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Salvando el Día del Padre

Parker MonkHe salvado el Día del Padre adelantándome. No podía arriesgarme. La oferta de Amazon por el de Charlie Parker (11,99 €) era irresistible. Y ya puestos, pillé el de Theloniius Monk (21,93 €). Hace un rato comprobé que el de Parker está ya casi al doble de precio y el de Monk ha bajado aproximadamente dos euros. En cualquier caso me parecen unos precios muy competitivos. En 20 CDs encuentras 37 álbumes originales de dos genios del jazz.

Esta colección Milestones Of A Legend incluye otros grandes nombres (Art Tatum, Ella Fitzgerald, Dexter Gordon, Charles Mingus, Dizzy Gillespie, Miles Davis, etc.) y abarca más géneros además del jazz (blues, clásica, country, etc.).

El de Parker todavía no lo he desprecintado, Estoy maravillado con el de Monk, especialmente el disco dedicado a las composiciones de Duke Ellington.

P.D.: asumo que mi Ayusofobia me crea enormes prevenciones ante las consignas del inminente «Salvar el puente de San José» o el siguiente de «Salvar la Semana Santa». Ya se intentó salvar la Navidad y no parece que haya salido demasiado bien…

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A Charlie Parker le gustaba el country

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Me interesé por un articulo del Washington Post sobre la extensa obra de Duke Ellington y en el primer párrafo me asaltaban con una novedad, al menos para mi: a Charlie Parker le gustaba el country. El country en esa década de los 40 aún no se llamaba así. Se conocía por el despectivo nombre de hillbilly. Este dato, desconocido para mi hasta ahora, parece suficientemente documentado y conocido por los expertos del jazz.

Parker, genio e impulsor del revolucionario bebop, estaba fascinado por las letras que cantaban las leyendas contemporáneas del hillbilly. En las pausas entre actuación y actuación, en los clubes de la neoyorkina Calle 52, se acercaba a los bares de la zona que tuviesen rocola. Siempre iba provisto de monedas para escuchar sus canciones favoritas. Lo mismo sucedía en los diners a los que iba a comer o cenar. Elegía los que tuviesen gramolas. Los músicos que le acompañaban estaban tan acostumbrados como extrañados. Un día, uno le preguntó el por qué de esa pasión. Parker contestó «escucha las historias».

Este clásico de Hank WilliamsYour Cheatin’ Heart” estaba entre sus canciones favoritas.

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El documental sobre Ella Fitzgerald

En Sundance TV, uno de los canales de la plataforma de Movistar, pueden encontrar «Just One Of Those Things«, el excelente documental sobre la vida y obra de la gran Ella Fitzgerald. Está disponible hasta el 19 de junio de este año. ¡No se lo pierdan! También les servirá para entender muchas de las cosas que aún suceden en Estados Unidos y como los supremacistas blancos quieren dar marcha atrás en el tiempo.

Ella Fitzgerald (1917-1996) las pasó canutas, incluso una vez llegada a la cumbre (su casa en Beverly Hills la tuvo que poner a nombre de su mánager, Norman Granz -fundador del sello Verve– porque no se la querían vender por ser negra). Lo mismo le sucedió para actuar en las elegantes salas nocturnas de Los Ángeles. Fue Marilyn Monroe quien solucionó el problema: o la contrataban o ella y sus amigos de Hollywood dejaban de ir. Ella Fitzgerald fue la primera artista afroamericana en actuar en el club más importante de la ciudad. Y ahí estuvo Marilyn, con sus amigos, en primera fila, todas las noches. Jaleando como la fan más incondicional de Ella, que lo era.

Ella Fitzgerald sufrió la doble marginación por el color de su piel y por ser mujer. Su físico y sus problemas de sudoración tampoco ayudaban. Se impuso por la fuerza y genio de sus facultades vocales. Y por la acertada selección de repertorio, sobre todo desde que Granz se hizo cargo de su carrera. Fue él quien la puso a cantar el cancionero americano de George Gershwin, Cole Porter, Jerome Kern, etc. Por una parte rescató y actualizó esas canciones, hoy clásicas, y por otra parte su carrera se internacionalizó por el talento de su voz y de esas composiciones.

Ella Fitzgerald que empezó cantando en una big band, la de Chick Webb -su primer mentor-, pasó por varios estilos, siempre apreciada por el público, la crítica y sus iguales, los artistas y músicos más importantes.

Como podrán suponer los lectores más fieles de El Mundano, y dada mi actual fase llorona, solté bastantes lágrimas en diferentes partes del documental.

Despido con su versión de «Satin Doll«, un clásico compuesto por Duke Ellington y Billy Strayhorn al que posteriormente Johnny Mercer puso letra. Mercer además de letrista del Tin Pan Alley (la fábrica de standards de Broadway) fue uno de los tres fundadores de Capitol Records y su primer presidente.

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Un siglo de canciones 41: “In A Sentimental Mood” (por Júcaro)

26 de octubre de 2009

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«Watlz for Debby« de Bill Evans, «Come Back To Me» interpretada por Shirley Horn, «Down Here Below» cantada por Abbey Lincoln, cualquier tema de Miles Davis o «A Love Supreme» de John Coltrane, fueron algunos de los títulos que barajé de inmediato al aceptar la invitación para colaborar en esta sección de Un siglo de canciones. Finalmente, me decidí por «In a Sentimental Mood«, de Duke Ellington, en la versión de éste con John Coltrane, por tratarse de una pieza que nunca me deja indiferente y por ser uno de esos temas que puede satisfacer tanto a los expertos más exigentes como a quienes se acercan al jazz por primera vez.

