Un siglo de canciones 50: “She Loves You” (por Antonio Perea)

28 de diciembre de 2009

Singles UK y USA

Leía yo el post de El Mundano acerca de “Sunny Afternoon”, y las implicaciones futboleras que evocaba, cuando me vino un recuerdo de la infancia. Otro más, debéis de estar de mí hasta las narices. Parece mentira que alguien con una trayectoria vital tan aburrida como la mía  tenga tanto empeño en quedar en evidencia compartiéndola con terceros, y encima gente Mundana. En fin, ya que he empezado, sigo.

El recuerdo debe de ser de allá por el final de 1963. Escuchaba yo la radio en un pequeño transistor Sanyo embutido en una funda de cuero que mi familia solía llevar a los veraneos para mantenerse conectada con el mundo. En invierno yo me adueñaba de él, admiraba los troquelados del cuero que permitían al usuario accionar los controles de la longitud de onda (corta, media y larga, nada de FM todavía) y las ruedas laterales para volumen y sintonía sin desenfundar la radio; estiraba de aquella maravilla de la ingeniería que permitía multiplicar por tres el largo de la antena (el concepto “telescópico” no me decía nada aún); contaba los orificios que permitían que saliera el sonido del altavoz a través de la funda. En fin, lo que hace un niño de ocho años con no demasiada imaginación.

Durante una de aquellas prácticas de lo que hoy se llamaría “conocimiento del medio” empezó a sonar “She Loves You”.  A pesar de mi temprana edad y gracias a que tenía una hermana mayor que yo –afortunadamente la sigo teniendo, pero ahora parece ser que yo soy mayor que ella-, sabía ya de qué iba aquello. Y debido también a las chanzas de la televisión y los NoDo de la dictadura contra aquellos cuatro melenudos (los “escarabajos” les llamaban, a sabiendas de que era un error lingüístico), que habían hecho mella en la comunidad escolar. Uno de los chistes que corrían por mi cole se refería precisamente a aquella canción:

– “¿Sabes que el otro día, a uno de los Beatles se le bajo la tapa de la taza mientras meaba?”.

– “Pues no”- respondía el otro.

– “¿Y sabes lo que gritó?: ¡me la pi-lléee-lléee-lléee!”- esto último dicho con la música del estribillo de “She Loves You”.

Era muy gracioso. Así es que al surgir de mi transistor iniciático las notas de aquella canción, corrí por el pasillo de casa blandiendo el transistor como Arquímedes en un eureka y busqué a mi padre. Como la genética no perdona, mi padre estaba… escuchando la radio.

Él, para eso era padre, tenía una Telefunken de la serie “Concertina” de enorme tamaño y un amplio teclado que discriminaba las frecuencias con admirable precisión. Además, un ojo mágico verde ayudaba a percibir visualmente si se había sintonizado con finura. Mi padre lo necesitaba, porque yo siempre le recuerdo escuchando Radio Pi, es decir, “Radio España Independiente, emisora de los Pirineos” (mentira, por cierto, emitían desde Bucarest, como sin duda El Mundano sabe bien). Eran tan insoportables los pitidos y las interferencias que los censores del régimen franquista añadían a su frecuencia que, ante tal caos de escucha, había que comprobar continuamente con el ojo mágico si la sintonización era la mejor posible. El mundo de mi padre, republicano derrotado donde los hubiera, se limitaba al trabajo de sol a sol, a ir al Bernabéu con el farmacéutico de debajo de casa, a departir una vez al mes en torno a un par de copas de brandy con el cobrador del Real Madrid cuando traía el recibo y a conectarse con el mundo a través de Radio Pirenaica. Cuando él no estaba, yo examinaba aquella radio descomunal y encontraba en su panel de sintonía nombres que en mi mente se convirtieron en míticos destinos que aun hoy me evocan sentimientos mágicos: Hilversum, Potsdam, Trieste

Yo llegué junto a él con mi radio chillona. Quizá le pregunté que quién diablos era ese Julián Grimau del que una señora hablaba por su Telefunken entre zumbidos y pitidos. Pero lo que es seguro es que le invité entre risas a escuchar aquello. “Escucha papá, son los escarabajos, qué risa…” Él apartó su oído por un momento del tormento pirenaico con una leve sonrisa en los labios, y escucho el transistor con más interés del que yo había esperado. Después, sin perder la sonrisa, comentó: “Pues me parecen buenísimos”.

