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Bill Withers (1938-2020)

Nos ha dejado el gran Bill Withers. En esta actuación en directo de 1972, sin efectos especiales ni fuegos artificiales, faltan algunos de sus éxitos por ser posteriores: el dueto “It’s All Over Now” con Bobby Womack (compuesta por Womack) de 1975, “Lovely Day” (1977) y “Just The Two Of Us” que cantó y co-compuso para Grover Washington Jr. en 1980.

Las canciones que interpreta con su banda son: “Lonely Town, Lonely Street“, “Ain’t No Sunshine“, “Use Me“, “Let Me In Your Life Kissin’“, “My Love“, “Lean On Me” y “Harlem“.

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La pista de baile del club Sugar Hill

EF GIoncarlo Valentino NYT

La pista de baile del club Sugar Hill de Brooklyn se ha convertido en un emblema del barrio de Bedford-Stuyvesant. Desde 1979, año de su inauguración, ha vivido y protagonizado todas las mutaciones musicales y sociales ocurridas desde entonces: desde el disco hasta el techno en un barrio que ha pasado de ser totalmente negro a hipster.

El fundador del club, Eddie Freeman (en la foto de Gioncarlo Valentino del New York Times), lo nombró así por una calle de su Kinston natal. Este pueblo, entonces segregado, de Carolina del Norte alojaba en una acera negocios de propietarios blancos y en la de enfrente la población afroestadounidense regentaba tiendas de alimentación, restaurantes y clubes nocturnos.

Freeman llegó en autobús a Nueva York en 1957. Con 40$ y una caja con pollo frito. Encontró varios trabajos en la zona de Bedford-Stuyvesant y ahí se instaló para vivir. Hasta que, con sus ahorros, compró un local en la Avenida DeKalb y abrió el club Sugar Hill.

Cuento todo esto para no confundir el club Sugar Hill con Sugar Hill Records y The Sugarhill Gang, los del “Rapper’s Delight“. Más o menos coinciden en el tiempo pero no están relacionados. Sugar Hill Records, propiedad de Sylvia Robinson (y su marido Joe), con financiación entre otros del mafioso Morris Levy (de quien pueden obtener bastante info. en mi libro “Rock ‘n’ Roll: el ritmo que cambió el mundo“) también se fundó en 1979. Pero en Englewood, Nueva Jersey. El nombre de la discográfica responde al barrio Sugar Hill de Harlem (Manhattan). Su área se extiende en el oeste desde la calle 145 hasta la 155, en una zona comprendida entre las avenidas Amsterdam y Edgecombe. En la década de los años 20 del siglo pasado, durante el Harlem Renaissance, se convirtió en el lugar de residencia de los afroestadounidenses con dinero.

The Sugarhill Gang cuya primera formación, un trio, fue montada por Sylvia Robinson, también son de Englewood (NJ).

Volviendo al club de Brooklyn, su peso en la comunidad a lo largo de los años es palpable como centro de reuniones sociales y políticas. El reverendo activista Jesse Jackson presentó en el local su Coalición del Arco Iris (entre otras muchas apariciones). Hillary Clinton, tanto en su carrera electoral al Senado o a la presidencia como en las primarias de su partido, también organizó actos en el Sugar Hill.

El club, que evolucionó a ofrecer música en directo y abrió un restaurante esta ahora regentado por los hijos de Freeman (78 años): Akesha y Aaron.

Recortes G Valentino NYT

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Cueva del Jazz (by Julio Valdeón Blanco)

5 de abril de 2009

parker

Cuando me preguntan por un club de jazz en Manhattan lo hacen como si les fuera a administrar un artículo de fe. La Gran Manzana toma su nombre de los buscavidas con trompeta, faraones del piano, que encontraban allí las mejores peonadas. En Midtown, en la calle de los clubs, Billie Holiday se lió a hostias con dos marines que quemaron su abrigo de astracán. Charlie Parker buscaba el diezmo del caballo y ponía en almoneda su saxo. Thelonious Monk ensayaba la revolución en casa, haciendo tiempo hasta que le devolvieran la licencia para tocar. En un motel destartalado Lester Young, libre de toda esperanza, soñaba los solos más tristes, mientras la Pringosa lo comía por los bajos. Fueron días aciagos y mágicos, en los que abundaron los milagros, cuando los poetas beats y la bohemia dorada compartían vértigo y heroína con los genios que pusieron patas arriba los aparadores de América, cambiándole el pulso. Enfrentado a los renovadores, aunque menos belicoso, Louis Armstrong reposaba en Queens su penúltimo atracón de conciertos. Rodeado de niños, comía helado y planeaba su viaje a África.

 

Los turistas, los amantes del jazz, los buscadores de emociones, viajan a Nueva York como si desembarcaran en Lourdes. Tienen que enfrentarse a los traficantes de emociones, a los contrabandistas de un pasado glorioso que está muerto, enterrado en la cripta de los museos, desempolvado con pedagogía y mimo en los documentales de la PBS.

 

A día de hoy no diré que en Manhattan no hay buen jazz porque mentiría, pero exagero si niego que el noventa por ciento de los músicos siguen calzando las botas de siete suelas de John Coltrane; sería deshonesto si pensara que hay otros Miles, otros Gillepsies, y no los grandes virtuosos, divulgadores y eruditos, pero no revolucionarios, que tanto abundan. Claro que disponemos de templos donde cenar solomillo mientras te arrullan las fieras. Iridium, Blue Note, Village Vanguard, Smoke, etc., son nombres ineludibles. Si encuentras mesa a pesar de la nube de japoneses, y llevas la cartera repleta, disfrutarás de una gran noche.

 

Ahora, en el trance de colocarme una daga en la yugular, obligado a elegir un solo club, olvidaría la aristocracia con camareras hipernice, cócteles de doce pavos, programas repletos de luminarias, y diría el St. Nicks, un local cutre, perdido en las fastuosas y pelín chungas calles de St. Nicholas Avenue, en Sugar Hill, Harlem. No se dejen asustar por los cuatro camellos ni por la herrumbre que carcome las fastuosas fachadas. Entren en esa cueva mal iluminada, en la que los lunes, a partir de las once, el incomparable Melvin Jones, al mando de su Harlem Jazz Machine, comanda a cuantos músicos quieran acompañarlo (muchos, recién llegados de sus conciertos en los garitos ya citados). La jam-session se prolonga hasta pasadas las tres. En verano, entre solo y solo, sal al patio y bebe una cerveza jamaicana acunado por nubes de ganja, mientras el mural de James Brown enluce los colores nocturnos y sus dientes aceitados de plata te dan la bendición. Con suerte incluso aparecerá el mismísimo Marsalis, a marcarse unos temas. Los sábados, la noche de música africana te volará los sesos.

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No me gusta ir de listo, presumir de conocimientos de los que carezco, pero háganme caso, pasen de la jauría, abandonen la seguridad del Village, manden a paseo al guía y díganle al taxista que los suba a Harlem, al St. Nicks, la 149 con St. Nicholas Ave. Y flipen.

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