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La exposición de Pink Floyd

Ummagumma

Ayer estuve disfrutando de la exposición de Pink Floyd. Grupo fundamental en la historia del rock. La muestra es una maravilla. Y deja muy claro el impacto cultural que supuso el grupo y sus innovaciones, las que marcaron su larga y fructífera carrera. Así como el entorno en las que se desarrollaron. Desde el punto de vista creativo es muy interesante observar como fructificó su trabajo.

Otro aspecto a destacar es la evolución musical que sufrieron estos estudiantes de Arquitectura de Cambridge desde el blues (el nombre de la banda es la combinación del de dos bluesmen, Pink Anderson y Floyd Council). El camino musical recorrido es apasionante. Y entre sus primeras influencias encontramos el “Sketches Of Spain” de Miles Davis. Otra referencia a España, además de la portada de “More“, es en el cartel del club londinense UFO (propiedad entre otros de Joe Boyd, su primer productor) donde figuran junto a la proyección de “El perro andaluz” de Buñuel y Dalí (aunque el nombre del director de cine no figure mientras que el del pintor sí).

Cartel

Si están en Madrid les doy otra pista: no hay mejor forma de pasar un par de horas, huyendo de estos calores, que recorriendo esta exposición. El aire acondicionado, ese gran símbolo de la supremacía tecnológica del capitalismo, funciona de perlas. La alternativa de El Corte Inglés y su sección de sofás y sillones, para después visitar la de colchones y camas, es indudablemente la opción económica. Pero está muy alejada del mundo de la música y no tiene el mismo empaque cultural ni generacional que lo de Pink Floyd.

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Lenore y el lado oscuro del reguetón

VP VL

Hoy Víctor Lenore publica en su columna Altavoz de Voz Pópuli un muy interesante artículo: “El lado oscuro del negocio del reguetón“. Documenta excesos, amistades peligrosas, falta de formación, etc. Y tiene a bien citar mi entrevista a John Echevarría, el ejecutivo español que desde Miami introdujo el reguetón en Estados Unidos. Se publicó en El Confidencial, gracias precisamente a la gestión de Lenore (quien entonces escribía ahí). Agradezco mucho la mención y la inclusión de parte de la entrevista en su texto.

Don Víctor establece un paralelismo entre este género latino y el rap. Ambos son músicas urbanas, pero VL se refiere al componente delictivo de los artistas y al de las amistades peligrosas. Lo que se conoció en su día como gangsta rap. En este sentido me gustaría incidir que las grandes expresiones de la música popular (o al menos las que dominaron el siglo XX desde el continente americano) tienen un trasfondo de bajos fondos y delincuencia (¿a ver quiénes eran los propietarios de los tugurios donde estás músicas nacieron y crecieron). Desde el tango hasta el blues, pasando por el jazz o el rock ‘n’ roll (en mi libro “Rock ‘n’ Roll: el ritmo que cambió el mundo” detallo el aspecto mafioso).

Recomiendo la lectura del artículo de Lenore y una vez más le doy las gracias por citar la entrevista a John.

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No hay funerales como los de Nueva Orleans

Dust to digital

El recientemente fallecido Alfredo Pérez Rubalcaba afirmaba que en España se enterraba muy bien. Pero no hay funerales como los de Nueva Orleans. Como contaba en “Rock ‘n’ Roll: el ritmo que cambió el mundo” estamos hablando de la ciudad más importante de la música popular desde finales del siglo XIX (la zona cero para tres géneros tan importantes como el blues del delta del Misisipí, el jazz y el rock ‘n’ roll) y también me refería a que “las marchas de los funerales por la calle eran las más preciadas por los músicos porque bebían y coman gratis al terminar.”. Esta tradición de las marchas se ha mantenido a lo largo del tiempo. Tanto es así que nuestro legendario divulgador de jazz Juan Claudio Cifuentes Cifu deseaba tener una celebración parecida cuando le enterrasen (sus deseos fueron cumplidos en Elciego, el pueblo de la Rioja Alavesa que le acogió hace ya tiempo). Estas marching bands tienen detrás de si lo que llaman la second line. Son lo seguidores, donde bailan, cantan y tocan. Son parte indispensable de la marcha.

Es fácil imaginar la que se monta en Nueva Orleans cuando el finado es un músico local. Y más aún si es de la importancia de Dr. John como es el caso. De Malcom John Rebennack Jr. (NO, 1940-2019), su verdadero nombre, decía David Simon, el creador de series de TV como “The Wire” o “Treme“, que “a Dr. John le cabía toda la música de Nueva Orleans en la cabeza”. Dudo que Simon conociese la frase de Felipe González sobre Fraga

El video que despide esta entrada es de la segunda linea de la marcha en honor a Dr. John, a su paso por el barrio de Treme.

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Louis Armstrong y Billie Holiday

Son fragmentos de la película New Orleans (1947) dirigida por Arthur Lubin. Atención a como Louis Armstrong, nacido en Nueva Orleans, rapea -con rima– la introducción de los músicos en el primer video. Entre ellos el gran Kid Ory.

Lubin, quien descubrió a Clint Eastwood, recogió el proyecto iniciado por Orson Wells, gran aficionado al jazz de Nueva Orleans. De hecho la banda se formó por un encargo suyo para su programa de radio en CBS. Lubin retomó y completó el film.

Wells le encargó a Marili Morden copropietaria de Jazz Man Records, la tienda y sello discográfico de Los Ángeles y que sería la primera esposa de Nesuhi Ertegun, que montase un supergrupo de jazz de Nueva Orleans. La banda se llamaba KId Ory’s Creole Band.

Para lo de la guitarra española del grupo de jazz habrá que esperar a mi libro “Bikinis, Fútbol, Rock & Roll (y otras películas)“.

