Archivo diario: septiembre 7, 2009

Un siglo de canciones 34: “A Day In The Life” (por Luis Prosper)

7 de septiembre de 2009

a day in the life

Para la grabación de la orquesta en “A Day In The Life” pidieron a los músicos que se disfrazaran: unos llevaban nariz de payaso, otros pelucas, el primer violinista llevaba guantes simulando las manos de un gorila… Invitaron a sus amigos –Mick Jagger, Mariane Faithfull, Donovan, etc- y todos se vistieron con sus mejores galas haciendo alarde de la excentricidad característica del momento.

Se filmó la grabación convertida en una fiesta, en un happening, aunque más tarde la BBC censuró la canción por hacer referencia al consumo de drogas. Esa era la imagen que querían dar, esa era la imagen que su público quería ver.  Pero una canción como “A Day in The Life” – o ya puestos, para hacer un disco como “Sgt. Pepper’s”- no basta la excentricidad, la locura y el cachondeo. Es una obra perfecta en la que nada sobra y nada falta, en la que no se deja espacio para la improvisación o el “así mismo está bien”. Beatles querían hacer su gran obra, asegurarse el pasar a la historia no sólo como un grupo para teenagers que hace canciones de amor.  Y lo consiguieron. ¡Vaya si lo consiguieron!

Cuando salió al mercado “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” un prestigioso crítico lo calificó como un momento decisivo en la historia de la civilización occidental. Podría parecer una exageración, pero Beatles ya eran “más famosos que Jesucristo” – como se había atrevido a decir John Lennon unos meses antes-  y los ojos y los oídos del mundo estaban pendientes de cualquier cosa que hicieran.

No sé si “Sgt. Pepper’s” fue el primer disco conceptual del Rock, Zappa insistió mucho en que el primero fue su “Freak Out!”, aunque The Ventures ya habían editado en 1961 “Colourful Ventures, en el que cada canción hacia referencia a un color.  Pero lo que sí es cierto es que, a partir de ese momento, los LP’s pasaron de ser recopilatorios de canciones a convertirse en las obras magnas de los artistas, tal y como lo habían sido las sinfonías y los conciertos en el siglo anterior. La música pop había adquirido el estatus de obra de arte. Fue la primera vez que la portada de un disco se concebía como una obra de arte, la primera vez que una portada era doble, la primera vez que las letras de las canciones aparecían en la contraportada. Sabían que iban a hacer historia y pusieron todo su empeño en conseguirlo.

La grabación de “Sgt. Pepper’s” fue toda una demostración de ingenio, maestría, experimentación y complicaciones técnicas. Cualquier músico de tres al cuarto actual dispone en un portátil de un estudio de grabación un millón de veces superior a los estudios de EMI en 1966. Grabaron en 4 pistas, a veces sincronizando los magnetófonos uniendo los motores, desplazando y tratando las cintas grabadas para crear efectos de reverb o delay, alterando la velocidad para crear efectos en los coros o en el sonido de los instrumentos. No en balde habían conocido a Stockhausen y admirado su trabajo (de hecho es uno de los personajes famosos que salen en la portada del disco). Y sí, “Sgt. Pepper’s” es un disco lleno de experimentación. Cuesta entender eso hoy, cuando sabemos que fue un éxito comercial enorme y tantas veces nos justificamos diciendo que tal o cuál disco no ha tenido éxito porque es experimental. La experimentación y la comercialidad no tienen por qué ir reñidas. Al contrario, la experimentación tiene que estar siempre al servicio de una idea y ayudarla a llegar más lejos. Lo experimental por lo experimental es como echarle Cola Cao a una paella: nadie lo ha hecho, ¡ni falta que hace!

Mezclaron estilos, utilizaron todo tipo de instrumentos, desde la orquesta al sitar pasando por el Mellotron, y escribieron sobre cualquier tema menos sobre el amor adolescente. Contaron con un excelente equipo de técnicos de sonido que también estaban dispuestos a agudizar su ingenio y probar cosas nuevas y, sobre todo, contaron con la genialidad de George Martín -el quinto Beatle – a la hora de producir, componer los arreglos y coordinar todo ese happening.

Con narices de payaso, pelucas, manoplas de gorila o sin ellas, la orquesta grabó los mejores arreglos de orquesta jamás escritos, con ese impresionante puente y ese maravilloso final de ocho compases (33 segundos y medio)  que, por si fuera poco,  está rematado con un maravilloso acorde de piano que cierra uno de los mejores discos de la historia.

Cuando por fin escucharon la grabación completa, todo el mundo en el estudio rompió en aplausos y George Martín no pudo evitar decir: “It´s bloody marvellous”. Lo es.

El otro día, un amigo de mi edad me dijo que le gustaría tener diez años menos. Imagínate que se pudiera. Sólo con apretar un botón de repente tienes diez, o ya puestos, veinte años menos. ¿Lo harías?

Tengo la suerte de haber nacido en 1962, el año en que Beatles editaron su primer single; de haber tenido una hermana y unos primos bastante mayores que yo que se pasaban las tardes poniendo discos de Beatles;  de haber ido a un colegio inglés que me permitió entender y aprenderme las canciones de Beatles casi sin darme cuenta; de tener el recuerdo (vago y seguramente muy condicionado) del día en que alguien trajo a casa “Sgt. Pepper’s” recién editado y lo escuché por primera vez, y del día en que mi hermana mayor llegó a  casa pálida y asustada diciendo “¡Los Beatles se han separado!”. 

Si, al quitarme esos diez años, tuviera que renunciar a esos recuerdos diría no, definitivamente no. He tenido la suerte de vivir la mejor época de la historia de la música pop. Cuando un disco era una obra de arte y ser músico era ser artista. Si no llega a ser por “Sgt. Pepper’s” y, sobre todo, por “A Day In The Life” seguramente no me habría dedicado a la música.

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