Archivo diario: marzo 19, 2010

Salinger secreto (por Julio Valdeón Blanco)

19 de marzo de 2010

Ya, ya sé que este espacio solemos reservarlo a la música, pero Nueva York tiene grandes temas, cisnes literarios, exposiciones canónicas, faldas entrevistas… Vamos, que no juzgué adecuado renunciar a J. D. Salinger. Habrán leído la noticia, quiero decir, como el museo de la biblioteca Morgan de Nueva York acaba de inaugurar Letters by J. D. Salinger (Cartas por J.D. Salinger), compuesta por diez misivas, exhibidas hasta el 11 de abril. A partir del 13 su lugar será ocupado por un segundo grupo de otras seis. Todas inéditas, claro. Adquiridas en 1999 por la biblioteca. Guardadas bajo llave hasta hoy, afirman sus portavoces, a fin de respetar la privacidad de su autor.

Bueno, bueno, la intimidad del gran hombre tarde o temprano acaba junto a su mortaja (a veces mucho antes), patas arriba y expuesta. Es lo que tiene la inmortalidad, sabiendo como sabemos que tu cara doméstica transita simultánea a la faceta creativa, que lo privado resulta vital para explicarla. Más, claro, si dejaste de publicar no bien alcanzaste el éxito, si consagraste el resto de tu existencia a cultivar un anonimato esculpido a soplete, si apenas conservamos fotos tuyas (completa aberración en la era de las cámaras digitales, Youtube y demás multiplicadores de lo sublime y/o lo ínfimo). Ah, nada como la reclusión para garantizar morbo. Si añades una novela canónica (65 millones de ejemplares vendidos de El guardián entre el centeno), puedes multiplicarlo hasta la náusea. Parece dudoso que al escriba lo animara este afán. Fallecido en enero de 2010 a los 91 años, su muerte ha agitado el avispero literario. Existe la esperanza de que vean la luz los supuestos manás que almacenaba celoso, manuscritos inéditos que, cuentan, pulió una y mil veces mientras huía de todos, incapaz de entregarlos a la imprenta.  

Las cartas, dirigidas a su amigo Michael Mitchell (que fue vecino suyo y diseñó la portada original de El guardián, y con el que acabó cabreado porque éste le pidió que le firmase un libro), abarcan un paréntesis de cuarenta años. Dicen quienes han podido leerlas que son extrañas, turbulentas, apasionadas y reveladoras. Arrancan con un Salinger joven, locuaz, capaz de sonreír a los extraños o cenar fuera.  A medida que pasa el tiempo su humor salta por la escotilla. Lo que antes podía ser curioso se transforma en insufrible. Vive atormentado por el deseo ajeno de hurgar en su vida con indecorosa voracidad, por la caricia de un público y unos críticos con pupilas caníbales, falsamente amables. Sin embargo, dirán, no estamos ante el cíclope ciego que odia la luz, enlaberintado de paranoias, incapaz de discernir entre gatos y tigres, vocación y condena, no se trata del padre terrible, alcoholizado, que presentan algunas biografías. Al menos al principio, el suyo no es el ego monstruoso que se complacía maltratando visitas y asustando niños. Según Decan Kiely, comisario de la exposición, aflora un Salinger «crítico consigo mismo, vanidoso, pícaro y sarcásticamente divertido». Lejos del tipo «raro, reclusivo y bizarro que mucha gente piensa». Lo más interesante, confirmar que siguió escribiendo, a diario, de seis de la mañana a doce del mediodía. Pronto sabremos si nos hallamos ante un acontecimiento magno, caso de que comiencen a editarse los inéditos, o si arrojó todo al fuego. Como no va resultar estimulante imaginar qué podríamos descubrir una o varias obras del tipo que escribía parapetado en sombras, convencido de que los mismos que besaban su sombra mañana querrían cortarle el cuello. «Tengo el trabajo de diez, doce años», explica en una de las cartas, «apilado alrededor». Paralizado ante el espejo, practicó un aparente suicidio literario. Soñaba con espantar a la bestia. ¿Habrá llegado el momento de que sus devotos lectores reciban el chute mil veces pospuesto, el adictivo estupefaciente que el gran hombre habría escamoteado durante medio siglo?      

Salinger conservó su hambre escribiendo hacia dentro, para sí mismo. Su enfermedad fue diagnosticada, hablando de su propia crisis, por Artie Shaw (1910-2004), aquel clarinetista que rivalizó con Benny Goodman (1909-1986) en la primogenitura del swing, o sea, que el fracaso puede sobrellevarse, al menos combatirse, las decepciones estimulan, te obligan a plantar cara, mientras que él éxito, cabróncete de gala, siempre envenena. Adormidera terrible, atonta a los fatuos y neutraliza el aguijón de los mejores. Quien busque respuestas, mejor pistas, puede buscar entre los anaqueles del templo construido por John Pierpont Morgan (1837-1913) para celebrar su ego, mastaba de libros que hoy presenta en exclusiva los restos del naufragio, tal vez las primeras pistas hacia la isla del tesoro.

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