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Yo no voy a Brooklyn

Bridge DUMBO

Si todo ha salido acorde a lo planeado cuando vean esta entrada Los Mundano estaremos en Nueva York. En Manhattan más concretamente. Y no, yo no voy a Brooklyn. Ni siquiera la vista del skyline de Manhattan me llama la atención. Esa pulsión me queda satisfecha en el trayecto del aeropuerto a la isla, según te vas acercando al Midtown Tunnel. Este túnel sude peaje atraviesa el East River y conecta Queens con Manhattan. La vista de todo el East Side es imponente. Más completa que desde Brooklyn. Las del West Side desde Nueva Jersey también están muy bien. Pero, vamos, tampoco voy a New Jersey por la vistas,… ni para nada dicho sea de paso, salvo que sea estrictamente necesario (un concierto, un partido). De todos modos, las mejores vistas son las que hay desde el ferry que hace el trayecto a Staten Island, de ida y vuelta, desde la punta sur de Manhattan.

Paso de modas y tendencias. En los casi cinco años que vivimos ahí experimentamos la consolidación de Soho y el nacimiento de Tribeca y de Noho. Muchos de los bohemios que estuvieron en el inicio de estos barrios fueron víctimas de la gentrificación. (Algunos incluso eran supervivientes de los tiempos del Village o del Lower East Side). Acabaron exiliados en zonas concretas de Brooklyn. Según cuentan, le han dado la vuelta a varios barrios de ahí. ¡Enhorabuena! Pero esa ya no es mi cultura. Soy de los antiguos, de cuando los de Brooklyn llegaban a Manhattan a buscarse la vida (incluso antes de que Brooklyn se integrase en la ciudad de Nueva York).

Me interesa –nos interesa– la renovación de Chelsea. Era un barrio complicado en nuestra época, sobre todo en sus márgenes al oeste, cerca del río Hudson. Ahora desde un megaproyecto urbanístico para las elites (Hudson Yards) hasta el High Line, el parque elevado surgido de la iniciativa ciudadana, pasando por bares, restaurantes, tiendas, etc., Chelsea está experimentando un renacer. Elvis Costello cantaba que no quería ir a Chelsea, el londinense, nosotros vamos al neoyorquino y no queremos ir a Brooklyn.

Manhattan no tiene fin y nuestro tiempo sí. Hay que ir al grano…

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Elliot Roberts (1943-2019)

Trasher's Wheat 1985

Ayer me enteré del fallecimiento de Elliot Roberts, un gigante de la industria musical estadounidense. Sucedió el día 21 de junio. Tenía 76 años, cumplidos el pasado mes de febrero.

Nacido y criado en el Bronx neoyorkino acortó su apellido judío (Rabinowitz) y tras abandonar los estudios universitarios (dejó dos carreras) quiso ser actor. Empezó a trabajar en el departamento de envíos de la William Morris Agency de Nueva York. Ahí conoció a David Geffen, otro gigante. Aunque debería decir que Geffen es el gigante de la industria cultural de Estados Unidos. Esta relación devino en amistad y compartieron negocios y aventuras empresariales (Geffen-Roberts Company y Asylum Records en 1971).

Fueron Geffen y Roberts quienes convencieron a Bob Dylan para que abandonase su discográfica de siempre (Columbia Records/CBS) para unirse a la discográfica Asylum y a su oficina de representación (Geffen-Roberts Co.). Editó dos álbumes con ellos: “Planet Waves” y “Before The Flood“, un doble en directo con The Band. Posteriormente Dylan volvería a su casa de siempre.

En 1973 Geffen, Roberts, Elmer Valentine (dueño del Whisky a Go-Go) y Lou Adler abrieron el club The Roxy en el Sunset Strip de West Hollywood. Neil Young inauguró el local.

