En el último trago

El último trago

Asier Aranegui, enólogo de profesión, se encontraba en una encrucijada vital. Sentado en la terraza de una de las cantinas de la Plaza Garibaldi, en México DF, se enfrentaba a la más sencilla de las decisiones que debía tomar ese día: tequila o vino. Pendientes quedaban las más trascendentales, relacionadas con su bodega y el futuro con su pareja.

“Donde fueres, haz lo que vieres” pensó Asier.

-Tequila por favor.

-Ahorita mismo se lo traigo señor.

Le sirvieron el primer trago y dejaron la botella en la mesa. Inmediatamente supo que se había equivocado. Por deformación profesional no había tenido el valor de pedir un tinto. Reflexionó, visto lo visto, sobre si tendría el arrojo necesario para afrontar las dos situaciones que le atormentaban.

Provenía de una dinastía de bodegueros y pertenecía a las nuevas generaciones que habían estudiado. Completó su formación en Burdeos tras conseguir su grado en Enología por la Universidad de La Rioja. Su anhelo era modernizar el negocio familiar. Dejar huella con un “vino de autor”, personalizado no solo a su gusto, también al que marcaban las nuevas tendencias.

La familia se opuso a sus planes. Pero le autorizaron a montar su propio negocio, alejado de los viñedos propios. A cambio de una pequeña ayuda económica su padre y su tía tomaron participaciones en el proyecto. Sin esa aportación no podría haber comenzado. Aunque el dinero no era suficiente sí le proveyó del ánimo necesario para lanzarse a la aventura.

Buscando zonas donde establecerse conoció a Rosalía. Sus padres regentaban el hostal donde se encontraba la casa de comidas en la que había parado a almorzar. También tenían una gasolinera en las afueras del pueblo. Enseguida congeniaron.

-¿Qué le trae por aquí señor…?

-Aranegui, pero llámame Asier por favor. Ando buscando terrenos para montar mi propio negocio?

-¿Y qué negocio es ese Asier?

-Soy enólogo y quiero producir mi propio vino señorita…

-Rosalía

Vino Rosalía, me gusta como suena.

En esas estaban cuando el padre de Rosalía, atento a la conversación, interrumpió con unos chupitos de orujo.

 -Son caseros, de elaboración propia. ¿Puedo sentarme?

-Por supuesto, está usted en su casa.

-Muchas gracias. No he podido evitar escuchar que anda buscando tierras. No muy lejos de aquí hay una área vinícola estupenda.

-Sí, precisamente hacia ahí me dirijo. Me interesan mucho las variedades de uvas que trabajan.

-Conozco gente en algunos pueblos que poseen terrenos que podrían estar interesados en vender.

Rosalía visiblemente molesta les dejó a solas y fue a la cocina, donde le contó a su madre sobre el apuesto joven que acababa de conocer. Su madre vislumbró que su marido había interrumpido a consciencia y pasó al ataque.

-Seguro que al señor le vendría bien tener compañía en su búsqueda. Alguien que conozca los caminos y a los lugareños. Como desafortunadamente por aquí, en el hostal, no hay mucho trabajo igual tu y Rosalía podríais acompañarle. Salís por la mañana, volvéis a la noche y el señor se aloja aquí. 

A Asier le pareció una idea sensacional. Al marido le pilló de sorpresa pero ante la posibilidad de tener un huésped tuvo que acceder, no sin antes sugerir, con la boca pequeña, que su hija se quedase haciendo compañía a madre.

Así fue como surgió el amor entre ellos, y quien se convertiría en su suegro le ayudó a establecer su propio negocio.

Asier Aranegui apuraba la botella de tequila rodeado de mariachis. Estos entonaban las canciones clásicas del gran José Alfredo Jiménez, mientras él sopesaba las decisiones a tomar.

Su vino Rosalía –tinto y blanco- había tenido muy buena acogida. Se apoyó en la distribución del negocio familiar. Necesitaba dar un salto adelante. El futuro pasaba invariablemente por la expansión internacional. Se fijó tres objetivos: Europa, Japón y América del Norte. Estaba en México, procedente de California.

Esa misma mañana, desayunando en su hotel, había conocido a un cubano estadounidense de Miami. Era uno de los principales distribuidores norteamericanos. Pensó que su suerte estaba echada: conocía a personas que serían importantes en su vida de forma casual y en establecimientos hosteleros.

Pero algo le inquietaba de Camilo Cifuentes, que así se llamaba el miamense. Algunos de sus comentarios sonaban a amenazas veladas. Se confirmaron cuando, tras concertar una cita formal para esa misma tarde, le soltó a modo de despedida que con él o contra él. Durante la reunión fue más allá.

-Mire Don Asier, con todo el respeto, solo yo le puedo garantizar el éxito de su operación. Somos los mejores distribuyendo productos de calidad. También económicos. Lo digo por ampliar el acuerdo a la producción familiar. En volumen la bodega de su ilustre familia tendrá mejor cabida. Y estará presente en los escaparates de las principales licorerías del país. Será el gancho para introducir su marca, de calidad superior no lo dudo, pero de precio más elevado. Necesitamos estimular al cliente con ofertas mas asequibles para que adquieran su Rosalía. Y lo recomienden.

La reunión transcurría por estos derroteros hasta que Cifuentes se envalentonó y abiertamente le amenazó con hacerle la vida imposible si no pactaban. El futuro americano de su vino se tornaba incierto y al capo solo le interesaban los caldos de su familia, sobre los que no tenía ninguna autoridad.

-No tengo ningún poder para tomar una decisión sobre algo que no sea mi propio negocio.

-Vamos Don Asier, usted es un Aranegui, hijo y sobrino de los dueños. Socios además de su empresa. ¿No le interesa el futuro de su hijo o hija? ¿Será niño o niña?

-¿Cómo sabe usted que mi mujer está embarazada?

-Sé muchas cosas Don Asier. Soy un hombre de negocios, necesito estar bien informado, controlar el mercado, a los competidores, estar al día. También sé que no será su primer hijo.

Asier Aranegui palideció. Su secreto mejor guardado corría peligro de ser desvelado. Su romance con Carmen, una gaditana residente en Madrid, trajo al mundo a un pequeño Asier. En unas semanas cumpliría su primer año. Le llamaron Asier a pesar de la oposición de la madre. Carmen accedió ante su insistencia. Tanto él como su esposa Rosalía ya habían desistido en sus intentos de tener descendencia después de media docena de embarazos frustrados. Ahora repentinamente a la séptima iba la vencida. Por primera vez se pasaba de los tres meses de gestación. No sabía como afrontar esta situación. Como encarar su doble paternidad. La reunión con Camilo Cifuentes tampoco ayudó. Estaba alarmado, todo podía desmoronarse a su alrededor.

Cuando apuraba el último trago y se disponía a pedir más tequila le entró un mensaje en el móvil: “Hola amor. Es niño. Quiero que se llame como tu. Espero que te parezca bien. Te quiero mucho. Soy muy feliz. R”

Era el segundo gran susto del día, pero no sería el último. De repente una bronca entre quienes jugaban una partida de naipes, en la mesa de al lado, degeneró en un tiroteo. Una bala perdida encontró su sien.

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3 comentarios

Archivado bajo Poesía, relatos y otras hierbas

3 Respuestas a “En el último trago

  1. Pingback: PlayStation 4 llega a Europa presumiendo de juego "online" pero sin su nube + MORE | INFORMADORES.INFO

  2. NC

    Me encanta, (y aunque no tenga nada que ver, me ha evocado Los pasos perdidos de Alejo Carpentier)

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