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Cierre de temporada con el Réquiem de Brahms

Programa

La Orquesta y Coro Nacionales de España cerró su temporada en el Auditorio Nacional por todo lo alto: la obra elegida fue «Un réquiem alemán» de Johannes Brahms.

Se notaba que instrumentistas y cantantes llegaban a la matinal del domingo plenamente rodados tras los conciertos del viernes y sábado. La majestuosidad de la obra, su intensidad y complejidad, estaban bajo control.

Era la primera vez que nos enfrentábamos a este Réquiem, tan atípico según los entendidos, y no pudimos salir más satisfechos. Tuve un par de momentos cercanos al Stendhalazo. Especialmente en el dialogo entre dos partes del coro del sexto movimiento.

Para quienes estén interesados en tan magna obra les recomiendo ver el video de Sofia Martínez Villar que, como siempre, lo explica de maravilla.

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¿Reconciliación con Mozart?

14112021

Estoy en fase de reconciliación con Mozart. No hace demasiado tiempo le comenté a Antonio Perea que tenía problemas con ciertas cosas del maestro de Salzburgo. Concretamente esas obras palaciegas, para la aristocracia de su época, o la ligereza y frivolidad de algunas de sus piezas. La obra seleccionada en el Ciclo Sinfónico del Auditorio Nacional de esta semana no parecía la más adecuada para la reconciliación. Porque reunía todo lo que no me gusta. Excesiva en duración (como una primera parte aburrida de un partido de fútbol con tres minutos de descuento), y con siete movimientos, en vez de los cuatro habituales. De los siete dos eran minuetos (una de las danzas preferidas de Luis XIV y su corte). La «Gran partita» además era solo para instrumentos de viento (de madera y metal). 13 en total, con especial protagonismo para los clarinetes. No me convence la sonoridad aislada de la sección de viento de una orquesta.

Parece que mi reconciliación con Mozart va a ser un largo y tortuoso camino (como el título de la canción de los Beatles).

La «Noche transfigurada» de Schoenberg fue todo lo contrario. Intensidad y profundidad de una belleza sublime. Y el contraste con la de Mozart fue total. Que imagino es lo que pretendía quien programó. De una composición para instrumentos de viento pasamos a otra en la que se empleó toda la sección de cuerda de la orquesta. «Noche transfigurada«, compuesta originalmente para sexteto de cuerda en 1899, fue revisada por su autor en 1917 para orquesta de cuerdas. En 1943 volvió a revisar la obra, en este caso el arreglo de 1917.

Schoenberg, padre de la música atonal y el dodecafonismo, fue el líder de la Segunda Escuela de Viena. Esta denominación provocó que hubiese que establecer una Primera Escuela, a posteriori. El invento colocó a Haydn. Mozart y Beethoven como integrantes de la misma. El relato periodístico añadió a otras figuras, como Brahms. La mayor diferencia entre ambas es que la Segunda existió de verdad y funcionó como tal. No fue el caso de la Primera, a pesar de la admiración mutua que se profesaban Haydn y Mozart, y la obvia influencia de este sobre las primeras obras del genio de Bonn. Schoenberg, además de seguidores, tuvo discípulos. Siendo Alban Berg y Anton Webern los más destacado.

La mañana que se presentó con dificultades al estar Madrid cortada al tráfico (por ¡dos! carreras), se tornó decepcionante con la obra de Mozart y me elevó con la de Schoenberg. Agradecer a la directora Shiyeon Song y a los integrantes de la orquesta de cuerda de la Orquesta Nacional de España su magnífico quehacer.

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Aperitivo musical antes del aperitivo

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Se ha convertido en una costumbre acudir al Auditorio Nacional los domingos por la mañana, el único día de la semana que madrugo. Se podría decir que estos conciertos son el aperitivo musical antes del aperitivo en La Quinta (un vinito y unos estupendos calamares fritos).

Nos gusta llegar con tiempo, antes del inicio del concierto. A mi particularmente me gusta ver los preparativos: los músicos entrando y ocupando sus asientos, las primeras afinaciones, etc. La foto es de ayer.