Roberts y Geffen dejaron de ser socios por culpa de terceros. Un joven agente, Irving Azoff, que trabajaba en la Geffen-Roberts Co. fue el causante principal del cisma: The Eagles cambiaron de pareja de baile, abandonaron a Geffen-Roberts y se fueron con Azoff, quien montaba su propia oficina. Geffen y Roberts, ambos impulsivos y apasionados, chocaron en su forma de afrontar la situación. Geffen fue frío y cerebral y Roberts diríamos que más hippy. El primero tomó una actitud profesional y siguió trabajando con Azoff (convenció a Warner Bros. para que le financiase un sello, Giant Records) y los Eagles (en Asylum y luego en Geffen Records, donde también tuvo a Don Henley), mientras que Roberts roto el amor fraternal juró odio eterno al traidor y al grupo. Y formó Lookout Management. Las malas lenguas dicen que la movida de Geffen con Azoff fue para quitárselo de en medio de MCA (donde presidía la cia.) y poder vender Geffen Records a los nuevos dueños de MCA.

El primer descubrimiento de Roberts fue la canadiense Joni Mitchell. La vio actuando en un club del Greenwich Village de Nueva York (Cafe Au Go Go) en 1966. Se mudaron juntos a Los Ángeles, a Laurel Canyon (centro artístico y bohemio). Les acompañaba el entonces novio de Mitchell, David Crosby. Al poco se les unió David Geffen. Ya situados en la costa oeste Joni Mitchell le habló de un compatriota suyo, Neil Young, que estaba en un grupo (Buffalo Springfield). Curiosamente fue Young quien provocó que la banda prescindiese de los servicios de Roberts. Cuando ellos se separaron, a los 18 meses de formarse, Neil Young llamó a Elliot Roberts para que fuese su manager. Quería empezar su carrera en solitario. Ha sido representante suyo hasta la fecha de su muerte. Son más de cincuenta años. Y “aguantar” a Neil Young no es fácil… Jimmy McDonough, autor de la biografía de Young, escribía al respecto de la relación Young/Roberts que “Ha habido otros equipos infames en el rock and roll –Dylan y Albert Grossman, Ray Charles y Joe Adams, Bruce Springsteen y Jon Landau– y, por supuesto Elvis y el Coronel Tom Parker. Elliot Roberts definitivamente vive en este salón de la infamia y es el único ser humano capaz de guiar la carrera de Neil Young.”

Con Joni MItchell rompió en 1985. La foto de Trasher’s Wheat en la que vemos a Young, Mitchell y Roberts es de ese 1985.

Roberts también fue manager (con o sin David Geffen) entre otros de Crosby, Stills & Nash, Crosby, Stills, Nash & Young (“el pegamento que nos mantenía unidos” ha declarado Graham Nash), Jackson Browne, America, Devo, Talking Heads, The Cars, Tom Petty, Tracy Chapman (su último descubrimiento de relieve) además de los ya mencionados anteriormente.

Cuando llevé el marketing internacional de Geffen Records en NY tuve el inmenso honor de conocer a Elliot Roberts. (David Geffen tenía un contrato de distribución con Warner Bros. para EEUU y Canadá y otro con CBS para el resto del mundo; Warner eran socios de Geffen Records). Me tocó trabajar con él en tres proyectos: Neil Young (dos álbumes), Joni Mitchell y el debut en solitario de Ric Ocasek, el líder de The Cars.

Con Ocasek no hubo nada que hacer. Aparte de trabajar para que se editase en los principales mercados del mundo. El álbum era flojo. No funcionó en EEUU, ni en ventas ni tuvo el apoyo de la crítica musical. No había ninguna historia que contar. En cambio con Joni Mitchell fue otra cosa. Dada la vertiente pintora de la cantautora, y que la portada del álbum “Wild Things Run Fast” era obra suya, Roberts y Mitchell tuvieron la idea de organizar presentaciones del disco en galerías de arte (en conjunción con sus pinturas). En Estados Unidos solo consiguieron hacerlo en Los Ángeles. Por mi parte coordiné con las compañías de  Inglaterra, Italia, Australia y Japón para hacerlo en Londres, Milán, Sydney y Tokyo. Salí bien parado del asunto aunque ella echó de menos no haber estado en París. Aún recuerdo la mirada de Elliot Roberts a Joni Mitchell: la calló. Y rápidamente paso a agradecer lo que CBS Records International había logrado.

