Archivo diario: diciembre 28, 2010

Qué pongan el AVE a América

28 de diciembre de 2010

La T4 del aeropuerto de Barajas será un edificio todo lo singular que se quiera. Diseñado por dos arquitectos de prestigio, nuestro Antonio Lamela y el británico Richard Rogers (en su haber tiene el premio Pritzker, el Nobel de Arquitectura). Todo muy bonito, incluso espectacular. Pero con un inconveniente: parece que olvidaron que es una terminal de pasajeros. Y que su funcionalidad debería ir encaminada a facilitar su uso, teniendo en cuenta la comodidad y necesidades de los viajeros. Ahora bien si eres un triatleta, fondista o maratoniano, es perfecto. Y añades un grado de dificultad a tu abnegada disciplina deportiva: el equipaje. En invierno además tienes ropa de abrigo. Sirve de entrenamiento. Pero para el resto de mortales, digamos que incluso sería preciso recurrir a los servicios del doctor Eufemiano Fuentes y de Pascua, el preparador.

Si llegas en coche hay que tener cuidado en no confundirse: el parking está en “llegadas”, y no en “salidas”, que es a donde se supone que te encaminas. No deja de ser sorprendente aunque está indicado correctamente (no como esa costumbre española de señalizar a posteriori). En mi caso hay un componente añadido: una experiencia bahiana. Estaba en Salvador de Bahía (Brasil) y cogí un taxi a la puerta del hotel. El amabilísimo taxista me metió la maleta y las dos bolsas en su maletero. Y hacía el aeropuerto me llevó. El problema surgió al llegar: estábamos en “llegadas” y no en “salidas”. Ante mi estupefacción me contestó que no le había indicado a donde iba. A lo cual me limité a preguntarle si para él era habitual llevar a pasajeros con equipaje a recibir vuelos o amigos, y que yo también quería de lo que fumaba.

Una vez aparcado, en P4, hay un paseíto hasta la sala de embarque. Cinco minutos (y dos cintas transportadoras). Una vez ahí te encuentras la primera cola en el mostrador de facturación. Afortunadamente ya teníamos la tarjeta de embarque y no íbamos a facturar equipaje.

Llegados a este punto conviene recordar que para los vuelos a EE.UU. te aconsejan estar dos horas antes de la hora del despegue. A lo que tenemos que sumar el tiempo que tardas en llegar de tu casa a la T4 (55 min. en nuestro caso).

Pasado el primer control de seguridad (si llevas botas te obligan a descalzarte) y el de pasaportes, hay que encaminarse a las salas de la zona U. Es la que más lejos queda. Y en esta ocasión, el vuelo a Nueva York, era la última sala de embarque. Para llegar a U (y a las otras) hay que tomar un trenecito, tras coger un ascensor o unas escaleras mecánicas.

Podrán observar en la foto que se tarda ¡22 minutos! en llegar. Si tienes suerte y los vagones están cuando llegas al andén. De no ser así cuenten con cinco minutos de espera. Una vez que te bajas del vagón queda una larga caminata hasta llegar a tu puerta de embarque (los 22 min. ya prevén esta situación). Varias cintas transportadoras facilitan la marcha.

Esto no es tanto problema a la ida como a la vuelta. Aterrizas sobre las siete de la mañana, después de haber pasado la noche en el avión. Y lo primero que te encuentras al salir de la aeronave es una rampa. Vale, la pendiente no es muy inclinada. Pero estás zumbado y cargado de cosas. Y tras la experiencia en la aduana estadounidense te empiezas a enervar (a pesar de las horas que han transcurrido) y te acuerdas de lo grande que es Lula: exigió a los ciudadanos USA que cumpliesen las mismas medidas que se aplicaban a los brasileños en Estados Unidos… La segunda rampa es un pelín más acusada. Y te queda todavía el control de pasaportes. ¡Qué diferencia el de aquí con el de JFK! Todo indica que los norteamericanos eligen a los más bordes para este cometido. Al entrar nos toco un gigante blanco de lo más tieso. Asustaba  de lo rígido que estaba. Ni una sonrisa. Gruñía para indicarte que pusieses la mano para cogerte las huellas (los diez dedos, ambas manos) y hacerte una foto (primer plano). El colmo era que se llamaba Borman… y por supuesto cuando le deseé unas Felices Fiestas ni me contestó. Después viene la aduana y la entrega de un formulario. Al salir de NY más de lo mismo. En este caso “el ingeniero” nos descalzó a todos, daba la impresión que hablaba por señas, organizó las colas un par de veces, movió los limites frecuentemente porque lo quería todo en orden, y se ponía de los nervios porque el trasiego de personas y bultos desplazaban unos centímetros su colocación (un neurótico).

Tras las dos rampas y el visto bueno a los pasaportes queda la odisea de cintas transportadoras, escaleras mecánicas, ascensores y tren. Lo mismo que hiciste a la ida. Pero peor: estás de regreso, agotado, llegas de viaje y has dormido unas pocas horas.

Lo de aduana e inmigración es inevitable. Al igual que las medidas de seguridad. Pero por favor ¡qué pongan el AVE a América!

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