El programa del Ciclo Sinfónico de esta pasada semana era irresistible. Schumann y Dvorak con dos de sus mejores obras. La interpretación superó mis expectativas, porque el primer movimiento del «Concierto para piano» de Schumann me emocionó. En los primeros compases se me humedecieron los ojos. El pianista, Kristian Bezuidenhout, estuvo espléndido y nos regaló un bis. El «Nocturno» de Clara Schumann.

Del ideólogo del romanticismo se pasaba a un autor que se tomaba libertades en sus composiciones, rompiendo (o avanzando sobre) los esquemas establecidos por Schumann. Creo que hoy en día hay críticos que lo catalogan como postromanticismo. Este mismo Dvorak también bebía de Brahms, a quien Schumann impulsó desde el principio.

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Nueva matinal en el Auditorio Nacional

Programa

Hoy nueva matinal en el Auditorio Nacional. El único día que madrugo es el domingo que voy al Auditorio. Y esta mañana con el cambio horario he perdido una hora de sueño. Bien ha merecido la pena por la obra de Chaikovski (en mis tiempos se escribía con te mayúscula e i griega al final).

No puedo decir lo mismo del estreno de la pieza del valenciano Josep Planells. Composición encargada por nuestra Orquesta Nacional y la Sinfónica de la WDR de Colonia (Alemania). 17 minutos que se me hicieron muy largos. Cuando atisbábamos un principio de melodía esta quedaba automáticamente abortada. Supongo que los modernos denominarán a estas rupturas «deconstrucción». No entendía los 20 minutos de descanso. Tras la interpretación de «Con sprezzatura» lo comprendí: público, directora y orquesta necesitábamos tiempo paar reconstruirnos.

La directora alemana Anja Bihlmaier no usó batuta para la primera obra y sí para la segunda. Su expresión también cambió. El gesto serio dio paso a una sonrisa de oreja a oreja en la «Sinfonía núm. 5«. Al menos de una oreja, porque desde nuestras localidades solo la veíamos de perfil.

Leí que esta sinfonía de Chaikovski bebe de Beethoven y de la «Sinfonía Fantástica» de Berlioz. En el programa de mano dicen que mi admirado Brahms puso pegas al final (el cuarto movimiento). Fue antes de su estreno, que dirigió el propio autor. Creo entender la postura del genio alemán, mas mi poca sabiduría en la materia me refrena de expresar mi opinión.

Los dos primeros movimientos son maravillosos, especialmente el segundo. Obras maestras que justifican toda la mañana. El tercero, más ligero, un vals, es delicioso. El contrapunto perfecto a la intensidad melódica de los dos anteriores.

Una de las cosas que me atraen de estas matinales es la música para el coche. Hoy tocó el «Monk’s Dream» de Thelonius Monk en la ida (la que sería la cara B porque la A la tenía oida del viernes) y para la vuelta una recopilación de Willie Nelson.

AN

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Matinal en el Auditorio, aperitivo, saludos y felicitaciones

AN

Excelente mañana de domingo: concierto matinal en al Auditorio Nacional, aperitivo en La Quinta de Suero de Quiñones 24, saludos a Javier Carne Cruda Gallego y felicitaciones a diferentes músicos de la Orquesta Nacional de España.

A las once de la mañana salíamos de casa rumbo al Auditorio. En el coche sonaba «Elvis In Memphis«. El programa prometía: Brahms y Mendelssohn. Y presentaba una novedad. Se trataba de un concierto con explicaciones previas (y sin descanso). Las presentaciones a las obras corrieron a cargo de Sofía Martínez Villar. Excelentes, salvo en una desafortunada mención despectiva al reguetón. No venía a cuento y fue reveladora de una aproximación elitista a la cultura. En su día hubiera dicho lo mismo de copla. boleros o rock. Por lo demás son de agradecer estas introducciones, que además fueron ilustradas musicalmente por la Orquesta Nacional de España interpretando los fragmentos a los que hacía referencia Martínez Villar. Este aspecto lo destacamos en la conversación con los padres de Javier Gallego. quienes también habían asistido al concierto. Me acerqué a su mesa a saludar. Nos habíamos conocido en el Clamores, cuando Alberto Manzano y Bolo García organizaron un homenaje a Leonard Cohen.