Lo mejor de nuestra relación sucedió en San Francisco, en el rancho de Neil Young (una hora al norte de la ciudad). Young debutaba en Geffen Records con un disco difícil “Trans“. Influenciado por Kraftwerk se alejaba drásticamente de lo que sus seguidores podían esperar. El trasfondo del disco eran los ejercicios vocales que practicaba con su hijo Ben, quien sufría parálisis cerebral infantil. (Pero eso no lo sabíamos entonces). Young había accedido a recibir periodistas musicales y críticos en su rancho, para pasar el día con él, hablar del disco, etc. Las delegaciones australianas y japonesas habían llegado directamente y ya estaban en el rancho cuando llegué desde NY con los ingleses, Antoine de Caunes y su equipo de TV de Francia, la corresponsal italiana de la RAI, un par de medios alemanes y uno holandés. Nos recibió Elliot Roberts en el aeropuerto de LA. El trayecto fue todo un muestrario de Roberts. Todo lo que me habían contado era cierto: despierto, buena persona, bromista, rápido, inteligente, encantador, etc. Recuerdo vívidamente dos temas: la historia de porque Neil Young y él se habían comprado esos terrenos. La idea era que, según estudios geológicos que hablan sufragado, cuando los movimientos de la Falla de San Andrés fuesen perceptibles, sus propiedades se convertirían islas del Pacífico. Cuándo le pregunté cuando ocurriría eso, me contestó entre risas que en unos miles de años. Y se encendió un porro (que ya llevaba liado). El segundo asunto fue cuando nos llevó por unas carreteras rurales, con pequeñas subidas que tomaba a gran velocidad (como si fuesen dunas) y el todo terreno literalmente volaba hasta caer sobre sobre suelo firme de nuevo. El vehículo que nos seguía, con el resto de la expedición, le pitaba (asumo que pidiéndole prudencia).

Al llegar a la casa de Neil Young, nos esperaba con su familia, músicos, amigos y los australianos y japoneses que habían llegado antes. El salón era lo que te esperabas. Rústico, lleno de guitarras, amplis, una enorme chimenea, muebles de madera, telas en las paredes, alfombras cubriendo todo el suelo. Y una peste a marihuana que ya te embriagaba. Improvisamos una pequeña rueda de prensa mientras preparaban la cena. Tras la parte profesional del asunto nos relajamos, comimos, bebimos y Young nos tocó un par de temas con sus amigos músicos. Tuve ocasión de charlar con él. Le felicité por el riesgo que asumía con “Trans“. No es fácil que un artista de renombre de un cambio estilístico tan acusado y se lance al barro de esta manera. Estaba especialmente interesado en la opinión de los alemanes (por lo de Kraftwerk). A Roberts (y a Young) le gustó lo que dije. Y creo que fue ahí cuando me gané la confianza del manager. Respecto a mi comentario sobre asumir riesgos soltó irónicamente que David (Geffen) no compartía mi punto de vista. Años después Geffen demandó a Young por no entregar obras acorde a su estatus, por los que la compañía le pagaba un millón de dólares de adelanto.

Lo último que supe de Roberts fue la semana pasada. Unas declaraciones suyas respecto al incendio que afectó a muchos de las cintas originales propiedad de Universal (y los sellos que ha ido absorbiendo o creando). Decía: “Es un crimen que hayan desaparecido los masters originales de Billie Holiday o Buddy Holly o de todos esos artistas de los 40 0 50. Cuando la industria discográfica empezó a declinar hace unos 15 años, la gente (por los ejecutivos) fue reticente a hacer copias porque costaba dinero. Cuesta de 2.500$ a 3.000$ convertir un original analógico a una copia digital de audio en alta resolución. No quisieron gastarse el dinero… Es trágico.”