Leí por algún sitio que Ellington lo compuso de manera imprevista, sin aplicar un proceso creativo rebuscado o complejo. En el transcurso de una fiesta, mientras tocaba el piano, se organizó una trifulca entre varios de los asistentes. Entonces, para calmar la tensión, Duke continuó tocando y buscó sonidos suaves y amables. Si logró apaciguar el ánimo de los contendientes, hoy carece de importancia porque lo que nos ha llegado de aquella improvisación es un tema extraordinario, mil veces versionado por los músicos más reconocidos. El listado de artistas que lo han incluido en su repertorio es tan numeroso que os remito a los buscadores de internet para comprobar cómo «In a Sentimental Mood» unió a muchos de los grandes del jazz y de otras músicas, en sus particulares interpretaciones. Aunque las de Ella Fitzgerald o Bill Evans resulten especialmente conmovedoras, me quedo con la que realizan Duke Ellington al piano y John Coltrane al saxo.

En esta versión, extraída del disco «Duke Ellington & John Coltrane«, tiene buena parte de culpa Bob Thiele, un personaje peculiar que pasó de pinchadiscos a productor de vinilos tan recordados como «What A wonderful World« de Louis Armstrong o «A Love Supreme« de John Coltrane y que, entre otras iniciativas, dirigió la compañía discográfica Impulse. En 1962, año en que se grabaron discos del calibre de «The Brigde« de Sonny Rollins o «Time Out« de Dave Brubeck, Bob Thiele propició el encuentro y la grabación de este disco. Probablemente, las intenciones del productor no fueran otras que la de conseguir un éxito comercial pero nos dejó esta versión, que es la versión, de «In a Sentimental Mood«.

La unión de Duke Ellington, un tipo que tocaba el piano maravillosamente y que tenía tal dominio de la orquesta que algunos han afirmado que la orquesta era su instrumento, y de John Coltrane, un músico todo elevación, elegancia, entusiasmo, tenía que dejarnos necesariamente alguna muestra del mejor jazz. Hacía unos treinta años que Ellington la había compuesto (1935) y eran unos treinta años los que separaban las biografías de Duke, con sus 65 años de orquestas y jazz, de los 37 de un John Coltrane que para entonces, ya había participado en la grabación de algunas de las piezas más codiciadas de la historia del jazz. Treinta años que no son nada cuando ambos genios se ponen a la tarea y la música fluye manera tan atemporal como sutil y emocionante.

Desde la primera nota del tema, Ellington marca un tono intimista que, en la reiteración, logra un ambiente que invita a la reflexión y el recogimiento. Luego, el poderoso y delicado saxo de Coltrane aporta lirismo, delicadeza y profundidad. Junto a ellos, la batería del Elvin Jones cumpliendo el papel de eficaz acompañamiento, sin grandes alardes ni floritura, y el más apagado y casi intrascendente bajo de Aaron Bell. Pasado el primer arrebato lírico, hay un momento de una gran belleza musical cuando Coltrane se toma un respiro. Entonces, Duke nos ofrece un piano excepcional para recordar que su magia desborda todas las categorías, penetra en todos los terrenos e irrumpe amablemente en los acordes y para demostrarnos que si su instrumento era la orquesta, también lo fue el piano.

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Un siglo de canciones (todos los posts)

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25 años de la muerte de Joan Miró: mirada de un espectador emocionado (por Antonio Gómez)

24 de diciembre de 2008

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A primeras horas del día de Navidad de 1983 murió en Palma de Mallorca, con 90 años de edad, Joan Miró. Se cumplen 25 años de aquella fecha y no viene mal que El Mundano se una al coro de homenajes al artista, del que este año habrá exposiciones significativas en Palma de Mallorca, Barcelona y el MOMA de Nueva York.

 

En El País de hoy mismo escribía Frederic Amat que aún persiste en la obra de Joan Miró “algo esencial, surgido de una profunda intuición pictórica y un latente impulso poético, que se manifiesta a través de su distintivo no tan solo formal sino, sobre todo, como una conciliación de contrarios, una tensión indefinible por la que se nos desvela una imagen cósmico con mirada primigenia. El caos se trasforma en una nueva posibilidad y en otro equilibrio, Miró nos entrega el secreto de la realidad de las apariencias”.

 

No sé si todo eso es así. Debe serlo, pues lo escribe un experto, pero para mí, que no lo soy, y que todo a lo que aspiro, como mucho, es a ser un simple espectador emocionado, la obra de Miró me traspasa.

 

En sus redondas figuras monocromas, en sus estrellas irregulares, en sus monstruos amorfos de un solo ojo, monstruoso y amorfo a su vez, en el que caben todos los ojos, presiento pálpitos de mi propia vida. Ante sus cuadros y esculturas resurgen los sueños de la infancia y se hacen presentes las esperanzas, los temores y las alegrías de toda una vida. De repente, exaltado por un rojo, anonadado por un negro o ilusionado por un inmenso amarillo que se rompe en un reguero de estrellas azules, puedo percibir junto mí a el niño que fui y al hombre que seguramente no acabaré por ser. Por adivinarme en sus pinturas le admiro.

 

Y además, qué leche, Joan Miró siempre me pareció, por lo leído y conocido sobre él, un tío cojonudo: coherente, solidario y fiel, irrevocablemente libre. Eso a lo que aspiraba aquel otro ser humano de similar categoría: alguien “en el buen sentido de la palabra bueno”.

Con Duke Ellington

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