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El pacto Hitler-Stalin: la primera pinza de la historia

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En 15 días se cumplen 80 años del pacto Hitler-Stalin. La primera pinza de la historia. Dicen que los extremos se tocan. En la historia reciente este es un ejemplo clarísimo. Precedente de lo que por aquí denominamos en su día la pinza, referido a lo de Anguita y Aznar. Parecería que los comunistas tienen tendencia a pactar con extremistas de la derecha o directamente con el fascismo (o pasarse a militar en el PP y hay varios ejemplos al respecto tanto desde el PC como del PT). Lo de Pablo Iglesias podría perfectamente entrar en este concepto de “pinza”. El neocomunista Iglesias con las dos investiduras fallidas de Pedro Sánchez, de las que fue directamente responsable, facilitó en la primera el afianzamiento de Rajoy y en esta segunda… de momento seguimos con los presupuestos prorrogados del PP de Rajoy y Montoro. Y ya veremos por dónde sale el sol. De entrada, no tener nuevos presupuestos no parece una medida muy progresista. Aunque a Podemos le haya servido para despedir gente con esa reforma laboral del PP, que afirman detestar. La de los 20 días por año trabajado. Por ahí fuera también tenemos ejemplos recientes como en Francia: Melenchon no apoyando a Macron frente a Le Pen. (En EEUU los simpatizantes de Bernie Sanders le dieron la espalda a Hillary Clinton frente a Donald Trump).

El 23 de agosto de 1939 los ministros de exteriores nazi y soviético, Ribbentrop y Mólotov, firmaron en Moscú el Tratado de No Agresión entre Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Nueve días después comenzaba la II Guerra Mundial. En 1941 los nazis iniciaron la (fracasada) invasión de la URSS.

El Tratado contenía cláusulas de no agresión mutua (que saltaron por los aires dos años después). Pero había algo más: un Protocolo adicional secreto por el que ambos países se repartían Europa del Este. Como primera consecuencia de este pacto oculto el III Reich alemán invadió Polonia y la URSS hizo lo propio con las repúblicas bálticas de Estonia y Letonia (posteriormente también Lituania) y Finlandia, a las que pronto se añadió el Reino de Rumania a la par que los nazis ganaban la batalla de Francia y se lanzaban a por el Reino de Yugoslavia y Grecia.

Este Protocolo secreto marca el primer hito de la propaganda soviética. Lo negaron hasta la saciedad. El objetivo era ocultar que el Protocolo estaba en el origen de la II Guerra Mundial. Hasta que en ¡1989! un historiador de la RDA (la Alemania comunista) no solo reconocía su existencia, es que además justificaba su firma. Hay que decir que los documentos oficiales fueron encontrados por los británicos al finalizar la guerra. La URSS negó la oficialidad de los papeles aduciendo que eran una falsificación. Se cree el ladrón que todos son de su condición. Pero en ese 1989, 50 aniversario del pacto Hitler-Stalin, la URSS tras una investigación, auspiciada por el gobierno de Gorbachov, reconoció finalmente la existencia del acuerdo secreto. La Nochebuena de ese año 1989, el Congreso Soviético condenó la firma del Protocolo adicional secreto del Tratado, así como la de otros documentos secretos firmados entre la URSS y la Alemania nazi.

En esos 50 años transcurridos, entre la firma del Tratado y el reconocimiento del Protocolo, la propaganda comunista fue afinando sus redes hasta alcanzar cotas inimaginables. Al principio los partidos comunistas, bajo la directa influencia de la URRS, justificaron el pacto. Siguieron a rajatabla las órdenes estalinistas de cesar la propaganda contra el fascismo para atacar a las democracias occidentales, enemigas de la Alemania nazi. (Lo de arremeter contra las democracias es una constante comunista; recuerden eso del Régimen del 78 aquí en España). Un ejemplo, los militantes del Partido Comunista Francés rehusaron prestar el servicio militar cuando Francia entró en guerra contra el Reich (septiembre de 1939). Acusaban al gobierno francés de lanzar una “guerra imperialista” (¿les suena, verdad?), saboteando loa esfuerzos bélicos de su país. Hubo conductas parecidas en el partido comunista británico y en los de otros países. Los intelectuales también pusieron mucho de su parte en la desinformación. Y a los que se apartaron del influjo comunista los machacaron, mientras la maquinaria encumbraba a los fieles.

Todo se repite…

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Votantes de Bernie Sanders ayudaron a Trump

Votantes Sanders presidenciales

Se van confirmando algunas impresiones que tenía sobre las/los votantes de Bernie Sanders, o más bien sus simpatizantes, y como su voto o abstención decidieron las presidenciales de 2016 en favor de Trump.

