el inmenso atractivo de que a partir de las doce la calle Encomienda, en ese tramo, se llenaba de los deliciosos olores de las gambas a la plancha que hacían en “Cayetano”, a escasos metros del salón de lectura.

 

Escuchábamos en la radio de siete a siete y media, de lunes a viernes, en Radio Madrid, dos series radiofónicas que iban seguidas: “Dos hombres buenos” y “Diego Valor”. De quince minutos, cada una.

 

Y veíamos en esos cajones bajos de los antiguos armarios de luna las fotos que allí se guardaban.

Una de esas fotos estuvo escondida muchos años, muchos. No era cuestión de exhibirla. Era la foto de la boda de mis tíos, los de Embajadores. El hecho un pincel, casi de señorito, y mostrando una insignia en el ojal de la solapa izquierda de su chaqueta. Le gustaba aviarse así. Y pasear con mi tía, cada vez que bajaba del frente de la sierra, desde la Glorieta Bilbao hasta Tirso de Molina. Mil veces he escuchado que en ese trayecto le podían parar unas quince veces para pedirle los “papeles”. Y él, comisario político de una Compañía de Ametralladoras, se los enseñaba y, al mismo tiempo, les pedía que se subieran con él al frente. ¡Cuántas veces le he oído decir que “primero ganar la guerra, luego, hacer la revolución”!

 

Al final tuvo razón.

 

¡Que va a ser nostalgia! Es memoria, Antonio. Memoria del pasado. Tu, abuelo Cebolleta. Yo, un Cesar Guzmán que no sabe donde entregar su alfiler de oro. (*)

 

(*) Para los jóvenes o desconocedores de “Dos hombres buenos” sonará a chino. Cesar Guzmán, era español, Joao Silveira era portugués. Guzmán iba buscando a los asesinos de su esposa y les entregaba, antes de matarles, un alfiler de oro que había encontrado junto al cadáver de su mujer. Nunca pude tragarme el “Ulises” de Joyce y me devoraba todo lo de José Mallorquí. ¡Que cosas!

6 comentarios

Archivado bajo Cultura, General, Política

Por la Memoria, contra la Nostalgia (por Antonio Gómez)

30 de junio de 2008

Por simples razones cronológicas, o quizás por algún otro oscuro motivo que prefiero no imaginar, me he convertido en algo así como el abuelo Cebolleta del blog, papel que asumo incluso con orgullo, porque me apasiona la memoria en sus más diversos significados. Pero igual que amo el recuerdo, odio la nostalgia, dos conceptos totalmente distintos y contrapuestos, al menos para mí, sobre los que me gustaría escribir unas cuantas líneas.

 

Debe venirme de niño, una etapa de mi vida que desarrollé envuelto en las historias que contaban mi padre y mi madre sobre los tiempos de su infancia, sobre la vida en sus pueblos respetivos, y en el caso de mi padre, con singular insistencia, sobre sus años de guerra y de cárcel. Algunas de aquellas historias reales (aceptando el necesario punto de la invención que siempre aportan los años a los recuerdos) fueron para mí auténticos cuentos morales que me fueron ayudando, y aún lo hacen, a elegir los caminos por los que ha ido discurriendo mi vida posterior. Por ejemplo, aquella en que mi madre contaba cómo, estando de criada en Cuenca en una casa de bien, el cura al que le había confesado (bajo riguroso secreto, ya se sabe) una pequeña sisa corrió inmediatamente a chivárselo a la patrona, que la puso en la calle. O la otra en la que el viejo explicaba la vez en que, siendo Comisario de su batallón, ascendió con un tanque un muy inclinado cerro para demostrar a quienes no habían sido capaces de subir con el mismo vehículo otro mucho más suave que lo suyo era simple cobardía. Una vez tuve la petulancia de decirle a alguien mucho más sabio y viejo que yo tenía memoria de antes de haber nacido. Era una chorrada, pero creo que es verdad, porque aquellas historias que alimentaron mi infancia me hicieron entender un tiempo y unas gentes que no están reflejados en los libros de historia, dándome pautas de comportamiento con las que he ido desarrollando mi actitud ante la vida y el mundo.

