Archivo diario: mayo 2, 2010

Jordi Socías

2 de mayo de 2010

Este señor de aquí abajo es un gran fotógrafo. Pero logró una de sus mejores obras esa mañana en que, recién levantado, descubrió en el espejo que seguía vivo y con ganas de hacer cosas.” (Juan José Millás, El País Semanal)

Jordi Socías tuvo en 1945 “la buena suerte de nacer en Barcelona“, como dice Manolo Vicent, en el barrio de la Sagrada Familia. Su familia era obrera, laica y republicana. Su padre fue encarcelado por el franquismo y tuvo que interrumpir sus incipientes estudios en la Universidad Laboral Francisco Franco de Tarragona: le expulsaron por denunciar a un profesor pederasta. Su amigo Ángel S. Harguindey escribió hace años un gran perfil biográfico con motivo de la publicación de su libro de fotografías “Maremagnum”.

He tenido la enorme fortuna de conocerle personalmente. Hace ya casi 10 años alquiló el piso de al lado del mío. Unos años después se mudó al de la planta de abajo.

Ha dedicado los últimos meses a un tour europeo por los Institutos Cervantes (Tirana, Viena, Roma, y próximamente Cracovia) para mostrar sus 100 mejores fotos de los últimos 35 años.

El domingo pasado Juan José Millás le dedicó su página del El País Semanal. Esa en la que comenta una foto con tanto tino y acierto. En este caso es el autorretrato de Jordi, que encabeza este post. Reconozco en la imagen esa cenefa del cuarto de baño (marca del edificio que hemos compartido durante tanto tiempo). El titulo en la revista era “Un epitafio inverso” pero en la edición digital lo han llamado “El capitalismo funeral”. Vaya usted a saber por qué…En cualquier caso es muy recomendable.

Lo pueden leer ahí o aquí, a continuación:

Imagino perfectamente a Jordi Socías, el señor de la foto, despertándose una mañana con la sorpresa de estar vivo. Estoy vivo, coño, estoy aquí. Podré seguir comiendo y bebiendo con la gente (o solo, que tampoco está mal), podré pasear por las ciudades y sentarme en la terraza de las cafeterías y disfrutar de los rostros y de los cuerpos de los transeúntes. Qué variedad de narices, de orejas, de posturas, de expresiones, de miradas. Estoy vivo. Viajaré, me asombraré de nuevo, dormiré en hoteles con bares secretos. Observaré cómo se mueven los políticos, los artistas, los inmigrantes, los fruteros, los adolescentes… Hablaré por teléfono, pondré correos electrónicos, enviaré mensajes de móvil, conversaré con otros o conmigo mismo (que tampoco está mal).

El señor de la foto había vuelto del hospital, donde le habían manipulado, suponemos, del corazón. Pero despertó de la anestesia, y fue dado de alta, y llegó a su casa y, todavía malito, se metió en la cama. Pero hete aquí que al día siguiente se descubrió, vivo y desgreñado, en el espejo del cuarto de baño, de modo que tomó una cámara pequeña, como el que coge un Bic naranja punta fina, y escribió la obra maestra que ustedes aprecian. Es ver esta foto y sentir la tentación de llamarle para hacerle saber que se trata del desnudo más potente que uno ha contemplado en su vida. Observen el conato de sonrisa del que apenas puede contener la alegría de continuar aquí. Pero no se pierdan, sobre todo, la elegancia de esos cuatro dedos que ha colocado sobre la máquina de fotografiar para escribir este epitafio inverso.

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