Archivo diario: abril 10, 2011

Poeta sin ego (en la muerte de Sidney Lumet por Julio Valdeón Blanco)

10 de abril de 2011

Ha muerto Sidney Lumet. No tenía ordenador o teléfono móvil pero tampoco iba de ludita o antimoderno. De la estirpe de John Ford, hubiera matado al que osara llamarle poeta. Consideraba, como Alfred Hitchcock, que el ama de casa puteada que acudía al cine no quería películas sobre amas de casa puteadas que acuden al cine, sino espectáculos que desencalasen sus rutinas, tiroteos para cortar las raíces del tedio, intrigas y policíacos como antídoto felino para la mierda que burbujea en los telediarios. Era el anciano que no dudaba en ponerse las pilas y grabar sus últimas tres películas en digital. Maestro al que todos reverenciaban en Hollywood aunque nunca lograron sacarlo del Upper West Side neoyorkino. El tipo al que mi amiga Bárbara Celis (estupenda periodista y cineasta), en entrevista para El País, le explicó que el sistema de los estudios era una mierda, porque los mandamases se metían en todo, pero que lo que hay ahora es incluso peor. Los que ponen la pasta, aparte autoritarios, son tiburones para quienes película es sinónimo de accionariado, caja fuerte o bono, muy lejos de los titanes, los Louis B. Meyer, William Fox, David O. Selznick o Irving Thalberg, que forjaron la industria.   

Debutó con 12 hombres sin piedad. En Sérpico retrató la mugre que llovía sobre Manhattan, la gusanera en la que se había transformado el departamento de policía. El mismo actor que diera vida al polizonte acorralado, el gran Al Pacino, repitió a sus órdenes en Tarde de perros, comedia trágica, tragicomedia humorística o teatral que entre las paredes de una sucursal bancaria reflexionaba sobre la traición, el miedo, los sueños machacados como cristales en la batidora, la violencia, la televisión y/o el rostro en negativo de América como improbable tierra de oportunidades. Hablando de mitos con biombo tramposo y estudios de televisión putrefactos hay que mencionar Network, quirúrgica visión del desdichado mundo de los platós y sus muñecos que no hacía sino prologar la era de telemierda que nos invade. Con 82 años, a una edad en la que los mitos del cine reciben homenajes pero nunca, jamás, un miserable dólar para seguir rodando, levantó el último de sus proyectos, la tremenda Antes que el diablo sepa que has muerto, cinta terrible, protagonizada por hermanos cabrones, repleta de crímenes cutres, joyerías empapadas de sangre inocente y familias limpiamente sodomizadas por la taladradora de la infame realidad. Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke y Albert Finney trabajaban a pleno rendimiento bajo la escrutadora, inteligente, elegante mirada del maestro.

No siempre hizo lo que quería. Podríamos decir que la vida es dura, el tango sabio y el público caprichoso, que los inversores quieren recuperar rápido la jugada y en numerosas ocasiones le tocó cocinar cine alimenticio, productos para pagar el alquiler o rellenar la nevera. Podríamos, pero sería un error, porque lo mejor de su obra llegó con películas teóricamente convencionales. No necesitaba subrayar en cada plano el duende, que destilaba a raudales y sin quererlo, como en la magnífica y algo olvidada El rey de la ciudad. O en Veredicto final, correoso misil que en manos menos dotadas hubiera conformado un melodrama judicial al uso y que merced a su oído para el diálogo, su ángel guiando a los actores, su sentido del ritmo y su portentosa capacidad visual centellea hoy como uno de los clásicos inmarchitables de los primeros ochenta. A su vera, claro, un Paul Newman inmenso y macerado en whisky. También trabajó con Robert Duval, Charlotte Rampling, James Manson, Sean Connery, Lauren Bacall, Faye Dunaway, Jack Warden, Rod Steiger, Marlon Brando, Ingrid Bergman, James Gandolfini, Henry Fonda o William Holden.

Como llevo sin fumar cuatro semanas evitaré honrarlo levantando una copa, que las carga el diablo y al final siempre acabo ciego de nicotina. Para variar, por una vez, intentaré ser cuidadoso, racional, metódico y listo, o sea, coñazo. Apagaré las luces. Amortajado en sombras esconderé el teléfono. A falta de tabaco, masticaré cine, el que derrochan El prestamista o La noche cae sobre Manhattan. Durante un par de horas servirán como remedio a abstinencias y dolores, a los fantasmas de guardia y los inevitables demonios, lustrosos paréntesis que te susurran al oído nada importa, amor, excepto chutarse el dulce y visceral veneno que besa la pantalla.

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