Un siglo de canciones 78: “Blackbird” (por Antonio Perea)

23 de julio de 2010

Cuando hace un par de meses supe que acababa de fallecer la gran pianista francesa  Yvonne Loriod (1924-2010), viuda del músico francés Olivier Messiaen (1908-1992), se me vino enseguida a la cabeza, luego explicaré por qué, esta canción de los Beatles. Se trata de una de esas canciones pequeñas que a mí me gustan tanto. Recuerdo que cuando aún no había tenido la oportunidad de hacerme con el  “Álbum Blanco” en el que venía incluida, leí una reseña en una de las revistas que por entonces acostumbraba a comprar. Creo que era “Mundo Joven”, y creo que el firmante era un tal José María Íñigo, a la sazón uno de los disc-jockeys de la Cadena SER. Aunque podría ser otra revista y otro autor, porque hablo de memoria. El artículo afirmaba que “Blackbird” y “Mother Nature’s Son” habían sido grabadas por Paul McCartney durante una madrugada, y que lo hizo a solas en el estudio. No sé si el término “a solas” incluía que él mismo se hubiera abierto la puerta, encendido la luz y puesto en marcha los magnetofones. Que lo cantó en solitario es evidente, y más que verosímil que las armonías vocales y la parca instrumentación de ambas canciones se las despachara él solo a base de regrabaciones.

Blackbird” es simplemente la voz de Paul, su guitarra y un obstinado golpeo rítmico que siempre habíamos atribuido a un metrónomo, pero que luego leí que era el zapato del artista llevando el compás contra el suelo. A media canción aparece un segundo participante: un mirlo (en inglés, blackbird), el poeta de las tinieblas de la noche en el mundo de las aves, junto con el ruiseñor. Su complejo trinar se convierte en contrapunto casi armónico a la melodía y se prolonga fugazmente en solitario al final de la canción con un canto que luego he reconocido mil veces en los jardines próximos a mis sucesivas viviendas. De hecho ya lo había escuchado desde niño en mis excursiones por la sierra –‘así es que se trataba de mirlos’, reflexionaba yo desde entonces-. Los mirlos, como los ruiseñores, cantan sus mejores trinos durante lo más profundo de la noche (“in the dead of night”). Quizá eso es lo que despertó e inspiró a McCartney para aquellas sesiones, igual que décadas antes había sido inspiración para Olivier Messiaen. McCartney es un personaje archiconocido para todos nosotros. Messiaen lo es mucho menos. Permitidme que dedique unos párrafos a desentrañarlo mínimamente. 

Olivier Messiaen gustaba tanto de autodefinirse como músico cuanto como ornitólogo. Desde su primera juventud identificaba a los pájaros por su canto, y en cuanto podía, anotaba en un pentagrama aquello que había oído, supliendo así la carencia entonces de una tecnología transportable más adecuada. Su obra en ocho movimientos “Quatuor Pour La Fin Du Temps”, a la que Alex Ross en su libro “El ruido eterno atribuye a nada menos que el inicio de las vanguardias -abriendo el camino que habrían de recorrer después los Boulez, Stockhausen o Cage, tan queridos por nosotros los rockeros-, se inicia con un primer movimiento al que Messiaen llamó “L’Abime Des Oiseaux” (El abismo de los pájaros) que compuso cuando cayó prisionero de los nazis en 1940. “Las voces del mirlo y el ruiseñor llevan el peso del movimiento para clarinete solo”, describe Ross. Deportado después en un campo de prisioneros de Görlitz, localidad de Silesia limítrofe con Polonia, Messiaen promovió allí en 1941 la primera interpretación de la obra con la ayuda de otros músicos presos y ante un auditorio mixto de reclusos y carceleros. No es necesario explicar qué oscuros y explícitos presentimientos le llevaron a llamar a su obra “Cuarteto Para El Final Del Tiempo”. Terminada la guerra, Messiaen siguió acumulando una ingente cantidad de pentagramas con cantos de pájaros, más otro buen volumen de trinos almacenados en rudimentarias grabaciones de campo. Una buena parte de ellos los vuelca en su gigantesca obra para piano “Catalogue Des Oiseaux” (1956-1959), donde vuelve a aparecer con protagonismo el canto del mirlo.

La primera mujer de Messiaen, Claire, compositora también y notable violinista, falleció en 1959 tras una cruel enfermedad mental que la mantuvo recluida en un sanatorio durante muchos años. Entre los discípulos de Messiaen en aquellos días se contaban nombres luego ilustres, como los arriba citados Boulez y Stockhausen, y también Yvonne Loriod, cuyo fallecimiento el pasado mayo es, junto con el “Blackbird” de Los Beatles, el punto de partida de estas líneas. La formidable capacidad técnica de Loriod para leer a primera vista las complejísimas creaciones de su maestro -ni siquiera él era capaz- debió de ser un elemento fundamental en el “flechazo” que condujo a Messiaen primero al amor y luego, corriendo el año 1961, a unirse a ella en matrimonio.

