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Cuando salí del Paraíso y 3 (por Javier García-Pelayo)

28 de noviembre de 2008

Si usted lo vio, no es privado

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Cuando el leopardo venía yo lo encaraba de frente, y mi guardia (que fue creciendo), por los lados y detrás. Él, que al principio venía a mi, al verse rodeado y apaleado trataba de atender a los flancos y en algún descuido yo le daba un tremendo golpe diciendo NO, y normalmente lo matábamos aunque algunas veces salía huyendo y se iba, pero eso también se celebraba, muerto o huido el leopardo, bailábamos y saltábamos y yo gritaba NO, NO, NO, y los demás decían “gloria al que dijo NO“, y mi guardia decía: nosotros decimos NO porque nos ha enseñado él, “gloria al que dijo NO“.
 
Con la piel de los leopardos me hice vestimentas con las que me cubría mis partes y la cabeza, me gustaba mucho porque se me distinguía de los demás y porque cuando empujaba a las hembras mis partes cubiertas crecían sin ser vistas, hasta que las sacaba para penetrarlas y eso así hecho era causa de sorpresa y me distinguía más aún. Tiempo después permití a mi guardia que se cubrieran sus partes y así podrían jugar a sorprendes a las hembras ellos también, pero la cabeza no, la cabeza solo me la cubría yo, porque si quiero partírsela no quiero que la tengan protegida y porque aprendí que para ser el jefe y comer y oler primero hay que blandir rama y decir muchas veces NO, NO, NO, NO.
 
El día que aprendí a decir NO perdí la inocencia, la perdimos todos, siempre había sabido lo que nos gustaba, lo que queríamos, habíamos sentido ganas de vivir, de estar con hembras, de comer, es decir, sabíamos y practicábamos lo que era el amor, pero que yo sepa, fui el primero en sentirlo como tal, en sentirme enamorado, en definitiva, creo que fui el primero en saber lo que es el amor pero también fui el primero en conocer su otra cara, la del miedo a perder aquello que se ama. El miedo a perder ese sentimiento fue el que me llevó al odio y a la violencia con voluntad de matar, es decir, de pronto tuve la memoria del gusto, entendí que quería conservarlo y tuve la voluntad de hacerlo, y a partir de ahí, manejando la memoria, el entendimiento y la voluntad, me erigí en jefe al cual se le tiene miedo y él tiene miedo a dejar de serlo.
 
Eso cambió nuestro grupo, perdimos la espontaneidad, ahora ya planeábamos lo que íbamos a hacer y cómo, y entre mi guardia y yo, a base de decir NO y blandir armas, conseguimos que los demás hicieran lo que nosotros queríamos.

 

Eso hizo a nuestro grupo poderoso, porque aunque matamos a algunos, los demás vivían seguros, y marcábamos nuestro territorio de comida y agua y no dejábamos a los demás grupos hacerlo allí donde era nuestro, también atacamos pronto a los otros grupos y sometiéndolos les imponíamos nuestras órdenes y trabajaban y buscaban comida para nosotros. Al ser más y tener más hembras fuimos cada vez más y ya éramos el grupo animal más fuerte de nuestra zona y decidimos bajar de los árboles e instalarnos en un promontorio desde donde se veía bien nuestro territorio con su río de agua que también era nuestra.
 
Un día de tormenta cayó un rayo y un árbol caído ardió, pero no corrimos, yo no, les dije que aquello que pasaba en el árbol teníamos que guardarlo para nosotros porque quitaba el frío y nos daría luz por la noche, y que como los demás animales no habían aprendido a decir NO pues cuando veían ese color y calor del rayo con el árbol, corrían. Si nosotros tuviésemos eso en nuestra cueva del promontorio estaríamos calentitos, protegidos de los otros y con luz, así que con mucho miedo conseguimos llevarnos ramas encendidas y juntándolas conseguimos fuego permanente en nuestra cueva y aquello cambió otra vez nuestras  vidas, ya no teníamos frío, la noche no era oscura, y además, a los que no obedecían, después de tranquearlos los echábamos al fuego y se desaparecían y aquello era nuevo y causaba mucho respeto.
 
