Archivo diario: diciembre 7, 2011

Escribe el Director del Centro Niemeyer

El Centro Niemeyer, una derrota de la sociedad civil

El cierre del Centro Niemeyer a finales de la próxima semana es un símbolo de la derrota de la sociedad civil y de la ciudadanía frente a la política, o quizás sea más preciso decir frente a determinada forma de hacer política, esa basada en la destrucción y la venganza despreciando el bien común. Desde que hace ya cerca de cuatro meses el nuevo gobierno de Asturias lanzara una batería de ataques brutales contra el Centro Niemeyer, negando la legitimidad de sus órganos de gobierno, criticando abiertamente su programación, y acusando públicamente y sin ninguna prueba de “graves irregularidades” en sus finanzas, ni el diálogo, ni las manifestaciones reiteradas de miles de ciudadanos, ni la petición de artistas e intelectuales -incluido el propio arquitecto que hizo posible la  obra, un hombre que es un tesoro de la cultura mundial-, ni el mandato expreso del Parlamento asturiano, han conseguido poner un mínimo de cordura a una situación tan deplorable.

Y es que si en algo hay unanimidad social es en que el Centro Niemeyer había conseguido convertirse en un revulsivo para la ciudad, en un icono del patrimonio asturiano, en un elemento generador de empleo y riqueza y, en definitiva, en una de las grandes marcas españolas de referencia en la cultura internacional. Y sin embargo, a pesar de esta unanimidad, aun hay quien critica desvergonzadamente la gestión de las muchísimas personas que con nuestro esfuerzo hicimos posible un logro semejante. Nunca mejor traído que en este caso el aforismo popular que dice que para construir un humilde cobertizo hace falta talento, pero para destruir el más hermoso de los palacios basta cualquier bestia.

No debe olvidarse que el Centro Niemeyer nació fruto de la cooperación institucional, y que las instituciones, así como las obligaciones y compromisos que asumen, están por encima de sus gobernantes coyunturales. Ciertamente los edificios diseñados por Oscar Niemeyer son propiedad del Principado de Asturias -que no del gobierno de turno-, pero no así los suelos sobre los que se asientan o la propiedad intelectual y la marca comercial del Centro, patrimonio exclusivo de la Fundación que hasta ahora lo ha gestionado. Cualquier ruptura de este esquema dará lugar a reclamaciones patrimoniales millonarias, que terminará pagando el contribuyente.

Detrás de toda esta polémica, en la que no nos olvidemos que los grandes perjudicados son siempre los ciudadanos, está una forma de entender la gestión cultural. La nuestra era una propuesta basada en la excelencia y la estabilidad, controlada por un patronato en el que las entidades públicas tenían asegurada su presencia y control, pero en la que la gestión artística estaría en manos de profesionales de prestigio, elegidos por esos representantes del sector público. El problema surge cuando el consejero de cultura se atreve con absoluta desfachatez a criticar abiertamente a los artistas y a la programación del Centro, calificándola despectivamente como “cultura del espectáculo”. Si la magia que sale del cello de Yo Yo Ma o de la guitarra de Paco de Lucía es cultura del espectáculo, si la voz de Enrique Morente o de Barbara Hendricks es cultura del espectáculo, si el cine de Woody Allen o  de Wim Wenders es cultura del espectáculo, si el talento de Carlos Saura o de Jualian Schnabel es cultura del espectáculo, si el Ricardo III de Sam Mendes y Kevin Spacey es cultura del espectáculo, si la ONU, los maestros del Carnegie Hall o las conferencias exclusivas de The New York Times son cultura del espectáculo, si Serrat, Víctor Manuel, Amancio Prada, María Pagés, John Mayall o Gilberto Gil son cultura del espectáculo, pues qué quieren que les diga, a mi me encontrarán siempre en esa cultura. A mí y a las miles de personas que, caso único en el panorama cultural internacional, han puesto el cartel de completo en la práctica totalidad de espectáculos, exposiciones y actividades programas por el Centro Niemeyer.

Programadas además en una ciudad, nunca nos olvidemos, periférica y de poco más de 80.000 habitantes. No deja de ser sorprendente que esas críticas las haga un Consejero de Cultura que en sus largos años como director del Museo de Bellas Artes de Asturias ha conseguido convertirlo en uno de los cinco museos públicos menos visitados de España y en el segundo con menor transparencia (véanse las estadísticas del Ministerio de Cultura).

En estos tiempos tan terribles de crisis es muy fácil hacer demagogia sobre el gasto del dinero público. Nosotros hemos hecho algo que ninguna institución cultural ha hecho antes: poner en manos del Fiscal toda nuestra contabilidad y nuestra documentación, sencillamente porque no hay nada que ocultar en nuestro trabajo honesto, y porque vamos a pedir responsabilidades a los que nos han calumniado de forma tan continua e injusta. Nadie va al Fiscal si tiene algo que ocultar.

Y aquí quiero reivindicar la figura del Secretario de la Fundación, José Luis Rebollo, un auténtico héroe que frente a las amenazas nada veladas de algunos, y muchos de los lectores de este artículo saben de lo que hablo, ha defendido con integridad la legalidad de las actuaciones de la Fundación ante la agresión grosera y organizada de este gobierno y sus representantes carentes de catadura moral alguna.

El Secretario cumple en cada una de sus actuaciones su obligación y el mandato que le efectuó su Patronato, y que cuenta con el aval absoluto y rotundo del Director de la Fundación.

Haga este gobierno con el Centro Niemeyer lo que quiera, allá ellos, pero lo que este Director no va a permitir jamás es que se ponga en duda la honestidad, la honradez, la dignidad y el talento de un equipo de extraordinarios profesionales que son una referencia en el panorama internacional, y que han sido maltratados hasta límites insoportables por gentuza miserable que pagará por ello.

Natalio Grueso (Director Centro Niemeyer)

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