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La Aventura de Leer 2: “Tala” de Gabriela Mistral (por Antonio Gómez)

12 de junio de 2008

Hay libros seminales, que plantan en el cerebro de quien los lee por primera vez una semilla que va creciendo y multiplicándose. También son a veces como cajas fuertes de apertura retardada, que tardan en dejarse robar los secretos que guarda su interior.

 

Debía tener yo, no lo recuerdo con exactitud, alrededor de 12 o 13 años, era mi cumpleaños y una prima de más edad me regaló un libro. “Ahora seguramente no lo entenderás, pero seguro que te gustará dentro de un tiempo”, me dijo, y dejó en mis manos un ejemplar titulado “Tala”, de una poeta de la que no había oído hablar pero que desde aquel día me acompañaría toda mi vida: Gabriela Mistral.

 

Ahora tengo delante aquel volumen, ya con las hojas amarillentas; signo en un libro, curiosamente, no de decrepitud, sino de vitalidad. Es la tercera edición que hizo la editorial Losada de Buenos Aires (de la que tantos buenos libros de poesía o novela llegaron en aquellos años oscuros a España) en 1957, y mi prima lo había comprando, según consta en un sello de tinta azul, en la librería y papelería Hermanos Sanz, que estaba, y ya no está, en la calle Princesa de Madrid y que tenía sucursal en Caracas.

 

AGUA

 

Hay países que yo recuerdo

como recuerdo mis infancias.

Son países de mar o río,

de pastales, de vegas y aguas.

Aldea mía sobre el Ródano,

rendida en río y en cigarras;

Antilla en palmas verdi-negras

que a medio mar está y me llama;

¡roca ligure de Portofino:

Mar italiana, mar italiana!…

 

Tenía razón mi prima. Entonces no entendí la sencilla profundidad de los versos de Gabriel Mistral, su capacidad para llegar a lo más hondo de la tierra y de sus gentes con palabras sencillas que componen imágenes conmovedoras de sorprendente serenidad:

 

LA COPA

 

Yo he llevado una copa

de una isla a otra isla sin despertar el agua.

Si la vertía, una sed traicionaba;

por una gota, el don era caduco;

perdida toda, el dueño lloraría...”

 

O expresa con singular sencillez, sin alharacas, la dualidad que presidía su vida, y en general la del resto de los humanos (Que tanto recuerda la posterior “Gracias a la Vida” de Violeta Parra, quien siempre mostró un gran respeto y admiración por la poeta y a la que dedicó una de sus más sentidas décimas: Hoy día se llora en Chile/ por una causa penosa./ Dios ha llamado a la diosa, A su mansión tan sublime…

 

RIQUEZA

 

Tengo la dicha fiel

Y la dicha perdida:

La una como rosa

La otra como espina.

De lo que me robaron

No fui desposeída:

Tengo la dicha fiel

Y la dicha perdida,

Y estoy rica de púrpura

Y de melancolía.

 

¡Ay!, que amada es la rosa

Y que amante la espina!

Como el doble contorno

de las frutas mellizas, tengo la dicha fiel

y la dicha perdida…

 

De verdadero nombre Lucila Godoy Alcayaga, y de formación autodidacta, acabó haciéndose maestra, profesión que empezó dando clases en escuelas rurales y acabó como asesora de las Naciones Unidas, Gabriela Mistral nació en 1889 y falleció en 1957. Obtuvo el premio Nobel en 1945, la primera vez que se otorgaba a una autora o autor latinoamericano. Su obra abrió las puertas de la poesía chilena a la modernidad poética, e influyó directamente en la generación posterior, la que encabezaban los dos Pablos (de Roka y Neruda), un Vicente (Ruidobro) y un Nicanor (Parra), así como sobre la hermana menor de este último, Violeta, que demostró por ella una constante devoción y le dedicó una de sus más hermosas décimas Entre otras muchas cosas fue cónsul de su país en España.