Todo vino junto, por primera vez maté voluntariamente a un enemigo y seguí matando a todo el que se oponía, cambiamos de vivir en los árboles a irnos a cuevas en promontorios, y la vida se hizo más sensible al continuo miedo. Perdimos la inocencia y consideramos la muerte individual como algo con lo que se amenaza y se domina, y el miedo sustituyó a la inconsciencia, la planificación para satisfacer pequeños intereses personales sustituyó al movimiento husmeante del grupo en busca de recursos, la jerarquización desató los recelos y las envidias, y en fin, la vida, a fuerza de ser más segura y confortable para algunos, se hizo más esclavizada y servil para otros, pero así fué y no de otro modo.
 
Quién sabe, si yo hubiera aprendido a decir NO de otra manera, quizás hubiese sido todo distinto, pero lo hice bajo la presión del miedo a perder el amor recién encontrado, si me hubiese dado tiempo a desarrollar ese primer amor, quizás también habría aprendido a decir que NO, pero seguramente lo hubiera hecho bajo la presión del amor puro y no se habría desarrollado el germen corrupto y negativo que tiene el NO. Quizás si hubiese sido dicho para elegir entre dos placeres hubiese sido para desarrollar más amor y el grupo se habría desarrollado sin bajar a tierra, sin ocultarse en cuervas y quizás la inocente y bulliciosa vida arbórea hubiese sido, aunque no menos violenta, si menos mal intencionada.
 
De todas formas, en la búsqueda de alimentos, en la vigilancia, muchas veces por seguridad y siempre por diversión, cuando podíamos, volvíamos a los árboles.

 

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Cuando salí del Paraíso 2 (por Javier García-Pelayo)

21 de noviembre de 2008

Si usted lo vio, no es privado

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Menos mal que había más hembras que machos, y que todos los días todos los machos encontraban a más de una que olía definitivamente bien. En realidad eso era lo que más hacíamos, husmear buscando comida, husmear siguiendo rastros propios o evitando ajenos, y husmear hembras. Husmeábamos hasta los rastros de otras hembras de otras especies que aunque olían diferentes a las nuestras, también nos gustaba; cuando ya fui siendo grandote husmeaba de los primeros y gruñía y empujaba más que otros, así también comía más y estaba con más hembras a las que les dejaba olor a mi. Algún macho joven que estando con una con la que yo ya había estado, había olido en ella mi olor, luego se confundía y venía a  mí oliéndome, pero con un gruñido y un buen empujón, se iba escarmentado.

 

Cuando ellas olían a dejarse, además se movían de otra manera y se ponían más receptivas, después de tres o cuatro restregones, se tumbaban y ofrecían sus cuartos traseros redondos con esa flor sonrosada en medio, ¡cómo olían entonces! ¡qué atracción ejercían así!, una vez husmeé a una y me gustó mucho, me miró de una forma que ninguna lo había hecho, era hembra nueva, era la primera vez que olía a dejarse y yo llegué el primero y seguí y seguí sin cansarme, la olí, la abracé, la lamí, me olió, me lamió y llegué dentro, muy dentro, y el sol con las estrellas calientes se fundieron en mi cabeza y pasaron por dentro de mi espalda y a través de mi llegó todo el calor a ella que también gritó, y yo grité y dimos vueltas y empezamos otra vez y un río caliente salió de mi y llegó a ella y gritamos y saltamos y rodamos, y cuando íbamos a empezar otra vez un griterío nos indicó que llegaba el leopardo y todos corrieron y subieron pero nosotros dudamos, yo subí a un árbol pero ella dudó y en ese momento el leopardo le cayó encima dando un gruñido de satisfacción, ella gritó de terror y yo de rabia, una rabia que era la primera vez que la sentía. Pataleé en el árbol, grité, me golpeé el pecho pero el leopardo seguía mordiendo y ella todavía gritaba, entonces arranqué de rabia la gruesa rama a  la que estaba agarrado y caí al suelo dando un grito nuevo, un grito que decía: NO. NO.