Confieso que la canción es la primera que escuché de los Beatles, y yo creo que mucha gente de mi generación también. A partir de aquel día del comentario de Perea senior la escuché con otros oídos. Posee esa difícil facilidad que tan frecuente es en la obra de Lennon y McCartney. Uno la escucha y parece poca cosa, pero hay algo distinto y difícil de definir. Es como si no se hubieran querido conformar con cualquier resolución musical en cada una de sus estrofas. Desde el puente que establecen las guitarras entre párrafo y párrafo de la letra hasta las síncopas de ritmo con las que juega la batería, todo apunta a un deseo de ser distintos, de no ir por el camino trillado. Los que llegados a la preadolescencia aporreábamos en una guitarra las canciones que nos gustaban, evitábamos “She Loves You” porque en vez de ser “la-re-mi” introducía continuamente acordes de enlace. Además, no era nada lucida sin el ritmo entrecortado de Ringo y sin las armonías vocales de los otros tres. Y sobre todo, no entendíamos ese acorde de sexta agregada con el que termina. Parece ser que incluso a George Martin le resultaba excesiva esa veleidad armónica tan sólo utilizada en aquellos años por los jazzistas. Pero al final, y ante la cabezonería de Harrison (que en la armonía vocal entonaba esa sexta  mientras que Lennon y McCartney se ocupaban de la tercera y la quinta respectivamente), el “quinto beatle” tuvo que plegarse a reconocer que nada podía sonar mejor que aquello como final de la canción.

Pasa como con toda la obra de los Beatles, que llega un momento en el que uno tiene que dejar de decir cosas, porque si no se podría estar hablando horas y horas. Sin embargo, no quiero terminar este texto sin un pequeño epílogo. Mi padre falleció en abril del 64, no más de seis meses después del episodio que comentaba más arriba. El hombre no pudo celebrar la sexta Copa de Europa que en el 66 ganó su Real Madrid, formado entonces por una generación de jugadores a los que se llamó “los ye-yés”. Así se conocía en general a los jóvenes que en la época hacían gala de un pelo tímidamente largo y cierta querencia por los aires pop y rockanroleros que soplaban desde Inglaterra. ¿Se os ocurre a qué podía hacer referencia aquel apelativo: “ye-yés”? ¿A alguna canción, quizá?    

 

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6 comentarios

Archivado bajo Cultura, Música, Recomendaciones

6 Respuestas a “Un siglo de canciones 50: “She Loves You” (por Antonio Perea)

  1. En épocas algo más tardías también llegó a mis manos una radio embutida en cuero negro similar a la que con tanto romanticismo recuerdas, Antonio. Y también me fascinaba, era hipnótica. No sé, puede que al igual lo es un salpicadero de un Porsche.

    Preciosa entrada. Preciosa canción.

    • ANTONIO

      Gracias, Arnau. La verdad es que nunca he visto muy de cerca el salpicadero de un Porsche. Pero fíjate si estaremos de acuerdo que estoy casi seguro de que te refieres al del 911. 😉

  2. Pingback: Bitacoras.com

  3. Me gusta. Me gustan estos tipos de entradas en los que se mezcla la canción con la historia de cada uno.

    • ANTONIO

      Gracias por tu comentario, Gustavo. Las canciones se adhieren a las vivencias – o viceversa, no sabría decir- como ninguna otra manifestación artística e incluso como ningún otro genero musical, yo creo. Así, las historias que evoca cada canción son infinitas.
      De ahí su grandeza. Quizá por eso es tan excitante revisarlas en nuestra memoria.

  4. Con la de hoy llegamos al medio centenar de canciones. Antonio vuelve a repetir en la serie y lo hace con otra de los Beatles, quienes tardaron en aparecer: fue en Septiembre. Y desde entonces Lennon y McCartney son los autores mas seleccionados (en realidad sería John porque otro Antonio, en este caso Cambronero, nos ofreció “Imagine”).

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