Archivo diario: octubre 15, 2010

Un siglo de canciones 86: “Canto A La Libertad” (por Gustavo Sierra)

15 de octubre de 2010

Realmente, esta entrada debió haber sido escrita hace mucho tiempo, y es una de las que teníamos pendientes, por lo que me corroe cierto sentimiento de sensacionalismo, pero también el pensar que más vale tarde que nunca. ¡Va por usted, maestro!

José Antonio Labordeta fue, seguramente, muchas de las cosas que quiso ser en esta vida: maestro, alumno, poeta, músico, político (aunque esta palabra esté tan denostada, y seguramente él, dentro de los conocidos, fue de los que la dignificó ampliamente), viajero, aragonés, pensador, humanista, comunista (más a la manera del siglo XIX, como dijo Blanchot sobre Bertolt Brecht), amigo, esposo, padre, abuelo, filósofo, paisano, un (con perdón) grano en el culo para ciertos personajes –que son a la vez nuestro grano en el culo- durante más de 30 años; e incluso actor y hombre de TV: no sólo con Un país en la mochila, sino como actor en una pequeña serie, Del Miño al Bidasoa, basada en una novela de Cela, en la que interpretaba a Monsieur DuPont; y como pregonero (¡cómo no!) en la versión cinematográfica de Réquiem por un campesino español… Y sobre todo una gran persona: la intuición que muchos de nosotros teníamos de él al respecto nos la corroboran amigos que le conocieron personalmente.

Recomiendo la lectura de sus últimas memorias, Regular, gracias a dios, un libro magnífico en el que nuestro Labordeta recurre al flash-back que le aliviaba un poco de esa maldita enfermedad, en donde reconstruye su vida, desde su infancia en la posguerra, escuchando a hurtadillas el entusiasmo de su padre y hermanos ante las victorias aliadas, pasando por la adolescencia, en la que un padre humanista contrarrestaba la mentira institucionalizada; los años de docencia en Aix-en- Provence (Marsella), con los días convulsos que parecían avocar a Francia a una guerra civil cuyo fantasma había quedado enterrado con la ocupación alemana, a causa de la independencia de Argelia; sus días de docencia en Teruel, y su actividad de cantautor.

Labordeta nunca se tuvo por un cantante profesional, ya que supeditó esta profesión a la de la docencia, y a la más importante aún de hombre de familia, y decía ser un “cantante de fin de semana”, y más que cantautor, escribe-autor. Pero aun así, su producción musical es muy amplia y de una gran calidad, sobre todo literaria.

Su primer disco, “Cantar y Callar“, apareció en el año 69; en él ya revelaba sus influencias principales: su hermano Miguel en “El poeta” (Miguel Labordeta estuvo muy activo y tuvo relaciones con parte de los poetas de los años 50, publicando en Espadaña y en otras revistas opuestas al Garcilasismo oficial); su tierra, “Aragón”, sus gentes (labradores, emigrantes, represaliados), una reivindicación y dignificación de lo cotidiano, de lo pequeño, etc. Con el peso del fantasma de la guerra civil, y sus influencias musicales más importantes: la canción latinoamericana y la canción francesa, con Brassens a la cabeza, al que descubrió primero en Aragón, de manos de un arqueólogo francés, y luego en Marsella, invitado a su recital por un amigo español anarquista. El disco sobrevivió un año, ya que al año siguiente, por culpa del estado de excepción, fue retirado. Años después quiso reeditarlo en EDIGSA, la discográfica de los cantautores catalanes, pero el pudor (la estrechez, por qué no decirlo) de éstos a editar algo en castellano, le llevan a buscar su edición en el sello francés Le chant du monde bajo el título “Cantar i Callar“, una broma que levanta cierto descontento pero que él excusa diciendo que está en aragonés. El disco incluye dos maravillosas reseñas: una, la de Tuñón de Lara, que lo dota de una gran importancia, y otra, en catalán con acento alcoyano, a modo de bienvenida solidaria, la del gran Ovidi Montllor: de nuevo, contra lo que algunos bocazas relamidos e “informaos” dicen, los cantautores demostraron estar muy por encima de ciertas determinaciones ridículas.