 

Un grito que le decía al leopardo que NO, que aquella hembra era mía y que no era suya, que no la matase, que no le iba a dejar. El leopardo estaba acostumbrado a que cuando él llegaba, cazaba y comía, los demás corríamos y siguió mordiendo y rompiendo a mi hembra y yo le dije que NO y para imponer mi voluntad entendí que tenía que atacar, algo que era la primera vez que entendía, era la primera vez que pensaba que podía atacar en vez de correr, sentí esa necesidad y comprendí que aprovechando su descuido, como él aprovechaba el nuestro, yo podía decir que NO, y demostrárselo, y con la rama le golpeé y le golpeé otra vez y se revolvió pero el golpe entonces fue en la cabeza que se abrió en dos como las frutas al caer de los árboles y el leopardo murió, y yo había dicho que NO. Los demás en vez de seguir comiendo o jugando vinieron a ver el leopardo muerto y lo vieron allí tendido con la cabeza rota y a mi con la rama ensangrentada en la mano que seguía golpeando y diciendo NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, y con cada NO otro golpe, entonces los demás empezaron a comprender lo que significa NO y empezaron a decir: ese ha dicho NO, es él, el que ha dicho NO, y me cogieron un gran respeto y se postraron ante mi y yo blandía la rama y los miraba con rabia y les decía NO.

 

Y mientras decía eso comprendí ,que si todos decían No podían cambiar muchas cosas, y que desde luego yo era el primero que había dicho NO y eso me valdría para mucho, porque después, cuando veía una fruta para comer y otro la quería coger, yo blandía la rama (que ya nunca solté) y decía NO, NO, y con eso era suficiente porque el otro entendía que yo había dicho que NO y como yo era “el que dijo NO” me respetaba e incluso se volvía y ofrecía su grupa que yo nunca usaba pero que me gustaba que lo hiciesen, porque eso era respeto para mi, y además ya las hembras también lo hacían siempre, oliesen como oliesen, aunque no oliesen a dejarse, conmigo que era “el que dijo NO” ellas decían si, aunque alguna vieja y poderosa gruñía más que otras jóvenes y nuevas.

 

Y efectivamente todo cambió, ahora era yo el que indicaba lo que quería que se hiciese, todos cogían comida y yo comía el primero todo lo que me gustase, y si alguno decía algo yo decía NO y él temblaba y me ofrecía su grupa, y cuando había hembra nueva, la empujaba sin oler a otro, ya nunca olía a otro en las hembras y si lo olía seguía su rastro y cuando lo encontraba le decía NO y él temblaba y yo lo empujaba y le daba golpes; alguno hubo que al querer defenderse le di con la rama y murió… Continuará…

 

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Cuando salí del Paraíso 1 (por Javier García-Pelayo)

14 de noviembre de 2008

Si usted lo vio, no es privado

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Apuntes autobiográficos:

 

Yo, cuando más he triunfado ha sido de gorila y ahora mismo. La vez más aburrida fue de ameba, que era un continuo dividirse y partirse. Me mataron en las últimas escaramuzas de la guerra de los 100 años  y cuando me metí a pirata me ahorcaron en el primer abordaje. He muerto en demasiadas batallas, algunos patíbulos y en varios duelos al alba y a florete. He amado a las mujeres y alguna creo que me correspondió, he gozado de placeres y me han dado tormentos y que me acuerde sólo una vez, hace ahora algo más de mil años, morí de viejo. Fue a orillas del Betis que, entonces, empezaban a llamarle Guadalquivir.

 

Y aquí va lo que me pasó…de gorila:

 

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Cuando salí del Paraíso

 

En el principio era la nada, o por lo menos, yo no me acuerdo. De lo primero que me acuerdo es de los recuerdos, de lo que luego en otras vidas supe que se llama memoria. Me podía acordar de lo que había visto y así fui sabiendo lo que había pasado antes, e incluso llegaba a presentir lo que podía pasar después, a base de memoria llegué a ser voluntarioso. Trataba de hacer, de las cosas que ya había hecho, aquellas que más satisfacción me producían. Cuando necesitaba comer, intentaba a base de voluntad conseguir aquellos alimentos que más recordaba, aquellos que más vivamente se me iluminaban en la cabeza.

