Archivo diario: marzo 23, 2010

Un siglo de canciones 62: “Gibsom Street” (por Antonio Perea)

23 de marzo de 2010

Traer ‘Gibsom Street’ a esta antología permite conmemorar al mismo tiempo tres acontecimientos del mundo de la canción del siglo pasado. Por un  lado, la aparición en 1970 del doble álbum recopilatorio de artistas de CBSFill Your Head With Rock”, que aquí se tradujo nada traicioneramente como “Llena Tu Cabeza De Rock”. En segundo lugar la irrupción, efímera como un rayo, en el mundo de la canción rock del talento inclasificable y fascinante de Laura Nyro. Y, al fin, recordar esta inquietante “Gibsom Street”, y preguntarnos cómo pudo surgir canción tan oscura del aparentemente frágil y dulce envoltorio personal de aquella neoyorkina inolvidable.

Hay quien se refiere a “Llena Tu Cabeza De Rock” sólo como el primero de una serie de álbumes recopilatorios de lo mejor de la música joven de los setenta. Yo me permito discrepar de tal consideración, pues pertenezco a la legión de quinceañeros que siguieron el consejo implícito en el título del disco y llenaron con sus sonidos el vacío cerebral que les había dejado la desaparición, previa monumental bronca, de los Beatles. El resto de recopilatorios que, en efecto, fueron editados después con el mismo título seguido de un número de orden, no tuvieron esa trascendencia, quizá eclipsados por su ilustre predecesor. No voy  a extenderme en comentar el álbum, porque seguro que se podrá volver a él dentro de estas monografías. Sólo citaré que entre los artistas que aquellos quinceañeros “descubrimos” en sus microsurcos, aparecían Chicago, Blood Sweat & Tears, Santana, Flock, Al Stewart, Janis Joplin, Johnny Winter, Leonard Cohen

Abriendo la cara C de aquel disco, casi saturados ya nuestros oídos con algunos de los sonidos más rockeros y libres que se podían escuchar en la época, nos recibía una nota de piano aislada, un simple do natural -el origen de todo- pulsado y dejado después  resonar hasta casi extinguirse, momento en el cual comenzaba la introducción propiamente dicha a la canción “Gibsom Street”. Aquel esquema minimalista podía derivar armónicamente hacia cualquier cosa, y valiéndose de ello, Laura Nyro, compositora, intérprete  y pianista autodidacta, no cesaba de jugar a sorprendernos en cada acorde, tan pronto acariciándonos con su voz como golpeándonos con un giro inesperado de la tonalidad o con una nota mantenida en el tiempo en su garganta, sin vibrato y desprovista de acompañamiento alguno. O bien daba entrada a un episodio instrumental de percusión y metal, de esos tan queridos en la época (trompeteo lo he oído llamar), y que apresados en el profundo interior de esta canción no tardábamos en “echar de más”. ¿Quién demonios es esta Laura Nyro?¿Cómo se pueden encerrar tantas sensaciones en poco más de cuatro  minutos y medio?

La historia de Laura Nyro (1947- 1997) está tan llena de incógnitas como su propia música, hasta el punto de que algún comentarista le ha llamado “la J.D.Sallinger del rock”. Comenzó su notoriedad musical a los 17 años y se retiró abruptamente a los 24 tras comprobar que el éxito profesional no le aportaba la plenitud de espíritu que buscaba. Para entonces su talento había puesto ya a sus pies a iconos como Al Kooper y Blood Sweat & Tears (estuvo a punto de ser su vocalista antes de la incorporación de David Clayton-Thomas), Joni Mitchell, Carole King o Miles Davis. Transcurridos casi cuarenta años desde aquel mutis y más de una década después de su muerte, su música conserva intacta la vigencia tanto en su forma como en su temática, y cuenta con un ejército de admiradores de diferentes generaciones.

Hija única de una bibliotecaria aficionada a la música clásica y de un trompetista que se ganaba la vida tocando jazz en los clubes y afinando pianos, Laura creció bajo la doble influencia de la pasión musical que vivió en su hogar y la pasión católica trufada de gospel que se vivía en la comunidad de su Bronx natal. Antes de liberarse de ésta, grabó en su piel la espiritualidad de las letras de sus himnos y la inaprensible técnica interpretativa de sus voces. De su hogar, y sin renunciar al Coltrane paterno, prefirió los compositores clásicos del siglo XX del gusto de su madre, entre los que sus biógrafos citan a Debussy y Ravel, pero que estoy seguro alcanzaban también territorios aún más arriesgados, como Copland o incluso Schoenberg. Sólo hay que escuchar, como ejemplo para afirmarlo, su álbum “New York Tendaberry” del que está extraída “Gibsom Street”.

Algunos dicen que Nueva York fue el auténtico amor de Laura Nyro. Su verdadero apellido era Nigro, y en su nombre artístico se intuye un acróstico del de su ciudad amada. Según aquéllos, en Nueva York se encontraba no sólo su alfa y su omega, sino también su arriba y abajo, el cielo y el infierno de su enquistado yo católico. En esta cosmogonía no sabemos donde situaba Laura el paraíso, pero a buen seguro que no lo era el Brill Building que la vio crecer artísticamente y consolidarse como figura del rock entre el asombro de los productores, el sentimiento de impotencia de los arreglistas al uso y la admiración sorprendida de las estrellas que con ella compartían estudios de grabación. Por el contrario sí sabemos que tenía un infierno, lo situó en algún lugar de su alma al que llamó “Gibsom Street”, y lo describió en esta canción bella y sombría. Se ha comentado que en ella narra la experiencia de un aborto clandestino. Yo, que como español estoy más que acostumbrado al oportunismo de los católicos biempensantes, me permito ponerlo en cuestión. Laura nunca lo aclaró. Pero que en esta canción residían los fantasmas de su más íntimo infierno, eso está para mí fuera de toda duda.

Don’t go to Gibsom ‘cross the river;
The devil is hungry, the devil is sweet…
If you are soft then you will shiver;
They hang the alley cats on Gibsom Street…
They hang the alley cats on Gibsom Street…
Gibsom, Gibsom Street…

I wish my baby were forbidden;
I wish that my world be struck by sleet…
I wish to keep my mirror hidden,
To hide the eyes that looked on Gibsom Street…
To hide the eyes that looked on Gibsom Street…
Gibsom, Gibsom Street…

Oh, my sorrow, oh, my morning,
Oh, my sorrow, oh, my morning,
Oh, my sorrow, oh, my morning…

There is a man, he knows where I’m going, yes;
He gave me a strawberry to eat…
I sucked its juices, never knowing
That I would sleep that night on Gibsom Street…

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