Archivo diario: marzo 25, 2010

Cantera

25 de marzo de 2010

“Cantera” según el DRAE:

(De canto).

1. f. Sitio de donde se saca piedra, greda u otra sustancia análoga para obras varias.

2. f. Talento, ingenio y capacidad que muestra alguna persona.

3. f. Lugar, institución, etc., de procedencia de individuos especialmente dotados para una determinada actividad. El equipo solo ficha jugadores de la cantera regional. Esta Facultad ha sido siempre una buena cantera de investigadores.

armar, levantar, o mover, una ~.

1. locs. verbs. coloqs. Dar causa con algún dicho o acción a que haya grandes disensiones.

2. locs. verbs. coloqs. p. us. Causar o agravar una lesión o enfermedad por impericia o descuido.

Causaron polvareda las declaraciones –septiembre 2009- de Silvano Tomasi, observador permanente del Vaticano ante la ONU, tras una reunión del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra, en las que hablaba de “efebos”, “efebófilia” y porcentajes de curas abusadores. Pero el Papa Benedicto XVI ha ido aún más lejos. El pasado domingo en el Ángelus que ha presidido en la plaza de San Pedro de Ciudad del Vaticano, ha recordado el pasaje del Evangelio en el que Jesucristo pronuncia la frase “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra” para defender a una mujer adúltera insultada y apedreada por el populacho. Cada vez que escucho esta frase inmediatamente reacciono y digo que yo tengo una cantera, mi propia fabrica de hacer piedras. Aparte de que me parece un insulto de Ratzinger a nuestra inteligencia y a nuestra moral y costumbres. Saca de contexto una cita del Nuevo Testamento (escrito por gente que no fueron testigos directos de los hechos que narran ni contemporáneos del “Mesías”) y nos inculpa a los demás de algo con lo que no tenemos nada que ver. Porque ha sido su organización la que ha consentido, ocultado y protegido a los culpables, miembros “profesionales” de la Iglesia Católica. Ha sucedido –y sucede- hasta donde sabemos en Irlanda, Estados Unidos, Austria, Holanda, Alemania, Suiza, Italia y España. Y no es nada nuevo. Se conoce desde hace tiempo.

Permítanme que les cuente una pequeña anécdota al respecto. Estamos a finales de los 60, entre 1968 y 1969. Tendría entre 12 y 13 años y tuve una “crisis” religiosa: decidí convertirme al catolicismo. Averigüé que el bautismo ortodoxo era compatible con el católico, que no necesitaba realizar la confirmación. Por tanto sólo me quedaba la confesión y comulgar (mi primera comunión). Dado que era una situación atípica imaginé que tendría que hablar con el párroco. Me encaminé a la Milagrosa y ahí muy amablemente me dijeron que no eran mi parroquia y me dirigieron a San Juan de la Cruz.

La entrevista con el sacerdote fue muy cordial. Tras su sorpresa inicial y dada la peculiaridad de la situación insistió en contar con la autorización de mis padres. Le di el teléfono de casa.

Al día siguiente mi padre con cara de circunstancias me convoca a “una reunión”. Noto nerviosa a mi madre. Hago un repaso mental de los últimos días para preparar mi “defensa”, pero no encuentro nada objetable en mi conducta.

Siéntate, nos ha llamado el párroco.

Estas palabras de mi progenitor me tranquilizaron inmediatamente. No era una bronca. La conversación que siguió fue algo surrealista para mis entendederas de entonces. Sólo años después entendí el sentido de sus preguntas, la severidad y preocupación de su rostro. Porque lo que quería saber era la disposición física de mi entrevista con el cura. La proximidad o no. Si me cogió de las manos, si las posó en mis piernas, si hubo algún tipo de contacto físico, alguna aproximación, etc.

Pasado el tiempo cuando comprendí por donde iban los tiros –y pérdida la fe, tan súbitamente como apareció- saqué el tema. Y mis padres me explicaron lo que hoy todos sabemos. También me contaron que en la Rumania ortodoxa para poder ser sacerdote era indispensable estar casado.

Si hace 40 años ya se conocía el “mal católico”, y mucho antes también, pregunto: ¿Dónde estaban las autoridades civiles y policiales? Porque todo parece indicar complicidad con delitos muy graves (encubiertos por la jerarquía religiosa).

Menos mal que el Pontífice no citó aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”.

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