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Cantantes españoles nacidos en Sudamérica (por Antonio Gómez)

6 de noviembre de 2008

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El viernes pasado se presentó en la SGAE una colección de nueve discos, que bajo el título genérico de “El canto emigrado de América Latina” reúnen grabaciones de cantantes nacidos en diversos países sudamericanos que viven en España desde los años 70, aunque algunos llegaran antes. Los de Quintín Cabrera, Carlos Montero, Claudina y Alberto Gambino y Olga Manzano se han grabado para la ocasión. Dos de ellos son antologías de obras ya editadas (Rafael Amor y Gonzalo Reig). Por desgracia, hay otros dos con los que no cabía otra posibilidad sino que fueran reediciones, porque sus creadores, Indio Juan y Manuel Picón, ya han fallecido. Además, un doble CD recoge viejas grabaciones en directo realizadas en la sala Toldería, entre las que hay canciones de Omar Berruti, Luis Barros, Guillermo Basterrechea, Jorge Cardoso, Huerque Mapu o Nicolás Caballero, entre otros. No están todos los que son, pero sí una buena parte, y desde luego, los CD’s individuales reúnen a los más destacados. El responsable de la edición ha sido Fernando González Lucini, al que tanto debemos por razones como esta, y de dirigir musicalmente la colección se han encargado Luis Mendo y Bernardo Fuster.

        

Por razones de amistad (yo siempre estoy a lo que mande Lucini), me tocó ejercer de presentador, y ya dije ese día que en este tema no soy neutral, imparcial ni objetivo. Al contrario, soy tremendamente partidista, porque muchos de esos nombres están íntimamente ligados a mi vida personal y profesional: Me enamoré de la madre de mi hija escuchando en La Carreta a Claudina y Alberto Gabino, díos se lo haya perdonado, el padrino de mi hija es Carlos Montero, dios le bendiga, y en la casa de Quintín en Valvidrera (era en Valvidrera ¿no?) viví una espectacular reconciliación matrimonial que siguió a una separación aún más explosiva, dios le haya conservado aquel espejo. Por razones profesionales (yo empezaba entonces a hacer radio y escribir sobre música) los traté a todos ellos, y establecí relaciones de trabajo y amistad. Ni que decir que con estos antecedentes la edición de estos trabajos sea para mí un motivo de profunda alegría. Pero además, al margen de amistades, me parece una pequeña reparación de la deuda que la cultura española tiene con ellos.

 

Aunque algunos estaban aquí desde antes, como Carlos Montero o Quintín Cabrera, las crueles dictaduras que tomaron el poder en los países del Cono Sur a comienzos de los años setenta obligaron al exilio, además de a simples militantes de partidos de izquierda, a una buena cantidad de artistas de todo tipo: novelistas, pintores, actores, cineastas… y también cantautores de distinto tipo. España fue el destino de muchos de ellos. En el terreno de la canción, algunos, que ya tenían una importante obra hecha, como Mercedes Sosa o el grandísimo Alfredo Zitarrosa (que en España grabó una de sus obras fundamentales: “Guitarra negra”, producido el disco, por cierto, por Gonzalo García Pelayo), pasaron un tiempo y luego partieron. Otros, que acababan de iniciar sus carreras cuando se vieron abocados al exilio, se instalaron definitivamente en España y desarrollaron aquí su obra.

 

Eran aquellos tiempos contradictorios en España. Por un lado la muerte del dictador aparecía cada vez más cercana, los movimientos de masas crecían, los cantautores tenían gran repercusión, y las costuras del régimen comenzaban a descoserse. Por otro, el desmoronamiento hizo más dura la represión, y la censura se volcó de manera inmisericorde contra los llamados cantautores. En esos últimos años del franquismo fueron epidemia las multas, prohibiciones e incluso detenciones (recuérdese con cariño a Elisa Serna y su insobornable firmeza). Por algún misterioso despiste del censor, parecería, al menos durante un tiempo que los cantautores sudamericanos podían decir cosas que a los españoles les estaba prohibido, y muchas de sus canciones se convirtieron en himnos de la lucha por la democracia. Su presencia en España permitió, además, la creación de una serie de peñas a la manera en que ya existían en sus lugares de origen antes de las dictaduras. Toldería sería el ejemplo más evidente, pero también hubo otras muchas en las que diariamente se interpretaban canciones que nunca habíamos escuchado antes y que se convirtieron en islotes de libertad, como lo eran las asociaciones de barrio o las parroquias progres, donde también estuvieron presentes con frecuencia estos cantantes.

 

Pero no solo fueron importantes esas canciones que nos hablaban, como no podían hacerlo las españolas, de las esperanzas en un mundo mejor. Aquellos cantantes y músicos llegaron a España con un bagaje de conocimientos musicales en general muy superior al que solían tener los cantautores patrios, y no tardaron en establecerse colaboraciones fructíferas: Carlos Montero arreglando algunos de los mejores discos de Aute, o Adolfo Celdrán, Patxi Andión, y un largo etcétera, Alberto Gabino haciendo lo mismo con Labordeta o Benedicto, Manuel Picón componiendo para María Jiménez

 

¿Y como les pagamos? Con el doble olvido, Con el doble exilio. Murió el dictador y acabó la dictadura, vivimos el entusiasmo de la transición, llegó esto que dicen que es democracia, se instaló la modernidad en la sociedad, la cultura y la canción, y tiramos a la basura todo lo que nos recordara un pasado miserable, en primer lugar a aquellos que nos recordaban que contra el franquismo se podía y se debía haber luchado. Los cantautores estuvieron en primera línea de condenados al olvido, sin el respeto debido no ya a sus servicios prestados, que fueron voluntarios y desinteresados, sino al valor intrínseco de muchos de ellos. Con los nacidos fuera fuimos aún más crueles: además de cantautores eran sudacas, y aquello, la verdad, tenía un tufo de antimodernidad que los descubridores de Armani no podían soportar sin taparse la nariz.

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Quintín y Antonio

 

Me gustaría hablar de otras cosas. De Quintín, mi querido Quintín, que el viernes me hizo llorar con la lectura de unas décimas autobiográficas que creo Adrián va a publicar. De Carlos, que me descubrió el chimichurri y que con sus tangos clásicos ha realizado una revolución musical de auténtica importancia, aunque por desgracia sea una revolución sin discípulos. De Indio Juan y su enorme estatura de ser humano. De la capacidad creativa de Manuel. De tantas cosas. Pero esto ya se hace largo y prefiero animaros a comprar alguno de esos discos. No porque se lo debamos, sino porque son buenos.

 

 

A pesar de que se agudizan los sentidos

¡nadar contra corriente cansa tanto!

Que aunque se junten los soles del camino

Su calor no abriga este cansancio.

Hay veces que flaquea la esperanza,

¡nadar contra corriente cansa tanto!

Y en ocasiones, la alegría de la lucha

Compensa con creces el cansancio.”

 

Quintín Cabrera: “Arte poética”

Claudina y Alberto Gambino: “La mala reputación”. Primera traducción al castellano de una canción de Georges Brassens que se editó (Buenos Aires, 1972)

 

 

 

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