 

 

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Un siglo de canciones 84: “Spinning Wheel”

1 de octubre de 2010

Alan Peter Kuperschmidt, más conocido como Al Kooper, ha pasado a la historia entre otras cosas por tocar el órgano Hammond en “Like A Rolling Stone” de Dylan, por haberle acompañado en su transición hacía el Rock, por sus grabaciones con los Who, B.B. King, Jimi Hendrix, Cream, Rolling Stones, etc. Por las bandas que creó como The Blues Project (junto a Steve Katz ) y Blood, Sweat & Tears, los intérpretes originales de nuestra canción de hoy.

La ironía del asunto es que el éxito de “Spinning Wheel” llegó tras su marcha de la banda. La que había formado junto a Katz (su compañero en The Blues Project, el grupo blanco de blues que era un fijo en los clubs de folk del Village neoyorkino), Randy Brecker, Bobby Colomby, el ex Mothers Of Invention y ocasional miembro de Buffalo Springfield Jim Fielder, Richard Halligan, Fred Lipsius y Jerry Weiss. Tras un sorprendente primer álbum “Child Is Father To A Man” donde fusionaban el Jazz y la Clásica con la Psicodelia y el Rock. Pero la salida de Kooper (se fue a grabar el “Super Session” con Mike Bloomfield y Stepehen Stills) cambió la dirección de la banda. Katz y Colomby querían que se concentrase en los teclados y abandonase su posición de cantante de la agrupación. Se negó a dejar el micro.

Blood, Sweat & Tears iniciaron su andadura en el Greenwich Village de Nueva York. Fueron el primer grupo en combinar el Jazz y el Rock. Y la búsqueda de un sustituto para Al Kooper resultó decisiva. Se barajaron los nombres de Stephen Stills y Laura Nyro. Pero una recomendación de Judy Collins, la reina de la escena musical del Village -junto a Joan Baez-, fue clave. Y así fue como David Clayton-Thomas, el canadiense nacido en Inglaterra, entró en la nueva formación que se estaba gestando tras la salida del líder.  

En 1968/69 Blood, Sweat & Tears eran David Clayton-Thomas, Steve Katz, Bobby Colomby, Jim Fielder, Fred Lipsius, Lew Soloff, Chuck Winfield, Jerry Hyman y Dick Halligan. Ellos fueron quienes grabaron el segundo LP “Blood, Sweat & Tears“, que incluía, entre otras composiciones del nuevo cantante, su primer éxito propio: “Spinning Wheel“. Mantuvieron algunos de los arreglos que Al Kooper había dejado escritos antes de su forzada marcha. Pero el arreglo de “Spinning Wheel“, ganó un Grammy al Mejor Arreglo, fue obra del saxo Fred Lipsius y se remataba con una melodía austriaca, de principios del siglo XIX.

Nuestra canción de hoy tuvo más recorrido en los Grammys: fue nominada como Disco Del Año y Canción del Año; y el long play se lo llevó como Álbum Del Año (¡superando al “Abbey Road“!).

Producido por James William Guercio, un viejo conocido de Katz y Kooper y que también produciría a Chicago, “Spinning Wheel” se editó como sencillo en 1969, habiendo reducido casi a la mitad la duración original. Alcanzó el nº 2 de las listas Pop en julio; en agosto encabezó la lista de Easy Listening y también apareció en las de R&B.

Blood, Sweat & Tears” vio la luz a finales de 1968, fue rápidamente nº 1 y se extrajeron tres singles: todos llegaron al 2. “Spinning Wheel” era la única composición de un miembro de la banda (Clayton-Thomas). Los otros dos eran: una versión de “You’ve Made Me So Very Happy“, un tema de Brenda Holloway y Berry Gordy (el fundador de Tamla y Motown) y “And When I Die.” de Laura Nyro.

No se pierdan la imagen de David Clayton-Thomas en el video. La canción es tan buena que es fácil sobreponerse al look.

Entradas anteriores en:

Un siglo de canciones (todos los posts)

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