 

Tala”, publicado originalmente en 1938, como ya he dicho, está dedicado a los niños españoles que sufrían la guerra civil y el exilio. En una nota preliminar de la primera edición, reproducida como epílogo en la que me regaló mi prima, escribió la poeta: “…ahora entrego “Tala” por no tener otra cosa que dar a los niños españoles dispersados a los cuatro vientos. Tomen ellos el pobre libro de mano de su Gabriela, que es una mestiza de vasco, y se lave “Tala” de su miseria esencial por este ademán de servir, de ser únicamente el criado de mi amor hacia la sangre inocente de España, que va y viene por la Península y por Europa entera…”

 

Tenía razón mi prima. El tiempo es sabio y nos hace entender lo que de niños nos resulta incomprensible.

 

AUSENCIA

 

Se va de ti mi cuerpo gota a gota.

Se va mi cara en un óleo sordo;

se van mis manos en azogue suelto;

se van mis pies en dos tiempos de polvo…

 

Salud.

Con Juan Ramón Jiménez y Pablo Neruda

 

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La Aventura de Leer (por Antonio Gómez)

21 de mayo de 2008

Estoy harto de escuchar ese tópico de que “el perro es el mejor amigo del hombre”. Es una idea que no comparto, y no sólo porque la frase común no aclare que especie animal o vegetal es el/la mejor/a amigo/a de la mujer/a, sino porque yo entiendo las amistades de otra manera. Para mí, el mejor amigo del ser humano es el libro. Y no es una afirmación gratuita, sino la conclusión a la que he llegado tras cincuenta años de apasionada y anárquica relación con la letra impresa encuadernada, encolada y puesta a la venta en las librerías.

 

A diferencia del perro, un libro no ladra, aunque diga todo tipo de cosas; ni come, aunque al final salgan por una pasta; ni tiene diarreas, aunque en algunos casos las pueda provocar; ni se queja porque le dejes solo en casa, aunque sea exigente en estar acompañada de los suyos en una cálida biblioteca; ni se muere, aunque se pueda perder por préstamo a amigo irresponsable, robo de amigo tímido o sustracción de amigo jeta. O por olvidarlo en verano en una gasolinera junto al abuelito anciano mientras se llena el depósito para llegar a Benidorm de un tirón.

 

El libro, ese objeto aparentemente inanimado que toma vida en cuanto abres sus páginas, puede ir siempre contigo, en un bolsillo o en el bolso, y siempre está dispuesto, sin quejas ni exigencias, para que entres en sus secretos y los explores a través de sus páginas. En el metro, en la consulta del dentista, andando por la calle o en esos momentos en que, encamado, el sueño te vence y acabas en el limbo acompañado por las últimas frases de la página, en cualquier momento o situación del día y de la noche el libro no te falla, siempre está ahí, accesible y servicial, y no exige para disfrutarlo otra condición que estirar la mano y acercártelo a los ojos. Ningún otro contenedor artístico permite esa inmediatez y accesibilidad. Ninguno es tan íntimo y cercano, tan propio.

 

Personalmente mantengo una relación muy física con la lectura. Será porque ya me acerco al “débito de la vida” del que habla Quintín Cabrera en una de sus canciones, pero necesito el tacto del papel para leer a gusto y disfrutar de la lectura. La pantalla del ordenador, por ejemplo, aparte de que me obliga a sentarme ante ella para leer, me condiciona y me impide centrarme en cualquier cosa que vaya más allá que un breve mensaje o la factura del teléfono. Soy de esos, perdonadme, que incluso los textos del foro que le parecen interesantes los imprime antes de leerlos.

 

Y cuando digo que mi relación con los libros tiene un componente físico importante, me refiero sobre todo a que me da placer el tacto del papel, comprobar su textura, ver su coloración y como se va oscureciendo con los años cuando retomo una vieja lectura; quiero decir que disfruto con la tipografía, el tamaño de letra, el diseño de la página, la forma de las capitulares; que es una gozada para mí pasar la página 174 y no saber lo que voy a encontrar en la 178, sentir como llega el sueño y doblar la esquina del papel y dejar caer el libro en el suelo. Sentir cuando paseo su peso en el bolsillo de la chaqueta. En las páginas de un libro no sólo se lee, también se puede escribir, subrayar, hacer anotaciones, poner en los márgenes tus propias reflexiones sobre lo que dice el autor y así dialogar o discutir con él.

