Archivo diario: enero 22, 2010

Gloriosos Vampiros (por Julio Valdeón Blanco)

22 de enero de 2010

Cuanto nos gusta aporrear ventanas anunciando el fin. Escribir, aullar más bien, que el personal tiene las neuronas revueltas, desencuadernadas, que en las listas ya sólo lucen propuestas orientadas al beneficio menguante de unas discográficas descangayadas, que como los discos de los —- (rellena con tu década favorita) nada nadita nada y olé. En éstas, rompiendo el minué de alborotados y pelmazos, llegan los mosqueteros de Vampire Weekend. Con cuatro estribillos lustrosos acaban de quemar, siquiera unos segundos, el confortable discurso apocalíptico, ese que invita a amodorrarse en lo ya conocido, a rechazar aventuras por nuevos paisajes poéticos que conquistar en armas. Instalados en el número 1 de Billboard, los chavales neutralizan de paso (porque, claro, abunda la hez) el hedor de tanto r&b enfermo de merengue, de tanto rap descerebrado y tanto irónico llenapistas que oculta sus carencias torciendo el morro.

Obviamente WASP, estudiantes de Columbia que formaron el grupo en 2006 y lanzaron su primer disco, el estupendo “Vampire weekend”, en 2008, suponen una sabrosa renovación del gusto indie. Mezclan pop efervescente, burbujeante, del que pica en el paladar y enluce la mañana de brillos dorados, con letras de una superficialidad punzante, donde el juego de palabras, el guiño cultista, el quiebro informado, no naufraga por exceso de pose. Más importante: aparte las calles de Nueva York, miran hacia África, conocen la rumba, la mbaqanga, el zouk, la makossa, etc. Claro que en Nueva York, siempre suntuosa, inquieta y caótica, hubo y hay profetas interesados por el exotismo y sus afluentes desde hace años, caso, pongamos, de David Byrne (del que ahora recuerdo, entre otras cosas, su soberbia recopilación de música negra peruana), pero choca para bien que Erza Koening y cía. asuman como uno de sus modelos, no ya los ritmos del Tercer Mundo, sino también a un bendito monstruo como Paul Simon y su inoxidable “Graceland” (y no sólo de forma genérica, por aquello de sumergirse en el cofre africano: escucha la intro de “Cousins”). Con unas guitarras afiladas, tropicales, unos polos dignos del Brian Wilson de “Pet Sounds” y una mordida que a veces retrotrae al divino Costello de los primeros años, e inmersos en una gira que los lleva a España el 27 y el 28 de febrero, han actuado tres días seguidos en Nueva York, agotando el papel en el United Palace (territorio más proclive a cobijar conciertos de Bob Dylan o Neil Young), el Webster Hall y el y el Bowery Ballroom. Clarividencia y mérito de su manager: tres recitales bien escogidos para aclarar que la jugada engloba los escenarios propios de los grandes nombres sin olvidar otras playas, más cool, más proclives, en fin, a lo independiente. No diré, no yo, que son los mejores hacedores de música que haya escuchado en los últimos años (prefiero a Antony, a M. Ward, a Fleet Foxes, o a Rufus Wainwright), pero carajo, qué bien sienta la mercadotecnia, o mejor dicho, qué poco nos importan las cotas de malla con las que los agentes comerciales visten a sus clientes cuando bajo los titulares, el murmullo mediático, las portadas del Time Out, etc., culebrean unas canciones comestibles, redondas y calentitas cual sol en obleas de colorines o arroyo de espumosa fantanaranja.

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