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Berg y Schumann en la matinal de ayer

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Camino del Auditorio Nacional para la matinal de ayer sonaba el «Infidels» de Bob Dylan. Lleva instalado una semana en el CD del coche. Le comenté a La Mundana que mis comentarios en el blog y las escuchas musicales de domingo a domingo reflejaban mi edad: dos conciertos de la Orquesta Nacional de España, escuchas y/o reseñas de Bruce Springsteen, Tom Petty, Robert Plant & Alison Krauss, Miguel Ríos, Astor Piazzola y el mencionado Dylan.

Solemos llegar con tiempo al Auditorio. Ayer batimos todos los registros. Nos sentamos en los cómodos sillones que hay en la planta baja. Repasando las programaciones futuras vimos que en los dos siguientes conciertos, el octavo y noveno del Ciclo SInfónico, había obras de Robert Schumann en cada uno de ellos. Unido al de ayer más el de hace unas semanas constatamos el protagonismo de Schumann en este Ciclo.

La presencia de Alban Berg suponía una continuidad respecto al domingo anterior, donde se interpretó a Schoenberg, su maestro. El «Concierto para violín y orquesta» de Berg estaba dedicado a la memoria de Manon Gropius, la hija de 18 años del arquitecto y su esposa Alma (viuda de Mahler). También fue la última que compuso Berg que falleció meses después. Y no pudo asistir al estreno de la misma, que se celebró en Barcelona.

Para quienes escucharon el concierto por la radio mencionarles un detalle: hacia el final el solista, Christian Tetzlaff, se acercó al primer violín de la orquesta y se estableció una emocionante complicidad entre ellos mientras dialogaban con sus instrumentos. Tanto fue así que el director titular de la orquesta, David Afkham, también se emocionó. La intensidad de la composición hizo el resto.

De la sinfonía de Schumann, una maravilla, me quedo con el brillante primer movimiento y su grandioso final. Que quizás debería haber sido el del cuarto movimiento, el último. Desconozco la opinión de los expertos respecto a este movimiento, pero a mi me pareció glorioso.

Les dejo con un video donde explican a la perfección las dos obras del concierto de ayer. Y resaltan las citas a Bach de ambos compositores en las dos obras.

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La 6ª de Mahler en el Auditorio Nacional

ONE DAAyer dejé grabando el Barça-Valencia y nos fuimos al Auditorio Nacional a escuchar la 6ª Sinfonía de Gustav Mahler. Al frente de la Orquesta Nacional de España estaba su director titular David Afkham. Siempre que tengo ocasión comento que esta formación es mi banda de tributo española favorita. Tengo entendido que la Orquesta Sinfónica de Tenerife también tiene un nivelazo (por los directores que ha tenido desde mediados de los 80 más la contratación de músicos de primer nivel de Europa del Este).

Esta sexta sinfonia de Mahler, una obra maestra, era la favorita de Alban Berg (la consideraba la mejor sexta de la historia). Es una composición mítica, conocida popularmente por La trágica. El apelativo no es del autor. Se la denomino así por la concatenación de desgracias que sucedieron al año de su estreno (y que el final del cuarto movimiento parece presagiar). Compuesta entre 1903 y 1904 Mahler no editó la partitura hasta 1906, cuando estrenó la sinfonía en un concierto en Essen que el mismo dirigió. Por contra, las circunstancias vitales que rodean a la composición no pudieron ser más favorables: se había casado con Alma en 1902 y su hija Anna nació mientras estaba centrado en su composición.

El director Wilhelm Furtwängler, otro nombre mítico, la consideraba la primera obra nihilista de la historia de la música. Otro mito de la dirección, su amigo Bruno Walter, nunca se atrevió con esta sinfonía. Los músicos de la Orquesta Nacional de España reflejaban en sus rostros la concentración por la complejidad de la partitura y por la alta carga emocional de la misma.

Dividida en cuatro movimientos, el primero arranca con un tema como si fuese una marcha. Este tema será constante a lo largo del movimiento. Como si fuese un estribillo (siempre me quedé con ganas de haber grabado una versión heavy a base de tres o cuatro guitarras eléctricas). Y volverá a aparecer, con variantes, en el tercer y cuarto movimiento. Este último es de una intensidad magistral. De larga duración -ayer fueron 35 minutos- es un torbellino sonoro de emociones. Sencillamente sobrecogedor.

La ovación al finalizar el concierto fue atronadora. La Mundana y un servidor nos desgañitamos con nuestros «¡bravos!»

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