De Billie Holiday, descubierta y patrocinada por John Hammond, solo decir: escuchen, vean, disfruten.

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Adiós a B. B. King

BB King

Se nos ha ido B. B. King a los 89 años de edad. Su carrera representa la historia del Blues y su evolución. En su trayectoria encontramos todos los símbolos del camino de la música popular afroamericana de EEUU.

Nacido en una cabaña de una plantación algodonera, cercana a la localidad de Itta Bena, en el delta del Misisipí. Empezó cantando en un coro Baptista de gospel con 12 años. Bukka White, primo de su madre, le regaló su primera guitarra. Consigue trabajo en otra plantación, de tractorista, y cambia de iglesia. También de rol: ya no forma parte del coro para pasar a ser guitarrista. En 1946 sigue al primo de su madre a Memphis (Tennessee) como segundo guitarra. Tras diez meses regresa a casa para prepararse de cara al gran salto como solista.

Sus apariciones en un programa local de radio en West Memphis (Arkansas) conducido por Sonny Boy Williamson, otro grande del Blues, le empiezan a dar a conocer. Se afianza en un club de la localidad, perteneciente al área metropolitana de Memphis a pesar de estar en otro Estado y en la otra orilla del Misisipí. Otra emisora local le contrata como disc-jockey y cantante. Ahí conoce y escucha a T-Bone Walker y Blues Boy decide que tiene que hacerse con una guitarra eléctrica a toda costa.

En 1949 comienza a grabar. Primero para una compañía de Nashville (Tennessee), Bullett, y luego para RPM Records de Los Angeles. La mayoría de estas grabaciones son con Sam Phillips en su estudio de Memphis (y anteriores a la formación de Sun Records). Las cosas le iban bien, muy bien. En 1956 dio 342 conciertos y grabó tres discos. El resto es historia y está en todos los medios.

Les dejo con una actuación del Día de Acción de Gracias de 1972 en la cárcel de Sing Sing (Nueva York) a donde había acudido con Joan Baez (se la ve partida de la risa el minuto final). Long live the King!

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Why I Sing The Blues con B.B. King, Albert King, Eric Clapton, Stevie Ray Vaughan, Dr. John, Etta James, Phil Collins, Chaka Khan, Gladys Knight, Paul Butterfield,…

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¿El Blues ha muerto? Viva el Blues (por Julio Valdeón Blanco)

28 de agosto de 2009

genre-blues

Como en el caso del jazz o el rock, el blues es otra de esas músicas a las que periódicamente damos el finiquito. Si en el caso del rock and roll fue el espectáculo el que devoró su tuétano, liquidando cualquier pretensión de peligro, en otros campos el virus, intuyo, late en la falta de cantera, de jóvenes oficiantes dispuestos a tomar las armas. Tómese el jazz, por ejemplo el espléndido documental que la PBS le dedicó hace unos años: por más que Marsalis sonría hacen falta toneladas de dioptrías auditivas para creer que todavía cumple un papel motriz. Hoy por hoy agoniza como pasto de gafapastas, intelectuales blancos y estudiantes de arte. Reproducen vía partitura la lava quemante de sus abuelos con finura y sentido, pero les falta sal, lágrimas, mierda, fuego, que arrojar en la herida.

¿Y el blues? ¿Bastaría si digo que vivo en Harlem y que el 99% de sus jóvenes hace siglos que renegaron de un etiqueta que relacionan con la miseria? Nada diferente, por cierto, a lo que ocurría en los sesenta, cuando Jagger y cia. redescubrieron la música del diablo a sus genuinos artífices. Hay que abandonar el barrio, la desolación de unas calles alimentadas por el pico y la rabia, lucir oro, mucho oro, en bandolera, y en los vídeos espléndidos culos esféricos o al menos elípticos de muchachas siliconadas, mejor todavía con ritmos memos, cochazos de narcotraficante y letrillas de parvulario adecentando el cóctel.

El blues, nacido del látigo pero también de la fiesta, resulta menos arcaico y doliente de lo que muchos escribas creyeron pero también más agresivo, duro, oscuro, sucio y pantanoso que las melodías celebratorias del american way of life y las zapatillas de marca: si lo cantas, más que abandonar la morralla, vuelves a ella. Por tu voz hablarán los fantasmas de cientos de intérpretes apaleados y desnutridos, ciegos de whisky, con guitarra de palo o diapasón eléctrico del Chicago más chungo, lejos, muy lejos de la pose de triunfador y empresario que proyectan estilos tan asumidos por el gusto mayoritario como el rap (del que otro día hablaremos para despiezar, zas-zas-zas, su pútrida y aburridísima decadencia, transformado en acrílico producto apto para rebozar anuncios comerciales).

Así las cosas uno camina melancólico cuando entra en templos como el Terra Blues, donde la mejor música, realmente, ameniza los intermedios de la banda del bar, esos discos de Muddy Waters capaces de sajarte la sangre como una nube de mosquitos a dieta de plasma durante mes y medio.

Pero cuidado.

Todavía palpitan joyas, grupos nuevos, solistas con bagaje y cultura.

¿Más cerca de la antropología que del algodonal?

Pues claro: muuucho mejor para ellos y su bolsillo.

Otro gustoso caramelo pasa por asomar tu hocico al festival de blues que cada verano se celebra en los muelles de la ciudad, y al cual no pude asistir el pasado domingo por compromisos previamente adquiridos con el huracán que lamió Fire Island. Frente a esos gigantes con guitarra de repetición olvidas recelos, bostezos, cabezadas, la retórica del cansino agorero y la pose del avispado cronista, convencido de que blues, carajo, haberlo, haylo.

¿Encontrarlo?

Pura maña.

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