Archivo diario: julio 24, 2009

Vaqueros y leñadores, en Brooklyn (by Julio Valdeón Blanco)

24 de julio de 2009

McKay

No te fíes cuando te digan que la música en directo es la única que cuenta. Grandes discos no eran reproducibles sobre las tablas. Algunos, cuando enfrentan el miura del respetable, tiemblan como naipes volteados por la galerna. En realidad, la escolástica del directo siempre me pareció reaccionaria, propia de críticos bribones, seguidores fanatizados, o intérpretes que enjuagaban con buen rollo lo que no alcanzan en el estudio. Eso sí, cuando alguien sabe tomar el escenario, cuando encuentra la manija del laberinto que conduce al frontón donde moran los gusanos de luz azulada del duende, ese carnívoro hijoputa, es el acabose.

Viene a cuento porque estuve en el Rodeo Bar viendo a Mark McKay, un tipo hirsuto, con camiseta y camisa de cuadros, jeans desgastados, barba rubia y zapatillas a lo Neil Young. No diré que la experiencia fuera comparable a un concierto de Dylan en Manchester, allá por el 66, ni que descorche la sensualidad de un Sam Cooke, ni tampoco que sea Camarón en las noches en que fornifollaba con las musas, o que se aproxime al Van Morrison de “Moondance”, a los grasientos, lascivos, peligrosos, embriagadores Stones de principios de los setenta, pero oye, sabe lo que toca, y lo hace de cojones. Sus canciones, que él mismo, o sus voceros, comparan con las de Alejandro Escovedo y, uh, el Bruce del “Nebraska” (y no: carecen de la terrorífica sensación de asfixia, de los labios rociados con cadaverina, de esa joya en rojo y negro), sus temas, decía, pasean por la vereda abierta hace siglos por tipos como Fogerty, el movimiento Outlaw del country, los ecos de “Harvest” y “Harvest Moon”, los Drive by Truckers o, en efecto, la ola eléctrica que sacude el cancionero de Escovedo.

Salió McKay al escenario arropado por Timmy Bracken, batería pelirrojo, eficaz, que miraba a su jefe con ojitos de arrobo y se pasó el concierto partiéndose el eje. A su derecha tenía a Eric «Roscoe» Ambel, productor de sus últimos discos y extraordinario guitarrista, habitual de la banda que acompaña a Steve Earle. Cuando Ambel se enchufaba, cuando no se entretenía dándole sorbos a su cerveza y prestaba atención, entretejía con McKay paisajes en claroscuro, de textura y soledad mineral, rociados con gasolina y habitados por alacranes y crótalos. Recordaban, quizá, las embrujadas sonoridades de unos Calexico minimalistas o un Tom Waits minutos antes de emborrachar el piano. Puro desierto, puro peregrinaje por el Monument Valley fordiano o el Organ Pipe fronterizo con Méjico, que sujetaba tu corazón con la soga caliente de una música tonificante y benéfica.

Antes de que la mala memoria lo sepulte tengo que hacerme con algún disco suyo, tal vez “Shimmer”, el penúltimo, producido por Ambel en Brooklyn, ese territorio donde, mira tú, florecen el bluegrass y el alt-country alternativo, simientes rurales que conservan la magia incluso entre el cemento (aunque, añado, McKay vive con su familia en Maryland, en el bosque, en una cabaña, o al menos eso asegura).

Shimmer

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