Archivo diario: julio 17, 2009

Mozart comiendo anchoas en Central Park (by Julio Valdeón Blanco)

17 de julio de 2009

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Verde ciruelo festoneando el escenario, “pies de galleta” (Francisco Umbral) sobre las toallas, baterías luminiscentes de los vendedores ambulantes, ensaladas césar, anchoas, vino, y música. De 8 a diez, Central Park fue oda al verano, corriente salvaje en la que decenas de miles de neoyorquinos brindaron con las Pléyades, chuecos mientras ardía la “Sinfonía n˚41 en do mayor, KV 551”, de Wolfgang Amadeus Mozart. Puliendo tu visión de América, apuntalando la majestad de Manhattan, saboreabas la fruta comestible del atardecer en la Gran Babilonia, donde quienes hacemos garitas recibíamos la bendición laica de un ángel “con desbordada y exagerada fijación anal, combinada con una retórica de lo excrementicio, que lo lleva a componer desvergonzados cánones (Defecar en la boca es el título de uno de ellos) y a utilizar un lenguaje procaz y barriobajero”, según definiera Rafael Argullol al de Salzburgo, en un texto tan erudito como, a ratos, casposo.

Llegamos tarde. Veníamos de atravesar hospitales y currar en ese Upper East Side que el Henry Roth niño, poco antes de la Prohibición, contemplaba asombrado, cuando le tocaba bajar, con cestas de regalos para los ricos de Madison Avenue, desde el almacén de la 126 y Lenox, a un paso del Mount Morris Park (hoy Marcus Garvey). Entrando por la 84, esquina con el Metropolitan, tardas tres minutos en alcanzar el Great Lawn, brutal rejería de árboles y césped donde cada tarde los niños organizan partidos de béisbol, protegidos de las vetas de dureza de Nueva York gracias al voluntarismo de unos padres obsesionados con las agendas de sus pequeños, a los que organizan quedadas como si fueran Lores. Al fin, atravesando una fascinante marea, encontrabas tu esquina de cielo, plantabas la manta y, con suerte, escuchabas a la Filarmónica, pelín ahogada por el pacato volumen de los ingenieros al cargo.

Tras la pausa, Beethoven, la “Séptima Sinfonía”. Y más vino en vaso corto (no vaya a mosquearse la pasma), más sobredosis de fiesta apacible, mecidos por el rotor de los violines, asombrados, al terminar, del civismo de una peña capaz de tomar los parques sin arrasarlos, mientras certificas tu romance con una ciudad tan puta y tan hermosa que debes aplicártela con tiento sobre la herida porque embota los sentidos, preguntándote qué coño harás, donde podrás esconderte, cuando caduque la visa, fuck, y toque regresar a España. Una de dos, os nos vamos a la Patagonia o nos atrincheramos en un Deli. Lo que sea antes de cubrir ruedas de prensa en el Foro.

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