Sentados en la terraza de La Quinta, justo en la esquina de la calle Suero de Quiñones con García Luna, estaba en una situación privilegiada para ver la salida de los músicos. Algunos de los cuales también encaminaron sus pasos hacia El Foque. A mi me permitió mostrarles mi entusiasmo por la magnifica sesión que nos habían ofrecido.

Mi primer bravo anónimo fue de acera a acera para la concertino invitada, la coreana Barennie Moon. Se sobresaltó y dio un bote. La Mundana me recriminó. Repuesta del susto noté un leve rubor en sus mejillas (igual era maquillaje). Y muy contenta agradeció con varias reverencias. Su actuación fue espléndida, sobre todo en la sinfonía de Mendelssohn. Bailaba interpretando con su violín. Estaba entregada. Enfrente, al otro lado del director, una compañera la daba réplica.

Tomàs Grau. el director, tampoco escapó a mis felicitaciones. Me vino de frente. No pude contener mi entusiasmo. Sus dos acompañantes, un hombre y una mujer, sonrieron. Él se mostró sinceramente agradecido.

Al irnos vimos a cuatro componentes de la orquesta en el tramo de la terraza en Suero de Quiñones. Más felicitaciones. Ellas encantadas, ellos azorados.

De vuelta al coche nos esperaba Elvis

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Brahms y Schumann en el Auditorio Nacional

Programa mano

Cuando La Mundana me comentó la programación del nuevo ciclo de conciertos de la Orquesta Nacional de España, en el Auditorio Nacional, el de este pasado fin de semana llamó poderosamente mi atención. Johannes Brahms y Robert Schumann eran los protagonistas  Las obras seleccionadas eran muy relevantes: Concierto para violín y orquesta de Brahms y Sinfonía núm. 4 de Schumann. Con un añadido muy importante: ambas obras eran el resumen perfecto del excelente libro de Hugh Macdonald sobre el año 1853, la biografía musical de ese año. En su día ya les recomendé este ensayo, editado por Acantilado.

1853

Brahms conoció a Schumann cuando contaba con apenas 20 años. Por mediación del virtuoso violinista Joseph Joachim, el Yehudi Menuhin de su época. Precisamente el Concierto para violín y orquesta fue compuesto para Joachim. Dado que el compositor dominaba el piano pero no el violín, consultó varios aspectos con Joachim. Se dice que no tuvo en cuenta muchas de las sugerencias recibidas.

Robert y Clara Schumann quedaron fascinados con el joven genio. Y lo apadrinaron. Un artículo de Robert en una revista musical, que había fundado y dirigido y en la que ahora tan solo colaboraba de forma puntual, elevó a Brahms a los altares. Schumann señalaba al joven Brahms como el gran talento de su época y le auguraba un futuro prodigioso. Acertó. Y en su día sirvió para lanzar la carrera de Brahms. Robert Schumann fallecería en 1856 y Brahms mantuvo la amistad con Clara, consumada pianista y decisiva en la carrera de su marido. Amistad que no se rompió a pesar de las discrepancias sobre esta Sinfonía núm. 4. De la que existen dos versiones (Robert Schumann revisó la primera). Clara se decantaba por la segunda y Brahms por la primera, que rescató años después.

Nunca había estado en un concierto detrás de la orquesta. Una especie de pseudo gallinero. La música no te llega de frente. La excelente acústica del Auditorio ayuda a solventar esta pega. La ventaja es ver el rostro del director. Juanjo Mena, el director titular de la Orquesta Nacional, es muy expresivo y sus gestos y muecas ayudan a seguir a la música. En cambio, no pudimos ver de cara al magnífico James Ehnes, que entusiasmó en su interpretación de la obra de Brahms. La reacción del público provocó que nos obsequiase con dos bises, sin la orquesta.

AN

En el mencionado libro de Macdonald aprendí, entre otras cosas, que en esos días se debatía si el director de orquesta debía dar la espalda a los espectadores o a los músicos. Tampoco era frecuente el uso de la batuta, popularizada por Mendelssohn. Se usaba el arco de un violín o simplemente los brazos.

¡Excelente matinal la de ayer!

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