Para el año de 1975, Labordeta ya es conocido gracias a sus recitales y a su disco, y se revela como un gran valor de la canción comprometida. Recitales a mansalva, pero no sólo en España: Francia, Suiza, Alemania… en donde los emigrantes y exiliados llevaban a sus amigos autóctonos, e Italia, en el Primo Festivale Internazionale Víctor Jara, en donde con otros compañeros como el gran trovador Pete Seeger y nuestro Benedicto, cantó para un público entre el cual se encontraba la familia del cantante chileno. En marzo de 1975 se edita “Tiempo de Espera“: un título muy significativo, ya que se esperó hasta noviembre para que la palmara, y se volvió a esperar para que la palmara de nuevo… Pero mientras, Labordeta intenta amortiguar esa espera con sus canciones, algunas tristes, como la “Carta a Lucinio”, otras satíricas, berlanguianas, como las “Meditaciones de Severino El Sordo” (meditaciones de un pregonero que se queda sólo en un pueblo); la reivindicación de la memoria de Víctor Jara en “Homenaje a Víctor Jara”, la ternura en “Canción de Cuna Sobre la Tierra Estéril”… Y dos de las que él llamaba “para levantar al personal”: “Canta Compañero, Canta”, con esa jota inicial y final que estremece los huesos; y, por supuesto, su “Canto A La Libertad”, una canción que, tal como nos dice en su directo de 1976 (otra serie de recitales de los que sólo se dieron dos, gracias a un señor al que los cantautores tiene cierto “cariño”, que fue presidente de la Xunta, y que a pesar de algunas burradas cometidas, ha sido recompensado: España y yo somos así) “a veces canto con tristeza, otras con esperanza”.

Es verdad que en 1975 se esperaba la inminente muerte del cabezón, lo cual no le quita cierto carácter cuasi-profético. El “Canto A La Libertad” es una canción que roza el utopismo, sin ser utópica: pretende enseñar que la construcción de un mundo mejor, en el que reine la igualdad, la justicia y la paz, requiere del esfuerzo de todos; reivindica a los que cayeron en la lucha por la libertad, y de cómo conseguir ese objetivo sería una manera de dignificar a “aquellos que cayeron gritando libertad”. Si alguien editara un libro sobre el nuevo cancionero internacional (como rezaba el subtítulo del sello Le Chant du monde: la Nouveau Chanson International), este canto a la libertad figuraría junto a otros como el “We Shall Overcome” de Seeger, el “This Land Is Your Land” de Guthrie, el “Blowin’ In The Wind” de Dylan, “L’estaca” de Llach y el “Al Vent” de Raimon, entre otros:

Canto a la libertad

Habrá un día en que todos
al levantar la vista,
veremos una tierra
que ponga libertad.

Hermano, aquí mi mano,
será tuya mi frente,
y tu gesto de siempre
caerá sin levantar,
huracanes de miedo
ante la libertad.

Haremos el camino
en un mismo trazado,
uniendo nuestros hombros
para así levantar
a aquellos que cayeron
gritando libertad.

Habrá un día en que todos
al levantar la vista,
veremos una tierra
que ponga libertad.

Sonarán las campanas
desde los campanarios,
y los campos desiertos
volverán a granar
unas espigas altas
dispuestas para el pan.

Para un pan que en los siglos
nunca fue repartido
entre todos aquellos
que hicieron lo posible
por empujar la historia
hacia la libertad.

Habrá un día en que todos
al levantar la vista,
veremos una tierra
que ponga libertad.

También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver,
pero habrá que empujarla
para que pueda ser.

Que sea como un viento,
que arranque los matojos,
surgiendo la verdad
y limpie los caminos
de siglos de destrozos
contra la libertad.

Habrá un día en que todos
al levantar la vista,
veremos una tierra
que ponga libertad…

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