Archivo diario: abril 9, 2010

Lo nuevo de Jakob Dylan (por Julio Valdeón Blanco)

9 de abril de 2010

No es fácil dedicarse al oficio paterno y sortear la desconfianza, al menos cuando tu progenitor devoró la banca. Los hijos de Bob Marley pueden dar fe de ello; sin embargo, que lógico resulta que el retoño criado entre guitarras y micrófonos quiera perpetuarse en el ambiente, transformar el cuévano infantil en territorio de madurez, prolongar los viejos juegos en el escenario. Descontada Lisa Marie Presley por moña, abundan los casos jugosos, de las hijas de Maybelle Carter (Helen, Anita y, claro, June Carter Cash), a Rosanne Cash, o sea, pura realeza country, al interesantísimo Justin Towes Earle, hijo de Steve, al que no pude ver hace un mes porque los porteros de cierta sala del Lower East Side neoyorquino quisieron tangarnos. Entre todos los hijos, claro, no hay otro con ascendente más apabullante que Jakob Dylan, hijo de Dios, o casi, que anteayer sacó disco, el segundo en solitario tras la disolución de los curiosos, pero blanditos, Wallflowers.

Lógico que antaño Jakob, que ya tiene cuarenta años, recelara de la canallesca y censurase cualquier pregunta respecto a Bob. Sus discos con el grupo, a pesar del éxito de “Bringing Down The Horse“(si las cuentas no me falla vendió más que cualquiera de los de su padre) se antojan lustrosas naderías frente a los incontestables monumentos de Bob. En solitario, empero, parece haber crecido. No digo que “Women+Country”, ni siquiera “Seeing things”, su anterior y magnífica entrega, puedan codearse con “The Freewheelin´ Bob Dylan”, “Highway 61 Revisited”, “Blonde On Blonde” o “Blood On The Tracks”. En realidad, sólo un cabrito osaría establecer semejante comparación: casi ningún disco de la tradición rock puede: Bob  juega en una liga aparte, restringidísima, la de los Charley Patton y Robert Johnson, la de Louis Armstrong y Duke Ellington, Hank Williams, James Brown, Elvis Presley, Aretha Franklin, Camarón, Chuck Berry o Johnny Cash, o sea, la liga de los titanes, de quienes, en palabras del añorado crítico Robert Palmer, crearon dinastías.

Women+Country” viene producido por el hombre del momento, T-Bone Burnett, con el Oscar por “Crazy heart” todavía reciente y un asombroso currículum a las consolas (de Elvis Costello a B.B. King o Willie Nelson, por citar tres gigantes a los que ha producido en el último año y medio). Desde que presentó al público americano su propia tradición con aquella excelente B.S.O. de “Oh brother where art thou?”, allá por el 2.000, el gigantón Burnett ejerce entre los mandarines del oficio, aquellos cuyo nombre puede figurar en los créditos de una obra casi a la altura del artista, cuyas credenciales son imán para tipos con buen gusto y sinónimo de elegancia, riesgo, visceralidad, sintaxis poética, ingenio o vanguardia, en una palabra, estilo. Como en su producción del álbum de Robert Plant y Alison Krauss. Ahora mismo pienso en la dupla Daniel Lanois & Brian Eno, tan exitosa junto a U2, aunque uno prefiere, con mucho, al imponente Rick Rubin –quien precisamente produjo el debut en solitario del joven Dylan tras Wallflowers, al orgánico Joe Henry (Mary Gautier, Solomon Burke) o al sutilísimo, arenoso, crepitante Buddy Miller (de nuevo Solomon Burke). Sin figurar en el club de fans de Burnett sí diré que estimo bastante sus trabajos; también, que lo que ha hecho a las canciones de Jakob (con su aquiescencia, imagino) me resulta, cuando menos, un fiasco.

Sucede que “Women+Country” está cuajado de pequeñas piezas de orfebrería que bucean entre el alt-country y el folk alternativo, bellas baladas sobre hombres al borde del cadalso y lunas de chocolate amarillo. Encima cuenta con los coros de Neko Case, tal vez la artista más destacada de los últimos años, una superdotada, dueña de un mundo propio repleto de música y poesía que engalana los temas de Jakob con voz prodigiosa. Con estos mimbres, más el aplomo con el que canta el propio interesado y la participación de dos de los músicos habituales de Neko, ambos sublimes, Burnett disponía de inmejorables mimbres, vamos, que sólo hacía falta algo de oficio, colocar aquí y allá los elementos, para remachar una estupenda obra. El problema, es que no debió de parecerles suficiente: con respiración de genio del diseño, convencido de su toque mágico, añade capas y capas de graves, satura las pistas, pinta y repinta el conjunto con una mano de barniz que mira hacia Nueva Orleans, Tom Waits o las sonoridades de la frontera anglo/mexicana, pero que en el fondo se pretende rompedora, original, puntera, moderna, o sea, una puta mierda, un popurrí que, al menos en mi equipo, que es una basura, satura la habitación con atmósferas retumbantes e impide escuchar, siquiera de lejos, las voces. Como tampoco descarto que la culpa, ya digo, sea de mi estéreo, un Sony de plástico más adecuado para arrojarlo por la ventana en plan Led Zeppelin que para escuchar música, sugiero visitar las webs en las que puede verse a Jakob, Neko y cía. interpretando las canciones en directo, libres de repugnantes aditivos, o más llanamente ecualizar al mínimo los graves en sus propios equipos. Tal vez con eso sobre para confirmar que el pequeño hijo de la princesa de los ojos tristes de las tierras bajas es un sublime hacedor de canciones.

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