Se sabía que el voto afroestadounidense era proClinton (entre el electorado del Partido Demócrata). Adoran a los Clinton, especialmente a él. Y que Sanders no gozaba de sus simpatías.

Lo que desconocíamos eran los números de las antiHillary entre las votantes blancas y que engrosaron las filas de la campaña de Sanders en las primarias. Algo de eso intuí en un viaje a Atenas. Pero no se pueden extrapolar las experiencias personales (micromundo) a una realidad estadística (macromundo). Me refiero a conversaciones con una mujer adulta (fotógrafa de San Francisco, viajando sola) en el barco que nos llevaba a Hydra y otras con media docena de universitarias en el aeropuerto de Atenas (con destino a Madrid). Ninguna era de Hillary Clinton. Se consideraban progresistas (proSanders) y sus opciones pasaban entre no votar, hacerlo por la candidata del Partido Verde (Jill Stein) o por el aspirante del Partido Republicano. Cualquier cosa menos la Clinton. Hace unos días la revista New York Magazine en el artículo de Jonathan ChaitThe Myth of Bernie Sanders’s White Working-Class Support” cuantificaba este rechazo, basado en un estudio de Nate Silver, entre seguidoras/es de Sanders: un 25%:

[…] Nate Silver, diving into the numbers, finds that about a quarter of Sanders voters were what he calls “Never Hillary” voters. They leaned conservative, and many of them voted for Donald Trump in the general election. […]

Never Hillary

El estudio y las estadísticas analizadas concluyen con datos sorprendentes. Entre ellos el ya mencionado: una gran parte de a quienes definen en el análisis como #NeverHillary, y que apoyaron a Sanders en las primarias, son conservadores (me atrevería incluso a decir que también son topos en el P. Demócrata). A este factor “conservador” se le da gran importancia:

[…] How big a factor was the Never Hillary vote for Sanders?  Pretty big. They made the difference in eight of the states he won, finds Silver. Without that protest vote, the entire narrative of Sanders as the rising voice of the party’s authentic base would never have taken hold. And that basic misreading of the data created the foundation for a flourishing socialist dream that the American white working class is poised to turn against neoliberalism if only presented with a pure and sharp enough critique. […]

Esta tendencia conservadora es la que se tragó todos los bulos sobre Hillary Clinton (generados por la campaña de Trump: desde lo de los emails hasta que ella dirigía una red de pederastria desde una pizzería de Washington (bulo iniciado por el hijo de un militar que fue miembro del primer gobierno de Trump y que tuvo que dimitir por sus vínculos con Putin; esta mentira provoco la intervención del FBI: lógicamente no había nada en el local pero el daño ya estaba hecho, incidiendo en la imagen de malvada de la candidata).

Para terminar, recordar una obviedad que aquí con frecuencia olvidamos: Sanders no es miembro del Partido Demócrata. Se presenta por sus filas como candidato independiente.

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El libro de Bernie Sanders: Un outsider hacia la Casa Blanca

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El libro de Bernie Sanders: Un outsider hacia la Casa Blanca (Foca/Akal) ya está disponible. Es su autobiografía política, que comenzó como activista del Movimiento por los Derechos Civiles siendo estudiante de la Universidad de Chicago.

Natural de Brooklyn (NY) se asentó en Vermont. Fue alcalde electo de Burlington (1980-1988), la mayor ciudad del estado. Perdió las elecciones a gobernador y saltó a la política nacional. Ganó las plazas de congresista (durante 16 años) y senador (desde 2007) por el estado de Vermont. Votó en contra de la invasión de Irak.

Hoy lucha por la nominación del Partido Demócrata a la presidencia de EEUU. Su carrera contra Hillary Clinton ha recobrado impulso tras las últimas victorias en primarias y caucus. Se ha llevado las siete últimas. Pero han sido en estados que aportan pocos delegados y no ha podido conseguir una victoria aplastante para reducir de forma considerable la diferencia que le saca Clinton (1.305 vs. 1.086). Por ejemplo, en Wyoming este pasado fin de semana el triunfo de Bernie Sanders se tradujo en siete delegados para cada uno de los contendientes dado el estrecho margen de la victoria. En superdelegados (miembros destacados del partido) ella cuenta con 486 contra los 38 de Sanders.

Hay que obtener 2.838 delegados para ser nominado y el confía en llegar a la convención Demócrata con suficiente fuerza para poder alterar el sentido del voto de muchos de los superdelegados..

Las primarias de Nueva York de la próxima semana (19 de abril) pueden ser decisivas: hay un montón de delegados en juego (291).

Sigo opinando que la coalición Clinton/Sanders es el mejor ticket electoral del Partido Demócrata. El aportaría el voto joven (y el de primeros votantes) que tanto necesita ella para movilizar al electorado cara a las elecciones presidenciales.

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