 

También recuerdo que siempre sentía ganas de hacer algo, tenía curiosidad, me interesaban las cosas y los animales y en general todo aquello que se puede hacer cuando se está vivo, buscaba la comida entre aquellas frutas, raíces bajas, hojas y hierbas que tenían colores más bonitos y llamativos; las cogía, las husmeaba, lamía y probaba sintiendo sus olores y sabores. A veces algún compañero de grupo trataba de coger lo que yo husmeaba pero bastaba un gruñido y a veces un empujón para que aquello que yo había visto fuese mío. Todos los del grupo éramos parecidos y nos conocíamos por nuestros olores y maneras, los había grandes y pesados que subían solo a las ramas más gordas y resistentes, otros pequeños y rápidos, subían hasta arriba a ramas frágiles que se doblaban.

 

Hacíamos mucho ruido, siempre estábamos emitiendo sonidos con los que nos identificábamos y también servía para saber dónde estábamos, así, el grupo esparcido por una zona era como una bola que se agrandaba o reducía, sabiendo siempre todo el grupo hasta donde llegaba; a veces, algunos como yo, curiosos y con buena memoria, teníamos la voluntad de husmear más lejos y el grupo se expandía con el husmeador tirando de él. Con su grito nos indicaba que el camino era bueno y que había comida sin peligro, porque peligro había mucho; a veces, cuando llegaba el leopardo, todos gritábamos y corríamos y casi siempre cogía a alguno ya viejo o a cualquiera que se descuidara, luego nos reuníamos de nuevo y seguíamos nuestra actividad normal. Cuando algunos se embarullaban empujándose y gruñéndose por algo que querían, los de las ramas más altas les arrojaban frutas o palos o cosas y en realidad era como una fiesta. Ahora que para fiestas, las hembras ¡cómo nos gustaban! Las veíamos andar y eran diferentes, se movían de otra forma, y olían, ¡cómo olían!, yo husmeaba a todas, las que tenía cerca y las que veía de lejos en cuanto estaban a mi alcance, metía mi nariz y me restregaba contra ellas, y solían gruñirme pero yo seguía empujando y me montaba en ellas intentando llegarles dentro, casi siempre se enfadaban, gruñían y me mordían. Cuando veía que se enfadaban demasiado me iba a oler a otra, y de pronto ese olor…

 

Algunas, en realidad todas alguna vez, olían diferente, y aún mejor, era un olor que me trastornaba, me excitaban y cuando olían así gruñían de otra manera, en vez de enfadarse se dejaban oler y me olían a mi también y eso era buena señal ¡buenísima señal! porque significaba que me dejaban oler, empujar, restregar, e incluso llegar hasta dentro y eso era lo que más me gustaba, ¡cómo me gustaba!

 

Claro que las bullas más grandes se formaban por eso, porque cuando olían así todos se daban cuenta y querían empujar y si ya estaba yo pues tenía que gruñirles a los demás. Al principio de que me gustasen esos olores siempre llegaba el último y los otros que allí estaban se gruñían entre ellos y a mí, pero cuando la hembra olía bien se dejaba oler por todos, el único problema era el turno de cada uno porque todos queríamos ya. Normalmente, antes de hacerme grande, tenía que esperar a que todos los demás se cansaran y luego me tocaba a mi, claro que había algunos que seguían y seguían y los demás teníamos que esperar a algún descanso para saltar por encima de la olorosa hembra, que para entonces ya olía a hembra pero también a macho. A mi me gustaba más cuando sólo olía a hembra, pero en realidad me daba casi igual porque lo que quería era llegarle hasta dentro, y entonces ¡ah!, entonces era demasiado.

 

Me daba tanto gusto que gritaba, arañaba, golpeaba, y de pronto ¡plaaas!, era como si el mundo con su cielo de estrellas brillantes pasara a través mío para llegar hasta dentro de ella ¡cómo me gustaba!, era mejor que comer o dormir, incluso mejor que cagar y mear que era algo que también me gustaba porque me servía para saber que había estado allí antes o alguien de mi grupo. Pero lo de las hembras era mejor, siempre olíamos a todas para ver cual olía a dejarse, y aunque me gruñeran o mordieran, también me gustaba porque cualquier olor a hembra, cualquier restregón con ellas me gustaba.

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