Sin sentido

sin sentido

Un mareo es un mareo. Pero esto era otra cosa. Algo más. La cabeza le daba vueltas como si tuviese varias, las tripas se le revolvían. Moqueaba. Los ojos húmedos le irritaban. Sentía que le faltaba el aire. Y de pronto se hizo la oscuridad…

Sus secuestradores primero le habían drogado y ahora le dormían con un pañuelo de cloroformo. Estaban nerviosos. No sabían que hacer. Habían errado el objetivo y tenían que desaparecer rápidamente. Le dejaron tirado en un callejón trasero, medio escondido entre los cubos de basura rebosantes de las sobras de los tres restaurantes de la calle principal.

El despertar fue terrible. La boca seca, seca. La sensación de desorientación tan profunda como el terrible dolor de cabeza. Era como si le hubiesen estado martilleando. No recordaba nada. No sabía donde se encontraba.

Se palpó buscando su cartera. No la tenía. Dedujo que le habían robado y que se habría producido una pelea. Pero no presentaba golpes ni magulladuras. Tampoco había rastros de sangre. ¿Qué había sucedido? No recordaba nada. Su estado de confusión era máximo. ¿Quién era? ¿Cómo se llamaba?

Tardó en incorporarse. Las tres primeras veces le fallaron las piernas y se desplomó. Se rasgó el traje en los sucesivos intentos y caídas. El sudor frio ya era pegajoso y abundante. Hacía mucho calor. ¿O era su calor?. Por fin pudo mantenerse de pie y avanzó unos pocos pasos. Tambaleándose. Decidió apoyarse en la pared. Cuando logró llegar a ella vio una luz intermitente en el suelo. Provenía de un móvil despachurrado. Consideró que agacharse era una mala idea: se caería y volver a levantarse le parecía una misión imposible. Además para qué quería un aparato inservible. De pronto sonrió. Su cerebro parecía aclararse y razonaba.

Se encontraba sucio y la ropa sudada se le pegaba incómodamente al cuerpo, pero la vista se le iba aclarando. Y de repente vio lo que parecía una cartera entre los escombros. Creyó reconocerla, parecía la suya. Así que era verdad que estaba recuperándose poco a poco. Pronto podría entender lo ocurrido. Se agachó con mucho cuidado para no caerse. Al cogerla el tacto le resultó familiar. Ya la había tenido anteriormente entre sus manos. Sí, era su cartera. Con su documentación. Recobraba su identidad pero el descubrimiento le dejó mas aturdido aun: era el inspector Magal de la Brigada Central.

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