Archivo diario: mayo 23, 2020

La maniVox: escasa participación y éxito de ruido y humo

Víctor Lerena EFE

La maniVox presentaba una novedad, que en mi criterio fue un acierto por parte de los convocantes: por el coronavirus no podía ser una manifestación al uso, así que encontraron una buena alternativa, la de una caravana de coches. De esta manera mataban dos pájaros de un tiro. Por una parte aseguraban el éxito a base de ruido (cláxones, bocinas, cacerolas, etc.). Y de humo, añado. Por la emisión de gases de los tubos de escape y por el que nos van a vender. Por otra parte, mitigaban el efecto de una escasa participación. Como así sucedió. Las fotos mostrarían filas de coches ocupando calles y los medios afines escribirían sobre “calles colapsadas“. ¿Calles colapsadas? Eran calles vacías, sin tráfico (excepto el de los manifestantes). Lo único que colapsaron fue el paso de unas pocas ambulancias en un par de ciudades.

¿Cómo podemos calcular la participación? Sumando los distintos datos de los que disponemos y comparándolos con el parque automovilístico de España. Veamos:

  • En Madrid se habla de 6.000 entre coches y motos. Primera premisa: digamos que son todos coches. La cifra de seis mil proviene de la Delegación de Gobierno. Incrementémosla. ¿Al doble les parece bien? Serían 12.000.
  • En Barcelona, la segunda ciudad del país, la cifra es paupérrima: 500. Según la Guardia Urbana. OK diario no se atreve a disputar la cifra (está en el enlace del primer párrafo). Hagamos como en Madrid y doblemos la cifra: 1.000.
  • En Valencia según los organizadores hubo más de 1.000 coches. Aquí la generosidad no puede llevarnos a doblar porque ni Vox acredita 2.000. Así que nos quedamos a medias: 1.500.
  • ¿Y en el resto de España? A la vista de las cifras de las tres primeras ciudades españolas (14.500 siendo generosos) no creo que podamos estar hablando de más de 15.000.

El total de este pequeño ejercicio nos da 29.500 coches. Subamos a 30.000. Estoy dadivoso. A agosto del año pasado el parque automovilístico de España ascendía a 29,7 millones de coches. Es decir, solo han participado el 0,10% de los coches del país. Un fuerte patinazo. O mejor dicho: Vox ha derrapado!!!

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El All Star Team del siglo XVII

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Felipe IV presidió el All Star Team del siglo XVII. Un capricho real pasó de ser un encargo a una exigencia. E involucró a las dos ciudades punteras del momento: Madrid, capital del Imperio, y Florencia, cuna del Renacimiento.

Felipe IV era rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Países Bajos, duque de Milán Borgoña, y conde de Flandes. Quería una escultura ecuestre que superará a la de su padre Felipe III. Esta, que podemos ver en el centro de la Plaza Mayor de Madrid, fue un regalo del primer Gran Duque de Florencia, Cosme I de Médicis, al monarca español. La obra la inició Giovanni da Bologna (Giambolognay la terminó Pietro Tacca.

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El caballo de Felipe III tenía una pata elevada. Felipe IV quería el suyo con las dos patas delanteras izadas. Así que tanto el monarca como su valido, el conde-duque de Olivares, encargaron a Velázquez, entonces pintor del rey, que se pusiese al frente del proyecto (en esa corte un tal Góngora era el capellán real). El genial pintor sevillano argumentó la imposibilidad de tal emprendimiento. No era factible que la escultura aguantase todo el peso sobre solo las dos patas traseras. El rey no atendió a razones. Quería lo que quería. Y el proceso se puso en marcha. Velázquez dibujó el diseño. Se lo envió a Pierto Tacca a Florencia. Con una nota avisando de la obstinación real y urgiéndole a encontrar una solución. Tacca había finalizado la escultura de Felipe III y ahora se enfrentaba a la de su hijo, Felipe IV.

Tacca sabia que Galileo Galilei estaba bajo arresto domiciliario en Florencia. La Inquisición le había condenado por afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol. Tacca fue a verle y le expuso el problema. Galileo acabó encontrando la solución. O más bien, las soluciones. La primera era una condición indispensable: la escultura debía estar hueca en su interior, salvo en la parte trasera. Nalgas y patas debían estar rellenas del mismo material de la escultura. Una innovación pionera en el mundo del arte. Impuso un nuevo modelo que estuvo vigente durante el siglo XVII y el siguiente. Pero aún había otro aspecto: la cola del caballo es excesivamente larga y ancha en su extremo final. El objetivo era que llegase a tocar el suelo del pedestal y convertirse así en un tercer punto de apoyo (junto a las dos patas).

Aún había otro aspecto a resolver. Tacca no conocía a Felipe IV y tampoco tenía ningún retrato suyo. Velázquez resolvió el asunto encargando al escultor Juan Martínez Montañés un busto del monarca. Una vez terminado se envió a Florencia. Y Tacca pudo terminar este proyecto global e innovador, nacido de un capricho real y que reunió a un plantel de primeras figuras de la época. Hoy podemos admirarlo en la madrileña Plaza de Oriente, como parte de un conjunto escultórico ordenado por Isabel II.

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