 

Porque lo mío, sin desdeñar La Historia, con mayúsculas, desentrañada en legajos, archivos y documentos por los historiadores, que también me interesa, es la memoria pequeña de las personas, especialmente de la gente más corriente, de la que no figura en los relatos oficiales sobre los grandes acontecimientos. El conocimiento del pasado, a través de sus ojos sin pretensiones es para mí una permanente fuente de aprendizaje sobre la vida de los seres humanos, sobre sus reacciones ante determinados acontecimientos, personales o colectivos, y sobre su valoración íntima y personal de los hechos históricos que les tocó vivir. Quizás también por eso me guste hablar de otros tiempos, con la esperanza de encontrar en ellos luz para los actuales.

 

Pues bien, de igual manera que me apasiona la memoria, odio la nostalgia, que es el lado conformista del recuerdo, ese que te lleva a considerar que cualquier tiempo pasado fue mejor, a añorar su desaparición y a intentar seguir instalado en ese pasado que tan grato pensamos que nos fue, desdeñando el futuro, de cuyas incertidumbres huimos, para encerrarnos con nuestros miedos en el confortable refugio de lo ya conocido. La nostalgia es esa versión edulcorada, falsificada, acrítica y evocadora del pasado que con tanta frecuencia aparece en ciertos programas televisivos y en el resto de los medios de comunicación. Mercadotecnia alienante de las multinacionales.

 

Si la memoria es dinámica, como yo creo, la nostalgia es estática; si el recuerdo es fuente creadora, la añoranza es páramo estéril. La memoria, es decir, la articulación y relación ordenada de los recuerdos, es una indagación sobre lo vivido, individual o colectivamente, y una reflexión sobre el por qué de las experiencias personales y la historia, de la que debería surgir una enseñanza para el presente, abierta al futuro. Por el contrario, la nostalgia, que podríamos definir como la añoranza por un pasado supuestamente feliz, no es sino la falsificación y manipulación del recuerdo, su idealización, que nos lleva a desear volver a él, como defensa ante los ataques de la realidad. No seré yo quien reniegue los paraísos artificiales, psicológicos o químicos, que nos permiten huir de las agresiones de un entorno triste y gris, pero buscar en el pasado refugio para el presente tiene el peligro de acabar enmierdado en alguna teoría política reaccionaria, y entonces, para de contar.

 

En esa línea espero que estén las cosas que voy escribiendo sobre otros tiempos. Por eso, si me refiero a la histórica vietnamita es para preguntarme cómo se puede articular hoy un movimiento de resistencia similar a los que se aglutinaron alrededor de tantos de arcaicos aparatos; si recuerdo a Rosario Dinamitera es para plantearla como un modelo vital de no conformismo y resistencia y si cuelgo una vieja película de Segundo de Chomón (aunque no la haya visto nadie) es porque creo que en ella está ya el germen de todo el arte ciber contemporáneo.

 

De ahí ese por la memoria, contra la nostalgia que encabeza estas líneas.

 

Puestos a encontrar un ejemplo artístico, reproducible aquí, de lo que considero que es un buen tratamiento actual de la memoria, con el que me identifico, creo que este que he encontrado vale. Se trata de Quico Pi de la Serra, cantautor catalán, excelente guitarrista, músico como la copa del pino al que hace referencia su nombre, que en su último disco (del que me gustaría hablar alguna vez, porque es una casi obra maestra cuya publicación ha pasado de perfil para los posibles compradores) hace esta versión, aquí en directo, de “La Internacional”. Él, que fue esforzado y valiente militante comunista cuando serlo era todavía un peligro y un orgullo, ha revisitado el viejo himno revolucionario sin ninguna nostalgia y, desde luego, con mucha ironía.

 

 

3 comentarios

Archivado bajo Cultura, Música, Política