 Yvonne Loriod no sólo dejó huella en la música como “mujer de Messiaen”, por más que la sombra del maestro, ‘su’ maestro, se proyectara inevitable sobre la carrera de la pianista. En su etapa de estudiante demostró estar inusualmente dotada para la música, con un oído absoluto sobre el que edificaba un dominio total de la técnica musical. Recibió la friolera de siete veces el premio de interpretación pianística del Conservatorio de París, en el que impartió clases de piano durante veinticinco años. Su actividad divulgativa y sus interpretaciones y grabaciones de las obras de los vanguardistas, entre ellos el propio Messiaen, es crucial para que el mundo haya conocido en condiciones dignas la literatura pianística de toda aquella generación de músicos.

A raíz de su unión, Loriod participa con Messiaen en la captura de más sonidos de pájaros –la insólita habilidad de Loriod para escribir en una partitura cualquier cosa que oía debió de resultar fundamental en el empeño-, algo a lo que la pareja dedicó gran parte de sus vidas viajando por todo el mundo siempre que las obligaciones de ella en el Conservatorio y las de Messiaen como organista de La Trinité se lo permitían.  El resultado de aquellos más de cuarenta años de recopilación quedó recogido en la obra de 1970 “Tratado De Ritmo, Color Y Ornitología”, titánica edición de más de 4.000 páginas en siete tomos que sin la aportación de Loriod quizá nunca hubiera visto la luz. También aquel archivo de campo constituye la base para la obra que Alex Ross considera la cumbre creativa de Messiaen: “Des Canyons Aux Etoiles…” (De los cañones a las estrellas…) compuesta en 1972 por encargo de la mecenas neoyorkina Alice Tully, que deseaba una obra conmemorativa del bicentenario de los Estados Unidos, y para la que el maestro buscó inspiración en un viaje en compañía de Yvonne Loriod por los cañones de Utah.

La caleidoscópica personalidad de Messiaen, enriquecida y puesta en valor por el trabajo infatigable a su lado de Yvonne Loriod, ha dado de sí para docenas de tratados cuyo resumen haría interminable el presente texto. Sirva como final de éste y como retorno a la inspiración de “Blackbird” la siguiente frase extraída de un cuaderno de campo de Messiaen:

Los pájaros son músicos. Escuchan las gotas de agua y el silbar del viento, y luego lo cantan.”

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6 comentarios

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6 Respuestas a “Un siglo de canciones 78: “Blackbird” (por Antonio Perea)

  1. Comentaba con Antonio el otro día unas (presuntas) declaraciones de Paul McCartney en las que afirmaba que una Bourré de Bach era la inspiración para componer “Blackbird”. La verdad es que escuchando ambas piezas no tienen nada que ver. Paul es muy dado a estos lapsus de memoria. Recuerdo uno reciente cuando culpaba a EMI porque Beatles no estaban en iTunes. Olvidaba por completo que los masters de las grabaciones de Apple –la cia. de los Beatles- son propiedad suya (y de los 3 restantes miembros, o sus herederos en el caso de George y John). Eran ellos precisamente quienes no querían trocear sus álbumes: no les gustaba la idea de canciones sueltas cuando habían desarrollado LPs “conceptuales”. Y además les había costado mucho trabajo y esfuerzo llegar a grabar álbumes. No sólo a ellos, también al resto de los artistas de principios de los 60 (los discos de larga duración eran la suma de singles y EPs).

    P.D.: desde hace unos meses la tienda de iTunes ya vende discos completos.

    • Creo que yo también oí esas declaraciones acerca de la inspiración de Bach, aunque mi memoria es casi tan frágil como la del Paul.
      Hay algo que me gusta hacer con los álbumes conceptuales, no sé hasta qué punto es una aberración: los escucho enteros, pero después los descompongo en canciones individuales y las mezclo con otras: a veces, el resultado es impresionante.

  2. Antonio Perea

    Gracias a ambos, Gustavo y Luis. El mérito es de Messiaen/Loriod por tener esa vida tan novelesca. Y, por supuesto, de McCartney. He definido Blackbird como una canción pequeña. Obviamente me refiero a su economía de recursos. Pero en todo lo demás me parece gigantesca, quede dicho.

  3. Luis Prosper

    Que bueno, Don Antonio. Me ha encantado.

  4. Pingback: Bitacoras.com

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