Archivo diario: agosto 28, 2009

¿El Blues ha muerto? Viva el Blues (por Julio Valdeón Blanco)

28 de agosto de 2009

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Como en el caso del jazz o el rock, el blues es otra de esas músicas a las que periódicamente damos el finiquito. Si en el caso del rock and roll fue el espectáculo el que devoró su tuétano, liquidando cualquier pretensión de peligro, en otros campos el virus, intuyo, late en la falta de cantera, de jóvenes oficiantes dispuestos a tomar las armas. Tómese el jazz, por ejemplo el espléndido documental que la PBS le dedicó hace unos años: por más que Marsalis sonría hacen falta toneladas de dioptrías auditivas para creer que todavía cumple un papel motriz. Hoy por hoy agoniza como pasto de gafapastas, intelectuales blancos y estudiantes de arte. Reproducen vía partitura la lava quemante de sus abuelos con finura y sentido, pero les falta sal, lágrimas, mierda, fuego, que arrojar en la herida.

¿Y el blues? ¿Bastaría si digo que vivo en Harlem y que el 99% de sus jóvenes hace siglos que renegaron de un etiqueta que relacionan con la miseria? Nada diferente, por cierto, a lo que ocurría en los sesenta, cuando Jagger y cia. redescubrieron la música del diablo a sus genuinos artífices. Hay que abandonar el barrio, la desolación de unas calles alimentadas por el pico y la rabia, lucir oro, mucho oro, en bandolera, y en los vídeos espléndidos culos esféricos o al menos elípticos de muchachas siliconadas, mejor todavía con ritmos memos, cochazos de narcotraficante y letrillas de parvulario adecentando el cóctel.

El blues, nacido del látigo pero también de la fiesta, resulta menos arcaico y doliente de lo que muchos escribas creyeron pero también más agresivo, duro, oscuro, sucio y pantanoso que las melodías celebratorias del american way of life y las zapatillas de marca: si lo cantas, más que abandonar la morralla, vuelves a ella. Por tu voz hablarán los fantasmas de cientos de intérpretes apaleados y desnutridos, ciegos de whisky, con guitarra de palo o diapasón eléctrico del Chicago más chungo, lejos, muy lejos de la pose de triunfador y empresario que proyectan estilos tan asumidos por el gusto mayoritario como el rap (del que otro día hablaremos para despiezar, zas-zas-zas, su pútrida y aburridísima decadencia, transformado en acrílico producto apto para rebozar anuncios comerciales).

Así las cosas uno camina melancólico cuando entra en templos como el Terra Blues, donde la mejor música, realmente, ameniza los intermedios de la banda del bar, esos discos de Muddy Waters capaces de sajarte la sangre como una nube de mosquitos a dieta de plasma durante mes y medio.

Pero cuidado.

Todavía palpitan joyas, grupos nuevos, solistas con bagaje y cultura.

¿Más cerca de la antropología que del algodonal?

Pues claro: muuucho mejor para ellos y su bolsillo.

Otro gustoso caramelo pasa por asomar tu hocico al festival de blues que cada verano se celebra en los muelles de la ciudad, y al cual no pude asistir el pasado domingo por compromisos previamente adquiridos con el huracán que lamió Fire Island. Frente a esos gigantes con guitarra de repetición olvidas recelos, bostezos, cabezadas, la retórica del cansino agorero y la pose del avispado cronista, convencido de que blues, carajo, haberlo, haylo.

¿Encontrarlo?

Pura maña.

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