 

Aún así, no soy un fetichista de los libros, no los atesoro como objetos únicos, porque no lo son, siempre hay otro ejemplar del mismo título que puede sustituir al perdido, ni los cuido como si fueran flores desojadas que se rompen si las tocas. No. Disfruto prestando los libros, y si no me los devuelven me compro otro, doblo las páginas para saber donde me he quedado, a veces los exprimo hasta desencolarlos, y me da igual que sean viejos o nuevos, estén manchados de grasa (pobre don Dámaso y su preocupación por los libros grasientos de los pobres) o, si la cosa se pone dura y el libro es de los que se leen con una sola mano, de fluidos más humanos. Todos los libros, los nuevos y los viejos, los rotos y los impecables, los sucios y los limpios tienen una historia dentro que sólo está esperando que la llame el lector para entregarse sin condiciones.

 

Como corresponde a la época pretecnológica en la que nací, mi primer contacto con la literatura fue a través de la oralidad. Mis primeros recuerdos conscientes son las historias que una y otra vez me contaba mi padre sobre su infancia, sus vivencias en la guerra o en la cárcel. O las de mi madre, más parca en relatos. Y también esas otras que contaban mis tías o mis primos mayores al calor de la chimenea en las vacaciones infantiles en mi pueblo de origen materno. Cuentos de miedo y de burla, de muertos y aparecidos, o sobre las aventuras más o menos chuscas de este o aquel vecino.

 

No me recuerdo sin una historia, una ilusión o un mundo en la cabeza transmitidos a través de la palabra, lo que acabaría por llevarme indefectiblemente hasta los libros a través primero de los tebeos. A mi padre, que sentía hacia los libros ese profundo respeto que sienten los autodidactas que leen cuanto escrito cae en sus manos, no le gustaba que leyera tebeos. Para él, lo digno eran las 500 páginas de apretadas letras, no esos dibujitos con globos en los que apenas caben una docena de palabras. Pese a ello, no me impidió leerlos, sino que adoptó la táctica de irme comprando y regalando novelas desde que yo era niño, incitándome a leerlas. Esa tolerancia aún se la agradezco, porque los Mortadelo y Filemón de Ibáñez, Superman y Cisco Kid, TBO, DDT o las Hazañas Bélicas de Boix me despertaron la imaginación y me dejaron dispuesto para nuevas aventuras lectora.

 

Julio Verne y Paul Féval, Mark Twain y Dumas, Salgari y Dickens, Antoniorobles y Mika Waltari me descubrieron mundos que nunca había soñado que pudieran existir. Sus inventados personajes fueron mis compañeros y cómplices en largos y fantásticos viajes de infancia y me acompañaron largo a tiempo, hasta que a cierta edad, cuando cumplí más o menos los 30 y ya me consideré un ser adulto y serio que leía a Althusser y Marcuse, despreciara la colección de viejos libros infantiles y los vendiera al peso para pagar, seguramente, algún recibo de la luz que andaba atrasado. Nunca me arrepentiré lo bastante.

 

Y junto a esos y otros autores, las experiencias inolvidables propiciadas por la lectura de los libros que me iba regalando mi padre: aquel “Quijote” que leí en La Pedriza un verano cuando tenía 14 años; el “Cañas y Barro” de Blasco Ibáñez que estaba leyendo en la puerta de un cine allá por mi adolescencia y una señora me lo recriminó porque era un libro muy atrevido, a lo que yo le contesté lleno de orgullo: “pues me lo  ha regalado mi papá”. O aquellas “Ruinas de Palmira” con las que mi progenitor intentaba inculcarme la importancia de racionalidad frente a la existencia de dioses. O las maravillas del siempre arriesgado Vargas Vila.

 

El libro es el mejor amigo de las personas, permitidme por ello que le pida a Adrián que, sin abusar, me permita de vez en cuando hablar aquí de libros. De aquellos que quizás me marcaron la vida o de los que simplemente me divirtieron en algún momento, de los que me deprimieron y de los que aliviaron las depresiones, de los que me hicieron recordar y de los que me ayudaron a olvidar, de los que me cogieron por las pelotas y me dejaron agotado y de los que pasaron por mi mente como una pluma que produce agradables cosquillas. Son mis amigos, permitidme que os los presente.

 

Salud

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