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El reino del eufemismo o cuando las palabras mienten (por Antonio Gómez)

29 de diciembre de 2008

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El Roto. El País

Estamos en crisis, y mis patronos con ella. Ellos han arruinado la empresa con su mala gestión, pero es algo que no tiene demasiada importancia, porque como es bien sabido, la primera, y a veces única, receta que saben utilizar los señores de la mina para sanear sus economías, anden estas enfermizas o saludables, es siempre poner curritos de patitas en la calle. Y lo peor es que estoy de acuerdo, que acepto esta perversa lógica del despido inmediato. A estas alturas, y después de tantas batallas perdidas, ya soy lobo sin dientes y hace tiempo que transmuté la conciencia de clase en envidia de clase. Me da vergüenza confesarlo, pero ya no pretendo colgar a los ricos sino tan sólo que me permitan acceder a sus cotos de caza con escopeta y no de ojeador, como hasta ahora. No es que el despido (“jubilación anticipada” le llaman para no incomodar) me vaya a forrar de millones, pero al menos me permitirá dedicarme a rascarme la barriga, que es la riqueza de los pobres. Así pues, nada tengo contra irme al paro. Lo que no puedo admitir, miren por dónde, es que encima me insulten. 

Y ya nos vamos acercando al tema

En la negociación de los despidos, la empresa comunicó un plan que en su segundo punto incluía realizar un “listado de posiciones afectadas”, y hasta ahí podíamos llegar. Estoy dispuesto a ser despedido y a engrosar la fila de los parados, los jubilados forzosos o incluso los viejos verdes, pero dejar de ser el hijo de mi madre (y mi padre, que algo puso) para acabar la vida convertido en una “posición afectada” es algo que supera mi capacidad de aguante y me invita al suicidio digno antes de caer en esa categoría de subhumanos recién inventada en algún master estadounidense.

 

Ya me jode ser “consumidor”, que es el pozo lingüístico en el que hemos caído los “ciudadanos”. Más aún haber formado parte en los últimos años de la reata sin nombre de los “recursos humanos”, que es como en esos masters enseñan a sus diáconos a llamar a los “trabajadores”. Pero cambiar la noble condición de “jubilado”, “parado”, despedido” o “cesante”, que invitan a la plácida contemplación de jóvenes paseantes y culos reventones desde la cálida tapia de cualquier obra, por la de “posición afectada”, que retrotrae al santuario de Santa María de la Cabeza o incluso a Numancia, es una indignidad personal que trasciende el caso concreto para convertirse en demostración patente de cómo la perversión del lenguaje reduce las personas a cosas y trasforma la realidad hasta traicionarla.

 

Y aquí entra en juego el eufemismo

 

No soy un fundamentalista de llamar al pan, pan, y al vino, vino. Entre otras cosas porque el pan puede ser candeal o de leña, barra, hogaza, rosco, baguette o pistola, y del vino ¿qué decir?: que del tetrabrik al tapón de corcho hay una gama de matices inabarcable. En cambio me gustan las cosas claras y el chocolate espeso. Me viene desde niño, ¡qué puedo hacer yo! Las palabras definen conceptos con los que elaboramos pensamientos, y si se pervierte su significado se nos impide llegar a conclusiones válidas y se nos condiciona la vida. En definitiva, se nos manipula y limita.

        

Desde luego no es novedad el enmascaramiento del lenguaje, se ha hecho siempre por razones morales o políticas, hasta llegar en los últimos años a esa peligrosa plaga de lo políticamente correcto, el eufemismo de todos los eufemismos, la madre de todas las batallas, la escoba que esconde la basura debajo de la alfombra, pero no la incinera. Se practica en todos los terrenos, pero en el laboral es casi una tradición.

 

Hubo otros tiempos en los que los “obreros” desaparecieron de España convertidos en “productores”. Con la aparente pretensión de ennoblecer el trabajo cambiando la denominación de origen de quienes lo realizaban, lo que se intentaba era en realidad borrar el pasado reivindicativo de la clase obrera, que les aterrorizaba. Era cuando el 1º de mayo no era el día de los “trabajadores”, ni siquiera de los “productores” sino la fiesta “del trabajo”, así, en genérico, para con esa falsificación semántica (e histórica) incluir en el mismo lote no solo a los curritos, en cuyo honor y luchas se había constituido la festividad, sino también a los patronos, copartícipes, mientras se enriquecían, de esa utopía eufemística de la hermandad de clases que se concretaba en aquel sindicalismo apellidado vertical.

 

Y aquí volvemos al principio

 

Desde entonces, ¡qué vuelco han dado las cosas! Con la ascensión a los cielos del Caudillo por la gracia de díos, a las nubes volaron los “productores” y volvieron al diccionario los “obreros”. Todos nos pusimos a bailar sevillanas. (“Cada calle con sus nombres / ni roques, ni reyes / ni santos, ni frailes”, había cantado Meneses en la hermosa copla de Paco Moreno Galván). Pero todo cambia: con la postmodernidad los socialistas cambiaron la pana por la arruga, los obreros pasaron a ser empleados, los jefes de personal se transformaron en Directores de Recursos Humanos y los ciudadanos en consumidores. Pero está es, camaradas, la última frontera de la lucha final… Ser “posición afectada” me supera y os pido que os unáis a mí en una oración por mi humanidad perdida.

 

En cualquier caso, y fuera de bromas, no son las palabras las que mienten, sino quienes las utilizan de manera torticera, quienes aumentan con ellas nuestra ignorancia y no nuestro conocimiento. No hay que fiarse de los que escriben (escribimos), porque las palabras son balas en la guerra de las ideas, y hay que calibrarlas bien para saber de qué lado estamos. Hubo un tiempo, me gustaría decir que ya histórico, en los discursos políticos y los editoriales periodísticos había que leerlos entre líneas para intuir lo que realmente querían decir. Ahora tenemos que mirar con lupa cada palabra para saber lo que se esconde bajo ella. Cada cara tiene una cruz, cada concepto un eufemismo. No permitamos sin patalear que nos reduzcan a “posición afectada”, que ya lo escribió don José Bergamín:

 

“Jugando con las palabras

Se juega con la verdad

Y la mentira del alma”

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Chumy Chúmez. La Codorniz.

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