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Entre Hillary Clinton y Barack Obama (by Joaquín Roy)

20 de enero de 2008

CDI: MIAMI

(Crónicas del Imperio)

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Asumo que sois conocedores de los resultados de ayer. Pero por si acaso, no está de más recordar que en las filas Demócratas, Hillary Rodman Clinton se impuso a Obama, en Nevada. Las primarias del Partido Demócrata en Carolina del Sur son el 26 de enero.  

Por parte Republicana, Romney ganó en Nevada y McCain en Carolina del Sur. De momento son los que mejor colocados están en la carrera para la nominación del Partido Republicano. Con un Giuliani missing, aunque leí en varios sitios que se lo estaba jugando todo a la carta del súper martes. 

Florida, el fin de semana que viene, es la proxima parada para ambos partidos.  

La imagen que encabeza esta entrada, ilustraba un artículo de Donna Bogatin de Zdnet.com de ¡febrero del año pasado! 

El viernes por la noche recibí un email de John, con un excelente articulo de un colega suyo, Joaquín Roy. Me advirtió que me esperase a hoy para publicarlo.

Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. Además es colaborador habitual en varios medios (La Vanguardia, El Siglo, Miami Herald, etc.)

Ayer lo publicó en El Nuevo Herald y ya puedo subirlo. La noticia original la podéis leer pinchando en este vínculo o a continuación. 

JOAQUÍN ROY: 

La imparable carrera establecida entre Hillary Clinton y Barack Obama, para lograr la nominación del Partido Demócrata en pos de la presidencia, refleja una prueba más del aparente rumbo de corrección de la política de Estados Unidos y de sus señas de identidad. Maltrecha su imagen exterior, una parte del electorado norteamericano, suficiente para desbancar a los republicanos, ha decidido optar por la variante del cambio, aunque esta aparente “estrategia” esté sujeta a aclaraciones y matices. 

En contraste con el perfil de sus colegas demócratas (con la diferencia moderada de Bill Richarson, de madre mexicana) y de todos los pretendientes Republicanos, Clinton y Obama presentan como cartas credenciales la importante novedad de su entrada en la Casa Blanca. A riesgo de caer en el lugar común, Hillary sería la primera mujer en los más de dos siglos de historia del país; Barack sería el primer negro. De llegar al poder, en la superficie, ambos podrían ser puestos como ejemplo de dos casos de discriminación positiva (affirmative action), política adoptada desde los años sesenta para elevar a mujeres y miembros de las minorías marginadas a los puestos que la sociedad aparentemente les había vedado. 

Ambos casos, en las circunstancias actuales, pueden también leerse como oportunidades de curarse en conciencia por el balance tradicional de la cúspide del poder del país más poderoso de la tierra. Mucho se ha progresado desde la lucha por los derechos civiles de los tiempos de Martin Luther King y las reclamaciones de las feministas, pero todavía hay parcelas de influencia que aparentemente les están vedadas a negros y mujeres. La captura de la Casa Blanca por una mujer o un negro sería una bendición para acostarse con la conciencia tranquila. 

Ahora bien, a ambos les espera la tarea de desembarazarse del lastre que han cargado a unos pasos de la Casa Blanca. Para Obama, naturalmente, paradójicamente el demérito que muchos le echarán en cara es la otra vertiente de su origen racial. Lo que antes era visto como una desventaja insalvable, en los tiempos confusos de cambio se convierte en lo contrario, salir en una especie de “pole” a una carrera en la que los inicialmente rezagados no pueden competir de la misma manera. Obama va a ser precisamente acusado de haber llegado al lugar que ahora ocupa, “principalmente” por ser negro. Ser senador junior y haberse graduado de abogado son honores compartidos por otros que no han tenido, ni tendrán, oportunidad de capturar la atención universal que él posee. Es, por decirlo mediáticamente, noticia. 

Para Hillary el sambenito que va a sufrir, que no la va abandonar en lo que se prevé sea un ejercicio cruel y en ciertos aspectos sucio, es haber llegado a este nivel, gracias a su “experiencia” de ser la mujer de un ex-presidente, y no precisamente de uno mediocre y olvidable. Además, ella misma ya se destacó por su activismo y en haber sido en cierta manera la víctima de las veleidades de Bill. Es cierto: Hillary no es una novata; su expediente en el Senado ya es sólido. Pero no va a evitar la acusación que ambos honores (carrera senatorial y candidatura presidencial) los debe a su marido. La sospecha de endogamia y ventajismo (presente en la vida política de Estados Unidos) planea en el ambiente. Recuérdese que Cristina Fernández respondió con su conocida contundencia que ella ya tenía una experiencia parlamentaria ante de ser la primera dama al lado de Kirschner. 

Hillary y Obama se quieren beneficiar de ser la alternativa y el cambio, para borrar el impacto de la desgraciada presidencia de Bush, principalmente en la división anímica del país y en su destrozada imagen exterior. Pretenden presentarse como “outsiders”, opuestos al “establishment”. Clinton es la que más va a sufrir en demostrarlo; Obama no puede decir que un senador provenga directamente del barrio. 

Al final, si esta pareja es la que se presenta a la convención demócrata, ya con los votos contados, la batalla pendiente es ver si el núcleo del partido considera que lo más importante es conseguir no únicamente elegir su candidato, sino que logre capturar el favor de los que normalmente votan republicano o se abstienen. En un país que, con la excepción del régimen de George W. Bush, se precia de no tener bandos ideológicos irreconciliables y donde los partidos son meramente coaliciones electorales, si el dúo se ofrece como la elección entre el centroderecha (Hillary) y el centroizquierda (Obama), la ventaja es de la ex primera dama. 

Entonces solamente quedaría elegir al candidato a la vicepresidencia. De ser rechazada como no. 1, Hillary no se contentará con ser comparsa; ése secundario honor puede ser aceptable para Obama. El triunfo estaría garantizado.   

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